Hay un hombre de 80 años encerrado en el penal de puente grande. Está en silla de ruedas porque no puede caminar. Está casi ciego porque perdió un ojo y el otro tiene glaucom. Está casi sordo porque el oído izquierdo ya no funciona y el derecho apenas distingue sonidos. Necesita oxígeno suplementario porque sus pulmones están destruidos por la tuberculoso en la cárcel.
Come con dificultad porque le quitaron ocho hernias del estómago. Tiene diabetes, hipertensión, ansiedad crónica, depresión, carcinoma facial vértigo. 22 enfermedades documentadas que lo están matando lentamente detrás de las rejas. Cuando una periodista de Telemundo fue a entrevistarlo, tuvo que pasarle las preguntas escritas en un papel porque no podía escucharlas.
Y lo que ese hombre respondió desde su silla de ruedas fue esto. Perdí todo. Perdí la sensibilidad, los oídos, los ojos. Yo soy un cadáver que no espera más que ser enterrado en la raíz de un árbol. Ese hombre es Miguel Ángel Félix Gallardo. Y si ese nombre no te dice nada, te lo voy a poner en contexto con una sola frase.
Este hombre inventó el narcotráfico mexicano moderno. Todo, cada cártel que existe hoy en México nació de este hombre. Ruta de cocaíza que cruza el país fue trazada por primera vez por este hombre. Cada plaza que se disputan los cárteles, fue asignada originalmente por este hombre.
El Chapo Guzmán trabajó para este hombre. Amado Carrillo Fuentes, el Señor de los Cielos trabajó para este hombre. Los hermanos Arellano Félix de Tijuana trabajaron para este hombre. El gerero Palma trabajó para este hombre. Miguel Ángel Félix Gallardo fue el padrino, el jefe de jefes, el hombre que controló todo el narcotráfico de México durante la década de los 80.
El primero que estableció contacto directo con los carteles colombianos para traficar cocaína a través de territorio mexicano hacia Estados Unidos. El que diseñó el sistema de plazas que dividió México en territorios controlados por diferentes grupos y que sigue funcionando hasta hoy, 40 años después. Y ahora es un anciano ciego, sordo, en silla de ruedas, que le dice a una periodista que su familia está cabando un hoyo para enterrarlo en la raíz de un árbol.
Para armar esta historia cruzamos los expedientes judiciales del caso Kiki Camarena, los registros médicos filtrados del penal de Puente Grande, las resoluciones de la Suprema Corte de Justicia de la Nación sobre las locicitudes de prisión domiciliarias de Félix Gallardo y los informes de la DEA desclasificados sobre la estructura del cártel de Guadalajara.
Y lo que encontramos es la historia del hombre que creó el monstruo que hoy devora a México. El hombre que inventó las reglas del juego queimos de siglo XXI y que lleva 37 años pagando por ello en una celda de la que probablemente nunca va a salir. Pero hay un dato que todavía no te he dicho, un dato sobre lo que pasó con los otros dos fundadores del cártel de Guadalajara, Rafael Caro Quintero y Ernesto Fonseca Carrillo, don Neto, que hace que la situación de Félix Gallardo sea todavía más amarga, porque los tres fueron juzgados por el mismo crimen y de
los tres, el único que sigue pudriéndose en la cárcel es él. Eso lo vamos a ver. Miguel Ángel Félix Gallardo nació el 8 de enero de 1946 en Culiacán, Sinaloas, la capital del estado que décadas después se convertiría en sinónimo mundial de narcotráfico. Pero en 1946, Culiacán era un pueblo agrícola del noroeste de México, donde la vida era dura, el dinero era escaso y las oportunidades para un joven sin conexiones eran prácticamente inexistentes.
Lo que hizo Félix Gallardo para salir de la pobreza fue algo que define toda su historia. se metió a la policía, se unió a la policía judicial federal, la misma policía que supuestamente combatía el crimen. Y desde adentro de esa policía, Félix Gallardo aprendió cómo funcionaba el poder en México. aprendió quién protegía a quién, quién pagaba a quién, dónde estaban las rutas, quiénes eran los contactos, dónde estaban las debilidades del sistema y usó todo ese conocimiento para construir algo que ningún narcotraficante mexicano había construido antes, un imperio organizado.
Porque antes de Félix Gallardo, el narcotráfico en México era un negocio artesanal. pequeños productores de marihuana y amapola en la sierra de Sinaloa, Durango y Chihuahua, que vendían su producto a intermediarios que lo cruzaban a Estados Unidos. No había organización, no había estructura, no había un sistema, cada quien trabajaba por su cuenta.
Félix Gallardo cambió eso para siempre. A finales de los 70 y principios de los 80, Félix Gallardo hizo algo que transformó el narcotráfico mundial para siempre. estableció una alianza comercial directa con los cárteles colombianos de cocaína. Fue el mexicano que cruzó la línea, el que vio la oportunidad donde otros solo veían riesgo.
En esos años, la cocaína colombiana llegaba a Estados Unidos principalmente a través del Caribe y Florida. Los colombianos Pablo Escobar y su cártel de Medellín, los hermanos Rodríguez Orejuela y su cártel de Cali, los hermanos Ochoa. Controlaban la producción en Colombia y el transporte marítimo y aéreo hasta las costas de Florida y los callos de Las Bahama.
El negocio era fabulosamente rentable, pero las autoridades estadounidenses estaban cerrando las rutas del Caribe con operaciones como la fuerza de tarea del sur de Florida, liderada por el vicepresidente George H. W. Bush. Cada vez era más difícil y más caro meter la cocaína por mar o por aire directamente a Florida.
Los colombianos necesitaban una ruta alternativa. Necesitaban un camino que no pasara por las aguas vigiladas del Caribe. Necesitaban un socio que conociera la frontera terrestre entre México y Estados Unidos como La palma de su mano. Necesitaban a alguien que tuviera infraestructura, contactos policiales, protección política y la capacidad logística de mover toneladas de producto a través de miles de kilómetros de territorio.
Félix Gallardo les ofreció todo eso y les ofreció México. El acuerdo era sencillo en su concepción y brillante en su ejecución. Los colombianos entregaban la cocaína en P frontera sur de México en Guatemala o directamente en la costa del Pacífico, mediante lanzamientos aéreos o desembarcos en playas remotas de Guerrero, Oaxaca o Michoacán.
Félix Gallardo se encargaba de todo lo demás. Recoger el producto, almacenarlo en bodegas seguras, transportarlo en camiones, tráilers y avionetas a través de los 2000 km separan la frontera sur de la frontera norte. cruzarlo al otro lado. Ustneles, tráileres con doble fondo, mulas humanas y cientos de putots de cruce que su organización había identificado y comprado a lo largo de la frontera.
A cambio, Félix Gallardo se quedaba inicialmente con un porcentaje del cargamento que oscilaba entre el 30 y el 50%. Un porta fui creciendo a medida que su poder de negociación aumentaba. En cuestión de pocos años, México dejó de ser un productor menor de marihuana y amapola para convertirse en la autopista principal y eventualmente la única, de la cocaína colombiana hacia el mercado más grande y más lucrativo del mundo, Estados Unidos.
Y Miguel Ángel Félix Gallardo era el dueño de esa autopista, el cobrador del peaje, el hombre sin cuyo permiso no cruzaba un solo gramo de cocaína por territorio mexicano. Lo que hizo después fue todavía más importante para entender el México actual. Félix Gallardo creó el sistema de plazas, dividió el territorio mexicano en zonas controladas, plazas, y asignó cada plaza a un operador de confianza.
Tijuana para los hermanos Arellano Félix, el Pacífico para Joaquín el Chapo Guzmán y el Gerüero Palma. Ciudad Juárez para Amado Carrillo Fuentes. El Golfo para otros operadores. Cada operador controlaba su territorio, pagaba una cuota a Félix Gallardo y mantenía la paz con los demás. Era un sistema de franquicias del narcotráfico, un modelo de negocio criminal tan sofisticado que los expertos de la DEA lo compararon con la estructura de la mafia italiana, pero adaptada a la realidad mexicana.
Cada operador pagaba una cuota mensual a Félix Gallardo. A cambio recibía protección política. Félix Gallardo tenía en su nómina a policías, militares, juez, jueces, gobernadores y funcionarios federales que garantizaban que las operaciones no fueran molestadas. recibía acceso a las rutas de transporte que Félix Gallardo había establecido con los colombianos y recibía la garantía de que ningún otro operador iba a invadir su territorio.
El sistema funcionó durante años porque Félix Gallardo tenía algo que ningún otro narcotraficante de su generación tenía, visión empresarial. No era un pistolero de sierra, no era un matón de pueblo, era un hombre que pensaba en términos de mercado, de logística, de relaciones comerciales. Un hombre que se sentaba a cenar con senadores, que asistía a eventos sociales de la élite de Guadalajara, que era fotografiado en fiestas junto a políticos del más alto nivel, un hombre que usaba traje y corbata, no botas y sombrero. Los operadores que trabajaban
bajo Félix Gallardo se convertirían después en los líderes de los cárteles que hoy dominan y ensangrientan México. El Chapo Guzmán, el hombre de Sinaloa, el que se fugó dos veces de prisiones de máxima seguridad, el que fue extraditado a Estados Unidos y condenado a cadena perpetua.
Empezó como un subordinado de Félix Gallardo, que manejaba la logística de los cargamentos en la sierra. Los hermanos Arellano Félix. Los señores de Tijuana, los que convirtieron la frontera con California en un campo de batalla, empezaron como operadores regionales de Félix Gallardo, Amado Carrillo Fuentes, el Señor de los Cielos.
El que movía toneladas de cocaína en aviones Boeing 727, aprendió el negocio bajo las órdenes de Félix Gallardo. El Gerero Palma, socio original del Chapo, trabajó directamente para Félix Gallardo. Cada uno aprendió el negocio bajo sus órdenes. Cada uno recibió su plaza de sus manos. Y cuando Félix Gallardo cayó, cada uno tomó su plaza y la convirtió en un cártel independiente.
Y los cárteles independientes empezaron a pelearse entre ellos. La violencia que vino después, las guerras entre cárteles que han dejado más de 300,000 muertos en México desde los años 90, los miles de desaparecidos, los decapitados en puentes, los cuerpos colgados de pasos a desnivel, los fusilamientos masivos, las fosas clandestinas con cientos de cadáveres.
Es consecuencia directa de la caída de Félix Gallardo, porque cuando el padrino cayó, se rompió el pacto, se acabó el árbitro y los hombres que antes cooperaban bajo un mismo techo empezaron a matarse entre ellos por el control de las plazas que él les había asignado. En cierto sentido macabro, mientras Félix Gallardo estuvo al mando, México tuvo menos violencia vinculada al narcotráfico de la que tiene ahora.
No porque el narcotráfico fuera menos dañino, sino porque había un solo hombre que controlaba todo y que manía la paz entre los operadores. ¡Uf! Cuando ese hombre cayó, el sistema se fragmentó y la guerra comenzó y no ha terminado. Pero antes de que cayera, Félix Gallardo cometió el error que sellaría su destino para siempre.
Un error que ningún narcotraficante en su sano juicio debería haber cometido. Un error que desató la furia de la agencia antinarcóticos más poderosa del mundo. El 7 de febrero de 1985, un agente de la DEA llamado Enrique Camarena Salazar, Kiki Camarena para todos, fue secuestrado a plena luz del día en Guadalajara, Jalisco.

Arena había sido infiltrado en México por la DEA para investigar las operaciones de narcotráfico del cártel de Guadalajara y lo había hecho bien, demasiado bien. Había localizado un rancho gigantesco llamado el búfalo en Chihuahua, donde el cártel cultivaba miles de toneladas de marihuana. La redada creés contra el búfalo resultó en la destrucción de la plantación más grande jamás encontrada en México. Félix Gallardo y sus socios.
Caro Quintero y Don Neto perdieron cientos de millones de dólares con esa redada y decidieron vengarse. Kiki Camarena fue secuestrado cuando salía del consulado estadounidense en Guadalayara, a plena luz del día, en una calle transitada, frente a docenas de testigos que no hicieron nada porque en Guadalayara de los 80 nadie se metía con la gente de Félix Gallardo.
Lo subieron a una camioneta, lo encapucharon y lo llevaron a una casa de seguridad en las afueras de la ciudad. Lo que pasó dentro de Escaza de seguridad durante las siguientes 30 horas es una de las páginas más oscuras de la historia criminal de América Latina y está documentada porque Félix Gallardo ordenó que grabaran todo en cintas de audio que después fueron recuperadas por la DEA.
Los torturadores le rompieron huesos, le perforaron el cráneo con un destornillador, penetrando el cerebro en múltiples puntos. Le aplicaron descargas eléctricas en todo el cuerpo, le quemaron la piel con cigarrillos, lo mantuvieron consciente a la fuerza con inyecciones de lidocaína y anfetaminas para que no se desmayara por el dolor.
Querían que siguiera despierto, que siguiera sintiendo, que siguiera respondiendo preguntas sobre qué más sabía la DEA, quiénes eran los informantes, qué operaciones tenían planeadas, las cintas de audio que grabaron durante la tortura. fueron encontradas años después por investigadores mexicanos y estadounidenses.
En esas cintas se escuchan los gritos de camarena, se escuchan las preguntas de los torturadores, se escucha un médico que estaba presente, contratado específicamente para mantener a Camarena, vivo el mayor tiempo posible durante la tortura. 30 horas, un día y medio de tortura ininterrumpida. Y cuando Kiki Camarena dejó de ser útil, lo mataron.
Su cuerpo y el del piloto mexicano Alfredo Zavala Abelar, que había sido secuestrado y torturado con él, fueron encontrados un mes después en una fosa improvisada en un rancho del estado de Michoacán. Los cuerpos mostraban signos de la tortura que habían sufrido. Huesos rotos, perforaciones en el cráneo, quemaduras. El informe forensé era un catálogo de horror.
El asesinato de Kiki Camarena fue el peor error que el narcotráficos mexicano podía cometer. El error que cambió todo, porque la DEA tiene una regla no escrita que todos sus agentes consoen y que todos los narcotraficantes del mundo deberían memorizar. No se toca a un agente. Si tocas a un agente de la DEA, no importa cuánto tiempo pase.
No importa cuánto dinero gastes en abogados. No importa a cuántos políticos compres, la DEA no va a parar hasta que pagues. La reacción del gobierno estadounidense fue la más feroz que se hubiera visto en la historia de la relación bilateral con México. La DEA lanzó la operación leyenda, la investigación más grande y más costosa en la historia de la agencia hasta ese momento. Inmoviliza decenas de agentes.
Cerraron la frontera de Tijuana durante semanas con la llamada operación intercepción. Una medida que colapsó el comercio binacional y que fue un mensaje directo al gobierno mexicano. Cooperan o cerramos todo. Presionaron a cada nivel del gobierno de México. Amenazaron con desertificar a México como socio en la lucha antinarcóticos, lo que habría significado sanciones económicas devastadoras, y juraron que todos los responsables del asesinato de camarena iban a pagar, sin excepción, sin importar cuánto tiempo tardaran.
Rafael Caro Quintero fue detenido primero en Costa Rica en abril de 1985, apenas dos meses después del asesinato. Don Neto fue capturado poco después en Puerto Vallarta, pero Félix Gallardo, el más poderoso de los tres, el verdadero cerebro de la operación, el hombre con más conexiones políticas y más recursos para esconderse, logró evadir la justicia durante 4 años más.
4 años en los que siguió operando como si Natiera pasado. Cuatras en los que siguió viviendo en Guadalajara, en sus mansiones. Rodeado de lujos, atendiendo reuniones con sus operadores, repartiendo plazas, moviendo cocaína. 4 años en los que nadie se atrevía a tocarlo porque tenía protección política al más alto nivel del gobierno mexicano.
Dice que gobernadores, secretarios de Estado y altos mandos militares estaban en su nómina. Y mientras la DEA exigía Suga con una furia creciente, el gobierno mexicano ponía excusas, retrasaba operativos y miraba para otro lado. La relación entre México y Estados Unidos se deterioró a niveles críticos. Los estadounidenses sospechaban con razón que funcionarios mexicanos de alto nivel protegían a Félix Gallardo.
La desconfianza entre las dos agencias antinarcóticos era total. La DEA ya no compartía inteligencia con las autoridades mexicanas porque sabía que cualquier información que les diera terminaba en manos de los narcos. Finalmente, la presión se volvió insostenible. El gobierno de Carlos Salinas de Gortari, que había tomado posesión en diciembre de 1988, necesitaba demostrar a Estados Unidos que México estaba comprometido con la lucha contra el narcotráfico.
Necesitaba un gesto, un símbolo, y el símbolo fue Félix Gallardo. En abril de 1989, agentes federales mexicanos ejecutaron la operación de captura más significativa en la historia del narcotráfico mexicano hasta ese momento. Llegaron a una lujosa mansión de la zona Cosmos de Guadalajara, una de las colonias más exclusivas de la ciudad, donde Félix Gallardo vivía con su familia, rodeado de todo lo que el dinero del narcotráfico podía comprar.
Muebles importados, obras de arte, jardines diseñados por paisajistas, vehículos de lujo, servicio doméstico completo. Los policías que participaron en la detención y que después lo custodiaron durante el traslado, describieron la escena como la captura de un hombre que parecía más un empresario exitoso que un narcotraficante.
Se referían a él como un caballero. No opuso resistencia, no sacó un arma, no intentó huir por una puerta trasera, no insultó a los agentes, se entregó con la dignidad fría de un hombre que sabía que este momento iba a llegar, pero que había calculado mal cuánto tiempo podría retrasarlo. Hubo disparos, no hubo persecución, no hubo helicópteros ni explosiones, solo un hombre de 43 años con traje bien cortado saliendo de su mansión con las manos esposadas, subiendo a un camioneta de la policía judicial federal, dejando atrás la vida de lujo que había
construido durante dos décadas de narcotráfico. Fue la última vez que Miguel Ángel Félix Gallardo pisó una casa que no fuera una celda. Lo trasladaron al penal federal de Puente Grande en Jalisco, el Centro Federal de Readaptación Social número 2, una de las prisiones de máxima seguridad de México.
Y ahí empezó una reclusión que ya lleva 37 años y que probablemente no va a terminar nunca. Félix Gallardo y seguir operando desde la cárcel. en los primeros años de su reclusión, según los reportes de inteligencia, mantuvo comunicación con sus operadores afuera. La corrupción dentro del sistema penitenciario mexicano era, y sigue siendo tan profunda que un preso con dinero suficiente puede tener teléfono celular, visitas no autorizadas, comida del exterior y prácticamente cualquier comodidad que pueda pagar.
Pero Félix Gallardo ya no tenía el poder que tenía antes. Sus operadores ya no le respondían. Cada uno había tomado su plaza y se había independizado. El Chapo estaba construyendo su propio imperio en Sinaloa. Los Arellanos Félix estaban consolidando Tijuana. Amado Carrillo estaba volando Boeing, cargados de cocaína entre Colombia y México. Nadie necesitaba ya al padrino.
El cistesta él había creado funciona sin él y los hombres que él había formado eran ahora más poderosos que su maestro. Félix Gallardo quedó solo, abandonado por sus operadores, olvidado por los políticos que antes le rendían pleitesa, encerrado en una celda de máxima seguridad donde los años empezaron a pasar uno detrás de otro sin que nada cambiara, sin visitas importantes, sin llamadas de los poderosos, sin nada que le recordara que alguna vez fue el dueño de México y el cuerpo empezó a cobrarle la factura. Félix Gallardo fue juzgado y
condenado dos veces en procesos separados. La primera condena fue de 40 años de prisión por delitos contra la salud, tráfico de cocaína a gran escala, acopio de armas de fuego y cohecho. Es un sentencia que por sí sola significa morir en la cárcel si la cumples desde los 43 años. La segunda condena fue todavía más pesada, 37 años de prisión por el secuestro y homicidio de la gente de la DEA, Enrique Kiki Camarena Salazar, y del piloto mexicano Alfredo Zavala Abelar, 37 años por un crimen que Estados Unidos nunca va a permitir que
se perdone ni se olvide. Más una indemnización de casi 21 millones de pesos, poco más de millón de dólares al tipo de cambio actual. a las familias de Camarena y Zavala. 77 años de prisión en total entre las dos sentencias, 77 años. Ni siquiera si Félix Gallardo viviera hasta los 120 años de edad podría cumplir esas dos condenas completas.

Son sentencias que no están diseñadas para rehabilitar ni para castigar proporcionalmente. Son sentencias diseñadas para un solo propósito, que Miguel Ángel Félix Gallardo muera en la cárcel. Que el último aliento que tome sea dentro de los muros de un penal. Que la última imagen que vean sus ojos, si es que todavía pueden ver algo, sea el techo de una celda y no el cielo de Sinaloa.
Y todo indica que eso es exactamente lo que va a pasar, porque lo que Puente Grande le ha hecho a Félix Gallardo en 37 años, ese es un estudio de caso sobre lo que la cárcel le hace al cuerpo humano cuando te encierra. Durante décadas sin atención médica adecuada, el hombre que entró a la cárcel en abril de 1989 tenía 43 años. Era fuerte, estaba sano.
Caminaba erguido con la postura de un hombre acostumbrado a que los demás le abrieran paso. Veía perfectamente. Escuchaba cada palabra, cada susurro, cada conspiración a sus espaldas. tenía el control absoluto de todo lo que pasaba a su alrededor. El hombre que está ahí hoy tiene 80 años y la lista de lo que ha perdido dentro de esos muros es un inventario de destrucción fisica que pondría de rodillas a cualquier ser humano.
Lo que los médicos llaman atrofia del globo ocular. El ojo se fue encogiendo lentamente durante años, perdiendo funcionalidad, perdiendo capacidad de captar luz, hasta que dejó de funcionar por completo y se convirtió en una esfera inerte dentro de la cuenca. No hay operación que lo recupere, no hay tratamiento que lo devuelva.
El ojo derecho de Félix Gallardo está muerto. El ojo izquierdo tiene glaucoma avanzado, una presión intraocular elevada que destruye el nervio óptico de forma gradual e irreversible. Tratamiento especializado constante, gotas específicas, controles periódicos con equipos de diagnóstico avanzado, posiblemente cirugía láser.
El glaucoma lleva inevitablemente a la ceguera total. En el penal de Puente Grande no hay un oftalmólogo con equipo de diagnóstico de última generación. El tratamiento que recibe es básico, insuficiente, inadecuado para detener la progresión de la enfermedad. La ceguera total avanza día a día, semana a semana. En julio de 2022, lo sacaron brevemente de Puente Grande para llevarlo a un hospital externo donde le practicaron exámenes para determinar si era posible salvar el ojo que le quedaba y recuperar algo de audición. Los resultados no se
hicieron públicos, pero el hecho de que siga casi ciego y casi sordo indica que los exámenes no arrojaron buenas noticias. Perdió el oído izquierdo. Sordera total confirmada. El oído derecho funciona apenas. El expediente médico dice muy mala audición derecha, que en términos prácticos significa que solo escucha sonidos muy fuertes, muy cercanos, directamente dirigidos a su oído.
Una conversación normal es imposible. Para comunicarse con alguien necesita que le griten al oído derecho o que le pasen las preguntas escritas en un papel. La periodista de Telemundo, que lo entrevistó en agosto de 2021, tuvo que escribir cada pregunta en una hoja de papel y pasársela para que pudiera leerla con el único ojo que le quedaba parcialmente funcional.
Así fue la entrevista. Pregunta escrita en papel, respuesta oral en un hilo de voz. Perdió la capacidad de caminar. Usa silla de ruedas de forma permanente. La combinación de hernia de disco en la columna vertebral. Vértigo de larga evolución que le produce mareos y pérdida de equilibrio constante y deterioro muscular severo por décadas de inactividad en una celda de pocos metros cuadrados.
Lo dejaron completamente incapaz de sostenerse sobre sus propias piernas. El hombre que caminaba por los pasillos de las mansiones de Guadalajara con la autoridad silenciosa de un rey, el hombre que entraba a los restaurantes y todo el mundo se ponía de pie. El hombre que se paraba frente a una mesa con un mapa de México y repartía el país entre sus subordinados.
Ese hombre ahora necesita que alguien lo empuje en una silla de ruedas para ir del catre al baño y probablemente necesita ayuda incluso para eso. Le operaron el estómago, le quitaron ocho hernias, le detectaron esofagitis, una inflamación crónica del esófago que hace que tragar alimentos sea doloroso. tiene diabetes mellitus que requiere control constante de glucosa, hipertensión arterial que necesite casaria para evitar un infarto o un derrame cerebral, tuberculosis pulmonar latente que contrajo dentro del penal. Una enfermedad que en el exterior
se trata y se cura, pero que en una prisión con ventilación deficiente se convierte en una bomba de tiempo respiratoria. Neumonía adquirida en el reclusorio que le dañó los pulmones de forma permanente y que lo obliga a usar oxígeno suplementario. Carcinoma facial, un tipo de cáncer de piel en la cara. Hipertrofia de próstata benigna, ansiedad crónica, depresión diagnosticada.
22. padecimientos documentados por el área médica del sistema penitenciario de Jalisco y dos formas en las que el cuerpo de Félix Gallardo se está apagando. En la entrevista con Telemundo desde su silla de ruedas, con la voz de un hombre que ya se rindió, dijo, “Fui seccionado del estómago, me quitaron ocho hernias, me privaron de la vista, de los oíos y no puedo caminar.
” Y después agregó algo que es probablemente la frase más desoladora. ¿Qué ha dicho un narcotraficante en la historia de México? Mi familia está haciendo un hoyo para yo ser enterrado en un árbol. Un hoyo para ser enterrado en un árbol. Ese es el futuro que el fundador del narcotráfico mexicano moderno ve para sí mismo.
No una fuga espectacular como la del Chapo. No una negociación con el gobierno, no una extradición a Estados Unidos, donde al menos las prisiones tienen calefacción y atención médica. un hoyo en la tierra debajo de un árbol en algún lugar de Sinaloa. Y aquí viene el dato que hace que la situación de Félix Gallardo sea la más amarga de las tres y posiblemente la más injusta desde una perspectiva puramente legal, porque él no fue el único fundador del cártel de Guadalajara.
Fueron tres: Félix Gallardo, Rafael Caro Quintero y Ernesto Fonseca Carrillo, don Neto. Los tres fueron los arquitectos del narcotráfico mexicano moderno y los tres fueron acusados del asesinato de Kiki Camarena. Los tres fueron juzgados y condenados, pero a mayo de 2026, de los tres, el único que sigue pudriéndose en una cárcel mexicana es Félix Gallardo.
Doneto, el más viejo de los tres, obtuvo prisión domiciliaria en 2017 por su avanzada edad y su deterioro de salud irreversible. vivió los últimos años en su casa con vigilancia electrónica, pero en su casa y en abril de 2025 fue puesto en libertad definitiva después de décadas de reclusión. Libre a sus 90 años, libre para morir en su casa, rodeado de su familia en su cama, no en un catre de penal.
Después de todo lo que hizo, después de participar en el secuestro y asesinato de un agente de la DEA, don Neto murió como hombre libre. Rafael Caro Quintero tuvo una historia más accidentada, fue condenado en México y estuvo preso hasta 2013, cuando un tribunal federal lo liberó por un tecnicismo jurídico. Determinaron que había sido juzgado por un tribunal federal cuando el delito correspondía a un tribunal estatal, un tecnicismo, una cuestión de jurisdicción.
Y Caro Quintero caminó libre, libre durante 9 años. vivió en la sierra de Sinaloa como un fantasma. hasta que en julio de 2022 un operativo de la Marina Mexicana, con apoyo de inteligencia de la DEA, lo recapturó escondido en un rancho en la Sierra de Sinaloa y en febrero de 2025 fue extraditado a Estados Unidos para enfrentar cargos en una corte federal de Brooklyn, Nueva York, por el secuestro, tortura y asesinato de Kiki Camarén.
Es decir, don Neto está libre o muerto libre. Caro Quintero está en una cárcel federal de Estados Unidos que, por terrible que sea, tiene calefacción, atención médica real, comida con control de calidad y derechos que las cárceles mexicanas no garantizan. y Félix Gallardo, el más poderoso de los tres. el cerebro detrás de todo el sistema.
El padrino que creó el monstruo sigue en puente grande, ciego, sordo, en silla de ruedas, con 22 enfermedades que lo están matando centímetro a centímetro, con una prisión domiciliaria concedida, pero nunca ejecutada por falta de un brazalete electrónico, esperando un hoyo debajo de un árbol que probablemente nunca va a ver, porque cuando lo entierren ya habrá perdido los dos ojos.
Y mientras Félix Gallardo se pudre en Puente Grande, su historia se convirtió en entretenimiento global. Netflix produjo narcos México, una serie donde el actor Diego Luna interpreta a Félix Gallardo como un hombre carismático, inteligente, calculador, casi seductor en su manera de mover las piezas de la ajedrez criminal.
La serie fue vista por decenas de millones de personas en todo el mundo y convirtió a Félix Gallardo en un personaje de cultura pop, el narco elegante de los 80, el padrino mexicano, el hombre que lo controlaba todo desde su escritorio de Caoba mientras bebía whisky y negociaba con colombianos. La serie mostró su ascenso, mostró cómo creó el sisema de plazas, mostró cómo negoció con los colombianos.
mostró cómo manejaba policías y políticos como títeres y millones de espectadores la vieron fascinados, algunos incluso admirando al personaje. Pero Netflix no mostró lo que vino después. No mostró lo que 37 años de prisión le hacen a un ser humano. No mostró al hombre de 80 años en silla de ruedas que le dice a una periodista que es un cadáver esperando ser enterrado.
No mostró las ocho hernias que le quitaron del estómago. No mostró el ojo que se le atrofió hasta dejar de funcionar. No mostró el oído que se apagó. No mostró la tuberculosis que contrajo dentro de la cárcel. No mostró el carcinoma que le está comiendo la cara. Porque eso no es entretenimiento, eso es la realidad.
Y la realidad de Miguel Ángel Félix Gallardo en 2026 es tan lejos del glamur de Netflix como Puente Grande está de Culiacán. Una distancia que se mide en años perdidos, enfermedades acumuladas y dignidad destruida. A finales de mayo de 2026, Miguel Ángel Félix Gallardo sigue en el penal de Puente Grande en Jalisco. Lleva 37 años preso.
Es el narcotraficante mexicano con más tiempo ininterrumpido en prisión. Su caso legal es un laberinto cfquiano que resume todo lo que está mal con el sistema judicial mexicano. En septiembre de 2022, un juez de distrito le concedió la prisión domiciliaria para una de sus dos condenas, la de 40 años por narcotráfico, acopio de armas y cohecho.
El juez determinó que su estado de salud era tan deteriorado que el penal no podía brindarle la atención médica que necesitaba. 22 enfermedades, casi ciego, casi sordo, en silla de ruedas. El dictamen médico del propio sistema penitenciario de Jalisco recomendó el arresto domiciliario, pero la prisión domiciliaria nunca se ejecutó.
La razón es absurda, pero real. La empresa privada encargada de proveer y monitorear los brazaletes electrónicos de geolocalización, terminó su contrato con el gobierno. No había brazalete disponible para ponerle a Félix Gallardo y sin brazalete no podía salir del penal. un problema administrativo, un contrato vencido, una empresa privada que no renovó un acuerdo de servicio y por eso un anciano de 80 años con 22 enfermedades yo encerrado en una celda de máxima seguridad.
Mientras tanto, la segunda condena 37 años por el asesinato de Kiki Camarena, nunca obtuvo el beneficio de prisión domiciliaria. Los tribunales se negaron una y otra vez. La Suprema Corte rechazó sus recursos en 2022. Le negaron amparos, le rechazaron peticiones, le cerraron todas las puertas. En mayo de 2025, su defensa interpuso un nuevo recurso ante la Suprema Corte para que atrajera su caso del asesinato de camarena y revisara si ameritaba prisión domiciliaria.
Otro recurso más en una cadena interminable de recursos legales que no han logrado sacarlo de puente grande. La Suprema Corte ya le rechazó peticiones idénticas antes y todo indica que esta vez el resultado no será diferente porque el caso Kiki Camarena es el caso que Estados Unidos nunca va a dejar que se cierre. La DEA no olvida.
Los agentes de la DEA no perdonan que maten a uno de los suyos. Y mientras Washington tenga influencia sobre la política antinarcóticos de México, ningún juez mexicano se va a atrever a darle la libertad. Al hombre acusado de ordenar la tortura y el asesinato de un agente estadounidense, Félix Gallardo va a morir en la cárcel.
Eso es lo que dicen los números, los expedientes, las resoluciones judiciales y la lógica política. a sus 80 años con 22 enfermedades documentadas, ciego de un ojo y casi ciego del otro, sordído y casi sordo del otro, en silla de ruedas, con 77 años de condenas acumuladas, sin haber logrado la prisión domiciliaria efectiva, sin haber ganado un solo recurso ante la Suprema Corte de Justicia de la Nación.
La única forma en que Miguelang Félix Gallardo va a salir de Puente Grande es dentro de un ataúd siquiera eso. Quizás lo saquen en una bolsa negra con cierre, como sacan a los presos que mueren en los penales mexicanos, sin ceremonia, sin flores, sin discurso, porque el caso Kiki Camarena es el caso que Estados Unidos nunca va a dejar que se cierre.
La DEA no olvida, los agentes de la DEA tienen una memoria institucional que trasciende generaciones. Los agentes jóvenes que hoy trabajan en México probablemente no habían nacido cuando Camarena fue torturado y asesinado en 1985, pero conocen su nombre, conocen su historia y saben que la promesa que la DEA hizo en 1985, que todos losres responsables iban a pagar, sigue vigente 40 y un años después, mientras Washington tenga influencia sobre la política antinarcóticos de México y la tiene y la va a seguir teniendo. Ningún juez
mexicano se va a atrever a darle la libertad al hombre acusado de ordenar la tortura y el asesinato de un agente estadounidense en suelo mexicano. Eso sería una afrenta que Estados Unidos no toleraría y México no puede permitirse esa confrontación. Así que Félix Gallardo va a seguir en puente grande, ciego, sordo, en silla de ruedas, con 22 enfermedades, esperando un final que él mismo describió con con las palabras más desoladoras que un ser humano puede pronunciar.
Yo soy un cadáver que no espera más que ser enterrado en la raíz de un árbol y eso es lo que sabe. Por eso le dijo a la periodista de Telemundo que su familia está haciendo un hoyo. No un hogar para recibirlo, no una cama para cuidarlo en sus últimos días, no una habitación con flores y ventanas donde pueda morir en paz rodeado de los suyos.
un hoyo para enterrarlo, porque sabe que no vas a salir vivo de Puente Grande. El hombre que fue dueño de México durante una década, el hombre que tenía a policías, jueces, gobernadores, generales y secretarios de Estado en su nómina, el hombre que cenaba con la élite política de Guadalajara y que era recibido como un empresario respetable en los círculos más exclusivos del país.
hombre que decidía cuántas toneladas de cocaína cruzaban el país cada mes y que cobraba un porcentaje por cada gramo. El hombre que sentaba a sus subordinados alrededor de una mesa con un mapa de México y les repartía el territorio nacional como si fuera un pastel que le perteneciera. El hombre que creó el sistema que produjo al Chapo Guzmán, a Amado Carrillo Fuentes, a los Arellano Félix, al Gerüero Palma, a Sandra Ávila Beltrán, su propia sobrina, a toda una generación de narcotraficantes que aprendieron el negocio bajo sus órdenes
y que después lo superaron en poder, en violencia y en notoriedad. Ese hombre hoy no puede ver la luz del sol que entra por la ventana de su celda. No puede escuchar los pasos en el pasillo. No puede levantarse de la silla para ir al baño sin ayuda. No puede leer su propia sentencia porque ya no ve las letras.
No puede escuchar las resoluciones judiciales porque ya no oye las palabras. Solo puede esperar alguien venga a sacarlo de la silla de ruedas y lo lleve al hoyo. Está acabando. Ese es el final del padrino, del jefe de jefes, del fundador del narcotráfico mexicano moderno, del hombre que cambió la historia de México para siempre y no para bien.
No un balazo en una emboscada como mueren tantos narcos. No una fuga espectacular como la del Chapo por un túnel con rieles y motocicicleta. No una extradición a Estados Unidos con cámaras y helicópteros como la de Caro Quintero. No un juicio mediático en una corte de Nueva York con jurado y traductores como el de García Lun, un hoyo debajo de un árbol eso nada más.
un hoyo cabado por su propia familia en algún rancho de Sinaloa, esperando a que llegue un ataúdano ciego, sordo, en silla de ruedas, que fue el hombre más poderoso de México y que hoy no puede ni ver la tierra donde lo van a enterrar. La vida le cobró a Félix Gallardo todo lo que la justicia tardó 40 años en cobrarle y se lo cobró con intereses.
Le quitó los ojos, los oídos, las piernas, la salud, la familia, la dignidad, la esperanza y hasta la capacidad de escuchar su propia sentencia. Si quieres conocer sa historias de los otros capos que trabajaron para Félix Gallardo y cómo terminaron ellos también destruidos por el sistema que él creó, suscríbete al canal.
El próximo caso es igual de devastador.