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7 DÍAS que DESTRUYERON al GOBIERNO de PETRO — la VENGANZA de LAURA SARABIA

7 DÍAS que DESTRUYERON al GOBIERNO de PETRO — la VENGANZA de LAURA SARABIA

La frase más peligrosa para Gustavo Petro no salió de la boca de un rival político, sino de alguien mucho más cercana, la mujer que conocía todos sus secretos y sabía exactamente cómo herirlo. Para entender el peso de esa frase y el desastre que provocó, no hay que pensar en un debate ni en una cumbre internacional.

Hay que ir a un sitio mucho más pequeño y silencioso, pero infinitamente más peligroso. El despacho presidencial de la casa de Nariño, el corazón del poder en Colombia. Allí comenzó todo, una semana antes de que el mundo supiera la verdad. Era una noche fría y lluviosa en Bogotá, de esas en las que la ciudad parece suspenderse en la niebla.

Dentro del palacio presidencial solo una lámpara permanecía encendida. Bajo su luz amarillenta, Gustavo Petro, con los ojos hundidos por el cansancio, repasaba papeles sin leerlos. Llevaba meses peleando en todos los frentes, las escuchas, el congreso, la prensa. No gobernaba. resistía. Frente a él estaba Laura Sarabia, no como funcionaria, sino como lo que siempre fue, su sombra, su memoria.

La mujer que sabía todo. Conocía cada reunión, cada llamada, cada orden secreta. Era su guardiana la que sabía dónde estaban los silencios y los cuerpos. “No podemos seguir así, Laura”, murmuró Petro con la voz gastada y los ojos vacíos. “Nos atacan por todos lados. Necesitamos a alguien que detenga la tormenta, alguien que reciba el golpe. Laura lo miró en silencio.

Su rostro, siempre firme, se quebró apenas por un instante. Ya entendía todo. Durante años lo había protegido de todos los enemigos, pero esa noche comprendió que él quería salvarse, entregándola a ella. El escándalo de la maleta. Continuó Petro, evitando su mirada. La prensa no lo dejará morir. La fiscalía no respira en la nuca.

Hay que cerrar ese capítulo, cueste lo que cueste, y solo alguien puede cargar con la culpa. Pero yo no tuve nada que ver con ese dinero, presidente, susurró casi sin voz, como si temiera escuchar su propia defensa. “Lo sé, Laura, lo sé”, respondió finalmente alzando la mirada. En sus ojos había cansancio, pero también súplica.

Fuiste mi jefa de gabinete. Todo pasaba por ti. Tu salida calmaría a las fieras, daría aire al proyecto. No sería para siempre, intentó sonreír. Te enviaríamos a un puesto tranquilo, lejos del ruido, y cuando todo pase, volverías más fuerte que antes. Laura sintió que el mundo se derrumbaba bajo sus pies. Aquel hombre al que había servido sin descanso, al que había sido leal hasta el fanatismo.

Ahora le pedía algo impensable, que cargara con una culpa ajena, que ensuciara su nombre para limpiar el suyo. No dijo nada. Se quedó en silencio. Un silencio que duró casi un minuto. Y en ese minuto algo dentro de ella, esa lealtad incondicional, se quebró para siempre. Finalmente se levantó. Entiendo, señor presidente”, dijo con una voz fría, desprovista de toda emoción.

“Haré lo que sea necesario por el bien del gobierno.” Y sin decir una palabra más, se dio media vuelta y salió del despacho, dejando a un presidente que en su intento de salvar su poder, acababa de crear a su enemiga más peligral. Una semana después, la bomba estalló, pero no de la forma en que Petro lo había planeado.

La escena tuvo lugar en la sala de prensa de la cancillería. Laura Sarabia, ahora en su nuevo y menos poderoso cargo como directora del departamento de prosperidad social, había convocado a una rueda de prensa para anunciar un nuevo programa de subsidios. El evento debía ser técnico, aburrido, de bajo perfil, pero los periodistas solían sangre.

¿Sabían que era la primera vez que Sarabia hablaba en público después de su sorpresiva salida como jefa de gabinete y no iban a desperdiciar la oportunidad? Sarabia leyó su comunicado con una profesionalidad impecable. Habló de cifras, de beneficiarios, de impacto social. Todo según el guion. Al final, el moderador abrió el turno de preguntas.

La primera mano que se alzó fue la de un veterano y temido periodista de la revista Semana, un medio abiertamente hostil al gobierno. Directora Sarabia, comenzó el periodista. Agradecemos la información sobre los subsidios, pero el país no quiere hablar de eso. El país quiere saber la verdad. ¿Por qué salió usted realmente de la jefatura de gabinete? Fue por el escándalo del dinero en la maleta de su niñera.

Un silencio tenso se apoderó de la sala. Todos los periodistas se inclinaron hacia adelante. Los camarógrafos hicieron zoom sobre el rostro de Sarabia. Su jefe de prensa, un joven nervioso, se preparó para intervenir para decir siguiente pregunta. Pero Laura Sarabia levantó una mano deteniéndolo. Miró al periodista y por primera vez en semanas una leve y enigmática sonrisa se dibujó en sus labios.

Agradezco su pregunta”, dijo con una calma que eló la sangre de los asesores de palacio que veían la transmisión. Mi salida de la jefatura de gabinete se debió a diferencias de criterio. Pero ya que usted pregunta por mi tiempo en ese cargo, creo que es una buena oportunidad para aclarar algo importante, algo que el país merece saber sobre cómo se toman las decisiones en el corazón del poder.

En la casa de Nariño, el presidente Petro, que veía la rueda de prensa desde su despacho, sintió un escalofrío. Se inclinó hacia la pantalla. ¿Qué está haciendo? Susurró. Sarabia respiró hondo y miró directamente a la cámara principal. Durante mi gestión como jefa de gabinete, dijo, pronunciando cada palabra con una claridad lapidaria, actué siempre con la lealtad y la disciplina que el cargo exigía.

Quiero dejarle claro al país, a la fiscalía y a la Procuraduría que cada decisión que tomé, cada contrato que se revisó, cada nombramiento que se hizo, cada orden que se dio desde mi despacho, respondió siempre a instrucciones directas, personales y explícitas del señor presidente de la República, Gustavo Petro.

La frase fue un terremoto. La sala de prensa quedó en un estado de shock absoluto. Los periodistas se miraron unos a otros sin poder creer lo que acababan de escuchar. La mujer que había sido sacrificada para proteger al presidente ahora con una calma devastadora, lo estaba señalando directamente. No lo acusaba de un delito.

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