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Así Vive Yarrington en La Cárcel: De Querer Ser Presidente a Orinarse de Miedo en su Celda

Hay un hombre encerrado en este momento en el penal de máxima seguridad del altiplano. El mismo penal donde estuvo el Chapo antes de escapar. El mismo penal donde han dormido los narcotraficantes más peligrosos de la historia de México. Ese hombre no es un narco. Ese hombre fue gobernador. Ese hombre quería ser presidente de México.

George Bush, el presidente de los Estados Unidos, lo llamó públicamente la estrella prometedora de la política mexicana. El PRI lo veía como su candidato presidencial para 2012. Tenía un yate, tenía tres ranchos, tenía una isla privada en Veracruz, tenía propiedades en Texas, tenía un avión, tenía un prestanombres que era dueño de un equipo de fútbol de primera división.

Hoy tiene una celda en el altiplano y tres autos de formal prisión. Ese hombre se llama Thomás Jarrington y lo que le pasó a Thomás Jarrington es una de las caídas más brutales, más humillantes y más cinematográficas que ha tenido un político mexicano en la historia moderna del país.

 Porque este hombre no cayó una vez, cayó tres veces. La primera fue en un restaurante de Florencia, Italia, cuando la policía italiana lo detuvo mientras cenaba con pasaporte falso a nombre de un niño de 12 años. La segunda fue en una corte federal de Texas cuando admitió haber recibido más de 3,illon y medio de dólares en sobornos del narco y lo condenaron a 9 años de prisión.

 Y la tercera fue cuando pensó que ya había pagado su deuda, que ya había cumplido su condena, que Estados Unidos lo iba a soltar y se iba a ir a su casa. Y en lugar de eso lo deportaron a México, lo metieron en una camioneta blindada con 15 agentes armados y lo llevaron directo al altiplano, donde tres jueces diferentes le dictaron tres autos de formal prisión, uno detrás de otro, sin respiro.

 Pasé semanas revisando expedientes judiciales de dos países, documentos de la DEA, del FBI, del Departamento de Justicia de Estados Unidos y reportajes de investigación de medios como Proceso, Seminario Z y El Universal para reconstruir esta historia completa. Porque lo que vas a escuchar no es solo la historia de un gobernador corrupto.

 Hay muchos gobernadores corruptos en México. Lo que vas a escuchar es la historia de un hombre que nació pobre, que creció compartiendo una casa rentada con 12 hermanos, que subió hasta el punto más alto al que puede llegar un político en un estado fronterizo, que tuvo al presidente de Estados Unidos hablando bien de él en público y que lo perdió todo, todo, cada centavo, cada propiedad, cada aliado, cada gramo de dignidad y que hoy a sus 68 años duerme en una celda de máxima seguridad, sin saber cuándo va a salir.

si es que sale. Para entender quién es Tomás Jarrington, hay que entender de dónde salió, porque la historia oficial que él mismo construyó durante años era la de un hombre hecho desde la nada y en eso no mentía, en eso decía la verdad. Tomás Jesús Jarrington Rubalcava nació en 1957 en Matamoros, Tamaulipas, una ciudad fronteriza pegada a Brownsville, Texas, separada del territorio estadounidense solo por el Río Bravo, una ciudad que siempre ha vivido entre dos mundos, el del comercio legal que cruza la frontera

cada día en miles de camiones y contenedores, y el del tráfico ilegal, que cruza esa misma frontera cada noche en camionetas blindadas. cargadas de cocaína, metanfetaminas y marihuana. Matamoros no es cualquier ciudad. Matamoros es la cuna del cártel del Golfo, la capital histórica del narcotráfico en el noreste de México.

 Y ahí nació Tomás Jarrington en una familia que no tenía nada. Según el periodista Humberto Pet, que documentó su historia en el libro Tamaulipas, La casta de los narcogobernadores, Tomás creció en una casa rentada que compartía con 12 hermanos, 13 hijos asinados en una casa que ni siquiera era de ellos, sin lujos, sin privilegios, sin conexiones políticas, sin nada que presagiara que ese niño iba a terminar gobernando el estado, aspirando a la presidencia, cenando en plazas de Florencia y durmiendo en el altiplano.

Eso era Tomás Jarrington antes de la política, un niño más de la frontera. Pero Jarrington era ambicioso, tremendamente ambicioso. Estudió, se preparó, aprendió a moverse dentro de las estructuras del PRI. El partido que en ese momento controlaba Tamaulipas como si fuera una empresa familiar, entró a la política desde abajo, como todos los priistas de aquella época.

 En 1988 fue diputado federal por el tercer distrito de Tamaulipas. En 1993 ganó la alcaldía de Matamoros, su ciudad natal, y ahí empezó a entender algo fundamental. Matamoros no es una alcaldía cualquiera, es la puerta de entrada a Texas. Es el cruce fronterizo más activo del noreste de México. Es el territorio donde el cártel del Golfo lleva décadas operando y quien gobierna Matamoros tiene que tomar una decisión.

O se enfrenta al cártel o se entiende con él. Yrington se entendió. En 1999, a los 42 años se convirtió en gobernador de Tamaulipas. Gobernó del 5 de febrero de 1999 al 31 de diciembre de 2004. 6 años al frente del estado más codiciado del país para el narcotráfico. 6 años con las llaves de la frontera más caliente del continente.

 Y ahí es donde empieza la verdadera historia, porque un testigo protegido del cártel del Golfo, identificado con el nombre clave Óscar, declaró ante la Fiscalía General de la República que Tomás Jarrington no esperó a ganar la gubernatura para acercarse al narco. Se acercó antes, mucho antes. Desde 1998, un año completo antes de la elección, Jarrington buscó activamente el apoyo financiero de los traficantes de drogas de Tamaulipas para costear su campaña.

 No fue el cártel quien lo buscó a él, fue él quien tocó la puerta del cártel. El intermediario fue Juan Carlos González Sánchez, conocido como El Pollo, sobrino del narcotraficante Jorge Eduardo Costilla Sánchez, el Cos, quien más tarde se convertiría en el líder del cártel del Golfo, tras la captura de Ociosiel Cárdenas Guillén.

 El pollo era el enlace, el puente entre la política y el narco, el hombre que se sentaba en las dos mesas. Según la declaración del testigo Óscar, el pacto era simple, directo y devastador. El cártel del Golfo financiaba la campaña de Jarrington a cambio de que una vez gobernador dejara operar el trasciego de droga por Tamaulipas, sin interferencia institucional, sin operativos, sin detenciones, sin molestias, el cártel pagaba, el gobernador miraba para otro lado.

 Tamaulipas se convertía en una autopista de droga hacia Texas. Jerrington ganó la elección, tomó posesión y desde ese día, según las investigaciones cruzadas de la PGR, el FBI y la DEA, Tamaulipas se convirtió en territorio libre para el cártel del Golfo y más tarde para su brazo armado, Los Zas. El estado fronterizo más importante de México estaba en venta y Jarrington lo había vendido antes de sentarse en la silla de gobernador.

 Pero Jarrington no se conformó con ser gobernador de un estado fronterizo, no se conformó con el poder regional, no se conformó con los sobornos del cártel. Yrington quería más, mucho más. Quería la presidencia de la República y no lo decía en voz baja ni en reuniones privadas. Lo decía en público, lo decía a los medios.

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