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El Guerrillero Que Preguntó a GUSTAVO PETRO — por la VIDA de los FIRMANTES de PAZ

El Guerrillero Que Preguntó a GUSTAVO PETRO — por la VIDA de los FIRMANTES de PAZ

Para un guerrillero que deja las armas, la paz no es solo un acuerdo, es la última utopía, la esperanza de una vida distinta, sin miedo, sin disparos en la noche, sin órdenes de matar. Esta es la historia de Manuel, un excbatiente de las FARC que apostó todo a esa promesa y terminó descubriendo que la paz firmada por el presidente Gustavo Petro podía ser más peligrosa que la guerra misma, porque en Colombia a veces la paz no protege. En tierra.

 Bienvenidos a un nuevo relato. Lo que estás a punto de ver no es una simple crónica, es la radiografía de la traición más dolorosa, la de un estado que le falla a quienes decidieron confiar en él. Una historia incómoda que abre una herida y nos obliga a preguntarnos, ¿en Colombia es más peligroso firmar la paz que seguir haciendo la guerra? Antes de empezar, cuéntanos en los comentarios desde qué país nos estás viendo.

 Manuel no recordaba que era vivir sin un fusil colgado del hombro. A los 15 años fue reclutado en las selvas del Caquetá y durante más de 20 años la selva fue su casa, la guerra su rutina y la revolución su única fe. No era un asesino sin alma, era un campesino endurecido por la guerra, convencido de que empuñar un arma era la única manera de luchar por una Colombia más justa.

Por eso, cuando en 2016 se firmó el acuerdo de paz, Manuel lo celebró como quien encuentra una luz al final del túnel. Estaba agotado de la muerte, del miedo, de la selva. Vio en ese papel una puerta abierta, una oportunidad real de construir el país por el que había luchado, pero esta vez sin tener que derramar más sangre.

 con otros 50 excbatientes, se asentó en un ETCR en las montañas del Tolima. Dejaron sus fusiles en manos de la ONU y con la misma disciplina con la que un día aprendieron a combatir, empezaron algo más difícil, aprender a vivir. Su transición fue ejemplar. Con los pocos recursos del gobierno y la ayuda de una ONG, levantaron un proyecto que pronto sería modelo nacional, una finca de café de especialidad y ecoturismo llamada Caminos de Reconciliación.

Donde antes hubo trincheras, ahora había senderos ecológicos. Donde antes hubo fusiles, ahora había plantas de café que exportaban al mundo. El líder natural de este milagro de paz era Manuel. A su lado inseparable estaba Jacinto, su mejor amigo, su hermano de guerra durante 20 años. Habían sobrevivido a bombardeos, emboscadas y noches interminables en la selva.

 Ahora, en vez de trincheras, sembraban café. “Lo logramos, hermano”, decía Jacinto con una sonrisa mientras plantaban juntos. “Por fin lo logramos. Pero la paz en las montañas de Colombia es un jardín frágil rodeado de bestias hambrientas. La retirada de las FARC dejó un vacío y ese vacío no tardaron en ocuparlo otros.

 Para militares, disidencias, carteles del narcotráfico. Para ellos, los excbatientes no eran campesinos que querían rehacer su vida. eran traidores, sapos, rivales en la disputa por el territorio. Muy pronto, la sombra de la guerra volvió a cernirse sobre su utopía. En el pueblo cercano aparecieron panfletos, muerte a los guerrilleros vestidos de civil.

 Y en otras regiones, excbatientes como ellos fueron asesinados. El miedo, ese viejo compañero de la selva, regresaba con paso firme. Manuel, como líder hizo lo que decía el acuerdo. Viajó a la capital y denunció ante la UNP. Entregó panfletos, señaló nombres, suplicó protección. La respuesta, un formulario, una promesa vaga de evaluar el riesgo y una espera que parecía eterna.

 Cuando Gustavo Petro, un exguerrillero como ellos, llegó al poder, la esperanza volvió a florecer. “Él sí nos entiende”, decían. “Él no nos dejará solos.” Pero pronto descubrieron que la burocracia era más lenta, más indiferente que nunca. Las promesas de seguridad se desvanecían en reuniones eternas y comunicados que no cambiaban nada en el terreno.

La tragedia llegó un sábado en la noche. Jacinto volvía del pueblo en su motocicleta después de vender un bulto de café. En el mismo camino que soñaban convertir en ruta turística, lo emboscaron. Le dispararon por la espalda. Manuel fue el primero en encontrarlo. Allí estaba Jacinto, su hermano de mil batallas, tendido en el suelo, su vida escapando entre agujeros de bala, el sueño de paz, el café, los senderos, todo se manchó de rojo.

 La utopía había terminado. Y para Manuel empezaba otra guerra, no contra el estado, sino contra su silencio. El asesinato de Jacinto destrozó a la comunidad de caminos de reconciliación. El proyecto, que había sido un faro de esperanza, se sumió en el miedo y el luto. ¿Quién sería el siguiente? El mensaje de los violentos era claro.

 No hay lugar para la paz en este territorio. La respuesta del gobierno fue para Manuel un insulto a la memoria de su amigo. Un comunicado del Alto Comisionado para la Paz condenó el acto de barbarie y prometió una investigación exhaustiva. El presidente Petro publicó un tweet lamentando la muerte y reafirmando su compromiso con la paz total.

 Eran las mismas palabras vacías que habían escuchado cientos de veces antes, palabras que no detenían las balas. No llegó más protección. La investigación nunca avanzó. La muerte de Jacinto se convirtió en una cifra más en la larga y sangrienta estadística de los firmantes de paz asesinados desde 2016. Manuel se sumió en una oscuridad profunda.

 El dolor se mezclaba con una rabia impotente y peor aún, con la culpa. Se sentía responsable. Él había convencido a Jacinto y a los demás de creer en el acuerdo. Les había prometido que el Estado los protegería y el Estado les había fallado de la manera más cruel. Pasó semanas encerrado, reviviendo sus años en la guerra, cuestionando cada decisión.

 ¿Había sido un error entregar las armas? ¿Habían sido unos ingenuos al confiar en la palabra de los políticos? veía en las noticias al presidente Petro hablar de sus diálogos con otros grupos armados, de su paz total y sentía una náusea profunda. El gobierno parecía más interesado en iniciar nuevos procesos de paz que en cumplir con el que ya había firmado.

 Fue en medio de esa desesperación que encontró un nuevo propósito. Si el estado consideraba a sus amigos muertos como simples números, él les devolvería sus nombres. Se sentó en su humilde casa y con un lápiz y un viejo cuaderno comenzó a escribir una lista. Comenzó con Jacinto. Jacinto, el flaco, rentería, 45 años. Soñaba con ver a su hija graduarse de la universidad.

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