Los cubanos llegaron a México pensando que podrían hacer lo que quisieran y vivir sin reglas… pero jamás imaginaron la reacción brutal que encontrarían
aviones despegando uno tras otro desde territorio nacional con un solo destino, la Jabaná. Vuelos llenos, eh sin eh retorno y una política de estado implacable que nadie, absolutamente nadie vio Venier. Muchos pensaban que esto jamás sucedería, que nuestro país simplemente agacharía la cabeza. abriría las puertas y asumiría el costo de una crisis que no provocamos.
Los migrantes cubanos que cruzaron fronteras enteras llegaron con una idea muy clara en la mente. Pensaban que podrían vivir aquí como quisieran, que el gobierno cedería a sus presiones y que la frontera sur sería su nuevo hogar financiado por los impuestos de nuestra gente. Pero la realidad les golpeó la cara con una fuerza brutal.
Las deportaciones masivas han comenzado y lo que está pasando en este preciso momento está sacudiendo no solo las calles del sur, sino los pasillos del poder en Washington. Tienes que escuchar muy bien lo que se está desatando porque esto ya no es una simple nota de migración, esto es un jaque mate geopolítico.
¿Qué cae esto durante meses? Una crisis eh silenciosa fue creciendo en la frontera sur. Miles y miles de cubanos que salieron de su isla, que lo vendieron absolutamente todo, que perdieron sus casas y sus negocios huyendo de su gobierno. E llegaron con la brújula apuntando hacia Estados Unidos e pero se toparon con un muro burocrático y fronterizo inquebrantable.
Al ver que el sueño americano se les esfumaba en las narices, decidieron que el sueño mexicano era su plan de respaldo. Y ojo aquí, porque no llegaron pidiendo asilo temporal en silencio como en años anteriores. Al cerrarse las fronteras del norte, comenzaron a exigirle al Estado mexicano derechos estructurales.
Escuchaste bien. Exishir. Empezaron a plantarse pidiendo permisos de residencia indefinidos, derecho al trabajo inmediato, asistencia sanitaria gratuita y alojamiento. Querían que se les resolviera la vida en un país donde nuestra propia gente, nuestros propios ciudadanos se levantan a las 5 de la mañana a partirse el lomo batallando para conseguir la chuleta del día, enfrentando una economía que a duras penas puede darnos seguridad social a nosotros mismos.
¿Cómo es posible satisfacer estas demandas colosales? La respuesta corta es que no se puede y la respuesta del gobierno fue dar un golpe sobre la mesa que dejó a la comunidad internacional helada. El mensaje fue claro y contundente. No somos el refugio para resolver los problemas crónicos, económicos y políticos de otros países.
Y aquí viene lo interesante, la parte que los medios tradicionales intentan maquillar. El presidente estadounidense Donald Trump, con ese tono amenazante y soberbio que le caracteriza, lanzó una advertencia velada apuntando directamente contra nuestra nación por el tema de las deportaciones de cubanos.
Prácticamente dijo que nos íbamos a arrepentir mucho si seguíamos con esta postura. quería marcarnos la agenda, dictarnos cómo eh manejar nuestras fronteras, pero la respuesta de la presidenta Claudia Shabound fue el verdadero parteaguas de esta historia. Lejos de intimidarse, cerró las puertas ante este duro mensaje.

Le demostró a Washington que las decisiones de nuestra soberanía se toman aquí. No. Hola. Esta no es una medida administrativa cualquiera para calmar las aguas de la política interna. Piénsalo bien. Estamos ante un punto de inflexión geopolítico crítico. Las operaciones a gran escala para expulsar a miles de cubanos atrapados en diversas regiones del país, están alterando por completo los equilibrios diplomáticos en América Latina.
cambiaron las rutas migratorias de Tajo YC. Esto podría tensar las relaciones con nuestro vecino del norte, podría salpicar el enorme volumen comercial, eh los acuerdos aduaneros y la cooperación en seguridad. Los mercados están inquietos, sí, pero la dignidad nacional y el orden público no se negocian. Ahora acompáñame a ver la realidad cruda en las calles, porque la teoría suena muy bien en los escritorios de los analistas, pero el terreno es un hervidero.
La ciudad de Tapachula, el epicentro de esta tormenta, ya no parece una ciudad. Lleva mucho tiempo pareciendo más una prisión al aire libre, una sala de espera gigantesca a punto de reventar. Los refugios del Instituto Nacional de Migración están completamente desbordados, rebasados a niveles ridículos. Los hospitales locales no se dan abasto con la creciente demanda.
Los parques públicos, esos lugares donde las familias mexicanas solían salir a caminar los domingos, hoy están cubiertos. Tapizados de tiendas de campaña improvisadas, las calles huelen a desesperación y los testimonios terizan la piel. Hay cubanos gritando a los cuatro vientos que prefieren morirse antes que ser deportados a la isla, que en Cuba lo perdieron todo por culpa del régimen y que si les toca dar la vida, la darán.
Alegan que se le esforzó a venir a este país, que pasaron a la fuerza porque Estados Unidos le cerró la puerta y nosotros los teníamos que aceptar. Pero la pregunta es, ¿hasta qué punto podemos estirar la liga antes de que se rompa? La tensión entre la población local y los migrantes ha escalado a niveles verdaderamente peligrosos.
Los alquileres en el sur se han disparado hasta el cielo. La competencia desleal en el mercado laboral informal está asfixiando a los trabajadores locales y las infraestructuras básicas están colapsando. La presión de la ciudadanía mexicana sobre el gobierno central llegó a su límite.
La gente empezó a exigir intervención y con justa razón es una tragedia humana. Sí, pobre gente, eh, como dicen muchos en las en las calles, es una necesidad y nadie sabe quién los ilusionó vendiéndoles la mentira de que Tapachula era un paraíso terrenal listo para darles trabajo y dinero gratis. Pero la empatía tiene un límite cuando la supervivencia de tu propio pueblo está en juego.
Y es entonces cuando los migrantes, sintiendo el rigor de la ley, empezaron a denunciar supuesta xenofobia y maltratos, exigiendo ayuda, quejándose de la comida, durmiendo en las calles y dependiendo de las remesas que si no llegan desde Estados Unidos, los dejan viendo su suerte más negra que nunca. Y de repente el tablero cambió. La política de estado se volvió sistemática, intransigente, una maquinaria que no se detiene.
Las devoluciones aisladas y esporádicas se acabaron. Hoy hablamos de vuelos masivos, de organizaciones de derechos humanos pegando el grito en el cielo, acusando a las autoridades de falta de transparencia, diciendo que obligan a subir a los aviones a quienes buscan asilo sin darles mecanismos de defensa jurídica.

