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JUAN CARLOS disparó a su hermano Alfonso — y FRANCO censuró esa verdad durante 70 años

JUAN CARLOS disparó a su hermano Alfonso — y FRANCO censuró esa verdad durante 70 años

Esa mañana Alfonso de Borbón ganó su primer torneo de golf. Tenía 14 años, las mejillas redondas, y corrió a casa para contárselo a su hermano mayor. Unas horas después estaba tendido en el suelo con una bala en la frente. Nadie investigó. No hubo autopsia. La embajada española emitió un comunicado que mentía y el único testigo de lo que ocurrió en aquella habitación no habló en público durante 70 años.

 Era el 29 de marzo de 1956, jueves tanto en la costa portuguesa, en la villa que la familia real española ocupaba en el exilio desde hacía una década. El día había empezado como cualquier otro día de Masanta. Misa, almuerzo en familia, los niños jugando en el jardín con la vista al mar. Esa Alfonso llegó a casa con una pequeña copa de golf en las manos.

 La había ganado en un torneo local, 14 años, y ya el mejor de su categoría. Quienes lo conocieron entonces lo describían siempre igual. alegre, [música] deportista, de mejillas redondas, muy unido a su hermano mayor. Esa tarde subió corriendo las escaleras para encontrarse con Juan Carlos, que había llegado unos días antes de la Academia General Militar de Zaragoza.

 Los dos hermanos no se veían desde hacía meses. Era una reunión de Semana Santa, una de las pocas oportunidades al año en que la familia entera coincidía bajo el mismo techo. Lo que ocurrió después en aquella habitación del tercer piso de Villa Giralda en Estoril, es lo que este documental trata de reconstruir con todo lo que se sabe hasta hoy, porque la historia oficial duró exactamente 24 horas.

 A la mañana siguiente, la prensa portuguesa publicó un comunicado de la embajada española que describía la muerte de Alfonso como un accidente ocurrido mientras él mismo limpiaba un arma. Semanas después, la prensa italiana ya publicaba una versión diferente. Años después, décadas después, cada persona que estuvo cerca de aquella familia aquella noche contaría una historia distinta.

 Lo que no cambió nunca fue lo siguiente. Alfonso murió con una bala en la frente. No se le practicó autopsia. El arma fue arrojada al mar y el hombre que estuvo con él en esa habitación hasta el último segundo subió al trono de España 19 años más tarde y jamás habló en público de lo que había visto.

 ¿Qué pasó exactamente detrás de esa puerta cerrada? ¿Por qué el régimen de Franco decidió intervenir en el relato de la muerte de un niño de 14 años? ¿Qué le costó a esa familia guardar ese dolor durante generaciones? ¿Y qué clase de rey se construye sobre una noche que nadie tiene permitido? Recordar con precisión, para entender lo que ocurrió el 29 de marzo de 1956, hay que volver al principio de todo a una familia que llevaba más de 20 años viviendo sin país.

 Para comprender el peso de lo que se perdió aquella noche, hay que entender primero qué era esa familia para los españoles que la seguían desde lejos. No era una familia cualquiera, era la familia real en el exilio, la rama Borbón que Franco había apartado del trono, pero que millones de monárquicos españoles seguían considerando la legítima heredera de la corona.

 Y dentro de esa familia, los dos hijos varones, Juan Carlos y Alfonso, eran algo más que dos hermanos. Eran el futuro visible de una dinastía que llevaba décadas suspendida en el aire. Don Juan de Borbón, padre de ambos, era el conde de Barcelona, hijo de Alfonso Dicí y heredero natural de la corona española. Llevaba instalado en Estoril, en la Riviera Portuguesa, desde 1946.

Vivía en Villa Giralda con su esposa, doña María de las Mercedes de Borbón, dos Sicilias, y sus cuatro hijos, las infantas Pilar y Margarita, y los dos varones. Era una familia que habitaba ese espacio extraño entre la historia y la espera, demasiado real, para ser olvidada, demasiado alejada del poder para ser relevante en el día a día de la España franquista.

 Pero los españoles que los seguían los conocían bien. Había fotografías familiares que circulaban en la prensa monárquica, retratos de grupo que mostraban a don Juan con sus hijos en el jardín de Estoril, [música] a doña María con las niñas, a Juan Carlos y Alfonso juntos en la playa o en el campo de golf.

 Eran imágenes de una familia unida, educada, católica. Exactamente el tipo de familia que muchos españoles imaginaban cuando pensaban en lo que la monarquía podría representar después de Franco. Entre los dos hermanos la diferencia era de 4 años. Juan Carlos nació el 5 de enero de 1938 en Roma, donde la familia estaba exiliada. Alfonso nació el 3 de octubre de 1941, ya en Portugal.

 crecieron juntos en estoril hablando varios idiomas, moviéndose entre tutores, colegios europeos y las visitas periódicas de la nobleza española que peregrinaba hasta la riviera portuguesa para mantener el contacto con la casa real. Era una infancia singular, privilegiada en lo material, pero marcada desde el primer día por la conciencia de que aquella familia no estaba donde se suponía que debía estar.

 Quienes los trataron en esos años describían a los dos hermanos como muy diferentes entre sí, pero muy cercanos. Juan Carlos era alto, algo taciturno, con dificultades escolares que más tarde se atribuirían a la dislexia. Alfonso era más pequeño, más sociable, con una facilidad natural para el deporte, especialmente el golf, y lo que varios testimonios de la época describen como una energía que llenaba cualquier habitación.

 Según relató la propia Corina Zusin Witgenstein décadas después, el propio Juan Carlos le confesó en privado que Alfonso era, a ojos de sus padres, el hijo más brillante, el más guapo, el favorito. dinámica entre los dos hermanos, el mayor disciplinado por la obligación, el menor libre todavía de todo peso dinástico.

 Es uno de los elementos que hace que lo ocurrido aquella tarde resulte tan difícil de procesar, incluso 70 años después, porque lo que se rompió en Villagalda el 29 de marzo de 1956 no fue solo una vida, fue también el único futuro posible en el que esa familia podía haber sido simplemente una famil. Hay una fotografía que se reprodujo muchas veces a lo largo de los años.

 En ella aparecen Juan Carlos y Alfonso juntos, los dos de pie mirando a la cámara. Juan Carlos el mayor, con esa expresión seria que lo acompañaría toda la vida. Alfonso, más pequeño, con las mejillas redondas y algo en la mirada que varios de los que lo conocieron describieron como una alegría que no necesitaba motivo.

 Es una fotografía ordinaria, dos hermanos. Pero cuando se conoce lo que ocurrió después, resulta imposible mirarla sin preguntarse qué estaban pensando ese día, qué habían hablado esa mañana, si alguno de los dos tenía la menor idea de lo que se avecinaba. Para entender por qué la muerte de Alfonso dejó una herida que no cerró en décadas, hay que entender qué significaba ese vínculo desde adentro, no como historia dinástica, sino como relación entre dos personas concretas que crecieron en circunstancias muy particulares. Los dos hermanos

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