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Katy Jurado: Esa Llamada de Monterrey Se Llevó la MITAD de Ella

Detente un momento en lo que voy a contarte, porque aquí empieza de verdad esta historia. Katy Jurado escuchó esa noticia, la peor que puede escuchar una madre, y unas horas después volvió a pararse frente a la cámara. Se volvió a maquillar, se volvió a aprender las líneas, lloraba entre toma y toma y cuando el director gritaba acción, ahí estaba otra vez, entera la profesional de hierro que el público conocía.

Así lo contó ella misma años después a los periodistas, porque en aquel mundo el duelo de una actriz era un problema de horario y el horario no se detiene por nadie. Esta es la historia que nunca te contaron completa. Hoy vas a descubrir cuatro cosas que las revistas de espectáculos jamás pusieron en sus portadas.

Primero, como una niña de familia rica, criada para obedecer y casarse bien, tuvo que escaparse de su propia casa a los 17 años con un hombre que le sacaba más de 10. y lo que ese primer marido hizo con el dinero que ella ganaba con su trabajo. Segundo, lo que se escondía detrás del matrimonio más glamoroso de su vida, el que tuvo con un actor ganador del Óscar al que medio mundo adoraba.

lo que ocurría en esa casa cuando se apagaban las luces y lo que la propia Katy declaró con sus palabras frente a las cámaras cuando ya no le importó callar. Tercero, la noche en que su propio hijo, o todavía un muchacho, tuvo que pararse frente a ese hombre y amenazarlo de muerte para defender a su madre. y lo que le costó a Katy salir de ahí.

3 años desaparecida de Hollywood en el mejor momento de su carrera. Y cuarto, lo que vino después de esa llamada de Montemorelos, el hundimiento y el rescate que llegó de donde nadie lo esperaba, de un hombre que no era de su sangre y al que ella terminó llamando hijo. Te voy a avisar cuando llegue cada una, pero antes guarda una frase en tu mente, en la pantalla.

Ella mandaba, repítela. En la pantalla ella mandaba, “La vas a necesitar para entender el final. Porque para entender cómo una mujer tan fuerte terminó tan rota, tienes que conocer primero el mundo que la levantó.” Esta historia no arranca en aquel foro de 1981, arranca mucho antes, en una casa grande de Guadalajara con un apellido pesado, puertas altas y reglas que no se discutían.

Guadalajara, Jalisco, 16 de enero de 1924. En una familia de dinero, de tierras y de buen nombre, nace una niña a la que le ponen María Cristina Estela Marcela Jurado García. Todavía no es Katy. Todavía le falta mucho para ser la mujer de mirada feroz que va a desafiar a los hombres más poderosos del cine de dos países.

Por ahora es una niña que crece rodeada de lujo, sí, pero también rodeada de una idea muy clara de lo que una hija de buena casa puede y no puede hacer. Su padre, Luis Jurado Ochoa, era abogado y terrateniente, un hombre de orden, de autoridad, de los que creían que una hija debía obedecer mucho antes de soñar.

Su madre cantaba, tenía una voz que llenaba las habitaciones o Imagínate la casa, de un lado, la ley y el deber, del otro la música y el escenario. Y en medio de esas dos fuerzas creció Katy, jalada hacia los dos lados a la vez. Su familia venía de lejos de generaciones que habían sido dueñas de tierras enormes, de las que se extienden hasta donde alcanza la vista.

Pero llegó la revolución mexicana y se llevó casi todo. Las tierras se repartieron, la fortuna se encogió y a la familia Jurado le quedó sobre todo el orgullo. Y el orgullo, cuando ya no hay tierras debajo que lo sostengan, se vuelve una cosa rígida, exigente, incómoda. La abuela de Katy fue la guardiana de ese orgullo.

Una mujer dura, aferrada a los modales de una aristocracia que ya casi no existía, convencida de que una señorita de buena cuna tenía un destino escrito del que no se salía. En esa casa, una niña valía por cómo se sentaba, por cómo hablaba, por con quién se iba a casar. El cine, los actores, los camerinos, todo eso pertenecía a otro mundo.

Un mundo que las familias decentes miraban por encima del hombro. Para la abuela, que Katy soñara con la pantalla era casi una traición al apellido. Imagínate crecer así, con lujo en la mesa y candados en los sueños, con vestidos finos y una jaula invisible. Katy aprendió desde muy chica que en su casa el escándalo se temía más que la infelicidad, que era preferible una hija triste y callada antes que una hija libre y señalada.

Y mientras esa niña crecía encerrada entre las reglas de su familia, afuera estaban haciendo algo enorme. Estaba haciendo la época de oro del cine mexicano. años en que México le dio al mundo películas que todavía hoy se ven, canciones que todavía hoy se cantan, rostros que se volvieron parte de la memoria de todo un continente.

Tú sabes de qué te estoy hablando. Las salas llenas, el olor a la butaca vieja y a las palomitas, la gente saliendo del cine repitiendo los diálogos. tarareando las canciones, soñando con esas vidas que parecían más grandes que la propia. Ese mundo llamaba a Katy con una fuerza que ninguna abuela podía apagar.

Y ella tarde o temprano iba a responder a ese llamado, costara lo que costara. La familia tenía tierras heredadas de generaciones atrás y aunque la revolución se llevó buena parte de esa fortuna, conservaron el apellido y sobre todo conservaron las costumbres. A las niñas se las educaba para caminar derecho, hablar bajo y no mirar demasiado lejos.

Querían que Katy estudiara, que se hiciera una mujer respetable. que continuara la línea decente de una casa donde el escándalo se temía más que la tristeza. Pero esa muchacha traía algo que no cabía en ningún salón de clases, unos ojos enormes que parecían discutir incluso cuando ella se quedaba callada. Una belleza que no era dulce ni dócil, una presencia que no pedía permiso y el cine la vio antes que nadie.

Cuentan que Emilio Fernández, el indio Fernández, uno de los nombres más grandes del cine mexicano, quiso llevarla a la pantalla cuando ella tenía apenas 16 años. Para cualquier muchacha de esa época habría sido un sueño. Para su familia fue una amenaza. Una hija de buena casa no se metía al cine, no se mezclaba con actores, con camerinos, con productores, con rumores.

Y su abuela, una mujer dura, aferrada a los ideales de la vieja aristocracia, le cerró la puerta. Aquí viene el primer quiebre de esta historia, el que va a marcar todo lo demás. Katy no se rindió, no se quedó llorando frente a una ventana esperando permiso. Tomó una decisión que parecía una salida y que en realidad sembró su primera herida.

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