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Farida de Egipto: El Rey la Repudió Tras Darle 3 Hijas… y Le Quitó Todo

Pero conviene recordarlo, porque en ese nombre olvidado vive la mujer que existió antes de la corona, la muchacha que tenía sueños propios, gustos propios, una vida que le pertenecía solo a ella antes de que el destino la convirtiera en propiedad de un trono. Safiná no soñaba con ser reina. Ninguna niña que crece en una familia de jueces y funcionarios sueña realmente con sentarse junto a un monarca.

Soñaba, como cualquier muchacha culta de su tiempo, con una vida hermosa, con el arte, con el amor, con formar una familia. Jamás imaginó que el destino la elevaría tan alto para luego dejarla caer desde una altura tan vertiginosa. Mientras tanto, en el trono de Egipto reinaba un joven que pronto se convertiría en una de las figuras más fascinantes y trágicas del siglo XX.

Faruk había subido al trono siendo casi un niño tras la muerte de su padre, el rey Fuad. Tenía apenas 16 años cuando se convirtió en rey de Egipto y de Sudán. Un muchacho guapo, encantador, educado en Inglaterra, sobre cuyos hombros recaía de pronto el destino de toda una nación. El pueblo lo adoraba. Las multitudes llenaban las calles para verlo pasar.

Era joven, era apuesto, era el símbolo de un Egipto que soñaba con la modernidad sin renunciar a su grandeza milenaria. Y un rey joven necesitaba, según todos los que lo rodeaban, una reina, una esposa que estuviera a la altura, que diera continuidad a la dinastía fundada por Mohammad Ali, esa dinastía que tenía una curiosa tradición.

Todos sus miembros llevaban nombres que comenzaban con la letra F. Fuad, Faruk, Faisa, Faica, Fauzia. La letra de la familia real. Aquel Egipto de finales de los años 30 era un país en plena efervescencia. Por un lado, conservaba el esplendor de su corte real, una de las más ricas y refinadas del planeta, heredera de siglos de historia y custodia de los tesoros de una civilización que había deslumbrado al mundo entero.

Por otro lado, era una nación que buscaba su lugar en el siglo XX, atrapada entre la influencia británica, las tensiones internas y el deseo de las nuevas generaciones de construir un futuro propio. joven Faruk encarnaba todas esas contradicciones. Representaba la esperanza de millones de personas que veían en él a un soberano moderno, cercano, capaz de devolverle a Egipto el orgullo de antaño.

Cuando aparecía en público, las multitudes coreaban su nombre con un fervor casi religioso. Era en aquellos primeros años el rey más popular que el país había tenido en mucho tiempo. Pero la popularidad, como bien sabemos, es un terreno traicionero y un trono ocupado tan joven, sin la madurez necesaria para resistir las tentaciones del poder absoluto, puede convertirse fácilmente en una trampa.

Faruk lo tenía todo demasiado pronto, el poder, la riqueza, la adoración y nadie le había enseñado a manejar semejante peso. Aquel muchacho encantador que conquistó a su pueblo y que enamoraría a Safiná llevaba dentro, sin saberlo, las semillas de su propia ruina. Pero en aquel momento luminoso de 1937, cuando sus ojos se posaron por primera vez en la joven sulficar, nada de eso era visible.

Solo había un rey joven y una muchacha hermosa, y entre ellos la chispa de lo que parecía ser una verdadera historia de amor. El encuentro entre Safinas y Faruk tiene los ingredientes exactos de un cuento de hadas, de esos que parecen escritos para hacernos creer que la felicidad es posible. Se cuenta que el joven rey la vio y quedó deslumbrado.

Se cuenta que el joven rey la vio, que aquella muchacha de 17 años, culta, bellísima, de modales perfectos, le pareció la mujer indicada para reinar a su lado. No era una princesa extranjera elegida por razones de estado. No era un matrimonio frío negociado entre cancillerías. era, o al menos así lo vendieron al pueblo, una historia de amor.

El rey de Egipto, enamorado de una joven egipcia, una de las suyas, una hija de su propia tierra, el país entero, se conmovió. Por fin, un rey que elegía con el corazón. Para el Egipto de aquellos años, esto tenía un significado enorme. Durante generaciones, los matrimonios reales habían sido alianzas calculadas, uniones entre dinastías, acuerdos diplomáticos en los que el amor no pintaba nada.

Que el joven rey eligiera a una muchacha egipcia, hija de su propio pueblo, por inclinación personal y no por conveniencia política, era casi revolucionario. Simbolizaba un acercamiento entre el trono y la nación, una promesa de modernidad, un gesto que enardeció el corazón de millones de egipcios que vieron en aquella unión el reflejo de sus propias esperanzas.

Safinas no era una extranjera distante, era una de ellos. y al convertirse en reina, llevaba consigo el orgullo de todo un pueblo que se sentía de pronto representado en el palacio. Esa cercanía, ese cariño popular hacia ella, perduraría incluso después de su caída y sería una de las razones por las que con el tiempo la gente la recordaría con afecto y con pena.

Y entonces ocurrió la transformación, porque para casarse con el rey Safinas tuvo que dejar de ser Safiná. La tradición de la dinastía exigía que su nombre comenzara con la letra sagrada de la familia, la F. Y así, de la noche a la mañana, Safiná Zulficar dejó de existir y nació Farida. Farida, que en árabe significa la única, la incomparable, la que no tiene igual.

Imagina lo que eso significa. A los 17 años no solo te conviertes en reina del país más antiguo del mundo, sino que pierdes tu propio nombre, el nombre con el que te llamó tu madre, el nombre con el que jugaste de niña y recibes a cambio un título que te define ante la historia como la única. Qué peso, qué promesa y qué ironía tan cruel guardaba el futuro para aquella palabra.

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La boda se celebró el 20 de enero de 1938 y fue, sin exagerar, uno de los acontecimientos más fastuosos que vio el mundo en aquella década. Egipto se detuvo. El país entero se vistió de fiesta. Las calles de El Cairo se llenaron de gente que quería ver pasar a su joven reina. Hubo desfiles, salvas de cañón, banquetes que duraban horas, delegaciones llegadas de medio mundo para rendir homenaje a la pareja real.

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