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Carole Lombard: La Estrella Que Murió en su Mejor Momento y Destrozó al Hombre Que Amaba

Aprendió a moverse en el mundo de los hombres como una igual, a reírse de sus mismas bromas, a no dejarse intimidar. esa energía, esa falta total de pose, esa naturalidad para ser uno más entre los hombres sin perder jamás su encanto, iba a ser años después su arma secreta en Hollywood, pero por ahora era solo una niña salvaje y feliz jugando pelota en una calle de Los Ángeles, sin sospechar que su vida estaba a punto de cambiar para siempre.

Y entonces un día el destino pasó manejando por esa calle. Tenía 12 años. Estaba jugando al béisbol en la vereda como siempre, sudada, despeinada, gritando órdenes a los varones. Y un director de cine llamado Allan Dan, pasaba por ahí en su carro. la vio. Vio a esa niña enérgica, descarada, llena de vida, dominando a todos los varones del barrio, y algo en ella le llamó la atención.

Resulta que necesitaba justamente una niña así, una niña con agallas para una escena de la película que estaba filmando. Paró el carro, habló con la familia y le ofreció un pequeño papel. Así, sin buscarlo, sin soñarlo siquiera, Jane Peters pisó un set de cine por primera vez a los 12 años. No pasó gran cosa con esa película.

Hizo su escena, le pagaron unos dólares y volvió a su vida normal, a la escuela, al béisbol, a los raspones en las rodillas. Pero algo se había encendido por dentro. Había sentido las luces. Había visto cómo funcionaba esa máquina mágica. y no lo iba a olvidar nunca. Los años siguientes los pasó como cualquier adolescente, pero con una idea fija creciéndole en la cabeza.

Mientras otras chicas soñaban con un buen matrimonio, Jane soñaba con volver frente a una cámara. Iba al cine y estudiaba a las actrices. Practicaba gestos frente al espejo. Era una obsesión silenciosa, terca, que no se apagaba. A los 16 años tomó una decisión radical. Abandonó la escuela secundaria, convencida de que su futuro no estaba en las aulas, sino en los estudios de cine.

Era una apuesta enorme, una jugada de todo o nada, sin red de seguridad. Pero ella era la hija de Bes, la mujer que había cruzado un país entero para empezar de nuevo arriesgarlo. Todo lo llevaba en la sangre y al principio pareció que la apuesta iba a salir redonda. El estudio Fox, uno de los grandes de la época, se fijó en esa muchacha hermosa, atlética y vivaz, y le ofreció un contrato.

Empezó a aparecer en películas, le cambiaron el nombre. Porque Jane Peters no servía para una estrella. Sonaba demasiado común, demasiado de pueblo. Probaron varias combinaciones hasta dar con uno que sonaba elegante, sofisticado, internacional. Y según una de las versiones más conocidas, el apellido se lo tomaron prestado a unos amigos de la familia, los Lombard.

Así nació sobre el papel una futura estrella con un nombre destinado a las marquesinas, Carol Lombard. Tenía contrato con un gran estudio. Era jovencísima y bellísima. El mundo entero parecía abrirse frente a ella como una alfombra roja. Pero el destino, ese mismo destino, que la había descubierto jugando béisbol en la calle, estaba a punto de jugarle la peor pasada de su corta vida.

Una que pudo haber terminado con todo antes incluso de empezar de verdad. Tenía 17 años. Una noche volví en carro de una fiesta acompañada por un joven al volante. Iban por las calles de Los Ángeles. De pronto, el carro de adelante frenó en seco y el auto en el que viajaba Carol, que iba demasiado cerca, se estrelló de lleno contra la parte trasera de aquel vehículo.

No existían los cinturones de seguridad en aquella época. Carol salió despedida hacia delante con toda la fuerza del impacto y su rostro, su hermoso rostro, su capital más valioso para la carrera que soñaba, se estrelló contra el parabrisas. El corte fue profundo y largo. Le abrió la mejilla izquierda en una herida que recorría buena parte de la cara, sangre por todas partes.

Y para una actriz que recién empezaba en una industria que vivía y respiraba a través de los rostros perfectos, era una catástrofe que parecía el fin de absolutamente todo. La llevaron de urgencia con un cirujano. Y aquí viene un detalle que dice todo sobre la clase de mujer que era Carol Lombard, incluso a los 17 años, incluso sangrando y aterrada.

El médico le explicó la situación con crudeza. Tenía que coser la herida, pero había un problema. Si la dormía con anestesia general, los músculos de la cara se relajarían por completo y al coserlos en ese estado, la cicatriz quedaría tirante y mucho más marcada para siempre, visible en cada primer plano. La única manera de que la cicatriz quedara fina, casi invisible, era operarla manteniendo los músculos faciales tensos, es decir, coserle la cara estando ella prácticamente despierta, sintiendo la aguja, sintiendo cada punto atravesarle

la piel. Carol eligió el dolor. Eligió que la cosieran casi sin dormirla, apretando los dientes, aguantando cada puntada, con tal de salvar la carrera que todavía ni siquiera había empezado de verdad. Imagínalo, una adolescente de 17 años soportando que le cosieran el rostro punto por punto despierta, con tal de no rendirse, con tal de tener una oportunidad, esa fuerza de voluntad, esa terquedad heroica frente al dolor no se aprende, se nace con ella.

Y Carol la tenía de sobra. Pero el estudio Fox no tuvo ni una fracción de la paciencia que tuvo ella. Vieron la cicatriz, vieron a una muchacha que ya no era perfecta según sus cánones rígidos, y la soltaron sin contemplaciones. Rompieron el contrato. A los 17 años, recién operada, con la cara todavía marcada, Carol Lombard estaba afuera, descartada, de vuelta a la calle con el sueño hecho pedazos.

La mayoría de la gente en su lugar se habría rendido, habría vuelto a casa, habría llorado lo suyo, habría buscado un marido y un trabajo tranquilo y habría enterrado para siempre el sueño de Hollywood, como tantas otras muchachas hermosas que llegaban cada año a Los Ángeles para no conseguir jamás nada y volverse derrotadas a sus pueblos. Carol, no.

Carol aprendió en ese accidente lecciones que la acompañarían toda la vida. Aprendió a maquillar la cicatriz hasta hacerla desaparecer. Aprendió en qué ángulo girar la cara para que la luz no la delatara. Aprendió a controlar cómo la fotografiaban, a conocer su propio rostro mejor que cualquier camarógrafo.

Convirtió su defecto en un secreto perfectamente guardado, tanto que millones de personas la admirarían durante años sin sospechar jamás que detrás del maquillaje había una marca de guerra. Y aprendió algo todavía más profundo. Aprendió a no depender de la perfección. Si el mundo decía que ya no podía ser solo una cara bonita, entonces sería otra cosa.

Sería más rápida, más graciosa, más viva, más inolvidable que todas las caras bonitas y perfectas juntas. Esa herida que pudo haberla destruido, en el fondo la liberó. La obligó a buscar dentro de sí misma algo que ninguna cirugía podía dar ni quitar, una personalidad arrolladora. Antes de seguir queremos saber una cosa, una pausa rápida.

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