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Entre puestos y multitudes, una niña desaparece — y las imágenes no lo explican todo

Entre puestos y multitudes, una niña desaparece — y las imágenes no lo explican todo

La tarde del 18 de octubre de 2019 cae pesada sobre Puebla. El mercado de la cocota bulípica de un viernes, cuando las familias aprovechan para abastecerse antes del fin de semana. Entre los cientos de personas que recorren los pasillos estrechos, Camila Ríos camina detrás de su hermano mayor. Tiene 8 años.

 Viste una playera rosa con estampado de mariposas, pantalón de mezclilla y zapatos deportivos blancos con detalles morados. Su cabello oscuro está recogido en una cola de caballo que rebota con cada paso. En su espalda lleva una pequeña mochila con diseño de unicornios. Una cicatriz apenas visible cruza su ceja derecha.

 Recuerdo de una caída infantil. En el cuello, justo debajo de la oreja izquierda, tiene un lunar del tamaño de una lenteja. Estos detalles insignificantes en este momento pronto se volverán cruciales. Iván, de 12 años, avanza con paso seguro entre los puestos. Conoce el mercado perfectamente. Ha venido aquí con su abuela desde que tiene memoria.

 Hoy la misión es simple. Comprar verduras y tortillas para la cena. La lista está en su mente. Jitomates, cebollas, aguacates, cilantro. Su abuela los espera en casa. Es una tarea que han realizado docenas de veces. Rutinaria. segura, o eso parece. El mercado de la cocota se extiende por tres cuadras completas.

 Es un laberinto de pasillos donde se mezclan olores de frutas maduras, especias, carne fresca y tortillas recién hechas. Las estructuras metálicas sostienen lonas desgastadas de colores que alguna vez fueron brillantes. Algunos vendedores tienen puestos permanentes de concreto, otros improvisan con mesas plegables y cajas de madera.

 Los cables eléctricos cuelgan en marañas peligrosas sobre las cabezas de los compradores. Las luces fluorescentes parpadean. El piso de cemento irregular está húmedo en algunas zonas por el hielo derretido de las pescaderías. Son las 17:43 horas, según los registros oficiales. Iván se detiene frente a un puesto de verduras, examina los jitomates, selecciona varios y los coloca en una bolsa de plástico.

 Gira la cabeza hacia atrás. Camila está ahí. A menos de 2 metros observando un carrito de frutas tropicales en el puesto contiguo. Las piñas cortadas desprenden un aroma dulce. La niña mira fijamente las rebanadas de sandía organizadas en pirámides perfectas. Iván vuelve su atención al vendedor para pagar. Transcurren entre 40 y 50 segundos.

Cuando Iván termina la transacción y se gira nuevamente, Camila ya no está donde la vio por última vez. El pánico no llega inmediatamente. Los niños se distraen, se alejan unos pasos, se quedan mirando algo. Iván da dos pasos hacia el carrito de frutas, luego tres más. Estira el cuello buscando la playera rosa entre la multitud. Nada.

Comienza a caminar más rápido, esquivando a compradores y vendedores. Regresa sobre sus pasos, busca en los puestos laterales. El corazón empieza a latirle más fuerte en el pecho. Pasan 2 minutos, luego cinco. Y van pregunta gesticulando a vendedores cercanos. Algunos niegan con la cabeza, otros apenas lo miran.

 La multitud sigue fluyendo indiferente alrededor suyo. 7 minutos después del último avistamiento confirmado de Camila, Iván corre hacia la administración del mercado. El guardia de seguridad nota la expresión en el rostro del muchacho antes de que pueda explicar nada. A las 17:52 se activa el protocolo de búsqueda interna del mercado.

 Cuatro guardias se dispersan por los pasillos principales con la descripción de Camila. Los vendedores más cercanos al puesto de verduras son interrogados de inmediato. Algunos recuerdan haber visto a la niña de playera rosa, otros no están seguros. Las descripciones varían. Una vendedora jura que vio a una niña con esas características caminando hacia el sector de carnes.

 Otro comerciante insiste que la vio en dirección opuesta. Las contradicciones comienzan desde el primer momento. A las 18:07, 15 minutos después del aviso inicial, el administrador del mercado contacta a la policía municipal. A las 18:15 llegan las primeras patrullas. Los oficiales cierran las salidas principales del mercado y comienzan a revisar puesto por puesto, bodega por bodega.

 Interrogan a vendedores y compradores, piden identificaciones, revisan vehículos estacionados en los alrededores. La búsqueda se extiende por pasillos, baños, áreas de almacenamiento, incluso contenedores de basura. Camila no aparece. A las 18:45, los padres de Camila llegan al mercado. El padre había estado trabajando en una obra de construcción al otro lado de la ciudad.

La madre estaba en casa preparando la comida. Ambos reciben la noticia por teléfono y cruzan Puebla en un estado de shock que pronto se transformará en desesperación. Cuando llegan, el mercado está acordonado. Decenas de policías peinan el área. Iván está sentado en la oficina de administración temblando, repitiendo una y otra vez la misma secuencia.

 Ella estaba ahí, luego no estaba, no escuchó nada extraño, no vio a nadie sospechoso. A las 19:20, con la luz natural desvaneciéndose, se solicita el acceso a las cámaras de seguridad municipales. El mercado de la AOccota no cuenta con su propio sistema de vigilancia, pero el gobierno de Puebla instaló cámaras en las calles circundantes como parte de un programa de seguridad pública.

 Existen seis cámaras con ángulos que cubren parcialmente las entradas del mercado y algunos pasillos externos. Los técnicos comienzan a revisar las grabaciones inmediatamente. Lo que encuentran genera más preguntas que respuestas. En la cámara número tres, ubicada en la entrada noreste del mercado, se observa a Iván y Camila entrando juntos a las 17:38 horas.

 La niña camina medio paso detrás de su hermano. Ambos desaparecen en el interior del mercado. La cámara número cinco, con ángulo parcial sobre el pasillo central captura fragmentos de su recorrido. A las 17:42 se ve a Iván frente al puesto de verduras. Hay un destello de color rosa en el cuadro, pero la imagen es obstruida por otras personas.

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