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Parecían La Pareja Perfecta, Hasta Que El Celular De Él “Explotó” Y Él Murió | Caso De Bogotá

sabía lo que costaba construir algo desde cero. Quienes trabajaron con él en semilla lo describían como exigente, pero justo. No toleraba la mediocridad, pero tampoco el cinismo. Creía que el ecosistema emprendedor colombiano tenía un problema de autoestima más que de talento y que su trabajo era, en parte convencer a los fundadores de que sus proyectos merecían existir.

En años al frente del fondo, Semilla había financiado 83 empresas. Algunas habían cerrado, varias sobrevivían. Unas pocas habían crecido de manera notable en sectores de logística, salud digital y educación. Era un récord que en Bogotá se consideraba sólido, aunque no espectacular. Valentina Ríos tenía 38 años.

Había estudiado derecho en la Universidad de los Andes y trabajaba como asesora jurídica senior en una firma especializada en propiedad intelectual. Era hija de Gustavo Ríos Palomino, un académico conocido en círculos universitarios y de política pública, lo que le daba a la familia un apellido con peso, aunque no con escándalo.

 Valentina era reservada en público, precisa al hablar y tenía esa clase de presencia que no necesita elevar la voz para ser escuchada. Se habían casado 6 años atrás en una ceremonia en la Candelaria que sus invitados recordaban por la sobriedad elegante y por el discurso que Andrés improvisó al final sin papel, mirando a Valentina como si no hubiera nadie más en el salón.

Vivían en un apartamento amplio en el sector de Rosales, uno de los barrios más tranquilos y acomodados del nororiente bogotano. Tenían un hijo en común, un niño de 4 años y Valentina tenía dos hijos adolescentes de una relación anterior que vivían con ellos de forma permanente. Desde afuera el cuadro era coherente.

Una familia ensamblada que funcionaba, adultos exitosos, una dirección en Rosales, un fondo de innovación con nombre en el sector tecnológico. Bogotá tiene pocas formas de medir el éxito tan rápido como la dirección y el cargo, y Andrés y Valentina marcaban bien en ambas. Nadie en su círculo cercano hablaba de tensiones o nadie lo hacía en voz alta.

 La secretaria personal de Andrés diría después, en declaraciones que cambiarían el curso de la investigación, que en los últimos meses él llegaba a la oficina con una distracción que antes no tenía, que algunas llamadas lo dejaban callado durante minutos, que en dos ocasiones mencionó, sin entrar en detalles, que estaba pensando en hacer cambios en su vida personal. Pero eso vendría después.

Primero vino la noche del incendio y con ella la primera versión de lo que había pasado en ese cuarto. Era la madrugada del 14 de marzo. En el edificio de Rosales, un vecino del piso de abajo notó un olor extraño cerca de las 3 de la mañana. Salió al corredor y vio una delgada columna de humo filtrándose por debajo de la puerta del apartamento de los castellanos. Llamó a los bomberos.

 No fue Valentina quien marcó el número de emergencias, fue un extraño. Cuando los bomberos llegaron, Valentina estaba en la puerta del apartamento, de pie, con los brazos cruzados, sin teléfono en la mano, sin haber llamado a nadie. Los vecinos que se asomaron al corredor dijeron que su expresión era difícil de describir. No lloraba.

 No preguntaba qué iba a pasar. Miraba el movimiento de los uniformes con una quietud que, en medio del humo y la urgencia, resultaba más perturbadora que cualquier grito. Los bomberos forzaron la puerta del cuarto principal. Estaba cerrada con llave desde afuera.  La puerta se dio con un golpe seco.

 El humo salió al corredor como si hubiera estado esperando ese momento. Los bomberos entraron con linternas y encontraron a Andrés Castellanos tendido en la cama. en una posición que no correspondía a la de alguien que había intentado despertar, moverse o escapar. Estaba de espaldas con los brazos a los lados del cuerpo, como si el sueño lo hubiera detenido en un instante preciso y definitivo.

Las quemaduras cubrían aproximadamente un tercio de su cuerpo concentradas en la zona de la cabeza, el hombro derecho y el marco de la cama. El colchón tenía daños severos en esa área específica. El resto del cuarto contaba una historia distinta. Sobre el escritorio, a menos de 2 met de la cama, había papeles apilados intactos.

Una chaqueta colgaba del respaldo de una silla sin una sola marca. Las cortinas de tela gruesa que cubrían la ventana más cercana al punto de mayor quema, no tenían chamuscado en los bordes. Para cualquier persona con entrenamiento en incendios, el patrón era inmediatamente irregular. El fuego no se había comportado como lo hace cuando se propaga solo.

 Se había comportado como lo hace cuando alguien decide dónde debe arder. Andrés fue trasladado al hospital más cercano, donde fue declarado muerto pocas horas después. Valentina fue atendida en el lugar por el equipo de emergencias. No presentaba lesiones físicas. Respondió las preguntas iniciales de los agentes con frases cortas y precisas.

dijo que Andrés había tomado medicación para una migraña antes de acostarse. Dijo que ella había dormido en el cuarto con los niños porque él prefería descansar solo cuando tenía dolor de cabeza. Dijo que no escuchó nada hasta que el olor a humo la despertó. Cuando le preguntaron por qué no había llamado a emergencias, respondió que estaba en estado de shock.

 La versión que circuló en las primeras horas fue la que la familia y los voceros de Semilla Capital confirmaron públicamente. El celular de Andrés, un dispositivo de gama alta que cargaba sobre la mesita de noche, había sufrido una falla en la batería y había explotado mientras él dormía. Era una explicación que tenía precedentes documentados en otros países que sonaba técnicamente posible y que ofrecía algo que las familias en duelo necesitan con urgencia, una causa sin culpables.

La autopsia inicial realizada en la clínica médico legal adscrita a la Fiscalía General de la Nación pareció cerrar el caso. El informe concluyó que la muerte había sido causada por complicaciones derivadas de una explosión con quemaduras y trauma por onda expansiva consistentes con la falla de un dispositivo electrónico.

El documento fue firmado, archivado y Andrés Castellanos fue sepultado 11 días después de su muerte en el cementerio Jardines de Paz, al norte de Bogotá, con una asistencia que detuvo el tráfico en la avenida principal durante casi una hora. El ecosistema emprendedor bogotano publicó homenajes en redes sociales.

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