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EL CASO QUE CONGELÓ CHILE: UNIÓN, ESCENARIO PERFECTO Y UNA DESAPARICIÓN TOTAL

Daniela tenía 32 años. era arquitecta titulada de la Universidad Católica. Trabajaba en un reconocido estudio de diseño en Isidora Goyenechea, y llevaba 4 años de relación con Nicolás Bravo, ingeniero comercial de 35 años, egresado de la Universidad de Chile. Para quienes los conocían, eran la definición misma de una pareja moderna y exitosa.

habían comprado juntos ese departamento hacía apenas 8 meses, un logro que habían celebrado con una pequeña reunión donde familiares y amigos brindaron por ese paso tan importante en sus vidas. Nunca vi a Daniela tan feliz como cuando recibieron las llaves de ese departamento. Recuerda Javiera, su hermana menor, en una entrevista realizada meses después.

Llevaban años ahorrando para eso. Nicolás y ella tenían todo planificado. Querían casarse en 2020. Ella soñaba con un matrimonio íntimo en una viña del valle de Colchagua. Hablaban de tener hijos en un par de años más. Todo parecía encajar perfectamente. La relación entre Daniela y Nicolás había comenzado de manera casi cinematográfica en 2015 durante un asado en la casa de unos amigos en común en Chicureo.

Él había llegado tarde directamente desde el aeropuerto después de un viaje de negocios a Buenos Aires. Ella estaba sentada en el jardín conversando sobre los últimos proyectos arquitectónicos que estaba desarrollando en el centro de Santiago. Según cuentan quienes presenciaron ese primer encuentro, la conexión fue instantánea.

Nicolás se sentó junto a ella y no se separaron en toda la noche. Era de esas parejas que uno mira y piensa, así quiero que sea mi relación. comenta Rodrigo, amigo cercano de Nicolás, desde la universidad. No eran de esas parejas melosas que andan pegadas todo el tiempo, pero se notaba el respeto mutuo, la complicidad.

Cuando estábamos en algún carrete en Bellavista o en la Astarria, ellos tenían su propio mundo. Se entendían con miradas. Los padres de Daniela, Carmen y Roberto Fuentes, residentes en Viña del Mar, también confirmaban esta impresión. Nicolás era un muchacho educado, trabajador, de buena familia. Cuenta don Roberto, profesor jubilado de historia.

Venía de una familia de ñuñoa, gente de clase media con valores. Su padre era contador y su madre profesora igual que yo. Cuando Daniela nos lo presentó en un almuerzo familiar en el Mercado Cardonal de Valparaíso, nos cayó bien de inmediato. Se notaba que la trataba con cariño y respeto.

Durante esos 4 años de relación, la pareja construyó una vida que muchos considerarían envidiable. Viajaban cada vez que podían. Habían recorrido el sur de Chile, desde Puerto Varas hasta Punta Arenas. Conocían San Pedro de Atacama y el Valle del Elqui. Y habían hecho dos viajes internacionales, uno a Perú para conocer Machu Picchu y otro a Europa, donde pasaron tres semanas entre España, Francia e Italia.

Las redes sociales de Daniela mostraban una secuencia de fotografías sonrientes. Ella y Nicolás en la plaza de armas de Cuzco, ambos con ponchos andinos, una selfie en la Torre Eiel, los dos brindando con vino chileno en una terraza con vista al cerro Santa Lucía. Pero más allá de los viajes y las fotografías perfectas, quienes conocían a la pareja destacaban algo más profundo, la manera en que se apoyaban mutuamente en sus carreras profesionales.

Nicolás había ascendido rápidamente en la empresa minera donde trabajaba, llegando a ocupar un puesto gerencial que le exigía viajar frecuentemente al norte del país, a las faenas en Antófagasta y Copiapó. Daniela, por su parte, acababa de ganar un concurso importante para diseñar un edificio de oficina sustentable en el sector de Nueva Las Condes, un proyecto que representaba un salto significativo en su carrera.

Se admiraban mutuamente, explica Javiera. Daniela estaba orgullosa de los logros de Nicolás y él siempre hablaba maravillas del talento de mi hermana. Cuando ella ganó ese concurso, Nicolás organizó una cena sorpresa en Boragó, uno de los mejores restaurantes de Santiago para celebrarlo. La llevó vendada de ojos en el auto.

Ella lloró de emoción cuando se dio cuenta de lo que había hecho. Los vecinos del edificio de Vitacura, donde vivían, también coincidían en describirlos como una pareja modelo. Doña Eliana, quien vivía en el departamento de al lado, los veía frecuentemente en el ascensor. Siempre saludaban con una sonrisa. Eran muy educados.

Los fines de semana solían salir temprano con ropa deportiva, iban a correr al parque bicentenario o a andar en bicicleta por la ciclovía de Las Condes. Otras veces los veía llegar con bolsas del Jumbo, cargados de compras para cocinar juntos. Se les veía felices, tranquilos. Sin embargo, como en toda relación, no todo era perfecto todo el tiempo.

Algunos amigos cercanos admiten que habían notado ciertos momentos de tensión, especialmente relacionados con los viajes laborales de Nicolás. A Daniela a veces le costaba que él se fuera tanto al norte, reconoce su prima Francisca. No era que ella fuera celosa ni nada por el estilo, sino que lo echaba de menos. Él podía estar dos semanas seguidas en Calama o Antofagasta.

Volvía apenas un fin de semana y luego tenía que viajar de nuevo. Pero ella lo entendía, sabía que era parte del trabajo de él. Nicolás, por su parte, había comentado con Rodrigo en más de una ocasión que sentía culpa por dejar sola a Daniela. Me decía que ella era muy comprensiva, que nunca le reclamaba, pero que él sentía que le debía más tiempo.

Recuerda, Rodrigo. Por eso, cuando pudieron, decidieron comprarse el departamento. Era una forma de Nicolás de decirle, “Esto es nuestro hogar. Aquí vamos a construir nuestra vida juntos.” Era su manera de compensar las ausencias. La familia Bravo, padres y hermanos de Nicolás, también pintaban un cuadro armonioso.

Daniela era como una hija más para nosotros, dice la madre de Nicolás, la señora Patricia. Venía seguido a almorzar los domingos a nuestra casa en Ñuñoa. Le encantaban mis pastel de choclo y las empanadas. Se quedaba ayudándome en la cocina mientras los hombres veían fútbol. Hablábamos de todo, de la pega, de los planes que tenían, de la familia que querían formar.

Nunca, jamás noté nada raro entre ellos. En las semanas previas a lo que cambiaría todo para siempre, la vida de Daniela y Nicolás seguía su curso normal. Él había regresado de un viaje a la mina en Antofagasta el miércoles anterior. Daniela había presentado los primeros bocetos de su proyecto en Nueva Las Condes y había recibido comentarios muy positivos de los inversionistas.

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