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Villa se enteró de una traición la noche de San Juan de 1916 — La venganza del centauro del Norte

Las dijo porque creía que ya nadie lo iba a escuchar, que ya todo había prescrito, que el tiempo limpia todo. El tiempo no limpia nada, compadre. No más acomoda las cosas para que se vean mejor cuando las revelas. ¿Quién era Abundio Salcedo Ríos? ¿Cómo llegó a ser el hombre de mayor confianza de Pancho Villa? ¿Y qué fue lo que lo llevó a vender a 12 hombres a cambio de 3000 pesos y una promesa que nunca se cumplió? Eso vamos a desenterrar hoy, pero también les voy a contar lo que pasó después, lo que Villa hizo cuando

descubrió la traición, lo que Salcedo no esperaba que pasara, lo que ninguno de los dos olvidó jamás, porque hay cosas que no se perdonan y hay cosas que no se olvidan. Y la diferencia entre ambas, esa diferencia, compadre, es exactamente lo que hace que esta historia valga la pena.

Tú estás escuchando crónicas del México Bravo. Aquí desenterramos lo que quisieron borrar, lo que prefirieron callar, lo que el polvo del desierto cubrió, pero nunca destruyó del todo. Dime en los comentarios desde qué ciudad o desde qué rancho me estás escuchando esta noche. Quiero saber de dónde viene mi gente. Dale like si crees que la lealtad es lo más valioso que un hombre puede dar.

Y si todavía no estás suscrito, ya sabes lo que tienes que hacer antes de que termine esta historia. Pero volvamos. Porque esto apenas comienza. El norte de México en 1916 era un lugar donde la geografía misma parecía estar en guerra. Las sierras de Chihuahua no perdonaban. En invierno el frío bajaba hasta -15 ºC en las cañadas y el viento del norte llegaba tan cargado de arena que pelaba la piel del rostro.

En verano, el calor aplastaba todo lo que se movía y el suelo se cuarteaba como si la tierra estuviera sufriendo. Los caminos no eran caminos, eran brechas abiertas a fuerza de mulas y desesperación, zigzagueando entre mezquites, nopaleras y cerros pelones que no daban sombra ni en el mediodía más misericordioso. era el territorio de Villa o lo había sido, porque para 1916 la situación del Centauro del Norte había cambiado de manera que sus enemigos no hubieran podido imaginar apenas dos años antes.

La división del norte, que en su mejor momento llegó a tener cerca de 50,000 hombres armados, estaba fragmentada. Las derrotas de Celaya y Trinidad en 1915 habían sido devastadoras. Los gringos, primero lo reconocieron y luego lo traicionaron apoyando a Carranza, lo habían dejado sin armas, sin municiones, sin el combustible que necesitaban sus trenes.

Y el ataque a Columbus en marzo de ese mismo año había desatado la persecución del general Persing con 12,000 soldados norteamericanos cruzando la frontera para cazarlo. 12,000 hombres para un solo hombre, compadre. Eso les dice quién era Villa. Eso les dice cuánto lo temían. Pero Villa seguía con 300 hombres, con 100, con lo que tuviera.

Se movía en la sierra como si fuera parte de ella. Dormía en cuevas, comía lo que encontraba, atacaba y desaparecía antes de que el polvo se asentara. Y tenía algo que ningún ejército le podía quitar, la lealtad de su gente. O eso creía. Los hombres que lo rodeaban en ese periodo no eran los generales de los tiempos gloriosos.

Muchos habían muerto, otros habían desertado, algunos se habían entregado a Carranza a cambio de su vida. Los que quedaban eran los más duros, los más leales, los que habían elegido seguir a Villa sabiendo perfectamente lo que eso significaba. Vida de fugitivo, hambre, frío y la posibilidad muy real de morir en cualquier cañada sin que nadie se enterara.

Y entre esos hombres, el más cercano, el de mayor confianza, el que Villa consideraba casi como a un hermano menor, era Abundio Salcedo Ríos. Abundio tenía en ese entonces 37 años. Era de estatura mediana, 1,73, con complexión recia de hombre que había trabajado la tierra desde niño. La piel morena oscura curtida por el sol de Durango, donde nació en un rancho llamado El Saucito, a 40 km al norte de la cabecera municipal.

Pelo negro liso, bigote delgado que se recortaba con un cuchillo cada 8 días porque la navaja se la habían robado en Parral. Ojos cafés oscuros, casi negros, que cuando miraban de frente te daban la impresión de que el hombre detrás de ellos era completamente capaz de cualquier cosa, para bien o para mal. Había llegado a las filas de Villa en 1911, cuando tenía 32 años y acababa de perder a su padre en una de las tantas disputas de tierra que los hacendados de Durango ganaban siempre, porque los jueces los obedecían y los rurales los protegían.

El padre de Abundio, don Ciriaco Salcedo, 61 años, agricultor de subsistencia, había sido desalojado de 4 haáreas que había trabajado durante 20 años. Porque el hacendado Rodrigo Fuentes presentó un título de propiedad falso ante el juzgado de nombre de Dios. El juez lo validó. Los rurales ejecutaron el desalojo y cuando Don Ciriaco intentó resistirse, uno de los rurales le dio un culatazo en la cabeza que lo tumbó al piso.

Y el viejo nunca se volvió a levantar del todo. Murió tres meses después con la mente ida, sin reconocer a nadie. Abundio enterró a su padre, vendió lo poco que quedaba y se fue al norte. Llegó a Ciudad Juárez con 40 pesos en el bolsillo y la rabia de un hombre que ya no tiene nada que perder. Y ahí encontró la revolución.

Ahí encontró a Villa. Para 1916, Abundio llevaba 5 años bajo las órdenes directas del centauro. 5 años de batallas, de victorias y derrotas, de hambre compartida y de gloria compartida. Villa lo había ascendido tres veces. Le había dado mando sobre 40 hombres en los últimos días de la división.

Le había enseñado cosas que no le enseñaba a cualquiera. Cómo leer un terreno antes de una emboscada. Cómo mover hombres de noche sin hacer ruido. Cómo negociar con los pueblos para obtener provisiones sin robarlas. Y había una cosa más que Villa le había enseñado, una cosa pequeña, casi insignificante, que entre los dos se volvió un símbolo de confianza absoluta.

Cuando Villa quería comunicarle a un hombre que contaba con él por completo, que lo consideraba de los suyos sin reserva, le apretaba la mano derecha tres veces seguidas, una pausa breve entre cada apretón. No era un saludo, era una declaración. Era la manera en que Villa decía, “Te tengo en mi corazón, compadre, te tengo del lado del honor.

” A Abundio Salcedo se la había dado cuatro veces en 5 años y Abundio sabía exactamente lo que significaba. Por eso, lo que hizo después no fue solo una traición, fue una profanación. Y en ese expediente que recuperamos había un nombre, un nombre escrito con letra pequeña en el margen inferior de una página. Un nombre que no pertenecía a ningún combatiente, a ningún oficial, a ningún civil.

Un nombre que no tenía ningún motivo para estar ahí. Volvemos a él, compadre, más adelante. Pero guárdenlo, ahora tenemos que hablar de lo que Abundio era en realidad, no del hombre que Villa creía conocer, del hombre que existía detrás de los ojos cafés oscuros y el bigote recortado con cuchillo. Abundio Salcedo Ríos no era un cobarde.

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