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EL HACENDADO MÁS PODEROSO DEL PUEBLO LA HUMILLÓ: “NO TIENES NADA”… PERO ELLA COMPRÓ SUS TIERRAS

EL HACENDADO MÁS PODEROSO DEL PUEBLO LA HUMILLÓ: “NO TIENES NADA”… PERO ELLA COMPRÓ SUS TIERRAS

Una mujer como tú no tiene nada y nunca tendrá nada mío. Se rió don Rómulo Vidaurre desde lo alto de su escalinata. El pueblo entero contuvo el aliento. Aurora no bajó la mirada. La plaza estaba llena. Caballos, polvo, risas que empezaban a brotar entre los curiosos. Vidaurre extendió la mano hacia ella, como quien espanta a un perro.

 “Vuelve por donde viniste”, dijo. Aurora apretó contra su pecho una vieja carpeta de cuero. No tembló. He venido a hablar de sus tierras, don Rómulo”, respondió con voz firme. El ascendado soltó otra carcajada. No sabía que apostaba contra la persona equivocada. El hombre bajó dos peldaños. Su cadena de reloj brillaba al sol.

 “Mis tierras”, repitió como si ella hubiera dicho una herejía. “Niña, estas tierras tienen dueño desde antes que tú aprendieras a caminar.” La gente se acercó. Un círculo se formó alrededor de Aurora. Ella conocía esa escena. La había vivido siendo casi una cría parada en el mismo polvo, viendo cómo se llevaban lo que era de su padre.

 Porque ese suelo no siempre fue de Vidaurre. Una parte había sido de Lázaro Mireles, su padre, un huerto pequeño, una era de trigo, una casa de adobe que olía a pan, todo perdido en un papel que él nunca supo leer. “Tu padre firmó”, dijo Vidorre adivinando sus pensamientos. Nadie lo obligó. Aurora sintió el frío subir por la garganta.

 Recordó la mano temblorosa de Lázaro sobre un documento lleno de cifras que jamás entendió. Nicolás el capataz se adelantó con una sonrisa torcida. “Mírenla”, dijo a los peones. “Trae una carpeta. La pobre cree que sabe de contratos.” Los hombres rieron. “¿Sabes si quiera firmar tu nombre, muchacha?” Aurora no respondió. Apretó la carpeta.

 Dentro había más respuestas de las que Nicolás podía imaginar, pero aún no era el momento. La paciencia, le había enseñado su padre, “dambién es una forma de fuerza.” Los peones la rodearon divertidos. Uno imitó su forma de cargar la carpeta, otro fingió tropezar con su bolsa remendada. Las risas crecían. Aurora permaneció inmóvil en el centro del círculo, como roca en medio de un río burlón.

 Doña Remedios, esposa de un comerciante, pasó a su lado sin mirarla. Permiso”, dijo empujándola apenas como si Aurora fuera un mueble en el camino. No la insultó, no la vio, la cruzó como se cruza el aire. Solo un hombre la miró distinto. Don Teodoro, el viejo contador de la hacienda, sostenía un libro de cuentas bajo el brazo.

 Hizo un leve gesto con la cabeza. Un saludo, respeto donde nadie ofrecía ninguno. Buenos días, señora, dijo Teodoro en voz baja. Vida lo escuchó. Señora, bufó el ascendado. No le des trato que no merece Teodoro. Vuelve a tus números. El viejo agachó la cabeza, pero no la mirada. Aurora dio un paso al frente. Quiero comprar la parcela del río dijo.

 La que fue de mi familia. Pago el precio justo. La plaza estalló en carcajadas. Vidaurre se sostuvo el vientre de tanto reír. ¿Con qué, criatura? ¿Con polvo, con esa bolsa remendada?, señaló el morral de tela cosido con un parche. Aquí nada se compra con buenas intenciones. Esto se compra con oro y tú no tienes nada. Aurora levantó la barbilla.

 Algún día tendré más que usted, dijo. No fue una amenaza, fue una promesa. Vida se enderezó divertido por el atrevimiento y decidió convertir aquello en espectáculo. ¿Quieren oír algo gracioso?, gritó a la multitud. Esta mujer dice que tendrá más que yo. Abrió los brazos. Pues bien, lo juro ante todos, si algún día posee una sola piedra de mi hacienda, le entrego las llaves de mi casa. La gente aplaudió.

Encantada con la burla. De rodillas, añadió Vidorre saboreando cada palabra. De rodillas frente al pueblo entero. Que todos lo escuchen. Selló su apuesta con una sonrisa de triunfo. Aurora guardó esa frase en algún lugar profundo. La apuesta tenía testigos, decenas. Eso era lo único que necesitaba.

 Que todos lo recuerden entonces, dijo y se dio la vuelta sin pedir permiso para irse. Mientras se alejaba, escuchó los comentarios a su espalda. Pobre infeliz, se cree gran cosa. No durará ni una semana. Aurora no se giró. Cada burla era una piedra. Y con piedras, pensó, también se construye. Una anciana la tomó del brazo al pasar.

 No les hagas caso, hija susurró. A mí también me quitaron lo mío. Aquí el que tiene tierra manda y el que no. Calla. Aurora le apretó la mano. Ya no por mucho tiempo. Salió de la plaza con la barbilla en alto. El polvo se le pegaba a las botas gastadas. La carpeta de cuero le pesaba en el pecho como un escudo. No miró atrás ni una vez.

 El que mira atrás, pensó, tropieza con lo de adelante. Caminó hasta el final del pueblo, donde las casas se volvían humildes. Allí, en un cuarto de adobe, vivía Lázaro. Sus manos ya temblaban, su espalda ya se doblaba, pero sus ojos seguían despiertos. ¿Lo viste a la cara?, preguntó el viejo. Lo vi, padre. Y se ríó. Lázaro sonrió apenas. Que ría.

El que ríe primero no siempre ríe al final le acarició la carpeta de cuero, su carpeta de antaño. Esa carpeta había sido suya. La usaba cuando aún tenía huerto y futuro. Dentro guardaba recibos, semillas, sueños. El día que perdió la tierra se la entregó a su hija. “Aprende a leer lo que yo no supe”, le dijo. Y Aurora aprendió.

 De niña, mientras otros jugaban, Lázaro le enseñaba a contar granos, a medir fanegas, a entender precios. El que no sabe contar, repetía, siempre termina pagando de más. Ella nunca lo olvidó. Recordaba una tarde junto al fuego. Lázaro había puesto frijoles sobre la mesa. Cuenta le dijo. Ella contó. Él escondió tres con la mano.

 Ahora cuenta de nuevo. Faltaban tres. Así te roban, explicó sin que lo veas. Otra noche le mostró un contrato viejo. Lee la letra pequeña dijo. Ahí esconden la trampa. El que firma sin leer firma su ruina. Aurora pasó el dedo por cada línea. Aprendió que un papel podía pesar más que un puño. Esas lecciones la acompañaron lejos del valle.

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