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¡El mayor expolio al descubierto! Harfuch revienta el teatro clausurado de La Tigresa y halla un cofre que lo cambia absolutamente todo.

¡El mayor expolio al descubierto! Harfuch revienta el teatro clausurado de La Tigresa y halla un cofre que lo cambia absolutamente todo. Cartas presidenciales prohibidas, traiciones despiadadas y la macabra verdad sobre la falsa sobrina que la drogó para arrebatarle 600 millones. Un giro de guion que te dejará helado.

HARFUCH CATEA el TEATRO CLAUSURADO de LA TIGRESA… La ‘SOBRINA’ que la DROGÓ para ROBARLE Todo  

600 millones de pesos. Eso es lo que dicen que tenía Irma Serrano cuando murió. 600 millones. Y murió en una casa prestada en Chiapas, cuidada por un sobrino nieto que era el único que no le había robado nada. le dicen la tigresa. Y durante 60 años esa mujer acumuló mansiones, haciendas, joyas, un teatro en el centro de la ciudad de México, la cama donde durmió la emperatriz Carlota, un comedor que estuvo en Los Pinos, mosaicos arrancados del castillo de Chapultepec, todo regalado, todo ganado, todo perdido,

porque cada persona que se acercó a Irma Serrano terminó llevándose algo. Un presidente le regaló una mansión y después la llamó Totonaka. Un empresario fue el amor de su vida y se murió sin dejarle un peso. Un tipo de un reality show se metió a su casa a vivir y le metió mano al efectivo. Una mujer que se hizo pasar por su sobrina la drogó, le falsificó el testamento y se quedó con el teatro.

 Y al final la mujer que le cantó rancheras a Medio México, la que le dio una cachetada al presidente de la República en la puerta de Los Pinos, mientras los soldados le apuntaban con metralletas, la que se sentó en el Senado y compró propiedades como quien compra fruta en el mercado. Esa mujer se murió de un infarto a las 4 de la madrugada en un hospital de Chiapas.

89 años y lo único que le quedaba limpio era su nombre. Harfuch firmó la orden a las 3:47 de la madrugada de un martes. Febrero, Ciudad de México. 11 gr. La camioneta negra salió del estacionamiento subterráneo sin luces. Atrás iban dos vehículos más: peritos, fotógrafa forense, notaria. Nadie hablaba, las instrucciones eran claras.

 Donc 24, centro histórico, el teatro Fru Fru, la calle de Doncceles a las 4 de la mañana parece un escenario de película vieja. Fachadas de cantera gris, librerías cerradas con cortinas de metal oxidado. Un gato cruza la calle sin apuro. La camioneta se estaciona frente a una marquesina que lleva años sin encenderse.

Las letras del nombre están ahí, pero sucias, opacas, medio desprendidas. Fru. Alguna vez esas letras brillaban en rojo neón y la gente hacía fila para ver a la tigresa actuar desnuda en una adaptación de naná que escandalizó a medio país. Eso fue en 1974. Hace más de 50 años. Harfuch baja. Se queda mirando la fachada un momento.

 El edificio tiene más de 127 años. Irma lo compró en 1973 y le puso fru y desde 2017 está cerrado, clausurado, sin espectáculos, sin público, sin nada más que polvo y recuerdos y las cenizas de una mujer que recibió su homenaje póstumo aquí dentro. El cerrajero tarda 4 minutos con el candado principal.

 Después hay una segunda cerradura. Después una cadena. Cuando la puerta se abre, lo primero que sale es el olor. Humedad vieja, madera podrida, algo dulce como perfume derramado. Hace años que se fue mezclando con el Moo hasta convertirse en otra cosa. Harfuch entra primero. La linterna recorre el vestíbulo.

 Hay un mural en la pared derecha descarapelado. Apenas se distingue la figura de una mujer con un vestido rojo que alguna vez fue provocador y ahora parece triste. En el suelo hay programas de mano esparcidos. 1992, 1986. Fechas de funciones que ya nadie recuerda. La sala del teatro tiene butacas de terciopelo rojo cubiertas con sábanas blancas que ya son grises.

 El escenario está vacío. Hay una silla plegable en el centro sola, como si alguien se hubiera sentado a esperar algo que nunca llegó. Arriba, los reflectores están apagados, pero siguen ahí apuntando a un punto que ya no existe. Harf señala hacia la izquierda. Camerinos. El equipo avanza por un pasillo estrecho donde el piso cruje con cada paso. Fotos enmarcadas en las paredes.

Irma joven. Irma con vestido de lentejuelas. Irma con un tigre de verdad encadenado junto a ella, Irma con un hombre mayor que le rodea la cintura. No hay letrero que diga quién es el hombre. Pero cualquier mexicano que haya vivido los años 60 reconocería esa cara, esos lentes gruesos, esa mandíbula torcida.

Gustavo Díaz Ordaz, el presidente que ordenó Tlatelolco. Al fondo del pasillo hay una puerta con tres cerraduras. Sobre la puerta alguien pegó con cinta adhesiva un papel que dice con letra de mujer vieja que todavía aprieta el bolígrafo. Aquí no entra nadie. Firmado I. El cerrajero abre.

 Dentro hay un camerino que huele a naftalina y a tabaco rancio. Un tocador con espejo rodeado de focos fundidos. Brochas de maquillaje petrificadas. Un perchero con tres vestidos que alguna vez costaron una fortuna y ahora se deshacen si los tocas. Y en la esquina contra la pared, debajo de una sábana color crema, un baúl de piel negra con un candado de combinación.

Harfuch se acerca, se pone los guantes, levanta la sábana. El baúl tiene las iniciales ICS grabadas en oro. Irma Consuelo Serrano, la perito lo fotografía. La notaria registra. Harfira a su equipo. Nadie dice nada. Gira el candado. 09 12 33. La fecha de nacimiento de Irma Serrano. El baúl se abre.

 Adentro hay carpetas, muchas carpetas. documentos con sellos notariales. Un sobre grande de papel manila con la leyenda Testamento original, escrita con la misma letra firme del papel pegado en la puerta, fotografías en blanco y negro, recibos bancarios y al fondo, envuelta en una tela de terciopelo rojo, una carpeta de piel café con una sola palabra grabada en la portada.

 dice verdad. Recuerda esa carpeta, recuerda esa palabra, porque lo que contiene va a cambiar todo lo que acabas de escuchar. Y ahora escucha bien, porque lo que sigue son 600 millones de pesos que fueron desapareciendo uno por uno. Irma Serrano tenía una fortuna calculada en 600 millones de pesos.

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