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Sophia Loren: La Mujer Más Bella Del Mundo Que Creció Sin Padre y Pasó Hambre De Niña

¿Por qué no me quisiste? lo veía a veces. Ricardo aparecía y desaparecía de su vida como un fantasma. En las raras ocasiones en que volvía, traía una mezcla de ilusión y de dolor, porque cada visita terminaba siempre igual con él marchándose otra vez y con una niña en la puerta, viéndolo irse, aprendiendo demasiado pronto que la gente que más quieres a veces simplemente se va.

Hay un detalle que cuenta toda la historia. Se dice que aquel hombre con el tiempo llegó a reconocer legalmente a Sofía, pero a su hermana pequeña, a María, se negó a darle el apellido. Una hija sí, la otra no. Imagina crecer así, las dos hermanas bajo el mismo techo, una con nombre de padre y la otra sin él, sintiendo desde la cuna que el amor de un hombre se reparte como una limosna.

Mientras tanto, Romilda hacía lo imposible para sacar adelante a sus dos hijas. Daba clases de piano por las casas, tocaba donde podía, aceptaba cualquier trabajo. Era una mujer brillante, con un talento que el destino le había arrebatado, ahora convertida en una madre soltera y pobre en una Italia que despreciaba a las madres solteras.

Toda su frustración, todo su sueño no cumplido, lo volcó en una idea fija, que sus hijas algún día tuvieran la vida que a ella le robaron. De pequeña era enfermiza, pálida, escuálida, tan delgada que los otros niños se burlaban de ella sin piedad en la escuela. La bautizaron con un apodo cruel que se le quedaría pegado durante años.

Stusicedenti el palillo, el mondadientes. Aim, r. era invisible, era flaca, era la hija de la mujer sin marido. En un pueblo católico y chismoso de los años 30, todo eso pesaba sobre ella como una losa. Las vecinas murmuraban, las otras madres la miraban con lástima o con desprecio. Y entonces, cuando ella tenía apenas 5 años, el mundo entero se incendió.

Estalló la Segunda Guerra Mundial. Posuoli no era un pueblo cualquiera, tenía un puerto importante y fábricas de municiones cerca. Eso lo convirtió en un blanco para los bombardeos. Las bombas empezaron a caer del cielo y la infancia de Sofía se transformó en una sucesión de noches de puro terror.

Cierra los ojos un momento e imagínalo. Una sirena que rompe la noche, una niña arrancada del sueño, su madre que la agarra de la mano y la arrastra escaleras abajo. El sonido de cientos de pies corriendo por las calles oscuras, el silvido de los aviones acercándose y el suelo que tiembla cuando las bombas estallan a pocas calles de distancia.

corrían hacia un túnel de tren que usaban como refugio. Allí se apretujaban decenas de familias en la oscuridad húmeda, conteniendo la respiración, rezando, esperando a que pasara el infierno. Una niña de 6, 7, 8 años viviendo eso noche tras noche. Una de esas noches, según ella misma contaría muchos años después, no llegó a tiempo al refugio.

La metralla la alcanzó. Una esquirla le abrió el mentón, sangró sobre la calle y le quedó una cicatriz que llevaría toda la vida escondida bajo el maquillaje en miles de fotografías que el mundo entero admiraría. Piénsalo. La mujer, que sería el símbolo mundial de la belleza, llevaba en la cara una herida de guerra.

Pero el hambre fue todavía peor que las bombas. Hubo días enteros en que solo comían pan duro mojado en agua. Hubo inviernos en que la abuela vendía lo poco que tenían para conseguir algo de comida en el mercado negro. A veces la familia cruzaba caminando hasta Nápoles kilómetros y kilómetros solo para conseguir un poco de agua o un puñado de harina.

Sofía conoció el sabor exacto del hambre, esa sensación de vacío en el estómago que no se va. ese mareo, esa debilidad en las piernas y eso una vez que lo vives de niña, no se olvida jamás. Te marca el alma para siempre. Llegó un momento en que el pueblo quedó tan destruido y tan peligroso que la familia tuvo que huir.

Caminaron hasta Nápoles buscando refugio, durmiendo donde se podía, sobreviviendo entre las ruinas de una ciudad arrasada. Sofía vio cosas que ningún niño debería ver. Cuerpos, hambre por todas partes, madres llorando, la cara más cruda de la guerra, sin ningún filtro. Cuando por fin la guerra terminó y pudieron volver a Potsuoli, encontraron un pueblo herido, gris, lleno de gente rota, pero estaban vivos.

Las dos hermanas estaban vivas. Y para Romilda eso ya era una victoria. contra el destino. Para sobrevivir, la abuela Luisa montó una especie de pequeña taberna improvisada en la casa. Vendían lo que podían, un poco de licor casero, cigarrillos, a veces comida cuando había Sofía, todavía una niña, ayudaba sirviendo a los marineros y a los obreros del puerto.

Veía la vida cruda desde muy pequeña. Aprendió a leer a la gente, a defenderse, a no bajar la mirada. Esa casa pobre, ruidosa y llena de gente le enseñó algo que jamás olvidaría, que la dignidad no tiene nada que ver con el dinero, que se puede no tener nada en el bolsillo y tenerlo todo en el corazón.

Esa lección la llevaría puesta hasta el día en que cenara con Reyes. Y aquí conviene detenerse a mirar algo. Mucha gente cuando piensa en Sofía Loren ve solo a la diosa, a la estrella, al icono inalcanzable. Pero olvida que esa mujer fue antes que nada una niña de la guerra, una sobreviviente. Cada cosa que construyó después la construyó sobre el recuerdo del hambre, del miedo y del abandono.

Esa es la verdadera materia prima de la que estaba hecha Sofía Loren. No el glamour, el hambre. Antes de seguir, quiero pedirte una cosa pequeña. ¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen, porque historias como esta, las del hambre, la guerra y la dignidad conectan a personas de todos los rincones del planeta.

Y ahora sigamos, porque la guerra terminó y la niña flaca estaba a punto de transformarse en algo que nadie ni en sus sueños más locos habría podido imaginar. La guerra terminó en 1945. Italia quedó destruida, hambrienta, humillada. Pero en la casa de la abuela Luisa empezó a ocurrir algo extraño. La niña flaca estaba creciendo y no crecía de cualquier manera.

A los 14 15 años, el palillo había desaparecido por completo. En su lugar había surgido una adolescente alta, de ojos enormes y oscuros, boca generosa y una figura que hacía girar las cabezas en cada esquina. El patito feo del que todos se burlaban se había convertido casi de la noche a la mañana en la muchacha más impactante del pueblo.

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