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“SI ABRES ESE BAÚL, PIERDES TODO” — LA ADVERTENCIA DE Lucha A PACO QUE CAMBIÓ SU VIDA tc

“SI ABRES ESE BAÚL, PIERDES TODO” — LA ADVERTENCIA DE Lucha A PACO QUE CAMBIÓ SU VIDA tc

Hay noches en la Ciudad de México que parecen más largas que otras. Noches donde el silencio pesa diferente, donde cada sombra parece guardar algo que no debería ser descubierto. La madrugada del martes 14 de marzo de 1989 fue una de esas noches para Paco Malgesto. Eran las 3:47 de la mañana cuando finalmente se decidió hacer lo que había evitado durante 11 años, 4 meses y 17 días.

Frente a él, sobre el piso de madera de caoba de su estudio privado en la calle de Insurgentes Sur, 1647, descansaba un baúl de cedro oscuro con errajes de bronce opaco. Sus manos temblaban no por la edad, tenía entonces 74 años, sino por algo mucho más profundo que el simple paso del tiempo. La lluvia golpeaba los ventanales con una insistencia que parecía querer advertirle algo.

 Afuera, la ciudad dormía ajena a lo que estaba por ocurrir en aquel cuarto del tercer piso. Paco había apagado todas las luces, excepto una lámpara de escritorio con pantalla verde que proyectaba sombras alargadas sobre las paredes forradas de libros y fotografías enmarcadas. En esas fotografías aparecía el mismo junto a prácticamente todos los nombres que habían construido la época dorada del entretenimiento mexicano.

 Pedro Infante con su sonrisa eterna. Jorge Negrete con esa mirada de orgullo desafiante, María Félix reclinada en un sillón de terciopelo rojo. Tin tan haciendo una mueca que había hecho reír a millones. Dolores del río con ese porte que parecía haber nacido de alguna aristocracia perdida. Todos ahí inmortalizados en blanco y negro, mirándolo desde sus marcos como si supieran lo que estaba a punto de hacer.

El baúl medía aproximadamente 85 cm de largo por 52 de ancho. La madera estaba gastada en las esquinas, revelando capas más claras debajo del barniz original. Tenía un candado de bronce con forma de león que ya no funcionaba desde hacía años. La llave se había perdido en algún momento que Paco no recordaba con precisión, pero nunca había necesitado cerradura.

 Nadie se había atrevido a abrirlo, ni siquiera él. Hasta esa noche, para entender por qué un hombre de la trayectoria de Paco Malgesto, locutor legendario, conductor de programas que definieron generaciones enteras, voz que acompañó los momentos más importantes de la radio y televisión mexicana, se encontraba arrodillado a las 4 de la mañana frente a un objeto que parecía concentrar todo el peso del pasado.

 Hay que retroceder exactamente 11 años, 4 meses y 17 días. Hay que volver al sábado 26 de octubre de 1977 a las 11:34 de la noche en el salón Versalles del Hotel Camino Real de la Ciudad de México. Esa noche se celebraba un homenaje a los 45 años de carrera de Paco en los medios de comunicación. El salón estaba decorado con arreglos florales que combinaban rosas blancas, claveles rojos y alcatraces, las flores que Paco siempre había preferido.

 Las mesas estaban cubiertas con manteles color marfil y centros de mesa con velas en candelabros de plata. La iluminación era tenue, cálida, del tipo que favorece los rostros y suaviza las arrugas que el tiempo inevitablemente marca. Había aproximadamente 250 invitados, todos figuras prominentes del medio artístico, empresarios de la radio y televisión, políticos de segunda fila que buscaban fotografiarse con las estrellas y familiares de Paco que habían viajado desde Guadalajara y Monterrey para estar presentes. La velada había transcurrido

con esa mezcla perfecta de nostalgia y celebración que caracteriza los homenajes bien organizados. Hubo discursos emotivos donde colegas recordaron anécdotas de los primeros días de la radio cuando todo se improvisaba y la pasión suplía la falta de recursos. Se proyectaron fragmentos de programas antiguos que hicieron reír y llorar a los asistentes.

 Un mariachi de 12 integrantes interpretó las canciones que habían marcado la trayectoria profesional de Paco. El tequila y el whisky fluyeron generosamente. Para las 11 de la noche, el evento oficial había concluido, pero un grupo de aproximadamente 30 personas, los más cercanos a Paco, se quedaron en una sala privada contigua para continuar la celebración en un ambiente más íntimo.

 Entre ese grupo estaba Lucha Villa, María de Luz Villamota, su nombre completo, tenía entonces 37 años y estaba en la cúspide de su carrera. Su voz potente había conquistado escenarios en México y Estados Unidos. Había grabado más de 40 álbumes, protagonizado películas que llenaban cines. Su presencia esa noche no era casualidad. Lucha y Paco tenían una amistad que se había forjado en los estudios de Televisa durante las grabaciones de Siempre en domingo, donde ella era invitada frecuente y él ocasionalmente conducía segmentos especiales. Pero más

allá de la relación profesional existía entre ellos algo que pocas personas conocían. Lucha Villa tenía una sensibilidad especial para percibir cosas que otros no veían. No hablamos aquí de supersticiones baratas o misticismos de revista sensacionalista. Quienes la conocían de verdad sabían que Lucha poseía una intuición casi sobrenatural para detectar verdades ocultas, para sentir cuando algo no estaba bien, para advertir peligros que aún no se materializaban.

 La sala privada era más pequeña que el salón principal, de unos 30 m², con paredes forradas en madera oscura y cuadros de paisajes mexicanos pintados al óleo. Había tres sofás de cuero café, varias butacas individuales y una mesa auxiliar con botellas de licor de alta gama. Las conversaciones se habían vuelto más relajadas, más honestas.

 La gente hablaba en grupos pequeños compartiendo esas historias que solo se cuentan cuando el alcohol afloja las lenguas y la confianza mutua está garantizada. Paco se había alejado momentáneamente del grupo principal y estaba de pie junto a una ventana que daba al jardín interior del hotel, observando las luces de la fuente ornamental.

 Sostenía un vaso de whisky escocés Chivas regal de 12 años, su bebida preferida, con dos cubos de hielo que ya se habían derretido a la mitad. Llevaba puesto un traje gris Oxford de tres piezas con una corbata de seda azul marino. Su cabello, completamente blanco, estaba peinado hacia atrás con fijador. A sus 62 años, Paco Malgesto conservaba ese porte distinguido que siempre lo había caracterizado, esa elegancia natural que no necesita esfuerzo.

 Fue en ese momento cuando dos empleados del hotel entraron a la sala privada cargando algo que Paco no había pedido que trajeran. Era su baúl, el baúl de cedro oscuro que normalmente permanecía en su oficina de la estación de radio, guardado en un closet que solo él abría. El mismo baúl que ahora, 11 años después, estaría frente a él en aquella madrugada lluviosa de marzo.

 Los empleados lo colocaron junto a la pared opuesta a donde estaba Paco, siguiendo instrucciones que aparentemente habían recibido de alguien de su equipo de trabajo. Al parecer, uno de sus asistentes había pensado que sería emotivo tener algunos objetos personales de Paco en la sala para que los invitados pudieran ver memerebilie de su carrera.

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