Posted in

Carlo Acutis entró a una farmacia y le dijo algo que nadie podía saber… ella quedó embarazada

Hola, mi nombre es Juliana Ferretti, tengo 53 años y hace 19 años un chico moribundo de 15 años me reveló un secreto sobre mi propio cuerpo que yo misma desconocía. Era octubre de 2006 en Milano, Italia. Yo era farmacéutica, atea, convencida, una mujer de ciencia que había enterrado toda esperanza de ser madre después de años de pérdidas devastadoras.

Esa tarde lluviosa, la puerta de mi farmacia se abrió y entró una señora elegante con su hijo adolescente. El chico era delgado, tenía ojos color café profundo y una sonrisa extraña, como si supiera algo que el resto del mundo ignoraba. Se llamaba Carlo Acutis. Mientras preparaba los medicamentos para su madre, sentí la mirada de ese muchacho clavada en mí.

 No era una mirada normal de adolescente curioso, era algo diferente, algo que penetraba más allá de mi uniforme blanco, más allá de mi piel, hasta un lugar dentro de mí que yo misma había olvidado que existía. Cuando su madre se distrajo eligiendo vitaminas, Carlos se acercó al mostrador y habló en voz baja.

 Lo que salió de sus labios me paralizó completamente. Me dijo que dejara de tomar las pastillas anticonceptivas porque ya era demasiado tarde. Me dijo que la vida que Dios había puesto dentro de mí era una niña. Me dijo que esa niña cambiaría mi corazón y mi destino para siempre. Y entonces, hermano, hermana, me dijo algo que me robó el aliento por completo.

 Me dijo que él moriría en tres días, pero que desde el cielo velaría por mi hija hasta que llegara el momento de contar esta historia. Yo me quedé congelada detrás del mostrador, incapaz de mover un solo músculo de mi cuerpo. Mis manos comenzaron a temblar tan violentamente que tuve que apoyarme en la mesa para no caer.

 Este chico de 15 años acababa de decirme cosas. que eran absolutamente imposibles de saber. Nadie conocía mi historial médico devastador. Nadie sabía sobre las pastillas que tomaba religiosamente cada mañana. Nadie podía saber que dentro de mi vientre, sin que yo tuviera la menor sospecha, una nueva vida estaba comenzando a formarse.

 Carlo me miró con esos ojos profundos que parecían contener la sabiduría de mil años y simplemente sonrió antes de regresar junto a su madre. Pero para que entiendas el impacto devastador de ese encuentro, necesito llevarte años atrás a la historia de dolor que me había convertido en la mujer amargada y escéptica que era ese día de octubre.

 Yo crecí en una familia católica tradicional en las afueras de Milano. Mi madre rezaba el rosario cada noche. Mi padre nos llevaba a misa cada domingo sin falta. Pero cuando cumplí 18 años y entré a estudiar farmacología en la universidad, mi fe comenzó a desmoronarse como un castillo de arena frente a las olas del conocimiento científico.

 Aprendí sobre moléculas, sobre reacciones químicas, sobre cómo el cuerpo humano era simplemente una máquina biológica increíblemente compleja. No había espacio para milagros en mis libros de texto. No había lugar para intervención divina en los protocolos de laboratorio. Gradualmente, el dios de mi infancia se fue desvaneciendo hasta convertirse en nada más que un recuerdo borroso de procesiones y velas encendidas.

Cuando me gradué con honores a los 24 años, ya era completamente atea. La ciencia era mi nueva religión, los estudios clínicos eran mi nueva Biblia y la evidencia empírica era el único Dios al que estaba dispuesta a adorar. A los 26 años me casé con Marco, un contador que compartía mi visión pragmática del mundo.

 Ninguno de los dos creía en ceremonias religiosas, pero para complacer a nuestras familias, tuvimos una boda católica llena de rituales que para nosotros no significaban absolutamente nada. Recitamos votos que no sentíamos. Recibimos bendiciones que considerábamos superstición vacía y sonreímos para las fotos mientras internamente nos burlábamos de toda la farsa.

 Lo único que realmente queríamos era formar una familia. Marcos soñaba con tener un hijo varón que heredara su nombre. Yo soñaba con una niña a quien pudiera enseñarle todo sobre ciencia y medicina. Pero Dios, ese Dios en quien yo no creía, tenía otros planes. O al menos eso diría la gente religiosa.

 Yo simplemente diría que la biología es cruel e impredecible. A los 28 años quedé embarazada por primera vez. La alegría que sentimos fue indescriptible. Compramos ropa de bebé, pintamos una habitación de amarillo suave, elegimos nombres tanto de niño como de niña, pero a las 12 semanas, sin ninguna advertencia, perdí al bebé.

 Los doctores dijeron que era común, que sucedía en muchos embarazos, que debíamos intentar de nuevo después de unos meses de recuperación física y emocional. Marco me abrazaba mientras yo lloraba, prometiéndome que todo estaría bien la próxima vez. Y yo le creí porque necesitaba desesperadamente creer en algo.

 Seis meses después quedé embarazada nuevamente. Esta vez fui más cautelosa con mi esperanza. No compramos nada para el bebé. No pintamos ninguna habitación. No elegimos nombres, simplemente esperamos conteniendo el aliento, rezando a un dios en quien yo no creía para que esta vez fuera diferente, pero no fue diferente.

 A las 14 semanas desperté en medio de la noche empapada en sangre. El dolor físico era insoportable, pero el dolor emocional era mil veces peor. En la sala de emergencias, mientras los doctores hacían todo lo posible por salvarme, perdía mi segundo bebé. Esa noche, acostada en una cama de hospital con los brazos vacíos y el útero destrozado, tomé una decisión.

 Si existía un dios, era un dios cruel que disfrutaba torturando a personas inocentes y yo me negaba a adorar a un ser así. Los años siguientes fueron una espiral descendente de dolor y desesperanza. Marco y yo intentamos dos veces más y dos veces más mi cuerpo rechazó la vida que trataba de crecer dentro de él. Cuatro embarazos perdidos en 5 años, cuatro pequeños corazones que dejaron de latir antes de tener la oportunidad de conocer el mundo.

 Los doctores finalmente me dieron el diagnóstico que yo temía escuchar. Había algo mal con mi sistema reproductivo, una condición que hacía casi imposible que llevara un embarazo a término. Me dijeron que podía seguir intentando, pero que las probabilidades estaban fuertemente en mi contra. Marco no pudo soportar más el peso de nuestra tragedia compartida.

Read More