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Así Murió cada Traidor que APUÑALÓ a Benito Juárez | La Venganza de la República

Llegó a Cuba, esperó. Y cuando los franceses llegaron y el imperio de Maximiliano ofreció la oportunidad de regresar, su luaga regresó no con un cargo prominente, porque los franceses preferían usar a los conservadores que tenían más nombre y más reputación para dar al imperio la legitimidad que necesitaba, sino como figura de segundo nivel, operando en los márgenes del sistema imperial con la discreción del hombre que sabe que su utilidad depende de no llamar demasiado la atención.

Cuando el imperio colapsó en 1867 y Juárez volvió al Palacio Nacional por segunda vez, su luaga desapareció de nuevo. No fue capturado, no fue juzgado, no fue fusilado como Miramón y Mejía en el cerro de las campanas. Se escabulló una vez más con la habilidad específica de los que han convertido la invisibilidad en sistema de supervivencia.

Murió en 1898 en la Ciudad de México a los 84 años. 84 años, más que Juárez, que murió a los 66, más que Miramón, que murió a los 35, más que casi todos los protagonistas de la guerra que había iniciado. La venganza de la República sobre Sulu Luaga no fue el paredón, ni el exilio definitivo, ni la captura dramática.

 Fue algo más cruel y más específico para un hombre de su naturaleza. La irrelevancia total. vivió suficiente tiempo para ver que todo lo que había construido había sido destruido, que la Constitución que había intentado anular era el fundamento sobre el que México construía su identidad, que su nombre no aparecía en los monumentos, ni en las calles, ni en los discursos del día de la independencia, que era nadie.

 Para un hombre que había querido ser el hacedor de presidentes, eso era el castigo más preciso posible. La historia de Leonardo Márquez es diferente a todas las demás de esta lista. Porque Márquez fue el único de los grandes traidores de Juárez que no pagó el precio que sus crímenes habrían merecido, en el único sentido que los crímenes se pagan.

 con un juicio, con una condena, con la aplicación de la ley que él había violado. Márquez escapó y esa escapada, que al principio pareció la victoria del culpable sobre la justicia, terminó siendo la condena más lenta y más completa que la República podría haberle impuesto. El tigre de Tacubaya había ganado ese apodo en abril de 1859, cuando después de la batalla ordenó fusilar no solo a los prisioneros militares, sino los médicos civiles que habían llegado al campo a atender a los heridos de ambos bandos.

 Los médicos de la escuela de medicina de la Ciudad de México, con sus instrumentos quirúrgicos todavía en las manos, fueron fusilados junto a una barda. Los estudiantes de medicina, que los acompañaban fueron fusilados. También Juárez emitió un decreto declarándolo fuera de la ley, no como enemigo en combate, sino como asesino.

 La distinción importaba porque significaba que si era capturado, las protecciones que el derecho de guerra concede a los prisioneros no aplicaban. Durante la guerra de Reforma y durante la intervención francesa, Márquez siguió acumulando una lista de crímenes que el decreto de Juárez cubría y que ningún tribunal llegó nunca a procesar completamente, porque Márquez siempre encontró la manera de no estar donde los que lo buscaban llegaban a buscarlo.

 La traición final de Márquez a los que había servido llegó en mayo de 1867, cuando el sitio de Querétaro cerraba el cerco sobre Maximiliano y sus generales más leales. Márquez había salido de la ciudad con el encargo de buscar refuerzos en la ciudad de México. Llegó a la capital. Se enteró de que los refuerzos no existían.

 Se enteró de que el imperio era una causa perdida y tomó la decisión que definiría su legado, no volver. Maximiliano esperó los refuerzos que Márquez había prometido. Los refuerzos no llegaron. El 15 de mayo, una traición abrió las puertas de Querétaro. Maximiliano fue capturado. El 19 de junio en el cerro de las campanas fue fusilado junto a Miramón y Mejía.

Márquez estaba en la ciudad de México cuando ocurrió la ejecución planeando su propia fuga. Llegó a Cuba y en Cuba se quedó 35 años en La Habana. 35 años viendo cómo México construía el país que él había intentado impedir que existiera. Viendo cómo los liberales que había perseguido se convertían en los fundadores celebrados, viendo como su propio nombre, que había sido el nombre que producía terror en los valles del sur de México en los años de la guerra, se convertía en el nombre que se pronunciaba en voz baja, como si decirlo

en voz alta pudiera invocar algo que era mejor que permaneciera en el pasado. Nadie lo buscó en Cuba. República tenía otras prioridades y Márquez, que había vivido para el miedo que producía en los demás, descubrió que el olvido es la condena más insoportable para el que construyó su identidad sobre ser temido.

Murió en La Habana en 1913. Tenía 92 años. El hombre que había ordenado fusilar a los médicos con los instrumentos quirúrgicos en las manos, murió de viejo en una ciudad extranjera donde nadie sabía quién era. 92 años de irrelevancia absoluta. La venganza de la República sobre el tigre de Tacubaya fue más larga y más completa que cualquier paredón.

Miguel Miramón es el caso que más incomoda a los que quieren una historia limpia de villanos y héroes, porque Miramon fue genuinamente brillante, genuinamente valiente y genuinamente equivocado en las cosas que determinaron el resultado de su vida. Tenía 25 años cuando fue declarado presidente provisional de los conservadores.

 Era el mejor general de su generación en cualquier bando. Sus contemporáneos liberales, los hombres que lo combatían, lo describían con el respeto envenenado que se reserva para el adversario que uno hubiera preferido tener del propio lado. El joven Macabeo, le decían con la mezcla de admiración y envidia que esa comparación bíblica contiene.

Intentó tomar Veracruz en 1860. compró dos barcos en Cuba, los armó, los cargó con tropas y los envió a bloquear el puerto por mar mientras su ejército avanzaba por tierra. Lo que encontró fue la marina americana. Los barcos que había comprado fueron confiscados por el comodoro Turner, que los interceptó en nombre de la neutralidad americana y arrestó a los oficiales que los tripulaban.

La operación naval, que habría podido ser el movimiento decisivo de la guerra, terminó en un incidente diplomático y en la humillación personal del general que la había diseñado. Miramon vio desde la costa cómo se llevaban sus barcos. La guerra de Reforma la ganaron los liberales en enero de 1861. Miramón fue al exilio en Europa y fue en Europa donde tomó la decisión que sellaría su destino, unirse al imperio de Maximiliano.

No era una decisión de cobardía, era una decisión de convicción, aunque fuera la convicción equivocada. Miramon creía genuinamente que una monarquía bajo un príncipe europeo podía ofrecer a México la estabilidad que las guerras civiles de 50 años habían negado. Era una creencia que compartía con toda la clase conservadora mexicana que había invitado a Maximiliano.

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