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Sarah Ferguson: La Cuñada de Diana Que la Reina No Quería en la Familia

La piel pálida, los ojos grises azulados. La pequeña Sara crece en un mundo dorado. Sus primeros años los pasa en una propiedad familiar llamada Dummer Down Farm en Hampshire, una casa de campo de 12 habitaciones, caballos, jardines, una niñera permanente, un mayordomo, un cocinero. Pero detrás de esa fachada de aristocracia tradicional, la familia Ferguson tiene problemas.

Susan, la madre, está aburrida. Es bella, sociable, le encanta viajar y se siente atrapada en la vida de campo que su marido militar le impone. Ronald, el padre, está casi siempre ausente. Está en India, en Hong Kong, en Cyprus, jugando partidos de polo o cumpliendo misiones militares. Las dos hijas, Jane la Mayor, y Sarah la Menor crecen casi solas, criadas por niñeras.

Y en 1974, cuando Sarah tiene 14 años, ocurre el primer trauma de su vida. Su madre Susan, que había estado teniendo una aventura secreta durante meses con un jugador de polo argentino llamado Héctor Barrantes, anuncia que se va, que deja a Ronald, que se muda a Buenos Aires con Héctor y se va y se lleva nada, ni a Sarah ni a Jane.

Las dos niñas se quedan en Hampshire con su padre. Hay un detalle particularmente desgarrador sobre ese momento que Sarah contó por primera vez en sus memorias publicadas en 1996. Decía que la noche antes de irse, su madre Susan entró en la habitación de Sarah para despedirse. Sarah estaba durmiendo. Susen se sentó en el borde de la cama, le acarició el cabello pelirrojo, le dijo en voz baja una frase que Sera recordaría palabra por palabra durante el resto de su vida.

Le dijo, “Mi pequeña pelirroja, tu mamá tiene que irse, pero te voy a llamar todos los domingos. Te lo prometo. Sarah esa noche no abrió los ojos, fingió dormir, pero escuchó cada palabra. Y al día siguiente, cuando se despertó, su madre ya no estaba. Esa promesa te voy a llamar todos los domingos. Su madre la cumplió durante exactamente 6 meses.

Después las llamadas se hicieron quincenales, después mensuales. Después, solo en cumpleaños y Navidad. Después, casi nunca. Sarah durante los siguientes 30 años, todos los domingos por la tarde, según contaba su niñera Mary, se sentaba al lado del teléfono. Esperaba, esperaba durante una hora, 2 horas. A veces, cuando llegaba la noche y el teléfono no había sonado, Sarah se iba a su habitación, se metía debajo de la cama y lloraba en silencio para que nadie la escuchara.

Esa rutina dominical, esa espera ritual de una llamada que casi nunca llegaba, iba a marcar el ritmo emocional de toda su vida adulta. Sarah, esa noche del día en que Susan se fue, lloró tanto que su niñera, según contaría décadas después, tuvo que sentarse al pie de su cama hasta el amanecer para que pudiera dormir.

Su madre se había ido, la había abandonado y la había abandonado por un hombre que ni siquiera era inglés, por un argentino. Un hombre que en la mente de la pequeña Sarah vivía en un país imposible al otro lado del Atlántico. Esa traición materna, ese abandono brutal a los 14 años va a ser el trauma silencioso que va a determinar cada decisión amorosa que Sarah Ferguson tomara durante el resto de su vida.

Va a ser la razón por la que años después no podrá tolerar la ausencia de un hombre. va a ser la razón por la que se aferrara desesperadamente a Andrés cuando se casaron. Va a ser la razón por la que cuando ese matrimonio se rompiera se lanzara en los brazos de cualquier hombre que le ofreciera atención. Sarah en una entrevista con la periodista británica Lyn Barber en 1997, confesaría algo desgarrador sobre esos años.

diría, “Yo aprendí a los 14 años que las personas a las que más quieres son exactamente las que más fácilmente te abandonan.” Y desde entonces, cada vez que un hombre me decía que me quería, yo le creía durante un día. Después esperaba el momento en que iba a empezar a empacar las maletas. Mientras tanto, la pequeña Sera hace lo que muchas adolescentes traumatizadas hacen.

Empieza a comer mucho, compulsivamente. A los 15 años ya está luchando con un trastorno alimentario que va a perseguirla durante las cuatro décadas siguientes. Comía cuando estaba ansiosa, comía cuando estaba triste, comía cuando esperaba la llamada del domingo que no llegaba. La comida era para ella un sustituto del amor que su madre le había retirado.

La prensa británica años después, durante su matrimonio con Andrés, la iba a llamar cruelmente la duquesa de la pizza o la duquesa porquina en referencia a su peso fluctuante. Cada uno de esos titulares era, sin que los periodistas lo entendieran, un golpe directo a la herida que su madre le había abierto a los 14 años.

Su padre Ronald, después de la marcha de Susen, se hundió. Empezó a beber más. Pasaba semanas enteras sin hablar con sus hijas. En 1976, 2 años después de la marcha de Susen, Ronaldó a casar, esta vez con una mujer llamada Susan Depford. Sarah, ya con 16 años, se sintió todavía más abandonada. Su padre tenía una nueva esposa. Su madre estaba en Argentina y ella, la pequeña pelirroja, estaba sola en Hampshire con una madrastra que no la quería realmente.

Susan Deford era estricta. Le decía a Sarah que comía demasiado. Le decía que tenía que perder peso. Le decía que era poco femenina. Sarah con 16 años, sin ninguna figura materna verdadera, sin un padre presente, empezó a tener crisis de bulimia. Vomitaba después de cada comida. Tomaba laxantes en cantidades alarmantes.

Se sentía gorda y hermosa al mismo tiempo en una confusión interior que iba a perseguirla durante toda su vida. Su educación, comparada con la de otras chicas de la aristocracia británica, fue modesta. Estudió en una escuela privada llamada HST Lodge en Berkshire. No fue brillante, no fue mala, fue una alumna correcta, sociable, divertida, que destacaba más en los deportes que en los estudios.

Sus tablas de matemática eran flojas, su literatura mediocre, pero era encantadora. Hacía amigos con facilidad, tenía esa cualidad que los ingleses llaman good company, buena compañía. Después de la escuela hizo lo que muchas chicas de su clase hacían en 1977. Se inscribió en el Queen Secretarial College de Londres.

Aprendió taquigrafía, aprendió a escribir a máquina. empezó a trabajar como secretaria en una agencia de relaciones públicas en el barrio de Nightsbridge. Su sueldo era modesto, sus aspiraciones aparentemente también. Quería casarse eventualmente con un hombre rico, tener hijos, vivir en el campo, la vida tradicional de las chicas de su clase social.

Y entonces, en 1979, a los 19 años conoció al hombre que la presentó al hombre que iba a cambiar su vida. Su nombre era Kim Smith Bingham. Era 10 años mayor que ella, empresario, divorciado, la sedujo. Salieron durante 2 años, pero Kim eventualmente le rompió el corazón. la dejó por otra mujer. Sarah, devastada en 1982, empezó otra relación, esta vez con un australiano llamado Patty Mcnally.

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