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JORGE NEGRETE: La NOCHE que DESTRUYÓ a MARÍA FÉLIX… y el SECRETO que se llevó a la TUMBA.

Jorge Negrete se casó por primera vez en 1940 con la actriz mexicana Elisa Cristi, una mujer joven que tenía una carrera propia que la hacía moverse en los mismos círculos profesionales que su esposo. Había trabajado en cintas junto a Cantinflas. Tenía un público propio, tenía contratos propios.

Tenía una vida construida desde antes de conocer al charro que en 1940 empezaba a ser reconocido como una de las voces más prometedoras de la música ranchera mexicana. De ese matrimonio nació en 1941 Diana Jorge Negrete Cristi, una niña que llevaría el peso del apellido Negrete durante toda su vida adulta y que décadas después se convertiría en la única persona que pelearía públicamente contra María Félix, por lo que consideraba la herencia robada de su padre.

El matrimonio con Elisa Cristió 6 años. Se divorciaron en 1946. Aquí viene el dato que casi todo el mundo ha contado mal durante 70 años. La versión oficial dice que se separaron por incompatibilidad de caracteres, por las giras constantes, por las diferencias profesionales que dos artistas viven cuando ambos persiguen sus propias carreras al mismo tiempo.

La versión que circuló en privado, la que Elisa Cristi le contó a sus amigas más cercanas y que solo años después empezó a aparecer en biografías no autorizadas y en testimonios de personas que estuvieron presentes en ciertas escenas que nunca llegaron a los periódicos. Cuenta otra cosa completamente distinta.

Cuenta que Jorge Negrete cuando regresaba de las giras alcoizado, cuando los celos profesionales lo carcomían, cuando alguien le decía que su esposa había aceptado un papel con un galán famoso de la época, llegaba a la casa y descargaba esa rabia en formas que la disciplina militar de su padre nunca le había enseñado a contener.

Una de esas noches, según el testimonio de una sobrina de Elisa Cristi, recogido en una entrevista años después de la muerte de ambos, fue la noche del 22 de marzo de 1945. Diana tenía 4 años, estaba dormida en su cuarto. Jorge Negrete acababa de regresar de Cuba donde había terminado una gira de 15 días.

Llegó pasada la medianoche. Había bebido durante todo el vuelo y traía en la cabeza una idea que alguien en la habana presuntamente le había metido sobre lo que su esposa había estado haciendo en su ausencia. Lo que ocurrió esa noche en la casa de Polanco quedó en silencio durante 50 años. La sobrina de Elisa Christi lo contó completo solo en 1995, casi en su propio lecho de muerte, a una periodista que tomó notas, pero que nunca recibió autorización familiar para publicar la versión completa.

Lo que dejó documentado en esas notas, según referencias posteriores que aparecieron en biografías especializadas en el cine de oro mexicano, fue lo siguiente, que esa madrugada hubo gritos, que Diana se despertó, que Elisa Cristi llamó al Dr. Manuel Aguilar, médico de cabecera de la familia, presuntamente a las 2:30 de la mañana, que el doctor llegó, que examinó a Elisa en la habitación principal, que recomendó traslado a hospital, que ella se negó que Jorge Negrete después de lo ocurrido, salió de la casa y no regresó

durante 3 días. Cuando regresó, según ese mismo testimonio, traía un sombrero charro nuevo como si nada hubiera pasado, como si la versión que él iba a sostener desde ese día hacia delante fuera la única versión que existía. Y Elisa Cristi en ese momento tomó una decisión que iba a definir el resto de su vida. La decisión de callar.

Cayó por la hija. Cayó por su propia carrera. Cayó porque en el México de 1945 una mujer que denunciaba públicamente a Jorge Negrete por violencia doméstica perdía absolutamente todo. La carrera, la custodia de la niña, la reputación, la posibilidad de volver a trabajar en una industria donde el charro era ya prácticamente intocable.

Se quedó otro año. Después de muchas otras noches similares, no pudo más y aceptó la separación oficial bajo la versión cómoda que el público escuchó. Incompatibilidad de caracteres, diferencias profesionales, una decisión madura tomada por dos artistas que respetaban demasiado a sus respectivas carreras. Esa fue la versión oficial.

La otra versión, la que ahora empieza a salir de los archivos cerrados del cine mexicano de 1945, gracias a investigaciones recientes de historiadoras del cine y a las propias declaraciones póstumas de personas que prefirieron esperar a que los protagonistas murieran para hablar. Es la que María Félix conoció en algún punto del año, 1952.

La conoció antes de casarse y aún así se casó. La pregunta sobre por qué lo hizo es una de las que esta historia va a responder. La respuesta no es la que el público mexicano de la época imaginó cuando vio aquellas portadas de boda. Tiene que ver con algo que María Félix necesitaba en 1952. Algo que la diva del cine mexicano, la mujer más codiciada de toda América Latina, la que había rechazado a millonarios europeos y a productores de Hollywood, necesitaba específicamente de Jorge Negrete. No era amor lo que

buscaba. era algo más complicado, era acceso, acceso a un mundo que ni siquiera ella, con toda la fama acumulada de 10 años de cine, había podido abrir hasta ese momento el mundo del sindicato de trabajadores de la producción cinematográfica de la República Mexicana, la asociación que controlaba la industria del cine mexicano desde 1945, la organización que Jorge Negrete había fundado junto con Cantinflas y que él dirigía como secretario general con un poder casi y absoluto sobre quién filmaba en México y quién no. María

Félix necesitaba ese acceso por razones que vas a entender completamente en la parte dos. El dato que el público mexicano de 1952 nunca supo y que solo años después empezó a aparecer en versiones cruzadas de personas que estuvieron presentes en ciertas reuniones privadas es que Jorge Negrete sabía exactamente lo que María Félix buscaba.

se lo concedió bajo una condición, una condición que no se firmó en ningún papel, pero que ambos conocían perfectamente desde el momento en que entraron juntos al patio de aquella casa de Coyoacán, el 18 de octubre de 1952 para casarse en una ceremonia íntima que terminó con una fotografía donde los dos sonreían como si todo aquello fuera lo que el público quería creer.

La condición era simple y brutal. María Félix tenía que renunciar a algo específico durante el tiempo que durara el matrimonio, algo que ella había construido durante los 10 años anteriores con esfuerzo, con disciplina, con la inteligencia política que la convirtió en la diva más respetada del cine de oro mexicano.

Tenía que renunciar a su autonomía profesional. María Félix lo aceptó por razones que solo ella supo y que solo años después empezó a explicar en entrevistas tardías donde ya no tenía que cuidar el recuerdo de nadie. lo que ocurrió en los 14 meses siguientes, lo que ocurrió en aquella cena del ambasadeus en febrero de 1953, frente a 12 testigos, lo que ocurrió en la habitación de Hospital de Los Ángeles en diciembre de ese mismo año, cuando Jorge Negrete pronunció la frase de siete palabras que María Félix se llevó al silencio durante el resto de su vida.

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