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Los CAZÓ uno por uno: El Final BRUTAL de los Traidores de Pancho Villa

Los CAZÓ uno por uno: El Final BRUTAL de los Traidores de Pancho Villa

El calor del 20 de julio de 1923 en Hidalgo del Parral, Chihuahua, no era un calor normal, era un aire denso, cargado de polvo y presagios, aunque nadie en la ciudad parecía notarlo, excepto quizás los hombres que esperaban ocultos detrás de las ventanas de una casa en la calle Gabino Barreda.

 A las 8 de la mañana, la ciudad despertaba con su ritmo habitual de mineros y comerciantes. Por la avenida principal, un automóvil Dodge modelo 1919 de color negro avanzaba a una velocidad moderada. Al volante iba un hombre robusto, de bigote espeso y mirada vivaz, que saludaba a los transeútes con la confianza de quien se siente dueño del mundo, o al menos dueño de su propio destino.

 Era el general Francisco Villa, el centauro del norte, el hombre que había hecho temblar a los Estados Unidos y derrocado dictaduras. Pero ese día Villa cometió el error que un guerrero nunca debe cometer. Bajó la guardia. Iba sin su escolta habitual de 50 dorados armados hasta los dientes. Apenas lo acompañaban su secretario, el coronel Miguel Trillo y un puñado de asistentes.

 Creía en la palabra de honor del gobierno. Creía que el pacto de paz firmado en Sabinas lo protegía. creía que sus enemigos, aquellos generales con los que alguna vez compartió el rancho y la batalla, habían olvidado el rencor. No sabía que la traición ya estaba firmada, sellada y cargada en las recámaras de siete rifles y pistolas automáticas.

 Al llegar a la intersección con la calle Juárez, un hombre parado en la esquina se quitó el sombrero de palma y gritó con fuerza. Viva Villa. Para los testigos pareció un saludo de admiración, un homenaje al héroe revolucionario retirado. Para Villa fue un último baño de ego, pero para los asesinos agazapados en las sombras de la casa número siete fue la señal de ejecución.

 El grito significaba, “¡Ahí viene, no hay error, mátenlo.” Lo que siguió no fue un tiroteo, fue una carnicería industrial. Siete hombres abrieron fuego simultáneamente con rifles Mauser y pistolas calibre 45 y pun 50. Usaban balas expansivas, munición prohibida en la guerra convencional por el daño atroz que causa al tejido humano, diseñadas para destrozar, no solo para incapacitar.

 El automóvil Dodge se convirtió en una trampa de acero y cristal. En cuestión de segundos, más de 40 proyectiles impactaron en el vehículo. Villa, con los reflejos de un hombre que había vivido mil batallas, intentó sacar su pistola, pero era inútil luchar contra una lluvia de plomo. Recibió nueve impactos directos.

 Una bala le atravesó la cabeza, otra el pecho, destrozándole el corazón. El coche, fuera de control, se estrelló contra un árbol. El silencio que siguió al estruendo fue más aterrador que los disparos. El cuerpo de Pancho Villa quedó colgando de la portezuela del conductor con la cabeza inclinada hacia abajo, como si estuviera mirando la tierra que tanto amó y que ahora se disponía a beber su sangre.

 Su secretario, Trillo, yacía muerto a su lado, expulsado del vehículo por la fuerza de los impactos. La noticia corrió como la pólvora. Han matado a Villa, pero mientras el pueblo de Parral lloraba o celebraba en secreto, una pregunta más oscura comenzaba a formarse en el aire viciado de la política mexicana.

 ¿Quién lo hizo? Los tiradores materiales liderados por el diputado Melitón Lozoya eran solo las herramientas, los dedos que apretaron el gatillo. Pero los verdaderos arquitectos de la muerte de Villa no estaban en esa casa de Parral. Estaban sentados en despachos lujosos en la Ciudad de México, firmando documentos oficiales, vistiendo trajes de seda y bebiendo coñac.

 Eran hombres que habían luchado hombro con hombro con villa, que lo habían llamado hermano, compadre y general. Este asesinato no fue un acto de justicia, fue el cierre de un círculo de traiciones que había comenzado una década atrás. La revolución mexicana, esa tormenta que prometía limpiar al país, se había convertido en una bestia insaciable que devoraba a sus propios hijos.

 Y la muerte de Villa fue el clímax de esa autodestrucción. Sin embargo, lo que los traidores no sabían esa mañana de julio mientras brindaban por la muerte del centauro, es que acababan de sellar su propio destino. Existe una extraña y macabra justicia poética en la historia de la revolución. Nadie que traicionó a Pancho Villa murió en paz.

 Parece una maldición de novela gótica, pero es un hecho histórico frío y duro. Miren la lista de los hombres que le dieron la espalda, que conspiraron contra él o que ordenaron su ejecución. Ninguno murió de viejo en su cama rodeado de nietos. Ninguno tuvo un final honorable. La sangre de Villa parecía tener una toxicidad retardada, como si al derramarla se hubiera liberado un veneno que perseguiría a sus enemigos a través de los años, cruzando fronteras y presidencias hasta cobrar la deuda.

 Para entender esta cadena de muertes, debemos entender primero la naturaleza de la lealtad en aquellos tiempos salvajes. Para villa, la lealtad lo era todo. Era un hombre de extremos. Si eras su amigo, te daría la camisa de su espalda. Si lo traicionabas, no había lugar en la tierra donde pudieras esconderte. Y aunque Villa murió en 1923, su fantasma o la inercia violenta que él representaba siguió cazando.

 Esta no es solo la historia de cómo murió Pancho Villa, es la autopsia de una generación de generales malditos, hombres como Victoriano Huerta, el usurpador alcohólico, Tomás Urbina, el compadre codicioso, Benustiano Carranza, el viejo testarudo, Álvaro Obregón, el estratega invencible, y Plutarco Elías Calles, el jefe máximo.

 Todos ellos jugaron con fuego al cruzar al centauro y todos ellos terminaron quemados de formas que desafían la imaginación. Desde botellas de brandy envenenadas en una prisión de Texas hasta disparos a quemarropa en un restaurante de lujo en la Ciudad de México, desde choas de barro en la sierra de Puebla hasta el exilio humillante en California.

 La muerte los encontró a todos y a menudo los encontró de la misma forma violenta y traicionera con la que ellos trataron a Villa. Hoy vamos a abrir los expedientes de estos hombres. Vamos a limpiar la sangre seca de las páginas de la historia para ver los detalles que los libros de texto suelen omitir.

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