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MUÑOZ GRANDES: sus soldados lo adoraban, los políticos lo temían, ¿pero cómo era él en realidad?

Pero aquí está la paradoja que hace que esta historia sea tan extraordinaria. Ese mismo hombre, ese general querido, respetado, casi venerado por sus tropas, ese líder que generaba lealtad con una naturalidad que parecía sobrenatural. Ese hombre era una pesadilla para el régimen de Franco.

No porque fuera un enemigo declarado, no porque conspirara abiertamente, sino porque era imposible de controlar, porque tenía criterio propio, porque cuando algo le parecía mal lo decía. Y en la España de Franco, decir lo que uno piensa cuando lo que uno piensa no coincide con lo que piensa el caudillo, era un acto de valentía que podía costarte todo.

Los archivos de la inteligencia española de la época, aquellos que han ido desclasificándose con los años, muestran que Muñoz Grandes era observado, vigilado, que había informes sobre sus conversaciones, sus contactos, sus opiniones, que desde Madrid se seguía con atención creciente cada movimiento de ese general que estaba demasiado lejos como para controlarlo directamente, pero demasiado cerca del corazón de sus hombres como para ignorarlo.

Y entonces llegaron los rumores, los rumores que iban a cambiar todo. Dicen, y hay documentación que lo apoya, que Adolfo Hitler en persona consideró a Muñoz Grandes como una alternativa a Franco al frente de España. Si te está gustando este vídeo, suscríbete al canal. Nos ayuda muchísimo a seguir creciendo. Que el régimen nazi veía en ese general español algo que no veía en el caudillo.

Un verdadero hombre de acción, un líder militar real. alguien que podría ser un aliado más fiable, más comprometido, más manejable desde Berlín. Loeda. ¿Era Muñoz Grandes el candidato de Hitler para gobernar España? Para responder a esa pregunta, tenemos que ir al principio. Tenemos que conocer de dónde venía este hombre, qué lo formó, qué lo convirtió en lo que era.

Porque los grandes enigmas de la historia siempre tienen raíces y las raíces de Muñoz Grandes son tan reveladoras como su propio destino. Madrid, 1896. España es un país en crisis. Lleva décadas siéndolo. El imperio que una vez dominó medio mundo se está desmoronando a cámara lenta. Cuba, Puerto Rico, Filipinas.

Todo se va a perder en apenas dos años en esa guerra desastrosa contra Estados Unidos que los españoles llamarán el desastre del 98. El país está convulsionado, la sociedad está fracturada y en ese clima de decadencia y búsqueda desesperada de identidad, de grandeza perdida, de orgullo herido, nace un niño en una familia de clase media madrileña, Agustín Muñoz Grandes.

Desde muy joven, la orientación es clara, el ejército. No porque la familia sea particularmente militar, sino porque en la España de aquella época, para un joven con ambición y sin grandes recursos económicos, el ejército era uno de los pocos caminos hacia algo que se pareciera a una carrera respetable, una estructura, un código, un sentido de pertenencia.

Lo que nadie podía prever es lo que iba a pasar cuando ese joven llegara a África. Marruecos, las campañas coloniales de los años 20, ese escenario brutal, polvoriento, sin reglas claras, donde el ejército español peleaba contra las cabilas rifeñas en una guerra de guerrillas que consumía vidas con una eficiencia terrible.

Fue allí donde se formaron los oficiales que iban a definir el siglo XX español. Franco estuvo allí, Mola estuvo allí, San Jurjo estuvo allí y Muñoz Grandes también. Pero hay algo en los testimonios de sus contemporáneos de aquella época que llama la atención, algo que lo distingue ya entonces del resto. No es su valentía.

Todos eran valientes o fingían serlo, porque la cobardía en ese ambiente era literalmente mortal para la carrera. No es su eficiencia táctica. Había muchos oficiales eficientes. Es otra cosa. Es la relación con sus soldados. En el ejército colonial español de los años 20, la distancia entre oficiales y tropa era abismal, estructural, casi filosófica.

Los oficiales mandaban, los soldados obedecían y en medio estaba un vacío de humanidad que nadie cuestionaba porque siempre había sido así y siempre iba a ser así. Así funcionaba la institución. Muñoz Grandes no lo entendía de esa manera. Sus subordinados de aquella época recordaban años después, décadas después, que él preguntaba que quería saber de dónde venían sus hombres.

que les explicaba las órdenes en lugar de simplemente darlas, que cuando algo salía mal, no buscaba culpables entre la tropa antes de mirarse a sí mismo. Eso era revolucionario, no en el sentido político, en el sentido más literal, daba la vuelta a las reglas no escritas que todos asumían como naturales.

Y el resultado era predecible para cualquiera que entienda mínimamente la psicología humana. Sus hombres le daban todo porque sentían que él les daba algo a cambio, respeto, consideración, la sensación de que no eran prescindibles. Para finales de los años 20, Muñoz Grandes ya era una figura respetada en el ejército.

No el más famoso, no el más políticamente conectado, pero sí uno de los más queridos entre los que habían servido bajo su mando. Y eso en el mundo militar vale tanto o más que cualquier medalla. Luego llegó la República, luego llegó la guerra civil y en esos años convulsos, Muñoz Grandes tomó decisiones que revelan mucho de quién era en realidad.

No se alineó ciegamente con ningún bando desde el primer momento. Tuvo dudas, tuvo conflictos internos y cuando finalmente tomó partido por el bando franquista, no fue con el entusiasmo del fanático ideológico, sino con la lógica del militar que veía en el caos republicano una amenaza al orden institucional que él respetaba sobre todas las cosas.

Eso iba a ser un problema porque Franco necesitaba fanáticos. Necesitaba leales incondicionales. Necesitaba hombres que no pensaran demasiado. Y Muñoz Grandes pensaba, “Cuéntanos en los comentarios de qué ciudad eres. Nos encanta saber de dónde nos ven.” Siempre había pensado demasiado para el gusto de los que querían obediencia sin preguntas.

El escenario estaba preparado. Los personajes en su lugar y la historia que iba a escribirse en las nieves de Rusia, en los despachos de Berlín, en los salones de El Pardo, iba a ser una de las más extraordinarias y menos contadas del siglo XX español. Europa está en llamas. Hitler lleva 2 años reescribiendo el mapa del continente a base de tanques y bombas.

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