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Emperatriz Masako: La Mujer Que Rechazó 5 Veces a un Príncipe… y Perdió 20 Años de su Vida

 Y lo más grave para la Corte Imperial de Tokio, la princesa heredera había perdido completamente la voluntad de seguir representando públicamente al país que la había recibido. Durante los siguientes 20 años, entre 2003 y 2023, la princesa Masaco de Japón iba a desaparecer casi completamente de la vida pública. 20 años de depresión clínica grave, 20 años de silencio absoluto detrás de los muros milenarios del Palacio imperial de Tokio.

 20 años en los que una de las mentes más brillantes de toda Asia fue silenciosamente destruida por las reglas implacables de la corte imperial más cerrada del mundo entero. ¿Qué pasó realmente con la mujer que tenía todo lo que el mundo creía que valía la pena tener? ¿Cómo es posible que una diplomática japonesa formada en las mejoras universidades del mundo terminara a los 40 años sin poder hablar en público de su propia vida? Esta es la historia de la princesa Masaco o guada de Japón, la mujer que sacrificó su carrera diplomática brillante, su

libertad personal, su salud mental y todos sus sueños profesionales por amor a un príncipe heredero japonés. Una historia que combina en una sola vida los elementos más extraordinarios de la sociedad japonesa contemporánea. Choque cultural entre Occidente y la tradición imperial milenaria. La presión devastadora de una corte real que durante 20 años exigió a una mujer brillante producir un heredero varón y el silencio forzado de una mente excepcional encerrada en una jaula dorada que ningún occidental podría

comprender realmente. Pero antes del palacio, antes del quimono nucal. Antes incluso del primer encuentro con el príncipe Narujito, hay que volver a Tokio en diciembre de 1963, donde nació una niña en una familia diplomática japonesa privilegiada que iba a determinar todo el resto de su vida.

 Para entender qué pasó esa tarde de mayo de 2003 en el Palacio Imperial de Tokio, tenemos que volver al principio a un hospital del barrio Toquiota de Toranomon en 1963. 9 de diciembre de 1963, Tokio, Japón, barrio diplomático de Toranomon. En el Hospital Universitario Toranomon, una mujer japonesa de 29 años llamada Yumiko Egashira está dando a luz a su primera IFA.

 Su marido, un joven diplomático japonés de 31 años llamado Jisashi Wada, está esperando en la sala de espera leyendo silenciosamente un libro de derecho internacional escrito en inglés. En unos años, ese mismo libro lo iba a hacer famoso como uno de los principales expertos japoneses en derecho diplomático del siglo XX. A las 4:30 de la tarde nace una niña, le ponen el nombre de Masaco o Guada y durante los siguientes años esa pequeña Masaco iba a ser educada de una manera radicalmente diferente a la mayoría de las niñas japonesas de su generación. La

familia Oada pertenecía a una élite específica del Japón de la posguerra. No eran nobles, no tenían ningún apellido aristocrático tradicional japonés, pero pertenecían a algo que en el Japón de los años 60 era todavía más prestigioso que la nobleza. pertenecían a la élite diplomática del país, una élite extremadamente pequeña, extremadamente educada internacionalmente, que había construido el milagro económico japonés de la posguerra a través de las relaciones comerciales con Estados Unidos y Europa. El padre Hisashiowada

durante los siguientes 30 años iba a convertirse en una de las figuras más respetadas de la diplomacia japonesa contemporánea. Embajador del Japón ante las Naciones Unidas en los años 90. presidente del Tribunal Internacional de Justicia de la Aya entre 2009 y 2012. Y lo más importante para la pequeña Masaco, un padre que iba a creer absolutamente en el potencial intelectual de su hija desde el primer día.

 Hay un detalle particular de los primeros años de Masaco que pocas biografías japonesas cuentan. Cuando ella tenía solamente 2 años, en 1965, su padre Hisashi Owada aceptó un puesto diplomático en la embajada del Japón en Moscú, Unión Soviética. La familia Ada se mudó a Moscú durante 2 años y la pequeña Masaco, según los testimonios cercanos a la familia, había aprendido a caminar y a decir sus primeras palabras en el contexto multicultural más complejo posible.

 Una niña japonesa en una embajada de Tokio durante la Guerra Fría Soviética. Esa experiencia de la primera infancia vivida lejos de Japón en un país que la mayoría de los japoneses consideraban hostil iba a marcar profundamente la psicología de Masaco durante toda su vida adulta. Le enseñó algo que ninguna niña japonesa tradicional aprendía en esa época.

 Le enseñó a sentirse cómoda en culturas extranjeras, a no temir la diferencia, a ver el mundo desde los 2 años como un espacio mucho más grande que el archipiélago japonés. A los 5 años, en 1969, la familia Oada se mudó a Nueva York, Estados Unidos. El padre Hisashi había aceptado un nuevo puesto diplomático en la embajada japonesa en Washington y la pequeña Masaco empezó la escuela primaria en una escuela pública estadounidense en Manhattan, donde fue la única niña japonesa de toda su clase durante los siguientes 3 años.

 Aprendió inglés perfectamente, aprendió las costumbres americanas y, según contaría décadas después, una de sus compañeras de clase, en una entrevista a una prestigiosa revista estadounidense de Actualidad Internacional publicada en 1993, la pequeña Masaco era considerada por sus profesores estadounidenses como una de las niñas más inteligentes de toda la escuela.

 Hay una escena particular de la infancia de Masaco en Nueva York que pocas biografías japonesas cuentan completamente. Durante el año escolar de 1972, cuando Masaco tenía 8 años, su maestra de tercer grado en la escuela pública de Manhattan, organizó una visita escolar oficial a las Naciones Unidas. Los 30 estudiantes de la clase, todos estadounidenses, excepto Masaco, fueron llevados en autobús escolar hasta el edificio de las Naciones Unidas en Manhattan.

 Y durante la visita guiada, los estudiantes pudieron observar desde la galería pública una sesión oficial del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. La pequeña Mao, según contaría décadas después su madre Yumiko, en una entrevista a uno de los periódicos japoneses de mayor circulación nacional publicada en 2006, regresó esa tarde a su casa de Manhattan con los ojos brillantes.

 Le había dicho a su madre en japonés una frase que ningún padre japonés podría imaginar de una niña de 8 años. le había dicho, “Mamá, cuando sea grande, yo quiero ser una de esas personas que se sientan en esas sillas y que hablan por sus países. Yo quiero hablar por Japón en las Naciones Unidas.” Esa ambición profesional infantil formulada por una niña japonesa de 8 años en una sala de Manhattan en 1972 iba a definir todo el resto de su vida adulta.

 Una ambición que su padre Hishasi, lejos de descartar como un capricho infantil, decidió alimentar deliberadamente durante los siguientes 10 años. Le compró libros sobre las relaciones internacionales, le pagó cursos de idiomas extranjeros, le enseñó personalmente los protocolos diplomáticos japoneses y según contaría décadas después la propia Masaco, en una de las raras entrevistas que dio antes de su matrimonio, le repitió durante toda su adolescencia una sola frase que iba a quedar grabada en su memoria.

 le decía Masaco, “Las niñas más inteligentes de Japón también pueden representar a su país. No dejes que nadie te diga lo contrario.” Una pausa rápida. Cuéntanos desde qué ciudad o país está siguiendo esta historia. Cada comentario ayuda a que llegue a más personas que aman estas historias. Cuando en 1979, a los 15 años Masaco Oada regresó finalmente a Tokio para terminar su educación secundaria en el Japón, era ya una adolescente completamente diferente de cualquier otra adolescente japonesa de su generación. Hablaba perfectamente

inglés, ruso, francés, alemán y obviamente japonés. Había vivido 7 años seguidos en el extranjero. Había estudiado en escuelas públicas estadounidenses, en escuelas alemanas, en colegios privados europeos y, según los testimonios cercanos, había desarrollado una personalidad extraordinariamente cosmopólita que en el Japón conservador de los años 70 era todavía considerada como una excepción ranísima.

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