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ELLA CAYÓ EN MEDIO DE LA COMPETENCIA — ¡PERO LO QUE HIZO EL CABALLO EMOCIONÓ A TODO EL PÚBLICO!

El sol resplandecía sobre el centro internacional de Valencia aquella tarde de primavera, las tribunas repletas de espectadores vibraban con una mezcla de entusiasmo y nerviosismo, mientras los altavoces anunciaban a los siguientes participantes del Gran Premio Nacional de Equitación. Entre bambalinas, una joven de 25 años ajustaba la cincha de su caballo con manos temblorosas.

 Era Lucía Mendoza, una amazona cuyo nombre resonaba cada vez con más fuerza en el circuito profesional español. “Vamos, tornado, hoy es nuestro día”, susurró al oído del imponente Alasan de 7 años que respondió con un suave resoplido, moviendo sus orejas hacia adelante como si entendiera cada palabra. Lucía no venía de una familia de tradición, ni contaba con los recursos económicos que la mayoría de sus competidores ostentaban.

Había crecido en un pequeño pueblo de Andalucía, hija de un carpintero y una maestra de escuela. Su pasión por los caballos nació cuando tenía apenas 6 años tras una visita a la finca de su tío, donde montó por primera vez. Desde entonces, cada minuto libre lo dedicaba a estar cerca de estos animales, limpiando establos a cambio de clases de equitación, ahorrando hasta el último céntimo para poder competir en torneos locales.

 Tornado, sin embargo, llegó a su vida como un milagro inesperado. 3 años atrás, cuando trabajaba como auxiliar en las caballerizas del prestigioso criador Manuel Vargas, encontró a este potro lastimado y desauciado por un problema en sus patas traseras. Los veterinarios habían recomendado sacrificarlo, pues consideraban que nunca podría competir y sería una carga económica.

Algo en los ojos del animal tocó el corazón de Lucía, quien imploró a Vargas que le permitiera quedárselo. Si tanto lo quieres, llévatelo. Pero estás desperdiciando tu tiempo, le había dicho con desdén. Durante dos años, Lucía dedicó cada hora disponible a la rehabilitación de tornado. Consultó a veterinarios alternativos.

 Estudió anatomía equina, probó terapias físicas y dietas especiales. Trabajaba doble turno para costear los tratamientos y cuando todos dormían pasaba horas masajeando las patas del caballo o caminando lentamente con él para fortalecer sus músculos. Poco a poco lo imposible comenzó a materializarse. Tornado no solo se recuperó, sino que demostró un talento excepcional para los Altos.

 Su primer torneo juntos fue en una modesta competencia provincial, donde sorprendieron a todos al conseguir el segundo lugar. Desde entonces habían ascendido rápidamente en el ranking nacional, ganándose tanto admiradores como detractores. Estos últimos no perdían oportunidad de señalar que era cuestión de tiempo para que las patas de tornado volvieran a fallar bajo presión.

Participante número 27, Lucía Mendoza con Tornado, anunció la voz metálica a través de los altavoces, sacándola de sus recuerdos. Carlos, su entrenador desde hacía apenas un año, se acercó con gesto grave. A sus 55 años había visto talento suficiente para reconocer el potencial de la pareja, pero también conocía los riesgos que enfrentaban.

El recorrido está complicado hoy, Lucía. Han caído cinco jinetes en la combinación del muro doble. Ve con prudencia, aconsejó mientras ajustaba la fusta en la mano de su alumna. No puedo ser prudente, Carlos. Necesitamos quedar entre los tres primeros para clasificarnos al europeo”, respondió ella, apretando los labios con determinación.

“Solo recuerda que tornado aún se está recuperando de la tendinitis del mes pasado. No lo fuerces si sientes alguna resistencia”, insistió el entrenador ayudándola a montar. Lucía asintió, aunque ambos sabían que una vez en la pista su espíritu competitivo tomaría el control, respiró profundo y guió a tornado hacia la entrada de la arena.

 La multitud aplaudió cuando el imponente caballo Alasán hizo su aparición bajo la luz del sol, su pelaje brillando como cobre pulido y su paso elegante denotando una confianza que contagiaba a su jinete. Entre los espectadores se encontraba Santiago Heredia, uno de los más respetados entrenadores del país y actual preparador de la selección nacional.

 Había seguido la trayectoria de Lucía con interés creciente, impresionado por su técnica autodidacta y la conexión especial con aquel caballo que todos habían desauciado. Si la joven lograba un buen resultado hoy, tenía la intención de ofrecerle un lugar en su exclusivo centro de entrenamiento. También observaba atentamente Isabel Cortés, la campeona nacional de los últimos 3 años, quien había terminado su recorrido sin faltas y con el mejor tiempo hasta el momento.

 A diferencia de otros competidores que menospreciaban a Lucía por su origen humilde, Isabel reconocía en ella a una rival digna, aunque jamás lo admitiría públicamente. El juez dio la señal y Lucía guió a tornado hacia el primer obstáculo, un vertical de 140 m que el caballo superó con facilidad. El público contuvo la respiración mientras avanzaban por el recorrido, sincronizados como si fueran un solo ser.

 Saltaron limpiamente las barras paralelas, el oxer y la ría sin ninguna penalización. “Va muy bien”, murmuró Carlos desde el borde de la pista. cronómetro en mano, pero el tiempo está ajustado. Lucía lo sabía. Podía sentir cada músculo de tornado tensándose bajo ella, su respiración volviéndose más pesada. Cuando se aproximaron a la temida combinación del muro doble, la joven percibió una leve vacilación en su montura.

Vamos, confía en mí”, susurró inclinándose sobre su cuello. Añadió una ligera presión con sus talones, urgiéndolo a mantener el ritmo. Tornado respondió al estímulo. Saltó el primer muro con precisión, pero al caer, Lucía sintió un cambio sutil en su pisada. No había tiempo para dudar. El segundo muro estaba a apenas tres trancos de distancia.

 La Amazona ajustó su posición dándole a su caballo el apoyo que necesitaba para elevarse nuevamente. Fue entonces cuando ocurrió. Tornado saltó con todas sus fuerzas, pero al llegar al punto más alto, su pata trasera derecha, la misma que había estado lesionada años atrás, se dio momentáneamente. No fue visible para los espectadores, pero Lucía lo sintió como una corriente eléctrica atravesando su cuerpo.

 En una fracción de segundo tomó una decisión que iba contra todos sus instintos competitivos. aflojó las riendas, permitiendo que el caballo ajustara su trayectoria. Esta acción salvó a Tornado de una caída catastrófica, pero desequilibró a Lucía. Cuando el caballo aterrizó al otro lado del obstáculo, la inercia la lanzó por encima de su hombro.

 La multitud soltó un grito ahogado al ver a la jinete salir despedida y caer pesadamente sobre la arena. El mundo pareció detenerse. Lucía quedó inmóvil por unos segundos, aturdida por el impacto. El equipo médico se movilizó de inmediato mientras los espectadores guardaban un silencio sepulcral. Carlos corrió hacia la pista, el rostro desencajado por la preocupación.

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