Estos desajustes las desconcertaron y un poco las desanimaron, tal como dejarían constancia en sus diarios y al comunicarse con sus seres queridos. Sin embargo, rápido sacaron su primer aprendizaje del viaje. A veces las cosas no dependen del todo de uno y lo más importante es saber adaptarse. ¿Qué hicieron entonces Crris y Lisa? Aprovecharon esos días para disfrutar en boquete, cada día era una mezcla de aprendizaje, risas y pequeños retos lingüísticos.
Nadie imaginaba que estas jóvenes risueñas y con amplias aspiraciones profesionales pasarían a protagonizar en breve una historia digna de película del terror. El día que todo cambió. Era el martes primero de abril de 2014. La mañana amaneció clara en Boquete con ese aire fresco que se cuela entre las montañas antes que la neblina comience a levantarse.
Crris y Lisan desayunaron juntas. Hay quienes dicen que lo hicieron en compañía de dos jóvenes holandeses con los que habían compartido algunas salidas. Otros dicen que es verdad que no estaban solas, pero que no estuvieron con otros turistas, sino que con sujetos de la zona. Sobre estas posibilidades avanzaremos más adelante. En determinado momento de la mañana, las amigas se dirigieron hacia un sendero que les prometía bellas vistas y la chance de caminar y charlar de modo distendido.
Se dijo que el perro de un restaurante local, un mestizo amigable llamado Blue, se les unió en el inicio de la caminata. A partir de aquí, las contradicciones abundan en la causa. Tanto familiares como oficiales y testigos empezaron a mostrar testimonios cambiantes a lo largo de los años. Un primer factor controversial fue el taxi que la llevó hasta el sitio exacto en el que comenzaría la caminata.
El chóer del mismo mencionaría horarios que no serían coincidentes con otras pruebas que darían cuenta de la ubicación real de las muchachas. Simples errores de cálculos o ya desde ese momento la información empezó a ser manipulada. Las amigas no estaban en busca de una expedición arriesgada o extensa, al menos no en apariencia.
La idea era recorrer el sendero El pianista, un camino popular entre visitantes por la posibilidad de asomarse al Continental Divide, una línea divisoria de aguas que separa las cuencas del Atlántico y del Pacífico. El recorrido habitual de unas pocas horas comienza en un punto cercano a la carretera principal y asciende hasta un mirador natural para luego regresar por la misma ruta.
Se trata de un camino con dificultad moderada y nada hizo creer a Lisa y Cris que las cosas podrían complicarse. A media mañana, las chicas fueron vistas por última vez en los alrededores del inicio del sendero. La primera parte del camino es amplia y clara, bordeada por vegetación exuberante y huertos de café. Más arriba, la ruta se estrechan, el suelo se cubre de barro y raíces y el canto de las aves se mezcla con el rumor lejano de riachuelos.
Es importante señalar que las horas de luz en boquete son cortas. A las 18:30 la oscuridad ya se instala con un peso casi físico en la selva y los sonidos cambian. Grillos y ranas reemplazan a los pájaros y la humedad se vuelve fría sobre la piel. Por eso fue algo desconcertante que al hacerse las 19 horas, Lisa y Cris no aparecieron.
Tampoco se habían comunicado con nadie. Dicen que el perro que las acompañaba volvió, pero solo. A pesar de que aquello no era típico, nadie en el pueblo encendió alarmas inmediatas. La familia anfitriona no tenía control de horarios estrictos y creyeron que las jóvenes habrían aprovechado para encadenar esa aventura con alguna otra.
Después de todo, se trataba de adolescentes muy sociables que siempre se mostraban con ganas de seguir explorando. Y se habían fraternizado con otras personas y habían improvisado otra salida. Y si luego se habían ido a un bar, ¿por qué no podía ser esa una posibilidad? Al menos esas fueron las excusas que la familia anfitriona expondría frente a la justicia unos días después.
Para algunos, su inactividad en esas primeras horas tras la desaparición de Crisil Lisa es más que sospechosa y merece ser tenida más en cuenta. Como sea, la preocupación real comenzó a crecer cuando las dos holandesas no se presentaron a una cita que tenían a la mañana siguiente con un guía local llamado Feliciano. Ese guía sería el primero en poner el nombre de las chicas en el radar y se convertiría más tarde en otra de las complejas piezas de este rompecabezas.
Lo que importa saber ahora es que el 2 de abril la vida en Boquete seguía su curso, ajena que en algún punto entre la montaña y el río, dos jóvenes buscaban desesperadamente la forma de volver. El silencio en torno a ellas ya había comenzado y se prolongaría por días hasta convertirse en un vacío inquietante.
Las primeras pistas. Cuando las familias de Cris y Lisan recibieron la noticia de que sus hijas no habían regresado, no perdieron tiempo. Hubo llamadas a embajadas y se activaron protocolos internacionales. El 3 de abril ya había preocupación en ambos continentes y para el 6 del mismo mes la alarma era oficial.
La policía panameña, unidades caninas y voluntarios locales comenzaron a recorrer senderos, quebradas y comunidades vecinas. Los afiches con sus rostros aparecieron pegados en tiendas, hostales y postes de luz en boquete. La búsqueda intensa en sus primeros días no tardó en toparse con los contratiempos de la geografía de la zona.
La selva de Chiriquí no es un lugar que se deje explorar fácilmente. Los caminos se bifurcan y se pierden. La vegetación lo engulo. Y el terreno puede pasar de ser un sendero marcado a un barranco escarpado en cuestión de metros. La niebla, la lluvia y el calor forman un triángulo que jugaba en contra de cualquier rastreo prolongado.
El paso de la semanas fue diluyendo la esperanza de un hallazgo inmediato. Para mediados de abril, la búsqueda oficial disminuyó. Sin embargo, familiares y especialistas neerlandeses seguían en Panamá coordinando con guías locales, revisando mapas y posibles rutas alternativas que las jóvenes pudieran haber tomado.
Dos meses después del 14 de junio del 2014, una mujer indígena Gabé Bglé, que vivía en la zona de Alto Romero, salió a lavar ropa a la orilla del río Colubre. Entre piedras y ramas, vio algo que no pertenecía a este paisaje, una mochila azul con detalles negros. La tomó y la llevó a su comunidad.
Desde allí fue entregada a la policía y se constató que era la que llevaban Lisa y Cris al momento de subirse al taxi. La mochila fue el primer hallazgo concreto después de semanas de vacío, un objeto intacto que parecía resistirse a contar toda la historia. Las familias, al verla, sintieron alivio por tener una pieza de las chicas ausentes, pero también vivenciaron un nuevo golpe de incertidumbre.
¿Cómo había llegado eso hasta allí? ¿Quién la había colocado tan cuidadosamente junto al río? En su interior había un retrato congelado del viaje, dos pares de gafas de sol, dos sujetadores, una botella de agua, 83 en efectivo, los pasaportes, el iPhone de Chris, el Samsung Galaxy de LSM y una cámara digital Canon Power Shot.
Todo estaba sorprendentemente seco y en buen estado, como si no hubiera pasado semanas expuesto a la humedad de la selva y del río. De acuerdo con los registros posteriores extraídos de sus teléfonos, alrededor de las 16:39 del mismo día en que se habían internado en el pianista, se realizó el primer intento por pedir ayuda.
Mientras Lisan había marcado el 911 desde su Samsung, Chris había hecho lo propio desde su iPhone, solo que había marcado el 112, el equivalente al número de emergencias en su país de origen. Por desgracia para ambas, la señal era inexistente en esa zona. No se sabe con certeza dónde pasaron esa primera noche.
Lo que sí se sabe es que los intentos de contacto continuaron al día siguiente, siempre sin lograr señal. Los últimos encendidos intermitentes sugieren que al menos uno de los aparatos se usó hasta el 11 de abril, 10 días después de la caminata inicial. Sin embargo, se supo también que las llamadas de emergencia las había hecho una persona que no había podido colocar de modo correcto el patrón de bloqueo del celular.
¿Qué significaba esto? que solo se registraban llamadas a números de emergencia y ninguna había intentado comunicarse con alguno de sus familiares siendo que hablaban a diario. ¿Por qué el usuario del celular no lo había podido desbloquear? Nervios. Eso explicaría uno o dos intentos fallidos, pero los estudios arrojaban otra verdad. Entonces, alguien que no era el dueño del aparato había querido usarlo.
De ser así, significaba esto que las chicas no estaban solas. significaba que quizás una de ellas intentaba usar el celular de la otra. Estos datos reconstruidos más tardes por peritos son una de las pocas certezas temporales que permiten imaginar el momento en que la caminata dejó de ser un paseo y se transformó en un problema serio.
Las preguntas aumentaban en cantidad, pero también en profundidad. Cuando los investigadores descargaron el contenido de la cámara que estaba en la mochila, hallaron más de un centenar de fotos y unas cuantas razones para que el enigma escalara de nivel. Y es así como nuestra historia vuelve al principio. Terribles hallazgos.

Las primeras fotos del primero de abril mostraban a las chicas sonriendo en el sendero, posando en miradores y junto a riachuelos a plena luz del día. Pero luego en la madrugada del 8 de abril, una secuencia de 90 imágenes tomadas en completa oscuridad capturaba objetos y entornos apenas iluminados por el flash.
ramas, piedras, lo que parecía ser una parte de la cabeza de Cris, un cinturón colgando sobre una roca, bolsas plásticas instantáneas que más que aclarar añadían misterio y una cuota de turbiedad al asunto. También se descubrió que una foto, justo la foto bisagra, la que debería haber estado entre las fotos felices y las fotos perturbadoras, había sido borrada desde un ordenador.
Pero, ¿cómo podía ser esto posible? ¿Quién había hecho desaparecer esa imagen? ¿Y por qué? Y más allá de eso, ¿qué significaban todas esas imágenes sacadas en la oscuridad? Las había sacado alguien que perdido en el bosque buscaba dar señales. Se habían sacado para intentar iluminar el camino. Se habían sacado por accidente.
Más importante aún, las habían sacado las chicas. El hallazgo de la mochila en junio del 2014 había reactivado la investigación, pero lo que vino después sumó una capa más espesa de incertidumbre. La mochila azul impulsó nuevas búsquedas, esta vez cerca del río Culubre. Poco después del descubrimiento se encontraron unos shorts de Shin que pertenecían a Cris.
Los mismos estaban cuidadosamente doblados y colocados sobre una roca río arriba. ¿Quién estaba jugando con los investigadores? ¿Cómo podía ser que las pistas aparecieran así, plantadas de la nada, más y más desesperadas? Las familias de las chicas ofrecieron una recompensa de unos $30,000 por cualquier información que pudiera conducir al paradero de las muchachas, un incentivo que atrajo a locales y buscadores privados.
Esa recompensa fue también el centro de algunas sospechas. Es que ni bien se anunció la misma, un guía local familiarizado con las corrientes y los accesos de la zona encontró la que sería considerada la pista más escabrosa. Un zapato deportivo azul marca Mary dentro, todavía protegido por la tela había un pie humano.
La bota parecía pertenecer a Lisamfrom. Apenas unas semanas más tarde, en la misma zona del río empezaron a aparecer nuevos indicios. ¿Y quién fue uno de los encargados de hallarlos? El ya mencionado Feliciano. Sí, el mismo sujeto que había dado la primera alarma. Entre piedras húmedas y vegetación baja apareció un fragmento de pelvis junto a más restos óse dispersos.
En total se recuperarían 33 fragmentos de huesos, la mayoría pequeños, frágiles, como si el tiempo y el entorno se hubieran encargado de desmembrar la historia. Los análisis de ADN confirmaron lo que todos temían. Pertenecían a las holandesas desaparecidas, pero fue el estado de los restos lo que encendió nuevas dudas. ¿Qué esconde la selva? Los huesos asociados alan parecían haber pasado por un proceso natural de descomposición en la selva.
Conservaban cierta humedad e incluso trazas de tejido. Los de Cris, en cambio, estaban blanqueados como si hubieran sido expuestos al sol o algún proceso que acelerara su desgaste. Un forense panameño sugirió que podía tratarse de una descomposición diferencial causada por factores ambientales, pero otros especialistas, incluyendo consultores neerlandeses, advirtieron que la diferencia era llamativa y difícil de explicar solo por la naturaleza.
No había cortes, marcas de armas ni signos evidentes de violencia en la superficie ósea, al menos no en lo que se pudo analizar. Tampoco había manera de saber si las jóvenes habían muerto el mismo día o si alguna había sobrevivido más tiempo. Las corrientes del culubre podían arrastrar objetos y restos humanos por kilómetros, pero la disposición de las evidencias parecía más ordenada de lo que el caos de la selva puede permitir.
En criminología, el lugar donde se encuentra un cuerpo, sus partes puede ser tan revelador como el cuerpo mismo. Y en este caso las posiciones, el estado y el momento de cada hallazgo dibujaban un mapa incompleto que cada observador interpretaba a su manera. Los detectives locales hablaron de animales carroñeros, aunque fueron incapaces de dar mayores argumentos para sustentar aquello.
Para las familias, cada fragmento recuperado era un golpe seco. No era el reencuentro que habían imaginado cuando viajaron a Panamá. Era más bien una confirmación parcial. Las chicas ya no estaban vivas, pero la historia de cómo llegaron a su final seguía sin escribirse del todo. Y mientras las autoridades mantenían la hipótesis de un accidente como explicación oficial, voces dentro y fuera de Panamá comenzaban a sostener que había algo más.
Detalles que no encajaban, secuencias de hechos improbables y un patrón de hallazgos demasiado extraño para atribuirlo únicamente al azar. accidente o algo más. Con la recuperación de la mochila, las fotos y los restos óseos, la historia ya tenía una línea temporal mínima. Sin embargo, la narrativa oficial y las sospechas populares comenzaron a caminar en direcciones distintas.
Como dijimos, algunos investigadores y parte de la opinión pública se inclinaron desde el primer momento por la hipótesis más sencilla, un accidente. La selva panameña, hermosa y exuberante, podía transformarse en cuestión de minutos. en una trampa mortal para cualquiera que no conociera sus rutas y caprichos. Se habló de que ambas jóvenes pudieron haberse desorientado durante la caminata desviándose del sendero al pianista hacia zonas menos transitadas.
La geografía agreste, los cambios bruscos del clima, las crecidas de los ríos y la imposibilidad de encontrar puntos de referencia claros podrían haberlas dejado aisladas, sin comida, sin refugio, luchando contra el agotamiento y las lesiones. Los llamados a emergencias desde el teléfono infructuosos, reforzaban para algunos la idea de que estaban vivas, pero atrapadas y que simplemente nadie llegó a tiempo.
Pero la hipótesis del accidente no convencía a todos. Fue así como surgió la teoría de una tercera persona, un guía, un desconocido o alguien que se hubiera cruzado con ellas y cuyo papel en el desenlace aún estaba envuelto en sombras. ¿Acaso las chicas habían sido emboscadas y consecuentemente asesinadas? En Boquete, como en cualquier sitio turístico, el flujo constante de visitantes era acompañado por rumores de robos, agresiones y situaciones que no siempre trascendían a la prensa.
Sin embargo, nunca se presentó evidencia sólida de violencia sexual o física deliberada contra ellas y la policía insistió en que no había señales concluyentes de un ataque. Entre las hipótesis más técnicas, ciertos expertos consideraron un escenario intermedio, un accidente inicial que derivó en una lenta cadena de complicaciones.
Una de ellas pudo haberse lesionado al intentar cruzar un río o descender por una pendiente, dejando a la otra la tarea de buscar ayuda. Esto explicaría por qué en algunos momentos solo uno de los teléfonos fue encendido, manipulado. Una larga secuencia de intentos de llamada intercalada con días sin actividad podría haber respondido a la esperanza de encontrar señal o a simples pruebas periódicas para ver si lo lograban.
Sin otra cosa que hacer, las familias de ambas aceptaron públicamente y con el corazón roto el informe oficial, aunque nunca dejaron de remarcar que había aspectos que no terminaban de encajar. Lo cierto es que las teorías, lejos de cerrarse, siguen vivas. Mientras no se pueda reconstruir con absoluta certeza las últimas horas de las turistas neerlandesas, el espacio para las conjeturas seguirá tan fértil como la propia selva donde todo ocurrió.
Y la teoría que más lugar ha ganado en la virtualidad en los últimos años es la que gira sobre el ya mencionado guía llamado Feliciano. La sospecha sobre Feliciano. La primera imagen que muchos evocan es la de un hombre de campo curtido por la lluvia tropical y el sol hondureño con botas de cuero y un machete colgando al hombro.
Se dijo que esa mañana del primero de abril de 2014 Crazy y Lisan habían tenido algún tipo de contacto con él. El guía era una figura reconocida en boquete, especialmente para quienes exploraban más allá de lo habitual. Se supone que Feliciano había ofrecido a las chicas una caminata de dos días, incluida una estancia en su cabaña en el bosque, algo que ellas rechazaron por gastos y compromisos académicos en sus clases de español.
Al día siguiente, cuando los jóvenes no aparecieron en el tour acordado, Feliciano se presentó en la casa donde ellas vivían como voluntarias. Se supo luego que él abrió la puerta, revisó la habitación y se dio cuenta de que no habían pasado la noche allí. Como mencionamos, fue él quien alertó a las autoridades y activó la búsqueda.
Poco después, y como también vimos, fue parte activa, incluso protagonista de la investigación. Indicó zonas a los detectives y participó en la localización de fragmentos óseos. Eso lo convirtió en una pieza central en el relato, un guía que había perdido el contacto con sus clientes y a la vez había ayudado a encontrarlas. Dicho papel generó controversias.
Para algunos, su cooperación parecía sincera. Los defensores de Felicianos enfatizaron su tiempo y ayuda efectiva cuando el caso se había enfriado. Lo señalaron como el nexo natural entre las autoridades, la comunidad y los investigadores, y consideraron que su sapiencia había sido vital para recuperar evidencias que de otro modo habrían quedado ocultas.
Incluso en medios internacionales el dilema se articuló con cautela. Algunos, tras conversar con él y otros habitantes de Boquete, destacaron que el guía no había sido ubicado en el sendero el día del extravío y que sus acciones fueron las de un profesional que trataba de ayudar en una situación crítica, pero para otros era realmente sospechoso.
Incluso trazaron un paralelismo inquietante cuando aparecieron comentarios de turistas indicando cierta atención inapropiada hacia mujeres europeas por parte del hombre. Según algunos testimonios, Feliciano tenía arranques de ira y solía hacer bromas sobre cortarle las piernas con su machete a los turistas más perezosos.
Detalles que, aunque sin fundamentación probatoria alimentaron las habladurías en su contra, eso sin mencionar lo oportuno que habían sido sus hallazgos, todos realizados luego de que las familias ofrecieran la cuantiosa recompensa. En una entrevista en 2022, el hombre relató como las acusaciones lo condujeron a recibir amenazas, ataques en redes sociales e incluso el boicot de hoteles y operadores turísticos ocasionales en Boquete, afectando su reputación y la de su familia.
Las aguas se dividían de modo implacable. ¿Quién decía la verdad? Lo que no todos llegaron a saber fue que en realidad los ojos de los investigadores privados no estaban solo en Feliciano, sino en su hijo. Los tentáculos de la conspiración. En Boquete, donde los senderos se entretegen como venas de un organismo antiguo, circulan historias que nacen a la luz del día, pero se alimentan en la penumbra.
Una de ellas gira en torno a Tito, el hijo de Feliciano, el guía que tanto ayudó y a la vez atrajo sospechas tras la desaparición de Chris y Lisam. Según la publicación del podcast Los in Panama, fuentes de la comunidad relatan que días antes de aquel primero de abril de 2014, las jóvenes habrían tenido contacto con un grupo de jóvenes de Boquete.
Dentro de ese grupo estaba Tito, junto con otras figuras conocidas como murgas, Sabrozón y El Cuervo. La versión que rodea este rumor es clandestina en tono y fragmentaria en detalles. Se dice que Cris y Lisan estuvieron en una discoteca local. En algún momento compartieron una noche con esos sujetos y luego partieron al sendero.
La teoría sugiere que miembros de ese grupo pudieron preguntarle al taxista sobre ellas antes de que se internaran por el pianista. Este rumor difícilmente se sustenta en pruebas formales. No hay registros públicos, denuncias oficiales ni declaraciones judiciales que confirmen la participación de Tito en los eventos. Tampoco hay documentos que lo ubiquen cerca del sendero ese día.
La narrativa circula sobre todo en espacios no académicos o periodísticos alimentada por conversaciones entre vecinos o testimonios anónimos recogidos por medios dedicados a la reconstrucción del caso. Y lo cierto es que aquello es apenas la punta del iceberg, porque cuando se intentó indagar en esta arista, extrañas muertes comenzaron a ocurrir.
El hombre cuyo taxi llevó a Cris y Lisan hasta el principio del sendero del que ya no saldrían, murió meses después en circunstancias sospechosas. Dicen que había intentado cambiar sus declaraciones como si estuviera dispuesto a señalar a alguien que hasta ese momento había estado en las sombras. Era marzo del 2005 cuando el chóer fue hallado sin vida en las aguas del balneario Los Cangilones en Huacá.
El informe oficial recogido por medios de Panamá señala que poco después de comer se arrojó al río y falleció. No hubo una explicación plenamente satisfactoria para esta muerte. Además, este no fue el único eco negro que surgió. Se dice que otras personas ligadas al caso también murieron en circunstancias poco claras.
Osmán Valenzuela, un joven que afirmó haber visto a las chicas, desapareció tr días después. Su cuerpo apareció ahogado. José Manuel Murgas, asociado con Osmán, murió en un misterioso choque un año más tarde. Por su parte, Jorge Rivera Miranda fue también hallado ahogado en aguas poco profundas unos meses después.
había empezado a ser señalado como una persona dispuesta a contar una versión secreta del asunto. Estas coincidencias en un área donde ya se respiraba atención impactaron a la comunidad local y a familiares en Holanda. Y aunque no hay pruebas de una conexión directa entre estas muertes y lo sucedido a Chris Lisan, el relato oficial nunca las abordó con claridad. Simple casualidad.
¿Y si no lo fuera, ¿qué nos dice este sutil encadenamiento de decesos? ¿Acaso es el modo que alguien encontró para advertir a los locales sobre los peligros de salirse del libreto? Cuando esta información amenazaba contrascender, los medios presentaron una teoría igual de injustificada, pero por la que la gente sintió mayor empatía.
Se habló de canibalismo, de que las chicas habían sido secuestradas y abusadas por una tribu que no les había tenido piedad. El prejuicio hacia esos pueblos originarios alimentó la llama de esta acusación y durante meses este titular, atractivo por el morvo que implicaba, dejó en segundo plano el tendal de misteriosas muertes. Final.
La selva de Boquete, con su denso follaje y sus senderos, ha guardado muchos secretos, entre ellos el de dos jóvenes que llegaron llenas de ilusiones y cuyo destino terminó marcado por la tragedia y la incertidumbre. A más de una década de aquel abril de 2014, las versiones oficiales, las teorías alternativas y los silencios incómodos continúan entrelazándose en una madeja que nadie ha podido desenredar del todo.
En la zona, algunos pobladores aún recuerdan la historia como si fuera una advertencia. Dicen que la selva no olvida, que se traga lo que quiere y que devuelve solo lo que le conviene. Otros más escépticos señalan que el caso fue mal gestionado desde el principio y que las pruebas que podrían haber aclarado la verdad se perdieron en un mar de errores y omisiones o negligencias y complicidades.
Si es verdad que Feliciano estuvo involucrado, ¿por qué lo cubrieron? ¿Por qué tenía tanto poder su figura? ¿Acaso era el coordinador de una especie de mafia cuyos tentáculos llegaban hasta las más altas esferas de poder en Panamá? Un dato para nada menor es que junto a los restos de las turistas también se encontraron huesos que no eran de ellas.
De hecho, aún no se sabe a quién o a quiénes pertenecían. ¿Qué es lo que sucede en esas coordenadas? ¿Acaso es Boquete un punto neurálgico para la trata de personas? Se trata de una zona libre para que los malvivientes lleven a cabo viles actos, rituales acaso. La imagen de Cris y Lisan sigue viva en las fotografías que circularon por el mundo.
Dos jóvenes sonrientes, llenas de vida, ajenas a la idea de que un sendero turístico se convertiría en un laberinto sin salida. A su vez, la selva silenciosa y húmeda también sigue ahí, recibiendo a nuevos caminantes que tal vez ignoran que bajo sus raíces y entre sus sombras persiste la huella de un enigma que ni el tiempo ni la ciencia han logrado resolver por completo.

Una huella que nos recuerda que en la naturaleza es indomable y que el humano puede tener un costado mucho más oscuro de lo que nuestra imaginación permite concebir. una huella que es prueba feaciente de que algunos caminos no tienen retornos. Hoy estas fotos siguen causando insomnio entre quienes las ven.
¿Acaso se pondrá en algún momento a encontrar el detalle que falta, la pista que por años estuvo perdida? ¿Podremos saber algún día estaba ocurriendo en todos esos rincones que no eran enfocados por la cámara? Por sobre todo y más inquietante aún, ¿qué fue lo que vieron Lisa y Cris antes de morir?