Llegó a Cuba, esperó. Y cuando los franceses llegaron y el imperio de Maximiliano ofreció la oportunidad de regresar, su luaga regresó no con un cargo prominente, porque los franceses preferían usar a los conservadores que tenían más nombre y más reputación para dar al imperio la legitimidad que necesitaba, sino como figura de segundo nivel, operando en los márgenes del sistema imperial con la discreción del hombre que sabe que su utilidad depende de no llamar demasiado la atención.
Cuando el imperio colapsó en 1867 y Juárez volvió al Palacio Nacional por segunda vez, su luaga desapareció de nuevo. No fue capturado, no fue juzgado, no fue fusilado como Miramón y Mejía en el cerro de las campanas. Se escabulló una vez más con la habilidad específica de los que han convertido la invisibilidad en sistema de supervivencia.
Murió en 1898 en la Ciudad de México a los 84 años. 84 años, más que Juárez, que murió a los 66, más que Miramón, que murió a los 35, más que casi todos los protagonistas de la guerra que había iniciado. La venganza de la República sobre Sulu Luaga no fue el paredón, ni el exilio definitivo, ni la captura dramática.
Fue algo más cruel y más específico para un hombre de su naturaleza. La irrelevancia total. vivió suficiente tiempo para ver que todo lo que había construido había sido destruido, que la Constitución que había intentado anular era el fundamento sobre el que México construía su identidad, que su nombre no aparecía en los monumentos, ni en las calles, ni en los discursos del día de la independencia, que era nadie.
Para un hombre que había querido ser el hacedor de presidentes, eso era el castigo más preciso posible. La historia de Leonardo Márquez es diferente a todas las demás de esta lista. Porque Márquez fue el único de los grandes traidores de Juárez que no pagó el precio que sus crímenes habrían merecido, en el único sentido que los crímenes se pagan.
con un juicio, con una condena, con la aplicación de la ley que él había violado. Márquez escapó y esa escapada, que al principio pareció la victoria del culpable sobre la justicia, terminó siendo la condena más lenta y más completa que la República podría haberle impuesto. El tigre de Tacubaya había ganado ese apodo en abril de 1859, cuando después de la batalla ordenó fusilar no solo a los prisioneros militares, sino los médicos civiles que habían llegado al campo a atender a los heridos de ambos bandos.
Los médicos de la escuela de medicina de la Ciudad de México, con sus instrumentos quirúrgicos todavía en las manos, fueron fusilados junto a una barda. Los estudiantes de medicina, que los acompañaban fueron fusilados. También Juárez emitió un decreto declarándolo fuera de la ley, no como enemigo en combate, sino como asesino.

La distinción importaba porque significaba que si era capturado, las protecciones que el derecho de guerra concede a los prisioneros no aplicaban. Durante la guerra de Reforma y durante la intervención francesa, Márquez siguió acumulando una lista de crímenes que el decreto de Juárez cubría y que ningún tribunal llegó nunca a procesar completamente, porque Márquez siempre encontró la manera de no estar donde los que lo buscaban llegaban a buscarlo.
La traición final de Márquez a los que había servido llegó en mayo de 1867, cuando el sitio de Querétaro cerraba el cerco sobre Maximiliano y sus generales más leales. Márquez había salido de la ciudad con el encargo de buscar refuerzos en la ciudad de México. Llegó a la capital. Se enteró de que los refuerzos no existían.
Se enteró de que el imperio era una causa perdida y tomó la decisión que definiría su legado, no volver. Maximiliano esperó los refuerzos que Márquez había prometido. Los refuerzos no llegaron. El 15 de mayo, una traición abrió las puertas de Querétaro. Maximiliano fue capturado. El 19 de junio en el cerro de las campanas fue fusilado junto a Miramón y Mejía.
Márquez estaba en la ciudad de México cuando ocurrió la ejecución planeando su propia fuga. Llegó a Cuba y en Cuba se quedó 35 años en La Habana. 35 años viendo cómo México construía el país que él había intentado impedir que existiera. Viendo cómo los liberales que había perseguido se convertían en los fundadores celebrados, viendo como su propio nombre, que había sido el nombre que producía terror en los valles del sur de México en los años de la guerra, se convertía en el nombre que se pronunciaba en voz baja, como si decirlo
en voz alta pudiera invocar algo que era mejor que permaneciera en el pasado. Nadie lo buscó en Cuba. República tenía otras prioridades y Márquez, que había vivido para el miedo que producía en los demás, descubrió que el olvido es la condena más insoportable para el que construyó su identidad sobre ser temido.
Murió en La Habana en 1913. Tenía 92 años. El hombre que había ordenado fusilar a los médicos con los instrumentos quirúrgicos en las manos, murió de viejo en una ciudad extranjera donde nadie sabía quién era. 92 años de irrelevancia absoluta. La venganza de la República sobre el tigre de Tacubaya fue más larga y más completa que cualquier paredón.
Miguel Miramón es el caso que más incomoda a los que quieren una historia limpia de villanos y héroes, porque Miramon fue genuinamente brillante, genuinamente valiente y genuinamente equivocado en las cosas que determinaron el resultado de su vida. Tenía 25 años cuando fue declarado presidente provisional de los conservadores.
Era el mejor general de su generación en cualquier bando. Sus contemporáneos liberales, los hombres que lo combatían, lo describían con el respeto envenenado que se reserva para el adversario que uno hubiera preferido tener del propio lado. El joven Macabeo, le decían con la mezcla de admiración y envidia que esa comparación bíblica contiene.
Intentó tomar Veracruz en 1860. compró dos barcos en Cuba, los armó, los cargó con tropas y los envió a bloquear el puerto por mar mientras su ejército avanzaba por tierra. Lo que encontró fue la marina americana. Los barcos que había comprado fueron confiscados por el comodoro Turner, que los interceptó en nombre de la neutralidad americana y arrestó a los oficiales que los tripulaban.
La operación naval, que habría podido ser el movimiento decisivo de la guerra, terminó en un incidente diplomático y en la humillación personal del general que la había diseñado. Miramon vio desde la costa cómo se llevaban sus barcos. La guerra de Reforma la ganaron los liberales en enero de 1861. Miramón fue al exilio en Europa y fue en Europa donde tomó la decisión que sellaría su destino, unirse al imperio de Maximiliano.
No era una decisión de cobardía, era una decisión de convicción, aunque fuera la convicción equivocada. Miramon creía genuinamente que una monarquía bajo un príncipe europeo podía ofrecer a México la estabilidad que las guerras civiles de 50 años habían negado. Era una creencia que compartía con toda la clase conservadora mexicana que había invitado a Maximiliano.
Y era también una creencia que la realidad de México desmentiría punto por punto en cada año del imperio. Lo que distinguió a Miramón de otros conservadores que tuvieron la misma creencia y que cuando el imperio comenzó a desmoronarse buscaron la salida, fue que Miramón no buscó la salida. Cuando quedó claro que el imperio era una causa perdida y que Maximiliano iba a ser capturado, Miramón eligió quedarse.
¿Por qué eligió quedarse? Es la pregunta que sus biógrafos no terminan de responder. Lealtad al hombre al que había servido. El cálculo de que rendirse ante Juárez significaba el paredón de todas formas. La dignidad específica del militar que prefiere morir con su jefe a sobrevivir como el que lo abandonó.
Las tres cosas son posibles. Las tres pueden ser verdad al mismo tiempo. Que es lo que las decisiones reales de los hombres reales raramente tienen la sencillez de ser solo una cosa. El sitio de Querétaro duró desde marzo hasta mayo de 1867. Las fuerzas republicanas cerraron el cerco con la paciencia del que sabe que el tiempo trabaja para su lado. Adentro.
Maximiliano y sus generales racionaban las municiones y esperaban los refuerzos que Márquez había prometido buscar y que nunca llegaron. El 15 de mayo, la traición del coronel Miguel López abrió las puertas de la ciudad. Maximiliano fue capturado en el cerro de las campanas. Miram también. El juicio duró lo que tenía que durar.
La ley de enero de 1862 era clara sobre el destino de los que combatían bajo bandera extranjera contra la República. Muerte. No había ambigüedad, ni excepciones, ni apelaciones disponibles. El 19 de junio de 1867, en el mismo cerro de las campanas, Miramón se colocó frente al pelotón de fusilamiento con la dignidad que habían descrito sus contemporáneos como su rasgo más consistente.
Habló, perdonó a sus ejecutores, pidió que el tiro de gracia fuera en el pecho y no en la cara para que su familia pudiera velarlo con el rostro intacto. Tenía 35 años. No era la muerte del traidor cobarde, era la muerte del hombre más capaz del bando equivocado, que había elegido ese bando con suficiente coherencia como para no abandonarlo cuando la coherencia tenía el precio más alto que uno puede pagar.
Juárez no estuvo en el cerro de las campanas, estaba en la ciudad de México gobernando. La ejecución de Miramón fue el acto de la ley, no de la venganza. Y la diferencia entre los dos era exactamente la diferencia entre lo que Juárez era y lo que sus adversarios habían creído que era.
Tomás Mejía es el nombre que aparece siempre en tercer lugar después de Maximiliano y Miramón en las descripciones del fusilamiento del 19 de junio. Y esa posición de tercero en una lista que la historia ha convertido en icono dice algo sobre el tipo de injusticia que la historia comete con los que no tienen el apellido europeo ni el grado que convierte el nombre en referencia.
Mejía era indígena OM. Había nacido en la sierra de Querétaro en 1820 en una familia que no tenía tierras ni apellido reconocido en ningún registro colonial que importara. Y sin embargo, cuando llegó la hora de elegir bandos en la guerra, que definiría qué tipo de México existiría, eligió el bando conservador con la convicción del hombre que ha construido su identidad sobre la fe católica que los liberales amenazaban y sobre el orden social que el conservadurismo prometía mantener.
Que un indígena eligiera el bando conservador en la guerra de Reforma es la paradoja que los historiadores han discutido con la incomodidad de los que no saben cómo encajarla en el esquema simple de los buenos y los malos. Los liberales prometían igualdad ante la ley y abolición del sistema de castas. Los conservadores prometían el mantenimiento del orden social que incluía las jerarquías que habían mantenido a los indígenas en la base de ese orden durante tres siglos.
¿Por qué eligió Mejía el bando que objetivamente no le prometía nada mejor de lo que tenía? La respuesta más honesta es que las identidades políticas raramente se construyen sobre el cálculo de intereses objetivos. se construyen sobre lealtades, sobre comunidades, sobre las instituciones que dan sentido al mundo de cada uno.
Para Mejía, la Iglesia Católica era esa institución. Las leyes de reforma que confiscaban los bienes eclesiásticos y separaban la Iglesia del Estado no eran para él una política económica abstracta. eran el ataque a lo que daba coherencia a su mundo. Eso no lo hace correcto, lo hace humano. Mejía fue el único de los tres que fueron fusilados en el cerro de las campanas, que no tuvo ninguna oportunidad de elegir de otra manera en el momento final.
Cuando Maximiliano le preguntó si quería que intercediera por él ante el gobierno republicano, Mejía respondió con la brevedad del que ya ha tomado su decisión. No, señor, mi vida ya no vale nada. El fusilamiento fue a las 7 de la mañana del 19 de junio. Maxiliano en el centro, Miramón a su derecha, Mejía a su izquierda, el que había cedido su lugar de honor en el centro al general mexicano.
Porque según sus palabras los reyes dan la soberanía, pero solo Dios da la gloria. Los tres cayeron juntos. Juárez recibió la noticia en la Ciudad de México y aplicó los honores militares que la ley establecía para los muertos en combate. No hubo celebración, no hubo discurso de triunfo, hubo la administración de las consecuencias de la ley con la misma seriedad con que Juárez había administrado todo lo demás.
El karma del 19 de junio de 1867 no fue la muerte de tres hombres. fue la demostración de que la república que habían combatido durante 9 años era suficientemente real para juzgar y ejecutar a un emperador de la casa de Absburgo en su propio territorio con la misma ley que habría aplicado a cualquier otro traidor.
Eso fue lo que Juárez demostró en el cerro de las campanas, que México no era la provincia que los europeos creían que era, que su ley era ley antes que conveniente y que el hombre al que habían llamado bárbaro, indio, tirano y bandido tenía el tipo de poder que ningún maximiliano podía comprar, el poder de hacer lo que decía que haría.
El caso de Maximiliano de Absburgo es el más complejo y el más conocido de esta lista, porque es el caso donde la arrogancia más grande chocó con la realidad más dura y produjo el resultado más dramático de todo el periodo. Fernando Maximiliano, José María de Absburgo, Lorena, archiduque de Austria y hermano del emperador Francisco José, aceptó la corona de México en 1863 con la ingenuidad extraordinaria del hombre inteligente, que ha decidido creer lo que quiere creer.
Porque la alternativa requiere un nivel de honestidad que no está dispuesto a pagar. Los conservadores mexicanos que fueron a Miramar en el Adriático a ofrecerle la corona le presentaron actas de adhesión firmadas por supuestas multitudes que clamaban por su presencia. Los documentos eran parcialmente falsos y parcialmente obtenidos bajo presión de las bayonetas francesas que ya ocupaban parte del territorio mexicano.
Maximiliano tenía asesores que sabían esto. Él eligió no investigarlo. Eligió creer en el México que los conservadores le pintaban. Un país cansado de guerra que anhelaba la estabilidad de una monarquía. Un pueblo católico y tradicional que recibiría al príncipe europeo como la solución a 50 años de caos. Lo que encontró cuando llegó a Veracruz fue un puerto silencioso y hostil.
La población, liberal por convicción y harta de ocupaciones extranjeras se encerró en sus casas. Las calles estaban vacías, salvo por las patrullas francesas. Carlotta, que era más perspicaz que su marido, sintió el golpe del desprecio desde el primer momento. Llegó a llorar de frustración, pero Maximiliano se convenció de que era un malentendido, que la bienvenida verdadera estaba en el altiplano, donde la élite conservadora lo esperaba con flores y ceremonias.
Tenía razón en esa parte. La élite conservadora lo recibió con entusiasmo genuino. Lo que no le dijo era que esa élite era una fracción pequeña de un país que Juárez representaba con más legitimidad desde su diligencia en el norte que Maximiliano desde el castillo de Chapultepec. La paradoja más cruel del imperio fue que Maximiliano era más liberal que los conservadores que lo habían invitado.
Ratificó las leyes de reforma de Juárez, garantizó la libertad de culto, habló de derechos laborales para los peones. Y los conservadores que habían traído a un príncipe europeo para deshacer la obra de Juárez descubrieron que el príncipe pensaba casi igual que el indio zapoteco al que intentaban derrocar.
La ironía era perfecta, la crueldad también. El 3 de octubre de 1865, bajo la premisa falsa de que Juárez había abandonado el territorio nacional, Maximiliano firmó el decreto que haría su nombre sinónimo de la hipocresía del gobernante, que habla de humanismo y actúa con barbarie. El decreto negro. Cualquier persona capturada con armas sería ejecutada en 24 horas sin juicio ni apelación.
Era la legalización del asesinato en masa disfrazada de medida de orden público. Juárez respondió emitiendo el decreto que establecía que cualquier persona que apoyara el imperio sería tratada según las leyes de traición. era la misma moneda en el lado opuesto. La diferencia era que el decreto de Juárez era la ley de un gobierno constitucional respondiendo a una invasión extranjera.
El decreto de Maximiliano era la medida de un ocupante extranjero intentando imponer su autoridad sobre una población que no lo había elegido. Esa diferencia fue la que determinó quién juzgó a quién al final. En 1866, Napoleón Io ordenó la retirada de las tropas francesas. El imperio sin el ejército francés era la ficción sin el único elemento que la sostenía en la realidad.
Basin intentó convencer a Maximiliano de que abdicara y regresara a Europa. Maximiliano eligió quedarse. Fue la decisión de un hombre que había cruzado demasiadas líneas para poder retroceder con dignidad. el decreto negro, las ejecuciones, las promesas que había hecho a los conservadores que lo habían traído, el honor de la casa de Absburgo, que no admitía la retirada cobarde.

O quizás fue simplemente la incapacidad de aceptar que la historia en la que había creído no correspondía a la historia real. El cerco de Querétaro fue el final de esa incapacidad. El 19 de junio de 1867 a las 7 de la mañana en el cerro de las campanas, el archiduque austriaco, que había sido emperador de México durante 3 años enfrentó el pelotón de fusilamiento con la serenidad que producen los hombres que han hecho las paces con lo que viene.
Distribuyó monedas de oro entre los soldados del pelotón. Les pidió que apuntaran al pecho para no desfigurar su rostro. Pronunció las palabras que los testigos registraron con la atención que se presta a los momentos que se saben históricos. Muero por una causa justa. Perdono a todos y espero que todos me perdonen. Que mi sangre que va a derramarse sea para el bien del país.
Viva México. Viva la independencia. La descarga de fusilería resonó en el cerro de las campanas. Las Cortes de Europa recibieron la noticia con horror. Víctor Hugo escribió, Garibaldi protestó. La reina Victoria expresó su consternación y Juárez respondió a todas las protestas con la misma cortesía formal y la misma firmeza de fondo.
La ley era la ley para el archiduque y para el peón. La venganza de la República sobre Maximiliano no fue la ejecución en sí, fue la demostración de que México era una república soberana capaz de aplicar su propia ley al representante de la familia imperial más antigua de Europa, sin que ninguna corte ni ningún ejército pudiera impedirlo.
Eso fue lo que el 19 de junio demostró al mundo y ese fue el logro más permanente de Juárez. No la victoria militar que otros podrían atribuirse, sino la certeza jurídica de que México era dueño de su propio derecho. Carlota de Bélgica, esposa de Maximiliano, y quizás el cerebro más lúcido del par imperial, pagó un precio que ningún paredón podría haber igualado. La locura.
No fue la locura súbita del que recibe una noticia devastadora. Fue la locura gradual de la mujer más ambiciosa de su generación, que vio como el proyecto de su vida se deshacía punto por punto, mientras ella hacía todo lo posible por salvarlo. En 1866, cuando quedó claro que Napoleón Icero retiraba sus tropas y que el imperio no podía sobrevivir sin ellas, Carlota cruzó el Atlántico para confrontar al emperador francés en persona.
Era una apuesta desesperada. Si podía convencer a Napoleón de mantener sus compromisos, el imperio podría salvarse. Si no podía, México estaba perdido. La audiencia con Napoleón fue el encuentro de dos personas que sabían exactamente lo que estaba en juego y que hablaban sobre otra cosa. Napoleón tenía razones geopolíticas para retirar sus tropas que no tenían nada que ver con Carlota ni con Maximiliano.
y no estaba dispuesto a cambiarlas porque una archiduquesa austriaca le rogara con la intensidad del que sabe que está rogando. Carlota salió de la audiencia habiendo entendido que había fallado. Fue a Roma para ver al Papa Pío Novo, que tampoco pudo o quiso ayudar. Y en algún punto de esos días en Roma, la mente de Carlota se rompió con la fractura silenciosa de las cosas que se quiebran por dentro antes de que el exterior muestre la grieta.
Comenzó a creer que la envenenaban. Se negaba a comer alimentos que no hubiera preparado ella misma. Bebía agua de las fuentes públicas porque confiaba menos en lo que le servían en los palacios que en lo que encontraba en las calles. Llegó a balanzarse sobre la taza de chocolate de una de sus damas de compañía, gritando que era la única comida que no había sido envenenada.
Pío Noveno, desconcertado, la dejó pasar la noche en el Vaticano porque no sabía qué hacer con una archiduquesa en estado maníaco que se negaba a salir de sus aposentos. La llevaron de regreso a Europa. La encerraron en el castillo de Miramar en Trieste, donde había comenzado la aventura.
Luego la trasladaron a un castillo en Bélgica, su país de origen, donde vivió durante décadas bajo la supervisión de médicos que no pudieron curarla porque lo que tenía no tenía cura médica disponible. Carlota nunca supo que Maximiliano había muerto fusilado en el cerro de las campanas. o si lo supo, su mente no lo procesó en los términos que la realidad requería.
Siguió viviendo en una burbuja de 1866, el año donde el proyecto todavía era posible, donde la audiencia con Napoleón todavía no había ocurrido, donde Maximiliano todavía estaba en Chapultepecando el imperio que iban a construir juntos. Murió en 1927. Tenía 86 años. 61 años después del colapso del imperio, 60 años después de la muerte de su marido, 60 años encerrada en un mundo que había dejado de existir antes de que ella tuviera la capacidad de aceptarlo.
La locura de Carlota es el castigo más poético que la historia podría haber inventado para alguien que eligió la ambición sobre la realidad y que pagó el precio con la pérdida de la capacidad misma de distinguir entre los dos. Napoleón Io, el arquitecto de la aventura mexicana, el hombre que había soñado con crear una monarquía latina en América que frenara el expansionismo anglosajón y que había enviado 30,000 soldados y un archiduque austríaco para realizarlo, recibió su karma de la manera más directa posible, de la misma
manera en que había humillado a Juárez con la derrota militar. En 1870, Prusia declaró la guerra a Francia. Bismarck había estado preparando esa guerra durante años y había estado esperando el momento donde Francia estuviera más débil. El momento que eligió fue el momento donde el mejor ejército francés, los veteranos de la intervención mexicana, estaba todavía siendo reabsorbido de vuelta al continente europeo, agotado y con la moral dañada por 11 años de guerras coloniales que no habían producido los triunfos que
prometían. La campaña fue breve y devastadora. El ejército prusiano, equipado con la artillería de acero CRUP, que superaba en alcance y en precisión a todo lo que Francia tenía, avanzó con una velocidad que el Estado mayor francés no pudo contrarrestar. En la batalla de Sedán, el 1 de septiembre de 1870, el ejército francés fue rodeado y destruido.
Napoleón Icero fue capturado en Sedán. El mismo hombre que había ordenado la invasión de México, que había enviado a lorés con la convicción de que los soldados franceses eran de una raza superior a los mestizos e indígenas que defenderían la República, fue capturado en su propio territorio por el mismo tipo de operación de cerco que sus generales habían intentado aplicar a Cuautla y a Querétaro.
El segundo imperio francés se disolvió ese mismo día. La República fue proclamada y Napoleón Iero, el emperador que había querido reconfigurar el mapa de América, fue un prisionero en el castillo de Wilhel Haw, en Alemania, mientras Francia procesaba la humillación de la derrota más rápida y más completa que había sufrido desde Waterlo.
fue liberado en 1871 y se exilió en Inglaterra, donde murió en 1873 de una complicación de los cálculos biliares que sus médicos habían intentado tratar mediante una operación que salió mal. Murió en el exilio. Su imperio no existía. El candidato que había enviado a México para encarnar su visión de una monarquía latina en América había sido fusilado en el cerro de las campanas 6 años antes.
Y la República de Juárez, que había intentado destruir, celebraba cada año el 5 de mayo como el día en que los soldados franceses habían sido humillados por los campesinos mexicanos. Ese era el legado de Napoleón Icer en México. El mariscal Francois Achilasin había sido el hombre fuerte de la intervención francesa, el que dirigía desde el cuartel general de la Ciudad de México las operaciones que los generales subordinados ejecutaban en el campo.
Era un soldado excepcional con una carrera extraordinaria. Había servido en Argelia, en Crimea, en Italia, en México. Era también un hombre que se había casado en México con una aristócrata mexicana de 17 años, siendo él de 52, en una boda que los periódicos de la época describieron como el espectáculo más extravagante del imperio.
Basein había abandonado a Maximiliano con la frialdad del profesional que ejecuta las órdenes que recibe, sin importarle las consecuencias para los que deja atrás. Cuando Napoleón Icero ordenó la retirada, Bazin recogió sus tropas y las embarcó en Veracruz con la eficiencia de logístico que ha hecho este tipo de operación muchas veces.
Lo que no recogió fue la responsabilidad por lo que el imperio dejaba detrás. Los conservadores mexicanos que habían colaborado con la ocupación, las comunidades que habían sido castigadas por apoyar a los republicanos, las promesas que había hecho y que la retirada hacía imposibles de cumplir. Bazin se fue y Maximiliano, que no podía irse porque irse, habría sido una deshonra que la casa de Absburgo no habría perdonado nunca, se quedó.
El karma de Basin llegó en 1873, 3 años después de la derrota ante Prusia. El hombre que había abandonado a Maximiliano fue acusado de haber rendido sin luchar la fortaleza de Mets durante la guerra franco-prusiana, donde tenía bajo su mando a más de 150,000 hombres y había capitulado cuando todavía había opciones militares disponibles.
El juicio fue el más sensacional de la historia militar francesa reciente. Bazin fue condenado a muerte. La pena fue conmutada por 20 años de prisión y en 1874, con la ayuda de su esposa mexicana que organizó su fuga, Basazin escapó del fuerte de Saint Margarite en la costa azul, descorgándose por una cuerda desde la muralla hasta un bote que lo esperaba en el mar.
Vivió el resto de su vida en España, en Madrid, en una modestia que era el reverso exacto de la pompa con que había vivido en México. Murió en 188. El hombre que había sido el amo de México, que había dirigido operaciones militares desde el Palacio Nacional y que se había casado con un aristócrata en la ceremonia más visible del imperio, murió en Madrid sin dinero y sin honor, condenado por traición en su propio país, recordado como el general que rindió Met sin luchar.
La venganza de la República sobre Bazin requirió ninguna acción específica de Juárez. La produjo su propio país con la misma lógica que la República de Juárez había aplicado al imperio de Maximiliano, que la ley es la ley, que la traición tiene consecuencias y que el que abandona los que dependían de él termina siendo abandonado por los que dependían de él.
Lo que queda cuando se mira toda esta lista de hombres que apuñalaron a Juárez y sus finales respectivos no es una historia de venganza. La venganza habría requerido que Juárez persiguiera a cada uno de ellos con el propósito específico de hacerles daño. Juárez no hizo eso. Juárez gobernó. Lo que queda es la demostración de un principio que el siglo XIX mexicano probó con una consistencia que ninguna otra época de la historia del país ha igualado, que los sistemas construidos sobre la fuerza sin legitimidad eventualmente chocan con
los sistemas construidos sobre la legitimidad sin fuerza y que en ese choque la fuerza gana en el corto plazo y la legitimidad gana en el largo. Suluaga tuvo el palacio, Juárez tuvo la Constitución. Suaga murió irrelevante. La Constitución sigue siendo el fundamento sobre el que México construyó su identidad.
Márquez tuvo el terror. Juárez tuvo la ley. Márquez murió olvidado en La Habana. La ley que Juárez aplicó es la base del estado de derecho que México sigue construyendo. Miram tuvo el talento militar. Juárez tuvo la paciencia. Miramon murió a los 35 en el cerro de las campanas. La paciencia de Juárez produjo la República restaurada.
Maximiliano tuvo el linaje y el ejército europeo. Juárez tuvo la diligencia y el sello presidencial. Maximiliano murió fusilado por la ley que ese sello representaba. Juárez murió en su silla de trabajo con los papeles de estado sobre el escritorio, habiendo hecho exactamente lo que había prometido hacer.
Napoleón Io tuvo el ejército más moderno del mundo en 1862. Juárez tuvo la certeza de que el tiempo trabaja para los que no se rinden. Napoleón Icero fue capturado en Sedán y murió en el exili. México celebra el 5 de mayo como el día en que sus soldados detuvieron a ese ejército en las laderas del cerro de Guadalupe.
El patrón es el mismo en cada caso. Y el patrón dice lo que dice, que hay tipos de poder que el tiempo sostiene y tipos de poder que el tiempo erosiona. Que el poder construido sobre la ley y sobre la legitimidad que la ley produce sobrevive a los que lo atacan con la fuerza, porque la fuerza tiene un plazo y la legitimidad no lo tiene.
Juárez lo sabía desde Carácuaro. Lo sabía desde las noches en la sierra oaqueña, donde aprendió a leer. Lo sabía desde las aulas del Instituto de Ciencias y Artes, donde entendió que la única protección real que un hombre sin apellido, ni dinero, ni rango podía tener era la ley. Porque la ley, cuando se aplica sin excepciones, no reconoce ni el apellido, ni el dinero, ni el rango.
Esa comprensión fue su arma durante toda su vida y fue también la arma que destruyó a todos los que lo apuñalaron. Porque los que lo apuñalaron nunca entendieron que estaban apuñalando no a un hombre, sino a un principio, y que los principios no mueren cuando el hombre que los representa sangra. La venganza de la República no fue el paredón de los tres en el cerro de las campanas, aunque el paredón fue parte de ella.
No fue la locura de Carlota, aunque la locura fue parte de ella. No fue la captura de Napoleón Icero en Sedán, aunque la captura fue parte de ella. La venganza de la República fue que México sobrevivió, que la República que Suloaga había disuelto con el plan de Tacubaya siguió siendo república. Que la Constitución que Miramón había desconocido en 1858 fue el fundamento del México que vino después.
Que el gobierno que Calleja y sus generales y sus emperadores y sus mariscales habían intentado borrar durante 9 años de guerra sobrevivió a todos ellos. Eso fue la venganza de la República, no el fuego, la permanencia. Si esta historia de los que apuñalaron a Juárez y de lo que la República les cobró te mostró algo que los libros de texto cuentan en párrafos sueltos y que necesita una hora para ser contado como el conjunto que es, ya sabes lo que tienes que hacer.
Suscríbete al canal y activa la campana para no perderte el siguiente capítulo. Y antes de irte, quiero saber tu veredicto. Ve a los comentarios ahora mismo y escribe una sola palabra. Escribe justo si crees que cada uno de estos hombres recibió exactamente lo que merecía. O escribe excesivo si crees que la República cobró más de lo que debía. Una sola palabra.
Y luego dime por qué. Quiero leerlos. Nos [carraspeo] vemos en el próximo video. Para entender completamente la magnitud de lo que la República de Juárez venció, es necesario entender primero el tamaño real de lo que tuvo en contra. Porque la historia que tendemos a contar en términos de Juárez contra los conservadores mexicanos oculta el hecho más extraordinario del periodo, que Juárez no solo resistió a los conservadores de su propio país, resistió simultáneamente a tres potencias europeas, a la Iglesia Católica con todo su peso institucional.
a los grandes latifundistas que tenían el dinero y la tierra y a un emperador con ejércitos profesionales y ganó. La lista de los recursos que tenían los que lo apuñalaron es la lista que produce el vértigo cuando se la lee completa. Sulo y los conservadores tenían el control de la ciudad de México, el Palacio Nacional, la mayoría del ejército regular heredado de la era colonial, el apoyo de la jerarquía eclesiástica y de los latifundistas que financiaban sus operaciones.
tenían el reconocimiento de potencias extranjeras que preferían tratar con el gobierno de facto antes que con el gobierno constitucional que gobernaba desde una diligencia en el norte. Juárez tenía la Constitución, tenía la letra de la ley y tenía la convicción que sus contemporáneos describían como terquedad, pero que la historia describe como carácter, de que la letra de la ley era suficiente razón para seguir.
Cuando los conservadores llamaron a los franceses y los franceses vinieron con 30,000 soldados y el mejor armamento de Europa, la desproporción se volvió astronómica. Por un lado, el ejército más moderno del mundo, con la artillería que había aplastado a Rusia en Crimea y a Austria en Italia, con los suavos que eran la élite de la élite militar europea.
Por el otro, un gobierno que gobernaba desde una diligencia que cruzaba el norte de México huyendo de las columnas de ocupación. En ese contexto, la pregunta que Juárez respondió no con palabras, sino con la persistencia de seguir existiendo durante los 4 años de la intervención, fue la misma pregunta que cada uno de los episodios de esta historia hace.
¿Cuánto tiempo puede durar la fuerza bruta cuando enfrenta a la legitimidad que no cede? La respuesta que México dio fue menos de lo que la fuerza bruta calcula. Los franceses calcularon que Juárez cedería cuando no tuviera donde retirarse, pero Juárez se retiró hasta el paso del norte, el extremo más lejano del territorio mexicano, a un paso de los Estados Unidos, con el archivo del gobierno y el sello presidencial como únicos instrumentos de poder.
Y desde ahí siguió gobernando. Siguió rechazando los préstamos americanos que habrían salvado la guerra a cambio de concesiones territoriales. siguió emitiendo decretos que el imperio no reconocía, pero que el mundo vería eventualmente como el fundamento del México que vendría. La propuesta de Maximiliano de que Juárez se uniera a su gobierno como primer ministro, enviada a El Paso del Norte como gesto de conciliación que revelaría el carácter de ambos hombres en la respuesta que produjo, fue rechazada con la brevedad
del que no necesita elaborar, porque su posición es simple. El cargo de primer ministro que vuestra majestad me ofrece no lo acepto porque sería necesario traicionar a mi partido, faltar a mis compromisos con la nación. Era la frase más reveladora posible. Juárez no rechazó a Maximiliano por odio personal ni por fanatismo ideológico.
Lo rechazó porque aceptar habría sido traicionar el compromiso que había adquirido con la nación. La misma lógica que lo había sostenido durante 3 años de guerra civil y 4 años de intervención. Ese compromiso era más fuerte que cualquier tentación de comodidad o de seguridad que la colaboración con el imperio habría ofrecido.
Y fue esa fortaleza del compromiso la que eventualmente venció a todos los que tenían la fuerza bruta. La historia de la retirada de las tropas francesas en 1866 es la historia de cómo la persistencia de Juárez, combinada con el cambio en la situación internacional, produjo el resultado que la fuerza militar no había podido producir ni en un sentido ni en el otro.
Bismarck había estado preparando la guerra contra Francia. La amenaza prusiana hacía que mantener 40,000 soldados en México fuera una apuesta que Napoleón Icer ya no podía permitirse. Roosevelt en los Estados Unidos presionaba para que se aplicara la doctrina Monroe y el pueblo mexicano, que había resistido la ocupación con la guerrilla que Juárez había autorizado, seguía siendo un problema que los franceses no habían podido resolver en 4 años.
Cuando Napoleón Iero ordenó la retirada, la decisión fue también una admisión de que la aventura había sido un error, que los informes de Lorense sobre la facilidad de la conquista habían sido la fantasía de un hombre que veía lo que quería ver, que la resistencia mexicana había demostrado que el desprecio racial de los generales europeos por los nativos americanos era exactamente el tipo de error de evaluación que produce las derrotas más costosas.
Los franceses se fueron y Maximiliano, a quien los conservadores habían traído con la promesa de que el pueblo mexicano lo esperaba ansiosamente, se quedó solo con los pocos que no podían o no querían abandonarlo. El cerco de Querétaro fue el epílogo que la lógica de la situación hacía inevitable desde el momento en que los franceses se fueron.
La República tenía los ejércitos, el imperio tenía el nombre y los nombres no ganan guerras cuando los ejércitos están en el otro lado. Hay un traidor de la lista que los libros de texto mexicanos raramente mencionan porque su traición fue de un tipo que no encaja en la narrativa simple del mexicano, que traiciona a México por ambición o por dinero.
Su traición fue más complicada y por eso más reveladora del periodo. Juan Nepouseno al monte era hijo de José María Morelos, el héroe de Cuautla y de los sentimientos de la nación. El Hijo del Hombre que había dado su vida por la independencia de México fue uno de los principales promotores de la invasión francesa que amenazó esa independencia.
Almte había sido liberal en su juventud, había combatido con los liberales, había tenido una carrera militar respetable y en algún punto de los años 50, en las disputas que la política mexicana generaba con la frecuencia de los países donde las instituciones no han terminado de consolidarse, cambió de bando.
Se fue al exilio en Francia cuando los liberales ganaron la guerra de Reforma y desde París fue uno de los más activos promotores de la idea de traer un príncipe europeo a México. Fue al monte quien viajó a Miramar para ofrecerle la corona a Maximiliano. Fue al monte quien presentó las actas de adhesión fraudulentas como evidencia de que el pueblo mexicano clamaba por la monarquía.
Fue al monte quien convenció a Maximiliano de que el pueblo lo estaba esperando. El hijo de Morelos mintiendo al archiduque austríaco sobre lo que México quería. El karma de Almonte llegó antes que el karma de los demás. Murió en París en 1869, 2 años después del fusilamiento de Maximiliano y un año después de que Juárez volviera al Palacio Nacional.
murió en el exilio sin haber podido regresar a México, sin haber recibido el reconocimiento que su papel en el establecimiento del imperio habría podido generar si el imperio hubiera sobrevivido y sin haber sido juzgado por la República que había intentado destruir. Su nombre no aparece en ninguna calle ni en ningún monumento en México.
Es el nombre del hijo de un héroe que eligió convertirse en el instrumento de los que querían destruir lo que su padre había construido y que la historia archivó con el silencio específico que reserva para los que son demasiado incómodos para el relato nacional, pero demasiado irrecusables para ser ignorados completamente. El silencio es también una forma de karma.
Hay también en esta historia una figura que raramente aparece en los relatos populares, pero que jugó un papel más importante que cualquier general en el resultado final de la intervención francesa. Sebastián Lerdo de Tejada, el secretario de Relaciones Exteriores de Juárez, que llevó en sus manos durante 4 años la diplomacia de un gobierno que gobernaba desde una diligencia y que necesitaba mantener el reconocimiento internacional que era el único activo diplomático disponible.
Cuando los activos militares eran tan escasos, Lerdo no fue un traidor, fue el opuesto, el hombre que mantuvo abiertos los canales diplomáticos que permitieron a Juárez resistir. Sus notas al gobierno americano, a los gobiernos europeos, a los medios de comunicación internacionales que cubrían la intervención fueron los documentos que convirtieron el argumento legal de Juárez en argumento internacional comprensible.
Fue Lerdo quien convenció al gobierno de Lincoln y luego al de Johnson de que la política del buen vecino con México requería presión sobre Francia. Fue Lerdo quien mantuvo la posición de que la República existía, aunque el imperio la hubiera desplazado del Palacio Nacional. Y fue Lerdo quien después de la victoria de 1867 continuó la obra de Juárez como presidente cuando Juárez murió en 1872.
Su final fue menos glorioso que su contribución. Porfirio Díaz lo derrocó en 1876 con el plan de Tuxtepec y Lerdo fue al exilio en los Estados Unidos, donde murió en 1889. La ironía de que el hombre que había sostenido la República de Juárez terminara siendo derrocado por un general que usaba la bandera de la misma República es exactamente el tipo de ironía que la historia produce cuando los principios que una generación defiende son usados por la siguiente como instrumentos de poder.
Pero esa es otra historia o quizás es la misma historia vista desde un ángulo diferente. Lo que la historia de la intervención francesa y de sus protagonistas dice cuando se la lee completa con los finales de cada uno de los que participaron en ella es algo que los corridos y los manuales de historia tienden a simplificar en la imagen del héroe y el villano, pero que la realidad produce con más matices y más complejidad.
Dice que el poder que se construye sobre la legitimidad produce una durabilidad que el poder construido sobre la fuerza nunca puede igualar. que los que eligieron el bando de la fuerza pagaron precios distintos según las circunstancias de su elección, pero que ninguno de ellos encontró el resultado que había buscado.
Que los que eligieron el bando de la legitimidad, aunque pagaran precios personales enormes durante el proceso, encontraron en el resultado final la confirmación de que la apuesta había valido. Y dice algo más difícil de articular, pero que los hechos documentan con la consistencia de las verdades que no necesitan argumentación, que Juárez era exactamente el tipo de hombre que el momento requería.
No porque fuera perfecto, ni porque no cometiera errores, ni porque sus decisiones fueran siempre las que los que venían después habrían tomado, sino porque tenía la combinación específica de atributos que ese conflicto específico necesitaba. La paciencia que no cede, la consistencia que no hace excepciones y la claridad sobre qué estaba defendiendo, que no se confundía con qué estaba defendiendo.
Estaba defendiendo el principio de que la ley es la ley para todos, que el gobierno constitucional es el gobierno legítimo, aunque gobierne desde una diligencia, que México es una nación soberana, aunque una potencia europea ocupe su capital con 30,000 soldados. Esos principios no los inventó Juárez, los encontró en los textos que había estudiado en el Instituto de Ciencias y Artes de Oaxaca, en las constituciones que los liberales de su generación habían construido sobre las ideas que circulaban en el siglo XIX sobre la
soberanía popular y los derechos naturales, pero los llevó al campo de batalla, que es el único lugar donde los principios se convierten en hechos con una fidelidad que ninguno de sus adversarios pudo igualar. Esa fidelidad es lo que la República venció a través de Juárez. Y esa fidelidad es también, 150 años después el fundamento sobre el que México construye cualquier argumento sobre su propia identidad como nación.
El que apuñala a la legitimidad apuñala algo que no muere cuando el hombre sangra. Suaga lo aprendió tardiamente en el olvido de sus últimos años. Márquez lo aprendió en La Habana, donde nadie sabía su nombre. Miram lo aprendió en el cerro de las campanas a los 35 años. Maximiliano lo aprendió en el momento que el sello se cargó.
Carlota lo aprendió en la oscuridad de su propia mente, donde vivió encerrada durante 60 años. Napoleón Iero lo aprendió en Sedán, capturado por el tipo de derrota militar que él había infligido a Juárez y que Juárez había sobrevivido. Basain lo aprendió en Madrid, donde murió sin honor y sin dinero. Al monte lo aprendió en París, donde murió sin patria.
Y Juárez murió el 18 de julio de 1872 en su silla de trabajo con los papeles sobre el escritorio de una angina de pecho que los médicos no pudieron prevenir. murió gobernando. Murió habiendo sobrevivido a todos ellos, no porque la providencia lo protegiera, sino porque había sido exactamente lo que había prometido ser. Eso fue suficiente.
Siempre fue suficiente. La presión que los gobiernos europeos ejercieron sobre Juárez para que perdonara la vida a Maximiliano después de su captura es uno de los episodios más reveladores del carácter de Juárez y del tipo de poder que ejercía. No fue una presión menor. Víctor Hugo, el escritor más famoso de Europa en ese momento, escribió una carta directamente a Juárez, implorando la clemencia.
Juspe Garibaldi, el héroe de la unificación italiana y figura mítica del liberalismo europeo, escribió también: “El gobierno de Austria, el gobierno de Bélgica, el gobierno de Italia, el gobierno de Prusia enviaron notas diplomáticas. La reina Victoria de Inglaterra expresó su consternación y el propio gobierno de los Estados Unidos, que había apoyado a Juárez durante la intervención sugirió que la ejecución podría tener consecuencias diplomáticas.
Juárez respondió a cada uno con la misma cortesía formal y la misma firmeza de fondo, no porque fuera insensible a los argumentos que hacían, sino porque entendía algo que los que pedían clemencia no estaban calculando completamente, que la clemencia con Maximiliano habría significado la impunidad para el mecanismo que lo había puesto ahí.
Si Maximiliano vivía, vivía la posibilidad de que los conservadores encontraran en algún momento futuro un nuevo pretexto para invitar a un nuevo príncipe europeo con el argumento de que el anterior había sido tratado con humanidad. Si Maximiliano vivía, el decreto negro con el que había autorizado el asesinato masivo de prisioneros republicanos quedaba sin consecuencias.
Si Maximiliano vivía, la soberanía de México era una declaración de papel que los tribunales internacionales podían modificar a través de la presión suficiente. Si Maximiliano moría aplicando la ley mexicana, quedaba establecido para siempre que México era una nación soberana, cuya ley era ley antes que conveniente, que no hacía excepciones para los linajes reales europeos y que la República, que sus adversarios habían intentado destruir durante 9 años era más real que cualquier imperio que pudiera ser impuesto desde afuera.
La ejecución de Maximiliano fue la firma de Juárez en el documento más importante de la historia de México. El documento que establece que México pertenece a México. No hubo apelación, no hubo gracia, hubo la ley aplicada con la consistencia que era la única virtud que Juárez reclamaba para sí mismo. Víctor Hugo lo llamó bárbaro en las semanas que siguieron a la ejecución.
Juárez no respondió. El tiempo respondió por él, que el bárbaro que aplicó la ley a un Absburgo, fue el presidente que construyó las bases del México moderno, mientras que el civilizado que pidió clemencia escribió novelas hermosas que ninguna política podía producir. Hay un último personaje en esta historia de los que apuñalaron a Juárez, que la narrativa estándar tiende a olvidar, porque su apuñalamiento fue el más tardío y el más paradójico.
Orfirio Díaz. Díaz no traicionó a Juárez en el sentido de los conservadores que disolvieron la Constitución o de los que invitaron a los franceses. Díaz traicionó a Juárez en el sentido de los que toman los principios de alguien y los usan como bandera para derrocarlo. El plan de la noria de 1871 usó el principio de la no reelección para justificar la rebelión contra Juárez, que buscaba un periodo más.
Era la misma bandera que Madero usaría contra Díaz 40 años después, con la ironía perfecta de los episodios donde la historia produce su propio comentario. El plan de la noria fracasó. Juárez murió al año siguiente de causas naturales, privando a Díaz de la posibilidad de ganar en el campo, lo que no pudo ganar en las urnas.
Y 5 años después, con el plan de Tuxtepec, Díaz tomó el poder que la no reelección que él mismo había proclamado le negaba a otros, pero que él encontró la manera de concederse a sí mismo durante 34 años. El karma de días fue el karma más tardío de todos los que aparecen en esta historia.
la revolución de 1910, que usó contra él exactamente los argumentos que él había usado contra Juárez. Y el Ipiranga de 1911, donde el hombre que había traicionado la herencia de Juárez se fue llorando mientras México ardía con el fuego de los que habían esperado suficiente tiempo para que la cuenta venciera.
Pero esa es la historia que el próximo video contará, porque esta historia, la de los que apuñalaron a Juárez y de lo que la República les cobró, es suficientemente larga. y suficientemente rica para terminar aquí, con el reconocimiento de que la lista podría seguir y que en cada nombre que se añadiera estaría la misma lección. La ley de Juárez, la que no hace excepciones, la que cobra lo que cobra siempre.
Existe una escena de los años del exilio de Juárez en el norte de México que los biógrafos mencionan con la frecuencia que merece porque captura en un solo instante todo lo que esta historia de traiciones y de karma quiere decir. Es Juárez está en Chihuahua, que es uno de los pocos estados que las fuerzas republicanas controlan todavía.
El imperio de Maximiliano controla la ciudad de México, Puebla, Veracruz, Oaxaca, la mayoría del territorio. El gobierno de Juárez existe en la práctica sobre el archivo que viaja con él, el sello presidencial que legitima los decretos y la convicción de los pocos que todavía creen que la República sobrevivirá.
Un coronel del ejército llega con noticias. Las fuerzas imperiales han avanzado. La posición de Chihuahua es insostenible. Hay que retirarse hacia el norte, hacia Paso del Norte, hacia el límite del territorio nacional. El coronel pregunta con el tono de quien ya espera la respuesta que teme. ¿Hasta cuándo, señor presidente? Juárez lo mira.
En los retratos de ese periodo, tiene la mirada de los hombres que han procesado lo peor que les puede ocurrir y que han decidido que todavía no es suficiente razón para rendirse hasta el Polo Norte. responde, si es necesario. No era una frase de corrido, era la descripción exacta de la política que había sostenido durante 5 años y que sostendría 2 años más, que la República existía mientras el presidente constitucional existiera, que el presidente constitucional existiría mientras pudiera seguir moviéndose y que seguiría moviéndose hasta que no quedara
más territorio al que moverse. Esta disposición fue exactamente lo que los que lo apuñalaron no pudieron comprender ni combatir. Podían tomar ciudades, podían controlar territorios, podían declarar que la República había cesado de existir, pero no podían hacer que el hombre que era la República dejara de serlo, porque la República no era un edificio, ni una bandera, ni un ejército.
era la ley que ese hombre llevaba consigo en el archivo de la diligencia y en la convicción de que la ley era la ley, aunque nadie estuviera en condiciones de hacerla cumplir ese día. Y cuando las condiciones cambiaron, cuando los franceses se fueron y el imperio colapsó y Maximiliano fue capturado en Querétaro, la ley que Juárez había llevado consigo durante 4 años en la diligencia fue la que determinó el resultado.
Así murió cada traidor que apuñaló a Juárez. No todos en el paredón. No todos dramáticamente, algunos en el olvido de La Habana, algunos en la locura de un castillo belga, algunos en la derrota de Sedán, algunos en el Madrid de la miseria y la deshonra, pero todos en la derrota del sistema que habían construido o apoyado.
Y Juárez en la silla de trabajo del Palacio Nacional el 18 de julio de 1872 con los papeles del Estado sobre el escritorio, habiendo sobrevivido a todos ellos. La República cobró lo que tenía que cobrar y cobró de todos. Siempre cobró. El 15 de julio de 1867, 15 días antes de que el año terminara con la entrada triunfal de Juárez a la Ciudad de México, el Palacio Nacional que los conservadores habían usado como base del golpe de 1858 y que el imperio de Maximiliano había convertido en sede de una corte con protocolo austriaco, fue devuelto a la
República con la misma ausencia de ceremonia con que la República había gobernado desde la diligencia durante 9 años. No hubo fanfarria, no hubo desfile de los tipo que los vencedores organizan para demostrar que han ganado. Hubo el gobierno que entraba a ejercer en el lugar que le correspondía porque la ley lo establecía con la misma precisión con que había ejercido desde la diligencia en el desierto del norte.
Juárez entró al palacio y se sentó en el escritorio donde Suluaga había firmado el plan de Tacubaya y donde Maximiliano había firmado el decreto negro y empezó a trabajar. Los que lo apuñalaron habían esperado que el punto en el que se diera fuera alcanzable, que llegara un momento donde el costo de seguir fuera mayor que el costo de rendirse.
Ese momento no llegó. Y la historia de por qué no llegó es la historia más importante de este periodo de México. Más importante que las batallas y las ejecuciones y los exilios y las locuras. Más importante que el corrido más hermoso sobre el 5 de mayo o sobre el cerro de las campanas. Es la historia de un hombre que tenía un principio y que lo mantuvo.
La República cobró lo que tenía que cobrar.