Posted in

El Terrible Caso de la Semana Santa: Un Sacerdote Corrupto, Un “Culto” Secreto y Un Secreto Horrible

 La ciudad entera se detiene. Los visitantes llegan de todo el Perú y de varios países del continente solo para verlo. Valeria había crecido en esa ciudad. Salió a los 22 años con una beca de periodismo y la certeza de que no volvería. No era rencor, era distancia necesaria. Ayacucho la quería quieta y ella no sabía estarlo.

 Llegó en la primera semana de marzo de 2025. La Semana Santa caería a finales de abril. La casa de tía Esperanza quedaba en el barrio de Santa Ana, subiendo la cuesta que alejaba el centro histórico del resto de la ciudad. Era una casa de adobe pintada de ocre un corredor interno donde colgaban macetas de geranios y una cocina que olía permanentemente a anísicha de jora.

Valeria instaló su computadora en el cuarto que había sido suyo de niña con el mismo techo de calamina y la misma imagen del Señor de los milagros sobre la cabecera de la cama. La ciudad había cambiado poco en la superficie. Los mismos portales en la Plaza Mayor, las mismas vendedoras de queso fresco sentadas en las esquinas del mercado de Andrés Vibanco, los mismos niños corriendo entre las columnas de la catedral.

Lo que había cambiado era invisible hasta que alguien te lo nombraba. Quien lo nombró fue doña Carmen Quispe, vecina de Tía Esperanza desde hacía 40 años, mujer de 90 kg, voz de mercado y memoria sin filtro. Apareció el segundo día con un plato de caldo de gallina y se quedó 2 horas.

 le habló del barrio, de los precios, del alcalde que había pavimentado la calle equivocada y en un momento, sin anuncio previo, dijo, “El padre Aurelio ya está organizando todo para la procesión grande. Este año dicen que va a ser más imponente que nunca. Tiene plata de sobra ese hombre.” Valeria no respondió de inmediato, siguió comiendo.

 El padre Aurelio Mendieta, llevaba 11 años al frente de la parroquia de San Francisco de Asís, la más antigua del centro histórico y la que coordinaba las procesiones principales de la Semana Santa. Era, según doña Carmen, querido por todos. organizaba los turnos de los cargadores, administraba las donaciones de los fieles, negociaba los contratos con los proveedores de flores, velas e iluminación.

 Las procesiones de Ayacucho movían recursos considerables, patrocinios de empresas regionales, fondos municipales de promoción turística, donaciones de familias devotas que llevaban décadas contribuyendo. ¿Cuánto maneja él directamente?, preguntó Valeria. Todo respondió doña Carmen. Y en el tono de esa palabra había algo que no era admiración.

Esa noche Valeria abrió su cuaderno de periodista, el mismo que había usado en 20 años de coberturas, y escribió una sola línea, plata de sobra. Ese [música] hombre no era una investigación, todavía no. Era apenas una frase que no cerraba bien, del tipo que a los periodistas les queda resonando después de que todo el mundo ya cambió de tema.

Al día siguiente fue a misa de las 10 en San Francisco de Asís. El padre Aurelio tenía 54 años, cabello canoso peinado hacia atrás, manos grandes que se movían con una seguridad estudiada durante la homilía. Hablaba del sacrificio con una convicción que llenaba la nave. Conocía a los feligreses por el nombre.

Cuando terminó la misa, se quedó en la puerta saludando uno por uno, con ese don particular de hacer sentir a cada persona que era la única en el mundo en ese momento. Valeria lo observó desde uno de los últimos bancos. Cuando el padre la vio, sonríó con la amplitud de quien reconoce una cara sin recordar exactamente de dónde.

 Usted es sobrina de doña Esperanza, ¿verdad? Qué bueno que está aquí. Ayacucho necesita a sus hijos en esta época del año. Ella le sonrió de vuelta con la sonrisa entrenada de quien sabe escuchar, sin revelar que está escuchando. Esa tarde, revisando los archivos digitales del periódico regional donde había publicado sus primeras notas de joven, encontró algo que no estaba buscando.

Un aviso de hace 3 años, pequeño, casi invisible entre las noticias locales. Una mujer llamada Rosa Mamani, [música] de 38 años, colaboradora voluntaria de la parroquia de San Francisco de Asís, había sido encontrada muerta en su domicilio en abril de 2022. La causa oficial, [música] paro cardíaco.

 No había seguimiento, no había nota posterior. El nombre no volvía a aparecer en ningún archivo del diario. Valeria cerró la pantalla. Afuera, las campanas de la catedral marcaban las 6 de la tarde y el sol bajaba detrás del cerro Akuchimay, tiñiendo de naranja las fachadas coloniales del centro histórico. La Semana Santa comenzaba en 43 días.

 El nombre apareció por primera vez en una conversación que Valeria no debía haber escuchado. Era martes por la mañana. había ido a la parroquia de San Francisco de Asís para pedir permiso de fotografiar los pasos tallados del siglo X, material que pensaba usar como excusa legítima para circular por el interior del edificio sin levantar sospechas.

La secretaria parroquial, una mujer joven llamada Milagros, la hizo esperar en un corredor lateral mientras buscaba al padre Aurelio. Valeria esperó de pie junto a una puerta entreabierta que daba a la sacristía. Adentro había dos hombres hablando en voz baja. No los veía, pero los escuchaba con claridad suficiente.

El primero dijo, “La reunión de los hijos es el jueves. Aurelio quiere que estemos todos antes de la procesión grande.” El segundo respondió algo que Valeria no alcanzó a descifrar por completo, pero en lo que sí reconoció fue una palabra, mamani. Después hubo silencio y pasos que se alejaban.

 Cuando Milagros volvió a decirle que el padre no podía atenderla ese día, Valeria agradeció con calma, salió a la plaza y anotó en su cuaderno las dos cosas que había escuchado. Las rodeó con un círculo. Esa noche [música] buscó en todos los archivos digitales disponibles cualquier mención a los hijos del sudario.

 no encontró nada en la prensa regional, nada en los boletines parroquiales que estaban subidos al sitio web de la diócesis, nada en los registros públicos de asociaciones civiles del municipio. Era un nombre que existía en conversaciones privadas y en ningún otro lugar. Fue doña Carmen quien, sin saberlo, abrió la primera puerta.

Read More