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 “Tengo 96 años… antes de partir, necesito contar lo que Carlo Acutis me reveló.

 Mi voz es áspera, débil. Cada palabra requiere esfuerzo. Ella sonríe tristemente. Su presión está un poco baja hoy. 80 sobre 50. ¿Tiene dolor? Siempre hay dolor. ¿Puedo aumentar su morfina? No, todavía. Necesito estar lúcido. Necesito Necesito contar algo. Sofía me mira con curiosidad. ¿Contar algo. ¿A quién? ¿A quién sea que escuche? ¿A usted si quiere? Necesito que alguien sepa lo que pasó anoche.

 Ella termina de verificar mis signos vitales. Anota los números en la tablilla al pie de mi cama. ¿Qué pasó anoche, señor Hernández? Pero antes de poder responder, entra el doctor. Drctor Ramírez, el oncólogo que me ha estado tratando. Es hombre de unos 50 años con cabello canoso y expresión perpetuamente cansada. Buenos días, don Miguel”, dice.

 Se acerca a mi cama, revisa la tablilla. Veo que su presión está bajando. Es de esperarse en esta etapa. “¿Cuánto tiempo?”, pregunto directamente. No tiene sentido andarse con rodeos. El Dr. Ramírez vacila. Es difícil decirlo con exactitud. Días, tal vez una semana si tiene suerte. Suerte. Repito amargamente.

 No he tenido suerte en mucho tiempo, doctor. ¿Hay alguien a quien debamos llamar? Familia, no hay nadie. Mi esposa murió hace 10 años. No tuvimos hijos. No tengo hermanos vivos. Estoy solo. El doctor asiente con compasión profesional. Entiendo. Bueno, haremos todo lo posible para mantenerlo cómodo. Si el dolor se vuelve demasiado, podemos aumentar los analgésicos.

 Doctor, digo antes de que se vaya. ¿Cree usted en milagros? La pregunta lo toma desprevenido. Parpadea. Milagros. Soy hombre de ciencia, don Miguel. Creo en la medicina, en los tratamientos basados en evidencia. Eso no es lo que pregunté. Él considera por un momento, “He visto cosas que no puedo explicar, remisiones que no tienen sentido médico, pero milagros en el sentido religioso.

 No sé, yo tampoco sabía, digo, hasta anoche.” El doctor me mira con expresión indescifrable. “Descanse, don Miguel. Volveré más tarde. Se va.” Sofía está ordenando las sábanas alrededor de mí. Señor Hernández, dice en voz baja, ¿de verdad vio algo anoche? Vi, vi cosas que no deberían ser posibles.

 Sus ojos se iluminan con curiosidad. ¿Qué cosas? Primero necesito contarte quién soy, quién era de otro modo no tendrá sentido. Sofía mira el reloj en la pared. Tengo otros pacientes que atender, pero volveré en mi descanso a las 9. ¿Puede esperar hasta entonces? No voy a ningún lado, digo con sonrisa débil. Ella sale.

 Me quedo solo con el crucifijo en la pared y el peso de 96 años de vida. 52 de ellos vividos en amargura y duda. Cierro mis ojos. El dolor en mi abdomen es constante, sordo, profundo. El cáncer de páncreas es uno de los más dolorosos, me dijeron. Se extiende, devora, destruye. Comencé a sentir los síntomas hace 6 meses. Ictericia, pérdida de peso, dolor en la espalda.

Pero siendo hombre de 96 años, pensé que eran solo achaques de la edad. Para cuando finalmente fui al doctor hace tres meses, el cáncer ya estaba en etapa cuatro, inoperable, sin tratamiento efectivo, solo cuidados paliativos para manejar el dolor mientras espero el final. No tengo miedo de morir.

 He vivido mucho tiempo, demasiado tiempo tal vez, pero sí tengo miedo de morir con este peso en mi alma. Este peso de 52 años de rabia contra Dios. de 52 años de negar lo que una vez fue el centro de mi vida y por eso necesito contar lo que pasó anoche. Antes de que sea demasiado tarde, dejo que mi mente vague hacia atrás, hacia el principio, hacia el joven de 22 años que fui una vez lleno de fe, de certeza, de propósito divino.

Nací en Guadalajara en 1930. Mi padre José Hernández era zapatero. Mi madre, María Guadalupe Contreras era ama de casa. Éramos familia católica devota, no fanáticos, pero sí fieles. Asistíamos a misa todos los domingos. Rezábamos el rosario todas las noches. En las paredes de nuestra casa pequeña había imágenes de la Virgen de Guadalupe, del Sagrado Corazón, de Santos Diversos.

Crecí en los años 30. Época turbulenta en México. La guerra cristera había terminado hacía poco. Había tensión entre la iglesia y el gobierno, pero en nuestra familia la fe era inquebrantable. Desde niño sentí llamado al sacerdocio. No fue momento dramático de revelación, fue sentimiento gradual, creciente. Cuando tenía 10 años, le dije a mi madre que quería ser padre.

 Ella lloró de alegría. Mi padre, más pragmático preguntó si estaba seguro. Es vida difícil, mi hijo me dijo. Es vida de sacrificio. Lo sé, papá, respondí, pero es lo que quiero. A los 14 años entré al seminario menor en Guadalajara. Estudié latín, teología, filosofía, historia de la iglesia. Fueron años de disciplina rigurosa.

 Nos levantábamos a las 5 de la mañana para oración. Estudiábamos hasta las 10 de la noche. Los domingos servíamos en las parroquias locales. Pero yo amaba a cada momento. Amaba el orden, la estructura, el sentido de propósito. Amaba especialmente la Eucaristía. La primera vez que presencié la consagración de cerca como monaguillo a los 15 años, sentí algo que no puedo describir.

 Cuando el padre elevó la  y dijo, “Este es mi cuerpo.” Sentí presencia. Sentí que algo real, algo sagrado, estaba sucediendo. A los 18 entré al seminario mayor. 4 años más de estudios intensivos. Aprendí los sacramentos, la liturgia, el derecho canónico. Practiqué homilías, estudié las vidas de los santos, San Francisco de Asís, Santo Tomás de Aquino, San Ignacio de Loyola.

 Y finalmente, el 5 de junio de 1952, a los 22 años, fui ordenado sacerdote en la catedral de Guadalajara. Fue día más feliz de mi vida. Mis padres estaban allí llorando de orgullo. El arzobispo me impuso las manos, me ungió con óleo sagrado, me entregó el cáliz y la patena. “Tú eres sacerdote para siempre”, dijo, “según el orden de Melquisedec.

Para siempre.” En ese momento creí esas palabras con todo mi ser. Mi primera asignación fue como padre asistente en parroquia pequeña en las afueras de Guadalajara. Trabajé bajo el párroco mayor, padre Gonzalo, hombre de 60 años con décadas de experiencia. Él me enseñó las realidades prácticas del ministerio, cómo consolar a los afligidos, cómo confrontar a los pecadores con amor, cómo administrar los sacramentos con reverencia.

Celebré mi primera misa al día siguiente de mi ordenación. Mis manos temblaban mientras elevaba la  pero sentí esa misma presencia que había sentido a los 15 años. Algo real, algo sagrado. Durante los primeros 5 años serví fielmente. Bautizaba bebés, cazaba parejas, ungía enfermos, confesaba pecados, enterraba muertos.

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