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“No Eres Nada Para Mí”… Pero era Mentira: La Estaba Protegiendo de Algo Inimaginable | PARTE 2

El amanecer llegó gris y frío, como si el sol también dudara en asomarse. Analía tenía los codos apoyados sobre la barra y los ojos fijos en Daniel, que hablaba en voz baja para no despertar a su madre dormida en la trastienda. El que me agarró del cuello adentro. Lo conozco. Se llama Crespo.

 Lleva meses siguiéndome y  Crespo nunca trabaja solo. Siempre opera bajo las órdenes de un hombre llamado Ramón Bravo, un cazador de recompensas  que no suelta una presa hasta cobrarla o hasta morir. ¿Y dónde está ese bravo ahora? Afuera esperando. Bravo nunca entra. Manda a los suyos primero y observa desde lejos. Hizo una pausa.

 Estará acampado cerca a no más de  media legua. Y la prueba de tu inocencia. Daniel exhaló  despacio. Bravo la tiene, una carta firmada por el verdadero asesino. La consiguió  antes que yo y la guarda como seguro. Por si algún día necesita negociar con las autoridades,  la lleva siempre encima, en los alforges caballo.

 Analía estudió el mapa tosco que él había  dibujado sobre una servilleta. Si tú te acercas, te matan antes de que  puedas abrir la boca. Dijo, “Lo sé, pero a mí no me conocen.” Daniel la miró. No, dijo de inmediato.  Escúchame. He dicho que no, Analía. Ella ignoró el  tono y fue directo a la alacena detrás de la barra.

sacó tres botellas  de vidrio oscuro y las puso sobre la mesa. “Mi madre las usa cuando algún cliente se pone imposible”, dijo. Unas gotas  en el vaso y el hombre más fiero del mundo se queda dormido en 10 minutos. Llego al campamento, finjo que vendo licor, sirvo las copas y cuando Bravo esté aturdido, busco los alforges.

 Daniel no respondió porque no tenía un argumento mejor y los dos lo sabían. “Yo te cubro desde el cerro con el rifle”, dijo él al fin, con  la voz tensa de quien acepta algo que lo aterra. “Al primer signo de peligro entro.” “Al primer signo de peligro  arruinas todo.” dijo ella. Confía en mí.

Daniel la miró largo tiempo, esos ojos que no pedían permiso, esa determinación que lo había salvado la noche anterior. Si algo te pasa, empezó, no va a pasar nada. Lo cortó ella y sonrió de una manera que él quiso  creerle, que necesitaba creerle. Analía había visto borrachos, tramposos  y hombres de mala catadura toda su vida.

El sal era una escuela que no aparecía en ningún libro, pero mientras caminaba hacia el campamento,  con las botellas envueltas en un reboso, con el sol apenas asomando entre los cerros, se dio cuenta de que nunca  había tenido tanto miedo en su vida. “No se te note”, se dijo. No se te note nada.

Respiró hondo y se puso la máscara. El campamento era un claro entre los mezquites. Cuatro tiendas  de lona, caballos atados en fila, brazas de una fogata que apenas vivía, cinco hombres visibles  y uno sentado aparte de espaldas a todos, con un café en la mano y los ojos puestos en el horizonte. Ese era bravo.

 Analía lo supo sin que nadie se lo dijera. Había algo en su manera de estar quieto que daba más miedo que los otros moviéndose. “Buenos  días”, dijo ella con la voz más alegre que encontró. “¿Alguien quiere empezar el día con algo mejor que el agua del río?” Los hombres la miraron. Ese tipo de mirada que pesa.

 Analía sostuvo la sonrisa como si no pesara nada. Un hombre joven y flaco se levantó primero. “¿Qué vendes, muchacha? Lo mejor del sal del pueblo”, dijo ella, levantando una botella hacia la luz. “Mi patrona me manda a vender el sobrante de la semana, precio justo para caballeros madrugadores.” Eso arrancó algunas risas.

 Analía sirvió el primer vaso. El hombre flaco tomó el vaso de un sorbo y pidió otro. “Bien”, pensó ella, uno menos. fue sirviendo, sonriendo, respondiendo preguntas con respuestas que no decían nada.  Por dentro calculaba cada paso. Los alforges de Bravo estaban  colgados sobre una roca plana a 3 m de su caballo vallo, cerca, demasiado cerca de él. Necesitaba que Bravo bebiera.

Necesitaba que Bravo  se distrajera, necesitaba que Bravo no la mirara como la estaba mirando  ahora. Porque Ramón Bravo se había volteado hacia ella en algún momento que ella no supo detectar  y la observaba con esos ojos tranquilos que no se perdían nada. Analía sintió un escalofrío  que no dejó llegar a la piel.

 “¿Y para usted, señor?”, dijo, acercándose con la botella y la  sonrisa intacta. Bravo no respondió de inmediato. La miró despacio de arriba  a abajo, sin prisa. ¿De qué salud dices que vienes? Del de doña Carmen allá en el pueblo. Dijo ella sin parpadear. Lo conoce. Conozco todos los salones de tres  leguas a la redonda dijo él.

 Es mi trabajo conocerlos. Entonces sabe que el licor de doña Carmen es el mejor de la región, dijo ella sirviéndole sin  esperar respuesta. Bravo miró el vaso, lo tomó, bebió despacio y Analía rezó en silencio cada segundo que duró ese trago. Los primeros hombres ya parpadeaban. El joven flaco había apoyado la cabeza en su silla de montar con una sonrisa tonta.

 Otro  roncaba suavemente contra un mezquite. El sonífero estaba funcionando, pero Bravo seguía despierto, alerta, quieto,  con el vaso vacío en la mano y los ojos puestos en el fuego. Analía comenzó a recoger sus botellas despacio, como quien termina su ronda de ventas y calculó el momento.

 Bravo se levantó para echar más leña al fuego de espaldas  a los alforges. Ahora Analía se movió sin correr, sin dudar. Dos pasos. Tres. Sus manos encontraron el cuero frío de los alforges. El primer compartimento, nada. El segundo, papeles doblados. Sus dedos los recorrieron rápido, una orden de captura, un recibo y debajo de todo, una carta  doblada en cuatro con un sello que ella no reconoció, pero que Daniel reconocería sin dudarlo.

 La tomó, la guardó contra su pecho con una  sola mano y empezó a darse vuelta despacio. Fue entonces que escuchó la  voz de Bravo, fría como el cañón de una pistola. ¿Qué encontraste ahí, muchacha? Daniel Toro llevaba dos horas sin moverse, tendido boca abajo sobre el cerro, con el rifle apoyado en una piedra plana y el ojo pegado a la mira.

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