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BETO ÁVILA: el INFIERNO familiar… la TRAGEDIA brutal que lo dejó DESTROZADO

Imagínate Veracruz en los años 20 del siglo pasado, un puerto vivo,  caliente, con olor a mar, a café y a historia mezclados en el aire del Golfo. una ciudad que había visto pasar conquistadores, imperios y revoluciones sin perder su carácter. Una ciudad acostumbrada a ser el punto de entrada y salida de todo lo que llegaba a México desde el mundo exterior y todo lo que  salía de México hacia ese mundo.

En ese puerto, en ese ambiente de mezcla y de movimiento  constante, nació Roberto Francisco Ávila González el 2 de abril de 1924 en un hogar donde los hermanos eran el primer equipo y los primeros rivales. Juan, el mayor, jugaba fútbol  con la seriedad de quien ya ha decidido qué deporte le pertenece. Pedro, el menor, ya empuñaba el bate con esa naturalidad de los que nacen para el béisbol.

Y Roberto, el del medio, miraba todo con ojos que procesaban cada movimiento, cada jugada, cada posibilidad que el deporte podía ofrecer a alguien dispuesto a trabajar por ella. Desde pequeño, Beto demostró tener una coordinación y una lectura del juego que no se enseñan en ninguna academia y que no se compran con ningún dinero.

Se aprenden o no se aprenden. Y él las tenía de manera natural. El béisbol y el fútbol soccer competían por su atención durante esos años de formación, pero el diamante ganó la disputa. Algo en la geometría precisa de ese deporte, en la exigencia técnica que demandaba cada turno al bate, en el duelo íntimo y psicológico entre piter  y bateador.

Conectaba con algo dentro de él que el fútbol no alcanzaba a despertar de la misma manera. Cuentan las  historias de aquella época que Beto tenía una posición muy particular respecto al fútbol, expresada con el humor directo que lo caracterizaría siempre. En alguna conversación que quedó registrada entre viejos peloteros veracruzanos, alguien le preguntó  cuánto dinero se ganaba en el fútbol y la respuesta de Beto fue tan directa como su swing.

El fútbol hay que practicarlo descalso porque uno rompe los zapatos. Así era Beto, con humor, con convicción absoluta y con la certeza de que el béisbol era el camino correcto para él. En 1942 con 18 años comenzó a jugar con las abejas de Córdoba en la Liga invernal veracruzana, desempeñándose como tercera base.

Ese fue su primer paso formal en el béisbol organizado más allá del barrio y las canchas  improvisadas. El béisbol de ligas infernales en Veracruz era competitivo, físico,  sin contemplaciones para los jóvenes que querían abrirse paso entre peloteros más experimentados. Beto se  adaptó sin problema visible.

Más que adaptarse, destacó de una manera que empezó a llamar la atención de personas con conexiones más allá del béisbol veracruzano. Y en 1943 llegó la llamada que cambiaría el rumbo de toda su vida. Los pericos de Puebla de la Liga Mexicana de Béisbol le abrieron las puertas. Roberto Ávila tenía 19 años. Al terminar esa primera temporada con los pericos, la organización le entregó el reconocimiento de novato del año, el premio más importante que un jugador puede recibir en su primera temporada en cualquier liga profesional del mundo.

Grábate ese detalle. 19 años, novato del año, en el  circuito más competitivo del béisbol mexicano. Esto no era un niño con talento jugando en el parque del barrio de Veracruz. Esto era una promesa que ya estaba cumpliendo lo que prometía y que estaba a punto de demostrar que el techo de su carrera era mucho más alto de lo que cualquiera en México podía imaginar en ese momento de 1943.

Los años siguientes con los pericos de Puebla fueron de construcción sostenida y de consolidación progresiva. Temporada tras temporada el promedio de Beto al bate crecía con una consistencia que asombraba. En 1944 bateó punto 344. En 1945 subió a punto 350. En 1946 llegó a punto 359 y en 1947 alcanzó punto 346, suficiente para coronarse campeón bateador de la Liga Mexicana de Béisbol ese año, convirtiéndose en  el primer mexicano en ganar ese título en ese circuito después de 6 años de dominio extranjero en esa categoría

estadística.  Piensa en es un momento. cuatro temporadas seguidas bateando sobre punto 340 con 19, 20,  21, 22, 23 años sin la infraestructura de desarrollo que tienen las organizaciones de las grandes ligas, sin los entrenadores especializados por posición, sin el análisis de video que hoy es estándar en cualquier organización profesional del béisbol en el mundo, solo con talento bruto, disciplina de trabajo rigurosa y un swing que empezaba a hacer la conversación obligada entre buscadores de talentos que comenzaban a hacer

apariciones en los estadios mexicanos para observar al pelotero veracruzano, porque los indios de Cleveland lo estaban mirando con atención creciente y no eran los únicos. La historia dice que varias organizaciones de las Grandes Ligas siguieron a Beto durante esas temporadas en México. Los Yankees de Nueva York también lo entrevistaron y expresaron interés.

Pensemos en lo que eso significa en el contexto de esa época. Los Yankees de Nueva York, el equipo más poderoso del béisbol en esa era. Con J Mayo en el jardín central y el mejor sistema de desarrollo de talentos del béisbol americano querían a un pelotero del puerto de Veracruz. Beto los escuchó, pero las condiciones del  contrato con Cleveland eran más favorables y el destino a veces se decide por los detalles económicos de un contrato.

Fue así como en 1949 Roberto Francisco Ávila González firmó con los indios de Cleveland por $7,500. En aquel momento esa cifra representaba un salto económico y profesional enorme para un pelotero mexicano de 25  años. Beto se convirtió en el cuarto mexicano en pisar los diamantes de las grandes ligas. Escuche esto.

El cuarto mexicano en toda la historia del béisbol en llegar a ese nivel. Cuatro. No, 40, no 400. Cuatro. Valdomero Almada había debutado en 1933 con las medias rojas de Boston. Luego vinieron otros dos antes que Beto, cuatro pioneros en dos décadas. Eso habla del tamaño real de la barrera que existía y del paño extraordinario de lo que significaba cruzarla y mantenerse del otro lado.

El 30 de abril de 1949, Roberto Ávila debutó con los indios  de Cleveland frente a los Tigres de Detroit en el esio municipal de Cleveland. El público idolatraba grandes peloteros ya establecidos como Bob Feller, Bob Lemon y Early Win. El segunda base estelar era Joe Gordon y en la banca esperando su oportunidad estaba un mexicano de 25 años que había cruzado la frontera con $17,500 y el peso de representar a una nación entera.

Comenzaba una nueva era, no solo para él, para el béisbol mexicano completo. Lo que vino después no fue fácil. Las grandes ligas de béisbol en 1949 eran un mundo que apenas empezaba a procesar la integración racial después de que Jackie Robinson la forzara en 1947. El ambiente en los estadios, en los vestuarios, en los hoteles, durante las giras por las ciudades del este y del medio oeste cargaba tensiones que hoy cuesta imaginar en su dimensión real.

Beto Ávila  llegó como mexicano y latinoamericano en un circuito dominado por blancos estadoamericanos y  por Afrafro. Todavía lucha por su propio lugar con toda la fuerza de quien sabe que está peleando por algo más grande que un contrato de béisbol. Un mexicano del puerto de Veracruz era una figura casi completamente exótica en ese contexto de 1949.

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