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El Soldado Que VIGILÓ al Che Su ÚLTIMA NOCHE — 57 Años Después REVELA Lo Que Le Dijo

 

En ese momento nadie sabía que el joven soldado de 19 años que vigilaba a Cheguevara en aquella escuela de la higuera pasaría la noche más larga de su vida. Lo que el Chele dijo durante esas 12 horas cambiaría para siempre su forma de ver el mundo. Carlos Mendoza guardó ese secreto durante 57 años.

 Ahora, a los 76 años finalmente revela la conversación que nadie más escuchó. Octubre de 2024. Santa Cruz, Bolivia. Carlos Mendoza se sienta con dificultad en una silla de madera en el patio de su humilde casa. Sus manos, curtidas por décadas de trabajo en el campo tiemblan mientras sostiene una fotografía amarillenta.

 En la imagen se ve a un grupo de soldados bolivianos posando frente a una pequeña escuela de adobe. Es la escuela de la higuera. Es octubre de 1967. Carlos tiene 19 años en esa foto. Está en la esquina izquierda, casi invisible, con una expresión que mezcla miedo y confusión. Esa fue la semana que cambió mi vida para siempre, dice Carlos con voz quebrada.

 Esa fue la semana que conocí al hombre más extraordinario que jamás existió y esa fue la semana que lo vi morir. Carlos Mendoza nació en 1948 en una pequeña aldea cerca de Vallegrande en el corazón de Bolivia. Su familia era campesina. Cultivaban papas y maíz en tierras que apenas les pertenecían. Nunca fue a la escuela más de 2 años.

 A los 17, el ejército boliviano llegó a su pueblo buscando reclutas. No fue una elección. Dos oficiales aparecieron en la puerta de su casa y le dijeron a su madre que Carlos tenía el honor de servir a la patria. Mi madre lloró durante tres días, recuerda, Carlos, pero no había nada que hacer. En Bolivia, cuando el ejército te llama, vas.

 Durante 2 años, Carlos fue un soldado mediocre. No le interesaba la guerra. ni la política. Apenas entendía quiénes eran los guerrilleros que supuestamente amenazaban al país. Para él eran fantasmas en las montañas, historias que los oficiales contaban para asustar a los reclutas. Todo eso cambió en octubre de 1967. Su unidad fue enviada a una región remota llamada La higuera.El soldado que vigiló al prisionero herido rompió en llanto al confesar:  “No lo salvé, pero jamás pude olvidarlo aquella noche” Parte 1 Mario Vargas  Terrazas confesó frente a su nieta que

 Les dijeron que habían capturado al líder de los guerrilleros. Les dijeron que era un argentino peligroso llamado Ernesto Guevara. Carlos no tenía idea de quién era ese hombre. El 8 de octubre de 1967, Carlos Mendoza llegó a la higuera junto con su unidad. El pueblo era minúsculo, apenas un puñado de casas de adobe dispersas en la ladera de una montaña.

No había electricidad, no había agua corriente, no había nada que sugiriera que ese lugar insignificante estaba a punto de convertirse en uno de los sitios más importantes de la historia latinoamericana. Cuando llegamos ya había mucho movimiento, cuenta Carlos. Oficiales de alto rango, agentes que claramente no eran bolivianos, periodistas que habían aparecido de la nada.

 Todos hablaban en voz baja como si estuvieran en un funeral y en cierto modo lo estaban. El prisionero estaba en la escuela del pueblo, un edificio de dos habitaciones con paredes de barro y techo de paja. Carlos vio como sacaban a varios guerrilleros heridos de un camión militar. Pero hubo uno que llamó su atención inmediatamente.

 Era un hombre delgado, con barba descuidada y el cabello largo y sucio. Tenía una herida en la pierna que sangraba a través de un vendaje improvisado. Sus ropas estaban destrozadas, pero sus ojos, esos ojos oscuros y penetrantes, miraban a todos con una calma inquietante. Carlos observó como los soldados arrastraban al prisionero hacia la escuela.

 El hombre cojeaba por la herida en su pierna. Pero no se quejaba, no pedía ayuda, no suplicaba, caminaba con la dignidad de alguien que ya había aceptado su destino. Uno de los oficiales se acercó a Carlos y a otros tres soldados jóvenes. “Ustedes cuatro van a vigilar al prisionero esta noche”, les ordenó. Dos adentro, dos afuera.

 Se turnan cada 4 horas. Nadie habla con él, nadie le da nada. Si intenta escapar, disparan a matar. Carlos sintió que el estómago se le revolvía. Nunca había estado tan cerca de un prisionero importante. Nunca había tenido que vigilar a alguien que probablemente sería ejecutado. Le pregunté al oficial, ¿quién era ese hombre? Recuerda, Carlos.

 El oficial me miró como si fuera un idiota. Es el Cheegevara, me dijo. El segundo hombre más peligroso de América Latina después de Fidel Castro. En ese momento el nombre no significaba nada para Carlos, era solo un prisionero más. Pero esa noche todo cambiaría. Esa noche Carlos Mendoza descubriría quién era realmente Ernesto Cheegevara.

 A las 8 de la noche, Carlos entró en la habitación donde tenían al Che. Era un espacio pequeño de apenas 4 m por 4 con un piso de tierra y una única ventana diminuta. El che estaba sentado en el suelo con las manos atadas a la espalda y la espalda apoyada contra la pared. La única luz provenía de una lámpara de quereroseno que proyectaba sombras danzantes sobre las paredes de adobe.

 “Mi compañero era un soldado mayor llamado Rojas”, cuenta Carlos. Él se quedó cerca de la puerta fumando y mirando hacia afuera. Yo me senté en la esquina opuesta al prisionero. Durante la primera hora, ninguno de los dos habló. Carlos observaba al Che con una mezcla de curiosidad y temor. El hombre parecía tranquilo, demasiado tranquilo para alguien que sabía que probablemente moriría al día siguiente.

 Respiraba lentamente, con los ojos cerrados, como si estuviera meditando. De vez en cuando tosía una tos profunda y húmeda que sugería que estaba enfermo, pero no se quejaba, no pedía agua ni comida, simplemente existía en ese espacio, como si ya hubiera hecho las paces con todo lo que vendría después.

 Fue el Che quien rompió el silencio primero. Carlos nunca olvidará ese momento. La voz del prisionero era suave pero firme con un acento que claramente no era boliviano. Eres muy joven para ser soldado dijo el che abrir los ojos. Carlos se sobresaltó. Miró a Rojas, pero el otro soldado estaba distraído mirando hacia afuera.

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