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LA TRAGEDIA QUE SACUDIÓ A MÉXICO: Un aniversario soñado, una escapada de pareja y una ausencia total

LA TRAGEDIA QUE SACUDIÓ A MÉXICO: Un aniversario soñado, una escapada de pareja y una ausencia total

Salieron un viernes por la tarde a ver el atardecer. El lunes sus familias seguían sin saber dónde estaban. Lo que encontraron en ese bosque no fue lo que nadie esperaba, y lo que Andrés escondió antes de desaparecer lo cambió todo. Había algo en la forma en que Andrés Solís sonrió ese jueves por la mañana que su hermana Beatriz nunca olvidó.

 No era una sonrisa normal, era de esas que se forman solas, sin esfuerzo, cuando alguien está genuinamente feliz. Lo vio en el pasillo de su edificio en la colonia Narbarte, con una maleta mediana de color azul marino y esa chaqueta de mezclilla que siempre usaba en los días importantes. ¿Dónde vas?, le preguntó ella desde el marco de su puerta.

 de viaje aniversario”, respondió él, como si eso lo explicara todo. Y sí, lo explicaba todo. Era el 12 de septiembre de 2019. Andrés Solís Vega tenía 35 años. Era diseñador gráfico, trabajaba desde casa, tomaba demasiado café y era de esas personas que llegan tarde a todo, pero que cuando llegan llenan el cuarto. Llevaba 5 años con Lucía Romero Alcántara, maestra de primaria en la alcaldía Itapalapa, 32 años.

 pelo castaño rizado que siempre recogía con un clip de madera una risa que sonaba como si hubiera aprendido a reír en una película de los años 50, 5 años. En ese tiempo habían vivido separados juntos, separados de nuevo y finalmente juntos para quedarse. Habían peleado por dinero, por tiempo, por prioridades y también habían decidido cada vez que todo se ponía difícil que valía la pena intentarlo de nuevo.

 Este aniversario era diferente. Andrés lo había planeado en secreto durante semanas y Lucía no sospechaba nada. Lo que nadie sabe todavía es que tres días después de esa mañana, el nombre de Lucía Romero Alcántara iba a aparecer en un reporte de personas desaparecidas en el Estado de México y el de Andrés Solís Vega también.

 Los dos desaparecidos, sin rastro, en un pueblo turístico al que fueron a celebrar el amor. Esta es su historia. Si apenas estás llegando al canal, este es el momento de suscribirte y darle like a este video. Cuéntame en los comentarios desde dónde estás viendo esto, porque hay personas siguiendo esto desde Monterrey, desde Oaxaca, desde Tijuana y hasta desde el otro lado del mundo.

 Son historias como esta las que nos recuerdan que hay cosas que no entendemos, que hay preguntas que no tienen respuesta fácil. Acompáñame. Vamos juntos. Para entender lo que pasó en Valle de Bravo ese fin de semana, hay que entender primero quiénes eran Andrés y Lucía. Andrés creció en Tlalpan, al sur de la Ciudad de México.

 Era el mayor de dos hermanos. Su papá trabajó toda su vida en el sistema de transporte colectivo Metro y su mamá atendió durante décadas una papelería del centro que olía a pegamento y papel bond. Estudió diseño en la Universidad Autónoma Metropolitana. Nunca terminó la tesis, pero construyó una carrera respetable trabajando para empresas medianas que necesitaban identidad visual sin pagar lo que cobran las agencias grandes.

Era buena persona, eso lo dicen todos los que lo conocían, no de manera condescendiente, sino con convicción genuina. era el tipo que te ayuda con la mudanza, aunque no le caiga bien el novio nuevo, el que te manda el meme correcto en el momento exacto, el que se acuerda de tu cumpleaños sin necesidad de Facebook.

 Pero en los últimos meses antes de septiembre, Andrés había cambiado un poco, no mucho, solo un poco. Sus amigos lo notaron. Beatriz lo notó. Había algo quieto en él que antes no existía, algo callado, como de alguien que está cargando un peso que todavía no sabe cómo repartir. Beatriz se lo preguntó una noche mientras cenaban tacos en un puesto de la calle insurgentes.

¿Estás bien, güey? Sí, dijo él chupando el limón. Solo estoy cansado. Y eso fue todo. Lucía, por su parte, era de las personas que organizan el mundo con listas. Listas en papel, listas en el teléfono, listas pegadas con cinta adhesiva en el refrigerador. Le daba control sobre las cosas que tendían a escapársele.

 Había crecido en Ecatepec con su mamá, Graciela, que la crió sola después de que el papá de Lucía se fue cuando ella tenía 9 años. Graciela nunca habló mal de él frente a su hija. Nunca. Lo que sí hizo fue trabajar doble turno en una fábrica textil durante 15 años para que Lucía pudiera ir a la universidad. Lucía nunca olvidó eso y nunca dejó de llamarle a su mamá al menos tres veces por semana.

 El jueves 12 de septiembre por la tarde, Lucía llegó de la escuela agotada. tenía dos grupos ese semestre, uno de cuarto y uno de quinto. El de quinto era particularmente difícil ese año con tres niños que necesitaban atención especial y un salón que se inundaba cada que llovía fuerte. Se quitó los zapatos en el pasillo, puso la pava al fuego para el té y encontró una nota sobre la mesa del comedor.

Estaba escrita en ese papel texturizado color crema que Andrés usaba para sus vocetos de trabajo. Decía, “Empaca para dos días, algo ligero. Te recojo en una hora. Te amo. Lucía leyó la nota dos veces, sonríó, fue al cuarto, empacó. La carretera federal 134 que conecta Toluca con Valle de Bravo es una de esas carreteras mexicanas que engañan.

empieza bien, recta, señalizada, con árboles de ambos lados que en septiembre todavía están verdes por las lluvias de agosto. Pero después de cierto punto se vuelve otra cosa. Las curvas se aprietan, los precipicios aparecen sin aviso, la neblina baja desde los cerros del Estado de México y de pronto ya no ves más allá de 20 m.

 Andrés conocía esa carretera. Había ido a Valle de Bravo dos veces antes, una con amigos, otra con un cliente. Sabía que después de la caseta de Cina Cantepec había que afinar los reflejos y bajar la velocidad, aunque el carro de atrás te tronara los nervios. Salieron de la Narbarte a las 6:30 de la tarde en el pointer gris de Andrés, que tenía 140,000 km encima, y una calcomanía del metro en el parabrisas trasero que Lucía había puesto como broma y que nunca quitaron.

 El tráfico en el periférico los devoró durante 40 minutos. Lucía iba con el pie sobre el asiento, abrazando las rodillas, mirando por la ventana los edificios que se iban apagando con la tarde. Andrés tenía puesta una playlist que había armado con canciones que tenían algún significado entre ellos.

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