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Raquel Welch: La Verdad Sobre el Padre Que Intentó Borrar Sus Orígenes

el joven de los Andes y la heredera de los colonos. Y de ese encuentro improbable nació años después la niña de Chicago, que el planeta entero terminaría adorando. Pero Armando Tejada llegó a Estados Unidos cargando una herida invisible, una herida hecha de miedo. Era una época en la que ser latino, tener un acento marcado, llevar un apellido extranjero, podía cerrarte todas las puertas antes incluso de tocarlas.

El prejuicio era abierto, cotidiano, brutal, y Armando lo había sentido en carne propia. Por eso tomó una decisión que perseguiría a toda su familia durante décadas. Decidió borrar su origen, enterrarlo, hacerlo desaparecer. En su casa no se hablaría español. A sus hijos no se les enseñaría el idioma de Bolivia, ni una sola palabra.

No habría platos bolivianos en la mesa, ni música andina, ni cuentos sobre la paz, ni fotografías de las montañas. Armando estaba convencido de que si sus hijos crecían con un acento hispano o con una identidad latina visible, sufrirían el mismo desprecio que él tanto temía y tendrían menos oportunidades en la vida. Lo hacía por amor, lo hacía para protegerlos, pero al hacerlo les robó algo que jamás podrían recuperar del todo.

Detente un segundo en esta idea, porque es el corazón de toda la historia. La mujer que el mundo entero terminaría reconociendo como una de las latinas más célebres de la historia, creció sin poder pronunciar una sola frase en español. Le quitaron su idioma antes de que pudiera siquiera defenderlo.

Le quitaron una parte de sí misma cuando todavía era demasiado pequeña para entenderlo. Y aquí ocurre una de las grandes ironías de esta vida. Mientras a Raquel le borraban su herencia boliviana en California, en la propia Bolivia su familia escribía historia. Una prima de su padre, una mujer llamada Lydia Geiler Tehada, llevaría ese mismo apellido hasta lo más alto.

Con los años se convertiría en la primera mujer presidenta de Bolivia. La misma sangre, el mismo apellido Tejada. En un lado del continente, una tejada gobernaba un país. En el otro, a una tejada le prohibían hablar el idioma de ese país. Dos destinos opuestos nacidos de la misma raíz. Cuando Raquel tenía apenas dos años, la familia se mudó al otro extremo de Estados Unidos.

Era la época de la Segunda Guerra Mundial y Armando como ingeniero aeronáutico fue requerido para colaborar con el esfuerzo de guerra en el sur de California. Terminaron instalándose cerca de San Diego, en un barrio frente al mar llamado La Joya, donde el océano Pacífico rompía contra los acantilados. Y ahí, bajo el sol dorado de California, lejos del frío de Chicago y aún más lejos de las montañas de Bolivia, creció J. Raquel Tejada.

Junto a ella crecieron sus dos hermanos menores, Jim y Gale. Requel era la mayor de los tres, la primera, la que más cargó con las expectativas y también con la dureza de su padre. Por fuera parecían la familia perfecta, una casa bonita cerca del mar, un padre ingeniero, respetado, trabajador, una madre dulce y elegante, tres hijos sanos creciendo al sol.

Por dentro, la casa de los Tejada escondía otra historia. Armando Tejada era un hombre estricto, exigente, dominante. Quienes conocieron a la familia lo describían como una figura que imponía más miedo que cariño. era brillante, disciplinado, perfeccionista, pero también podía ser frío, autoritario, y según se ha contado en varios testimonios e incluso en un documental sobre la vida de Raquel violento dentro de su propio hogar, uno de sus exmaridos llegaría a describirlo años más tarde como un hombre profundamente violento.

Raquel creció buscando una aprobación que casi nunca llegaba. Quería que su padre estuviera orgulloso de ella. Quería que la mirara con dulzura, aunque fuera una sola vez. Pero entre ellos siempre hubo una distancia, una tensión, un miedo silencioso que se instaló en su pecho desde niña y que la acompañaría el resto de su vida.

Su madre, en cambio, era todo lo contrario. Josephine era suave, cálida, paciente. Raquel la describiría con los años como una mujer fenomenal, maravillosa. En ese hogar dividido entre la dureza del padre y la ternura de la madre, la niña aprendió pronto a leer los estados de ánimo, a anticipar las tormentas, a moverse con cuidado por una casa donde el ambiente podía cambiar en un instante.

Esa sensibilidad, esa capacidad de leer a las personas les serviría después delante de las cámaras. Pero nació del miedo. Para escapar de esa tensión, la pequeña Raquel encontró un refugio, un lugar donde el miedo no podía alcanzarla. El escenario. Desde muy niña tomó clases de ballet. Bailaba durante horas hasta que le dolían los pies.

En el movimiento, en la música, en la disciplina del cuerpo, encontraba algo que en su casa le faltaba, la sensación de ser mirada con admiración y no con severidad. El escenario se convirtió en el único lugar del mundo donde se sentía libre, donde se sentía dueña de sí misma. Esa relación entre la disciplina del cuerpo y la libertad la marcaría para siempre.

Y el mundo muy pronto empezó a notar a esa niña. A los 14 años ya ganaba concursos de belleza locales. La coronaron como la más fotogénica. La premiaron por su figura. En la secundaria de la joya acumuló títulos uno tras otro. Mesla Joya, M. San Diego, la más bella de la feria del condado. Cada corona era una pequeña victoria, cada aplauso, una dosis de ese cariño que en casa escasea, cada premio, una prueba de que el mundo la veía hermosa, aunque su padre rara vez lo dijera, pero ninguno de esos premios parecía impresionar a Armando Tejada. Y entonces

llegó la noche que lo cambió todo. Raquel tenía 16 años. Una tarde, en la cocina de la casa, su padre se enojó por la comida que su esposa había preparado. Y según la propia Raquel contaría, décadas después, en entrevistas de televisión y en un documental sobre su vida, Armando perdió el control y le arrojó leche encima a su madre, humillándola delante de sus hijos.

Algo dentro de Raquel se rompió. esa noche, pero no se rompió hacia adentro en silencio como tantas veces, se rompió hacia afuera. La adolescente caminó hasta la chimenea, tomó el atizador de hierro, ese que se usa para mover las brasas del fuego, y avanzó hacia su padre con el atizador firme en la mano y le dijo, con una voz que ella misma jamás había escuchado salir de su propia garganta, que nunca, nunca más volviera a tratar así a su madre.

Armando se quedó congelado, retrocedió. Por primera vez en su vida, el hombre que imponía miedo en esa casa sintió él miedo y dio un paso atrás. Ella misma reconocería años después que jamás había pensado en enfrentarse a su padre de esa forma. Fue puro instinto. Le pareció cruel, degradante, totalmente injusto lo que había hecho con su madre y actuó.

Pero ese instinto reveló quién era en el fondo una mujer dispuesta a plantarse, a no dejarse aplastar, a pelear aunque temblara por dentro. Ese gesto dejó una marca profunda en ella, porque amaba a su padre, lo admiraba, lo respetaba y al mismo tiempo le tenía un miedo terrible. Toda su vida arrastró esa contradicción imposible.

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