La última vez que Maricruz Noriega escuchó la voz de su hija fue a través de la línea telefónica en la madrugada del 18 de febrero de 2026. Sheridan Sofía, una adolescente de tan solo 14 años, le prometió lo que cualquier hija le diría a su madre en medio de una noche de celebración: “Ya venimos, mami, que el carro nos está esperando. No nos vamos a demorar, yo te devuelvo la llamada”. Fueron sus últimas palabras. Minutos después, el teléfono se apagó para siempre, sumiendo a una madre en la peor de las oscuridades.
Sheridan y su hermana mayor, Keila Nicole de 17 años, no regresaron a casa. Habían salido de su hogar en el popular barrio La Sierrita, en Barranquilla, para disfrutar del cierre de los carnavales, un evento que paraliza y llena de alegría a toda la región atlántica de Colombia. Lo que parecía ser una inofensiva reunión festiva en el vecino municipio de Malambo, pronto se revelaría como una trampa asquerosa y letal orquestada por las personas en quienes más confiaban: sus propios novios.
Para entender la magnitud de esta tragedia, es fundamental conocer quiénes eran estas jóvenes. No son solo nombres en un frío expediente judicial; eran adolescentes con sueños, rutinas, amistades y un futuro prometedor por delante. Sheridan, la menor, era conocida en su barrio como la niña consentida. A sus 14 años y ocho meses, su mundo giraba en torno a su próxima fiesta de quinceañera, un rito de pas
o profundamente arraigado en la cultura caribeña. Ya soñaba con el vestido, la música y los invitados. Keila, por su parte, con 17 años, asumía el rol de la hermana mayor protectora. Juntas eran inseparables, y esa noche, como de costumbre, decidieron salir acompañadas.
La vida en La Sierrita es como en muchos barrios populares: todos se conocen. Maricruz sabía quiénes eran los novios de sus hijas. Había visto sus rostros en fotografías y conocía sus apodos. El novio de Sheridan era conocido como “El Tata”, mientras que el de Keila se llamaba Fabián. Eran muchachos del entorno, parte de ese mundo adolescente que empieza a explorar las relaciones sentimentales. Sin embargo, lo que Maricruz ignoraba, y lo que ninguna madre debería tener que descubrir de una forma tan atroz, es que estos jóvenes pertenecían a una peligrosa estructura criminal que operaba en la sombra del área metropolitana.
Aquella noche de carnaval, el martes previo al Miércoles de Ceniza, el ambiente estaba cargado de festividad. Los controles familiares y sociales suelen relajarse en estas fechas, envueltos en la música y los disfraces. Un vehículo recogió a las hermanas y las llevó a una vivienda en el barrio Maranata, en Malambo. Era la casa donde Fabián, el novio de Keila, vivía con su madre. En el lugar había música, bebidas y otros jóvenes. Todo aparentaba ser una celebración más de las miles que ocurrían esa noche en el Atlántico.
El punto de no retorno de esta historia ocurrió en cuestión de segundos. Alguien, una joven cuya identidad se mantiene bajo reserva, tomó el teléfono celular de Sheridan. Al revisar los mensajes, encontró conversaciones que, a los ojos de la pandilla, representaban la máxima traición. Según la hipótesis de la Fiscalía, Sheridan aparentemente comentaba sobre la posibilidad de entregar información de la banda de su novio a un grupo criminal rival. En el crudo lenguaje del bajo mundo, la acusaron de ser una “sapona” o delatora.
La reacción de los presentes fue inmediata y desproporcionadamente violenta. Un adolescente de 17 años que se encontraba en la reunión, señalado como el autor material de los hechos, tomó un arma de fuego y arrastró a la pequeña Sheridan hacia el patio de la vivienda. Las declaraciones que posteriormente se leyeron en las audiencias judiciales son tan escalofriantes que hicieron romper en llanto a la representante de la Defensoría del Pueblo. El joven relató con absoluta frialdad cómo interrogó a Sheridan. Aterrada, la niña intentó explicarse, asegurando que los mensajes no eran ciertos, pero su agresor no tuvo piedad. Sheridan le suplicó por su vida: “No me pegues más tiros”, clamaba con la desesperación que solo puede sentir una niña frente a su verdugo. A pesar de sus ruegos, recibió un segundo y letal disparo en la cabeza. Keila Nicole corrió con la misma trágica suerte; fue degollada en ese mismo lugar, presumiblemente por intentar defender a su hermana pequeña.
Después de cometer el doble homicidio, los asesinos buscaron palas y cavaron fosas en el mismo patio de la casa. Enterraron a las dos hermanas bajo la tierra húmeda de Malambo, ocultando sus cuerpos como si sus vidas no valieran absolutamente nada. Luego, con una insensibilidad que hiela la sangre, continuaron con sus vidas como si nada hubiera pasado.
Mientras los cuerpos de Sheridan y Keila yacían ocultos, comenzó el verdadero tormento psicológico para su madre. Durante 11 días interminables, Maricruz buscó desesperadamente a sus hijas. Acudió a la policía, pegó carteles, interrogó a vecinos y rastreó redes sociales. Sin embargo, la crueldad de los criminales no tuvo límites. Algunos de los presentes en la trágica fiesta comenzaron a enviar mensajes extorsivos al teléfono de la madre. Le exigían 10 millones de pesos a cambio de devolver a sus hijas “sanas y salvas”. Jugaban con la esperanza de una mujer destrozada, utilizando detalles familiares para hacer creíble la extorsión. Maricruz leía esos mensajes aferrándose a la idea de que sus niñas respiraban, ignorando que llevaban días enterradas en el patio de los monstruos que le escribían.
El macabro hallazgo finalmente ocurrió no por una rápida acción policial, sino por el innegable ciclo de la naturaleza. El 28 de febrero, los vecinos del barrio Maranata comenzaron a percibir un olor fétido y persistente que emanaba del predio. Al llegar las autoridades, desenterraron la cruda verdad. El 2 de marzo, Maricruz tuvo que enfrentar la tarea más desgarradora para cualquier ser humano: reconocer los cuerpos de sus hijas en Medicina Legal.
Las investigaciones posteriores desentrañaron una red de violencia juvenil alarmante. El grupo Gaula de la Policía capturó a Juan David Taboada Olivera, alias “El Tata”, el novio de Sheridan, de 19 años. Fue imputado por homicidio agravado y secuestro extorsivo. El adolescente de 17 años que disparó a Sheridan también fue aprehendido y enviado a un centro de internamiento para menores. Por otro lado, Fabián, el novio venezolano de Keila, huyó a su país natal creyendo que podría escapar de la justicia. Sin embargo, tres semanas después del crimen, murió abatido en un enfrentamiento armado con la policía en Maracaibo, eludiendo así el banquillo de los acusados.
El juicio reveló detalles aún más perturbadores. Un testigo clave afirmó que existía un “acuerdo previo” para silenciar a las menores. Esto sugiere que el homicidio no fue un impulso momentáneo de ira al leer un mensaje, sino un plan premeditado. Sheridan y Keila no fueron a una simple fiesta; caminaron directamente hacia una trampa mortal organizada por las personas que decían amarlas.

Hoy, cuatro meses después, la herida sigue abierta. Cuatro implicados más continúan prófugos, y la Fiscalía mantiene activa una recompensa para dar con su paradero. El barrio La Sierrita llora a sus niñas, y en el colegio, dos pupitres vacíos son el mudo testimonio de una violencia absurda. El quinceañero de Sheridan, planeado para octubre de 2026, nunca llegará. El vestido soñado no se estrenará y la música no sonará.
Este desgarrador caso nos obliga a reflexionar como sociedad sobre el abandono institucional y la peligrosa influencia que ejercen los grupos criminales sobre los adolescentes en zonas vulnerables. Jóvenes con armas en las manos y mentes envenenadas por códigos de lealtad mafiosos están destruyendo familias enteras. Mientras tanto, Maricruz sigue levantándose cada mañana con el inmenso vacío de sus hijas, exigiendo que todo el peso de la ley caiga sobre los responsables y que esta brutal tragedia no se convierta en una estadística más de la impunidad.