17 de febrero de 2004. En la Ciudad de México, un expresidente de la República agoniza. No lo hace rodeado del respeto institucional ni de los solemnes honores que suelen acompañar a quienes alguna vez ostentaron el máximo poder de una nación. Muere en un silencio asfixiante, atrapado dentro de una mansión que había sido convertida en una inexpugnable fortaleza, con las cortinas cerradas a cal y canto y las inmensas puertas fuertemente vigiladas. Aquel lugar que años atrás fue el símbolo más obsceno del exceso, la riqueza desmedida y el poder absoluto, se había transformado, según los duros testimonios que estallarían en los tribunales tiempo después, en una aterradora jaula de oro. El hombre que alguna vez gobernó a millones de mexicanos con mano de hierro, José López Portillo, ya no tenía autoridad sobre absolutamente nada. No mandaba sobre su propio cuerpo enfermo, ni sobre su tiempo, ni mucho menos sobre quién podía cruzar esa pesada puerta de madera para visitarlo o tomarle la mano.

Mientras el país seguía con su vertiginosa rutina y los noticieros abordaban la política cotidiana de una nación cambiante, puertas adentro se consumaba una historia trágica que la versión oficial y las revistas de sociedad de la época intentaron maquillar con capas de glamour y escándalo farandulero. La versión fácil y digerible siempre fue que Sasha Montenegro, una deslumbrante actriz de exótico origen yugoslavo, había enamorado perdidamente a un político maduro y culto. Pero esa narrativa mediática carece por completo de la verdad más cruda, psicológica y oscura. Detrás de los majestuosos 120,000 metros cuadrados de la infame “Colina del Perro”, detrás de las portadas de pareja escandalosa que alimentaron las envidias del país entero, se escondía un perturbador expediente de acusaciones, presuntos maltratos y una lucha encarnizada por la supervivencia patrimonial que nadie quiso contar con la honestidad brutal que merece.
Para entender cómo una mujer llega a infiltrarse y, eventualmente, controlar al hombre más poderoso que conoció en su vida, no hay que buscar en las marquesinas de los cabarets de la Ciudad de México ni en los ruidosos sets de grabación. Hay que retroceder a Bari, Italia, al gélido 20 de enero de 1946. En una Europa devastada, donde las ruinas no eran metáforas literarias sino escombros reales en calles que todavía olían a pólvora, miedo y muerte, nació una niña con un nombre demasiado pesado para el mundo del espectáculo: Alexandra Aćimović Popović. Su familia, de un orgulloso origen yugoslavo y con raíces de antigua nobleza en Montenegro, había sido destrozada implacablemente por la barbarie de la guerra, el exterminio y el exilio forzado.
Esa niña no creció rodeada de estabilidad emocional o ternura. Apenas tenía veinte días de nacida cuando su familia huyó hacia Alemania y luego cruzó el océano hacia la lejana Argentina, buscando desesperadamente un refugio que el mundo se negaba a darles. La muerte prematura de su padre le enseñó la lección más cruel y temprana que la vida puede ofrecer a una mente en formación: nadie viene a salvarte de la tragedia. El amor es una ilusión efímera, las casas desaparecen y los protectores fallan sin previo aviso. ¿Qué construye internamente una niña que asimila esto desde su misma cuna? No construye un corazón romántico; construye un blindaje de acero. Alexandra no buscaba cariño ingenuo, buscaba una seguridad absoluta. Buscaba el poder suficiente para protegerse de un entorno que, desde su primer aliento vital, le había demostrado ser hostil e impredecible.
Para sobrevivir en ese mundo inclemente, Alexandra entendió que debía dejar morir a la niña herida y reinventarse desde cero. A finales de la década de los sesenta, emprendió su viaje final hacia México. No llegó como una simple migrante con sueños vacíos en busca de oportunidades fáciles, llegó como una estratega dispuesta a conquistar un territorio ajeno. Así, tras un calculado rediseño de identidad, nació Sasha Montenegro. El nombre en sí mismo era un escudo protector, una declaración de misterio europeo y frialdad elegante que cautivó de inmediato a la maquinaria de la industria del espectáculo mexicano.
El cine nacional de aquella época, en particular el degradante “cine de ficheras”, la consumió rápidamente como un producto exótico y rentable. Los influyentes estudios Churubusco vieron en su impactante presencia física una mercancía de oro para la taquilla. Sin embargo, lo que los poderosos productores y directores nunca comprendieron fue que, mientras ellos creían utilizarla, ella los estaba estudiando a todos en silencio. Sasha despreciaba profundamente aquella industria que la exhibía en decenas de películas de dudosa moralidad, donde los hombres pagaban boleto para consumirla visualmente en la penumbra de una sala para luego salir a la calle y juzgarla. Una de sus mayores humillaciones documentadas ocurrió en 1975 durante el rodaje de “Bellas de noche”, cuando fue orillada a realizar una prolongada escena de desnudo que le revolvió el estómago. Pero cedió y lo hizo. Lo hizo porque su fría inteligencia le dictaba que el cuerpo no era más que una herramienta transitoria, y que la vergüenza escénica dura mucho menos que la pobreza. Su mente estaba perfectamente enfocada en una recompensa muchísimo mayor que la ovación del público popular.
Sasha no perseguía la fama volátil que envejece al mismo ritmo que el rostro humano. Estaba a la caza de un poder blindado, institucional y perpetuo; el tipo de influencia que se negocia en los despachos cerrados de la élite de un país. El cálculo estratégico, o quizás el capricho del destino, la llevó a caminar por las antiguas calles de Sevilla, España, en el año 1984. Fue allí donde se cruzó con José López Portillo, un hombre que llevaba dos años alejado de la codiciada silla presidencial de México. Él tenía 62 años; ella se encontraba en el esplendor de sus 38.
López Portillo no era un simple turista, era un patriarca herido. Caminaba cargando la humillación insoportable del exilio social y el profundo resentimiento de una nación que no estaba dispuesta a perdonarle la peor crisis financiera de su historia contemporánea. Acostumbrado a la sumisión de sus súbditos y a una reverencia casi divina, ahora era un soberano sin territorio, desesperado por un ápice de validación. Sasha tuvo la inteligencia de ofrecerle exactamente lo que su ego fracturado demandaba: la atención deslumbrante de una mujer que no le exigía rendir cuentas por su desastroso mandato y que, en cambio, lo miraba como si aún fuera el hombre más grande sobre la faz de la tierra. Él encontró en ella un último y embriagador refugio de juventud; ella encontró en él la muralla definitiva y la seguridad inquebrantable que llevaba buscando desde que huyó de las ruinas de su natal Italia.
El romance representó un terremoto mediático que sacudió los cimientos de la alta sociedad. Carmen Romano, la esposa legítima y primera dama oficial del sexenio pasado, tuvo que enfrentar la afrenta pública. Pero Sasha demostró ser muchísimo más letal e inteligente que un capricho pasajero. En 1985 trajo al mundo a su hija Nabila, y cinco años después a Alejandro. Los nacimientos cambiaron irrevocablemente la estructura del poder familiar. Ya no se trataba de un romance vergonzoso para ocultar; ahora se trataba de herencia, linaje y sangre imborrable. Para la aristocrática familia del expresidente, la idea de que una actriz de cabarets extranjeros tuviera descendientes legítimos con el intocable líder era un insulto que no estaban dispuestos a soportar en silencio.
Finalmente, en 1991, el divorcio oficial despejó la vía legal, y en 1995 Sasha contrajo matrimonio civil con el exmandatario. Su victoria se materializó físicamente en la posesión y control de la infame “Colina del Perro”, un colosal complejo amurallado situado en Bosques de las Lomas. Esta propiedad, que albergaba cuatro inmensas residencias, albercas, un observatorio personal y una monumental biblioteca, no era solo una casa; era el testamento en concreto del inmenso ego de un presidente. Y poco a poco, con paciencia y astucia, la niña refugiada que había cruzado el mundo huyendo del desamparo se consolidó como la dueña legal de gran parte de aquel reino exclusivo.
Sin embargo, la historia tomó un rumbo oscuro, claustrofóbico y aterrador a partir de 1999. El cuerpo de José López Portillo cedió ante el paso del tiempo y sufrió un infarto cerebral severo que le arrebató la movilidad, la agilidad mental y cualquier atisbo de independencia física. El dictador carismático que antes hacía temblar las estructuras políticas, de la noche a la mañana dependía de terceros hasta para dar un paso. Fue precisamente en ese estado crítico de vulnerabilidad que la opulenta Colina del Perro mutó de un palacio majestuoso a una prisión asfixiante.
La familia originaria del exmandatario, liderada por su férrea hermana Margarita López Portillo y sus hijos del primer matrimonio, comenzó a percibir señales escalofriantes. Brotaron de las sombras testimonios perturbadores sobre presuntos maltratos, gritos y un abuso psicológico sistemático. Quienes lograban traspasar los muros hablaban de moretones inexplicables en los débiles brazos de un hombre incapaz de defenderse, de aislamientos forzados en habitaciones heladas y de medicamentos administrados a conveniencia. Se rumoraba con fuerza que la mujer extranjera había instaurado una dictadura de terror doméstico. El hombre que había decretado leyes a su antojo parecía vivir sus últimos días como un rehén de su propia debilidad, humillado y anulado por la misma persona en la que había depositado su ciego refugio.
Ante lo que consideraban un secuestro en cámara lenta, la familia López Portillo declaró una guerra sin cuartel en el año 2004. Lanzaron una desesperada demanda de divorcio con el firme propósito de rescatar al enfermo patriarca y, sobre todo, despojar a Sasha del blindaje jurídico que le otorgaba control sobre el imperio inmobiliario. Confiaban ciegamente en que las supuestas evidencias de violencia física y encierro serían suficientes para que el sistema de justicia expulsara a la intrusa para siempre.
Pero subestimaron garrafalmente la gélida brillantez de Sasha Montenegro. Ella no se defendió llorando ante los medios ni organizando conferencias de prensa emocionales. Contraatacó con un golpe maestro directamente en las entrañas del sistema judicial. En primer lugar, exhibió un documento oficial firmado previamente por el propio López Portillo en sus años de mayor lucidez, donde negaba rotundamente cualquier acusación de maltrato y acusaba a su propia familia de difamar a su esposa. Y como estocada final, usó la estrategia de sus rivales en su contra: argumentó que, si el expresidente padecía un deterioro neurológico tan grave como ellos afirmaban para justificar el maltrato, entonces era médicamente incapaz de iniciar y comprender un proceso de divorcio. La trampa fue perfecta, implacable y legalmente inexpugnable. El sistema colapsó sobre la propia familia. Antes de que se dictara cualquier resolución definitiva, la naturaleza tomó el control. El 17 de febrero de 2004, José López Portillo exhaló su último aliento. Sasha emergió de las cenizas de la batalla legal no como una figura derrotada, sino como la intocable viuda presidencial.
Pero el paso del tiempo es un juez silencioso e implacable que siempre termina cobrando sus facturas. La victoria legal tuvo un sabor profundamente amargo. Mantener el faraónico y decadente complejo de la Colina del Perro exigía una liquidez financiera que rápidamente comenzó a agotarse. El castillo se fue hundiendo lentamente en el abandono y las deudas. En 2013, acorralada por las circunstancias, Sasha vendió la mítica propiedad. Poco tiempo después, las pesadas maquinarias de demolición convirtieron en polvo el símbolo máximo de su conquista, borrándolo del horizonte de la ciudad para construir fríos condominios modernos.

La debacle final se consumó cuando el clima político nacional dio un giro radical y, entre 2018 y 2022, el gobierno federal canceló definitivamente las millonarias pensiones asignadas a los exmandatarios y a sus respectivas viudas. El escudo financiero que la protegió por décadas desapareció en un instante. Sasha se retiró del ojo público, sumiéndose en el aislamiento y el silencio en una discreta casa en Cuernavaca.
La ironía del destino cerró esta perturbadora narrativa de una forma casi poética el 14 de febrero de 2024. Justo en el Día de San Valentín, la fecha universal del amor romántico, la mujer que había antepuesto el cálculo, la frialdad y la seguridad patrimonial a los verdaderos sentimientos, falleció a los 78 años. Un derrame cerebral, provocado por un agresivo y silente cáncer de pulmón, apagó su vida. Murió lejos de los palacios, despojada del inmenso poder por el que sacrificó su reputación y enfrentando exactamente la misma desgarradora ruina biológica que años antes había consumido a su poderoso esposo. Al final, las fortunas se diluyen y las murallas de concreto siempre ceden ante el tiempo, demostrando que en el implacable juego de la ambición absoluta, incluso aquellos que ganan la guerra terminan perdiendo el alma.