Posted in

JOSÉ ALFREDO JIMÉNEZ: Lo que ALICIA Juárez CONFESÓ… y el SECRETO que su familia quiso DESTRUIR

Porque la estabilidad cuando existe desde siempre se vuelve invisible hasta que deja de existir. Esa calma duró exactamente  10 años. En el año de 1936, su padre murió  y con esa muerte se derrumbó todo con la simultaneidad brutal de  los derrumbes, que no esperan que uno procese una pérdida antes de producir las siguientes.

La botica cerró, los ahorros desaparecieron. Su madre, doña Carmen, empacó lo que quedaba y se llevó a los cuatro hijos a la Ciudad de México  en un camión de tercera clase con dos maletas y ninguna certeza sobre lo que esperaba del otro lado del viaje. Abrió  una fonda, fracasó, abrió una tienda, fracasó otra vez.

Y a los 11  años, José Alfredo dejó la escuela y empezó a trabajar como mesero en un restaurante llamado La Sirena, en la colonia Doctores. Un niño con las manos mojadas de jabón, los zapatos  rotos y la cabeza llena de melodías que no sabía cómo sacar porque nunca aprendería a tocar un instrumento,  ni guitarra, ni piano, nada.

Las sacaba Silvando. Se las comunicaba a un arreglista llamado Rubén Fuentes, quien las transcribía nota por nota. Y de esa manera 300 canciones nacieron de un silvido de un hombre que nunca aprendió a leer una partitura. Guarda ese detalle del silvido porque lo vas a necesitar para entender cómo nació la canción más famosa de México.

En la sirena, un músico llamado Andrés Huesca lo escuchó cantar. mientras limpiaba mesas y le gustó lo que oyó. En el año de 1948, José Alfredo cantó por primera vez en la radio. Meses  después, Jorge Negrete grabó un disco completo con sus canciones. Pedro Infante las pedía para sus películas.

Lola  Beltrán las convertía en himnos. En pocos años, el mesero huérfano pasó de servir platos a llenar el palacio de bellas  artes con la velocidad que tienen los talentos genuinos cuando el momento correcto los encuentra en  el lugar correcto. Pero espera, porque lo que vino con la fama fue también lo que lo destruyó a él y a todas las personas que cometieron el error de quererlo.

Junto con los aplausos llegó  el alcohol. Y junto con el alcohol llegaron las mujeres. Y junto con las mujeres, una cadena de destrucción que duró 25 años y que todavía medio siglo después de su muerte sigue cobrando víctimas. Recuerda eso de los 30 herederos peleados. Vamos a llegar ahí. Pero primero la primera mujer. Paloma Gálvez.

La serenata. La promesa que empezó con una mentira. Se llamaba  Paloma Gálvez y la forma en que José Alfredo la conquistó  fue una de las cosas más aparentemente románticas que se han hecho en la historia de la música mexicana. Diciembre de 1949.  José Alfredo tiene 23 años y está perdido de amor, así que hace lo que mejor sabe.

Compone una canción y se la lleva como serenata una noche helada de diciembre. Parado bajo su ventana con un trío de guitarras, canta por primera vez Paloma querida, la misma que hoy suena en bodas y quinceañeras de todo el continente, la que millones tararean sin saber que fue escrita para pedirle matrimonio a una mujer que él mismo iban a abandonar sin firmarle el divorcio.

Se casaron el 27 de julio de 1952, boda por la iglesia en la ciudad de México. Las revistas publicaron fotos de la pareja perfecta, paloma radiante con vestido blanco y un ramo de azaares entre las manos. José Alfredo en traje oscuro con corbata de seda y los ojos brillantes de un hombre que cree o que quiere que el mundo crea que lo tiene todo.

Tuvieron dos hijos, José Alfredo Junior y Paloma Hija. Los primeros años parecieron funcionar con la ilusión específica de los matrimonios que se sostienen, mientras la vida cotidiana no tiene todavía el espacio suficiente para que las grietas internas se vuelvan visibles. Pero las noches se alargaron. José Alfredo salía después de cenar y no volvía hasta que el sol ya estaba alto.

Las camisas regresaban oliendo a alcohol  mezclado con perfume ajeno, con la regularidad de lo que ya no es excepción, sino patrón. Chabela Vargas se convirtió en su compañera de parrandas. Juntos recorrían cantinas y centros nocturnos hasta que la madrugada los escupía  de vuelta. Era su cómplice de la autodestrucción.

Paloma aguantó los rumores que llegaban por boca de las vecinas, las llegadas al amanecer con los ojos vidriosos y el aliento agrio, las marcas de labios en los cuellos de las camisas que ella misma lavaba. Aguantó porque en los años 50  una mujer casada aguantaba porque así le habían enseñado, porque tenía dos hijos pequeños y un marido famoso, y todo el mundo le decía que debía sentirse  afortunada.

Afortunada de qué? De lavar camisas con labial ajeno mientras él componía canciones de amor para otras. “Te juro que no lo vuelvo a hacer”, le decía José Alfredo cuando ella amenazaba con irse  con los ojos húmedos y la voz temblorosa. Le juraba que iba a dejar de tomar, que iba a dejar las cantinas, que iba a ser el marido que ella merecía.

Pero cada promesa duraba lo que tardaba en caer la noche, porque la promesa era parte del ciclo y el ciclo no tenía interés  en romperse. En el año de 1960, después de 8 años de matrimonio, Paloma dijo, “Basta.” Se separaron, pero no hubo divorcio. José Alfredo nunca firmó un papel de divorcio.  Nunca. Y eso convirtió cada relación posterior, cada boda,  cada te amo que le dijo a otra mujer en una mentira construida sobre un documento que seguía vigente con la permanencia de las cosas que no se desactivan simplemente porque

nadie las menciona. Ese detalle lo va a cambiar todo cuando lleguemos a la herencia. Guárdalo. Mary Medell, 11 años,  cuatro hijos, una farsa completa. La segunda mujer se llamaba Mary Medell, actriz, pelo negro hasta los hombros, presencia fuerte, ojos que no esquivaban la cámara. Durante 11 años, José Alfredo la presentó al mundo como su esposa legítima.

Iban juntos a los estrenos, posaban para las portadas, formaban la imagen perfecta del matrimonio artístico que la prensa y el público querían ver. Porque la imagen de la estrella con familia estable vende de maneras que la estrella sin familia no puede vender. Tuvieron cuatro hijos: Guadalupe, José Antonio, Marta y José Alfredo.

Cuatro hijos, seis en total, contando los dos de Paloma. Y el hombre seguía legalmente casado con la primera mientras  construía una segunda vida completa con la segunda, como si la primera no existiera en ningún registro que importara. Piensa en lo que eso significa en términos concretos para la mujer que vivía esa realidad sin saberlo.

Read More