Posted in

 Crecí Viendo Mi Padre Burlarse de los Milagros de Carlo Acutis… Yo Fui Quien Vivió las Consecuencias

 A los 14 años me bauticé por decisión propia en las aguas. A los 15 empecé a dar estudios bíblicos para adolescentes. A los 16 ya estaba predicando sermones cortos de 10 minutos antes de que mi papá subiera al púlpito principal. Todos pensaban que yo amaba todo eso. Nadie sabía que cada vez que subía al escenario a tocar guitarra, sentía un peso en el pecho que no podía explicar.

Nadie sabía que cada vez que predicaba esos sermones cortos memorizaba las palabras, pero no sentía nada cuando las decía. Nadie sabía que cuando todos cerraban los ojos para orar, yo los mantenía abiertos mirando el techo, preguntándome si realmente creía todo lo que estaba diciendo. Pero había algo que me molestaba más que todo lo demás, algo que me hacía sentir esa incomodidad que nunca pude nombrar hasta que fue demasiado tarde para ignorarla.

Mi papá odiaba a los católicos. No era desacuerdo teológico educado, no era diferencia doctrinal respetuosa, era odio puro disfrazado de celo por la verdad. Y yo crecí escuchando ese odio cada domingo desde el púlpito. La primera vez que escuché el nombre Carlo Acutis fue un domingo 22 de septiembre de 2019. Yo tenía 12 años.

Estaba sentado en la quinta fila como siempre. Mi mamá estaba a mi lado. Rebeca jugaba con su libro de colorear. Mi papá subió al púlpito con esa expresión que yo había aprendido a reconocer. La expresión de indignación santa. La expresión que significaba que ibas a atacar a alguien durante los próximos 45 minutos.

Abrió su Biblia en Deuteronomio. Leyó sobre no consultar a los muertos. Entonces cerró la Biblia con fuerza y empezó. Hermanos y hermanas, el enemigo está trabajando horas extras. La Iglesia Católica Romana, en su desesperación está fabricando santos falsos para engañar a los jóvenes. Están promoviendo a un muchacho llamado Carlo Acutis, un adolescente que murió hace 13 años y ahora quieren que creamos que hizo milagros.

Quieren que adoremos a un muerto, quieren que oremos a un cadáver en lugar de ir directamente a Jesucristo. Recuerdo haber sentido algo extraño en ese momento. No era convicción, era incomodidad. Mi papá siguió hablando con voz cada vez más alta. Este muchacho supuestamente catalogó milagros eucarísticos en internet.

 milagros de la consagrada, del pan que ellos adoran como si fuera Dios mismo. Hermanos, esto es idolatría del más alto nivel. Y ahora quieren convencer a nuestros jóvenes, a nuestros adolescentes que crecen con internet y redes sociales. Que este Carlo Acutis es un modelo a seguir. Es una trampa del infierno disfrazada con cara de inocencia juvenil.

Yo tenía 12 años y no entendía por qué mi papá sonaba tan enojado. No entendía por qué un muchacho muerto de 15 años lo amenazaba tanto. Pero no dije nada porque en mi casa no se cuestionaba a mi papá, en mi iglesia no se cuestionaba al pastor. Así que solo asentí cuando él me miró buscando aprobación en mi rostro.

Esa fue la primera vez, pero no la última. Durante los siguientes 5co años, mi papá mencionó a Carlo Acutis. por lo menos una vez al mes. Cada vez que salía alguna noticia sobre su beatificación, mi papá dedicaba sermones enteros a demolerlo. Cuando fue beatificado en octubre de 2020, mi papá hizo una serie de tres domingos seguidos llamada La verdad sobre los santos falsos.

 Invitó a excatólicos a dar testimonios de cómo habían sido liberados de rezar a muertos. Organizó noches especiales de oración por las almas perdidas. atrapadas en el catolicismo. Y yo estaba ahí en cada servicio tocando guitarra mientras mi papá predicaba, diciendo amén en los momentos correctos, asintiendo cuando decía algo particularmente fuerte contra los católicos, pero por dentro esa incomodidad crecía.

 Esa pregunta silenciosa que nunca me atrevía a hacer en voz alta, ¿y si mi papá está equivocado? Y si todo esto que estamos atacando es verdad y nosotros somos los que estamos mal. Nunca dije nada. ¿Cómo podía? Yo era el hijo del pastor. Yo era el ejemplo para los jóvenes. Yo era el que supuestamente iba a continuar el ministerio algún día.

Así que guardé esas preguntas en el fondo de mi mente y seguí tocando guitarra y seguí predicando sermones cortos y seguí sonriendo cuando la gente me decía, “Qué bendición eres para tu padre.” En casa éramos la familia evangélica perfecta. Todas las noches después de cenar nos reuníamos en la sala para leer la Biblia.

Mi papá leía un capítulo, después orábamos cada uno. Yo siempre oraba por mis amigos de la escuela que no conocían a Jesús. Palabras vacías que había memorizado porque era lo que se esperaba que dijera. Los miércoles teníamos reunión de oración en el templo. Los viernes culto de jóvenes donde yo tocaba guitarra.

 Los sábados visitábamos enfermos o hacíamos evangelismo en las calles. Los domingos dos cultos. Mi vida entera giraba alrededor de la iglesia. No tenía tiempo para nada más. No tenía espacio para cuestionar. No tenía permiso para dudar. Estudiaba en la preparatoria federal Lázaro Cárdenas. Sacaba buenas calificaciones porque mi papá decía que los hijos de pastores tienen que ser ejemplo en todo.

 Tenía amigos, pero no podía invitarlos a mi casa porque la mayoría no eran cristianos y mi papá no quería malas influencias. No podía ir a fiestas porque había música mundana y tentaciones. No podía tener novia porque mi papá decía que era muy joven y que las relaciones de noviazgo solo servían para caer en fornicación. Mi vida estaba completamente controlada y yo lo aceptaba porque era todo lo que conocía.

 Pero había momentos, momentos pequeños donde la máscara se caía un poquito. Momentos donde me preguntaba si realmente quería ser pastor, momentos donde imaginaba cómo sería vivir una vida que yo eligiera y no una vida que me habían diseñado desde antes de nacer. El viernes 18 de enero de 2025 empezó como cualquier otro viernes.

 Me desperté a las 6 de la mañana. Leí mi Biblia 30 minutos como mi papá me había enseñado. Desayuné avena con plátano que mi mamá preparó. Me puse mi uniforme de la prepa, pantalón azul marino, camisa blanca, zapatos negros lustrados. Llegué a la escuela a las 7:30. Primera clase era matemáticas. Después química, después español.

 Almorcé en la cafetería con mis compañeros Javier y Daniela. Tacos de papa con salsa verde, agua de jamaica, conversación sobre el examen de física que teníamos el lunes. A las 2 de la tarde tenía clase de educación física. Lo último que recuerdo claramente de ese día es estar corriendo vueltas alrededor de la cancha de basketbol.

Read More