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¡OJO CUADRADO! Asi VIVE SARA MONTES en SECRETO a sus 100 AÑOS

 Fue ella quien decidió reescribir ese destino. Esa metrópoli michoacana durante la década de los 30 y 40 vibraba fuertemente bajo la influencia de los movimientos culturales impulsados por Lázaro Cárdenas, floreciendo con recintos públicos, espacios de lectura barriales y centros artísticos financiados por el Estado, apostando firmemente a que el saber era la llave maestra para cambiar el rumbo del país.

La joven secrío, rodeada de este profundo respeto por el intelecto y la preparación, un rigor muy propio de las cunas universitarias de provincia, que a menudo se desvanecía ante el caos y la prisa de la zona metropolitana. Semejantes raíces pureppechas forjaron en ella un temple inquebrantable, mismo que le serviría de armadura para plantarle cara a los enormes retos que le deparaba la gran capital.

 En paralelo, el séptimo arte nacional experimentaba una auténtica pero discreta metamorfosis desde sus entrañas. Fue en 1945 cuando los míticos estudios churubusco iniciaron operaciones fuertemente apadrinados por las autoridades de la época. El hambre de todo el público de habla hispana por consumir nuestras cintas era brutal, obligando a las casas productoras a trabajar a un ritmo frenético, lo cual abría muchísimas puertas a talentos emergentes.

Desarrollarse en suelo moreliano implicaba estar físicamente distante del herbidero artístico, aunque su magia y proyección lograban filtrarse hasta el último rincón. Las cintas aterrizaban religiosamente en los cines locales gracias a la impecable red de distribución nacional. Y fue así como la pequeña Sara absorbió cada filme estelarizado por Pedro Infante, Jorge Negrete y la doña, forjando su vocación a través del folklore visual de la época, incluso antes de ser consciente de ello. Para ella, esas historias

proyectadas iban mucho más allá del mero ocio. Representaban una brújula de oportunidades invaluables para alguien con tanta sed de triunfo y un ángel nato, siempre y cuando tuviera las agallas de empacar sus cosas y lanzarse al Distrito Federal. Sus inicios en territorio chilango estuvieron marcados por la soledad y la necesidad de ir picando piedra poco a poco.

 Habitaba una modesta vecindad alquilada en el corazón de la colonia Guerrero, pagando una cuota de 80 pesos al mes de aquellos tiempos, lidiando con baños comunes junto al resto de los inquilinos y alimentándose en cocinas económicas del barrio, donde una comida corrida bien servida te salía en apenas 3 pes. Así era la cruda realidad de cualquier soñador de provincia que aterriza con los bolsillos casi vacíos pero con garra de sobra, entendiendo de golpe que el monstruo citadino premia a los aferrados, nunca a los desesperados.

Ella supo mezclar la tenacidad con una calma inquebrantable, una fórmula mágica que tarde o temprano terminaría por deslumbrar al mismísimo charro cantor. Corría el año de 1945 cuando apenas apagando las 19 velitas, esta michoacana se aventuró a dar el gran salto. Pisó el asfalto capitalino armada únicamente con el equipaje clásico de cualquier jovencita foránea persiguiendo una quimera, unas cuantas mudas, escasos centavos en la cartera y una voluntad de hierro.

 Así emprendió su viacrucis por los pasillos de las productoras y foros de filmación, portando esa tolerancia y aferramiento que separa a las verdaderas estrellas de aquellas que solo van a ver si pega el chicle. Carecía de padrinos. Su estirpe no figuraba en las altas esferas y su única carta de presentación era ese porte impecable, sumado a la fe ciega de que su destino estaba bajo las luces.

Aquella etapa inicial fue durísima hasta que la figura de Jorge Negrete se cruzó en su camino. El brinco al estrellato definitivo junto a gigantes como el ídolo de Huamuchil y el gallo Giro. Fue precisamente él quien la topó de frente en los corredores del estudio, justo ahí donde cientos de muchachas hacían guardia esperando que algún pez gordo volteara a verlas.

 Estas casualidades tan mágicas que marcaron la pauta en nuestra época de oro y que hoy ningún filtro de casting lograría igualar, nacían de una mezcla exquisita deporte, de momento exacto, y de ese toque indescriptible, una chispa que los genios de la cámara lograban identificar a kilómetros de distancia. Hablamos de esa aura tan particular que obliga al Lente a enamorarse de un rostro, robando muchísimos más segundos de los que marcaba el libreto.

 A Sara le sobraba ese encanto y Negrete tuvo el gran acierto de notarlo. Movió sus hilos con los altos mandos adecuados y la maquinaria del celuloide echó a andar solita. El hallazgo de esta talentosa purépecha a manos del inolvidable ídolo guanajuátense es el tipo de anécdota farandulera que nutre las leyendas urbanas más hermosas de nuestro país, poseyendo una dosis de magia tan escasa que convierte cada relato en un acontecimiento sencillamente imborrable.

En esos tiempos, el charro era el mandam absoluto de la pantalla nacional, un intérprete de nuestra música vernácula, con un bozarrón que enchinaba la piel, un istrión que robaba suspiros con solo pararse frente a ti. Y para rematar, líder supremo del Sindicato de Trabajadores de la Producción Cinematográfica, ostentando un peso político envidiable, que semejante Titán le echara el ojo a Sara, se tradujo en brincarse una fila de espera eterna.

 En un abrir y cerrar de ojos, la oportunidad de su vida ya estaba servida. En aquella época dorada, hacer bulto en los estudios churubusco o clasa, dejaba una ganancia de 15 a 30 pesitos diarios, algo así como de 13 y5 a 270 pesos de los de ahora. Una miseria que a duras penas alcanzaba para los pasajes y un taco al mediodía, pero que regalaba un boleto dorado que ninguna chequera podía pagar, colarse a los mismísimos sets, poder atestiguar en vivo cómo los monstruos de la actuación armaban su magia toma tras toma y

empaparse de cómo se batía verdaderamente el cobre en este rudo medio. La michoacana se aventó 12 meses enteros aguantando vara en las sombras, justo antes de que Negrete le echara la mano para conseguir su primer personaje con crédito. Ese fogueo fue su mejor escuela y vaya que supo sacarle jugo con apenas 20 primaveras, aquel 1946 la vio nacer artísticamente, caminando el mismo asfalto de los foros que forjaron a las leyendas de nuestra época de oro, empezando desde las sombras, habitando la profundidad de la toma en

jornadas maratónicas donde el verdadero arte radicaba en llenar la escena con elegancia, jamás opacando a las estrellas principales. Semejante academia empírica forjaba el acero del cine nacional. Y ella absorbió cada lección con un cuidado meticuloso y una templanza admirable, consciente de que pisar el set regalaba secretos de actuación imposibles de hallar en las aulas tradicionales.

 Para 1948, el carismático Gallo Giro, don Luis Aguilar, se alzaba como una auténtica leyenda viva de nuestra comedia ranchera. Quizá no poseía el portentoso barítono del charro cantor, ni desataba la locura pasional del ídolo de Huamuchil. No obstante, resguardaba un don invaluable para la industria, una magia genuina para abrazar al pueblo desde la pantalla, franca y sin máscaras.

 Encarnaba a la perfección ese espejismo del charro gallardo y cercano que la raza trabajadora anhelaba admirar en su función dominical. Ella supo capitalizar este encuentro con la maestría de una mujer que pulió su talento durante 24 meses en el anonimato de los personajes de apoyo. El parteaguas de su destino despuntó en 1940 y 8 gracias a el muchacho alegre cinta que la bautizó con líneas propias frente al mismísimo gallo Giro, un icono indiscutible del celuloide Bernáculo que en esa era despertaba suspiros y ovaciones en cada palenque y sala de la

República. Aquel 1948, Aguilar volaba hacia la cumbre. La raza lo adoraba con un fervor equiparable a la reverencia que le profesaban a don Jorge o a Pedro. Lograr un rol estelar a su lado no era cualquier cosa. Significaba el ansiado bautizo de fuego que el gremio cinematográfico validaba para dejar atrás las sombras y nacer como primera actriz.

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