El argumento de Casado era aparentemente rafanable. Los comunistas estaban tomando el control del ejército republicano. Negrín era su instrumento y la única salida honrosa era que los militares negociaran directamente con Franco, de soldado a soldado, sin interferencias políticas. Franco, decía Casado, sería razonable con quienes se rindieran de forma ordenada.
No habría represalias masivas, habría un trato digno para los combatientes. Era mentira. Casado lo sabía o debería haberlo sabido. Los informes sobre lo que Franco hacía en los territorios reconquistados eran abundantes y demoredores. Los fusilamientos masivos, las cárceles desbordadas, los tribunales militares sumarísimos que condenaban a muerte por el simple delito de haber sido republicano.
Pero la mentira era útil y Casado la usó. En la madrugada del 5 de marzo de 1939, el coronel ejecutó su golpe. Se proclamó jefe del llamado Consejo Nacional de Defensa, declaró ilegal al gobierno de Negrín y ordenó la detención de los oficiales comunistas del ejército. Madrid, la ciudad que había resistido 3 años al fascismo exterior, se desgarró en una guerra civil dentro de la guerra civil.
Republicanos contra republicanos. Calles que ya conocían demasiada sangre vieron más sangre. Negrín huyó. Los comunistas resistieron durante días antes de ser aplastados y Casado quedó con las manos libres para hacer lo que siempre había planeado hacer. Entregar Madrid. Segismundo Casado López nació en 1893 en Madrigal de las Altas Torres, una pequeña localidad de Ávila que tiene el mérito histórico de haber sido también el lugar de nacimiento de Isabel la Católica.
No es un detalle irrelevante. Casado era muy consciente de la historia. Le gustaba verse a sí mismo como un hombre de estado, como alguien que tomaba decisiones difíciles cuando los demás miraban hacia otro lado. Ingresó en el ejército siendo muy joven. Combatió en Marruecos como tantos oficiales de su generación y construyó una carrera sólida, metódica, sin grandes brillanteces, pero sin fracasos visibles.
Cuando estalló la guerra civil en julio de 1936, Casado tomó partido por la República. No era un hombre de izquierdas convencido, no era un ideólogo, no era alguien que hubiera militado en ningún partido. Era un militar profesional que entendió en aquel momento que su lealtad debía estar con el gobierno legítimo.
O eso dijo siempre. Porque hay algo que los historiadores han discutido durante décadas y que los archivos nunca han terminado de aclarar del todo. ¿Desde cuándo estaba casado en contacto con el bando franquista? Hay indicios, documentos parcialmente desclasificados, testimonios de contemporáneos que sugieren que las conversaciones con el enemigo empezaron mucho antes de marzo del 39.
que casado no fue un hombre que se rindió cuando ya no había salida, sino un hombre que preparó la rendición con tiempo, con cuidado, con la frialdad de quien sabe exactamente lo que está haciendo. También hay otra pista que los investigadores han seguido con persistencia, la conexión británica. El gobierno de su majestad llevaba meses enviando señales discretas de que prefería una España de Franco, estable y anticomunista, a una España republicana con influencia soviética.
El Forign Office, el MI6, los canales diplomáticos informales. Gran Bretaña no financió a Casado, no hay prueba de eso, pero lo alentó, lo protegió. Y cuando todo terminó, fue un barco de guerra británico el que sacó a Casado de España a salvo, lejos de los soldados republicanos que lo buscaban para ajustarle las cuentas.
El hombre que entregó Madrid no cayó del cielo en marzo de 1939. fue construido pieza a pieza por circunstancias, ambiciones y conveniencias que venían de mucho más atrás. Y mientras lo construían, miles de hombres y mujeres en las trincheras del Frente Centro seguían creyendo que su comandante era uno de los suyos. Esa es quizás la parte más cruel de toda esta historia.
No la traición en sí, sino el tiempo que duró la confianza. 5 de marzo de 1939. Son las 2 de la madrugada en Madrid. La ciudad duerme como duermen las ciudades en guerra. Con un ojo abierto, con el oído atento al silvido lejano de un obgue o quizás sí. Cuéntanos en los comentarios de qué ciudad eres. Nos encanta saber de dónde nos ven.
En el edificio del Ministerio de Hacienda reconvertido en cuartel general republicano. Las luces siguen encendidas. Segismundo casado está sentado frente a una mesa cubierta de mapas, cables y ceniceros llenos. Lleva día sin dormir bien, o eso dirá después en sus memorias. Lo que no dirá en sus memorias, al menos no con esta claridad, es lo que está a punto de hacer.
Esa noche Casado emite un mensaje radiofónico dirigido a la población de Madrid y a las tropas republicanas del Frente. Su voz es serena. casi paternal. Explica que el gobierno de Negrín ha perdido la legitimidad, que los comunistas han secuestrado la República, que él casado junto a un grupo de patriotas ha formado el Consejo Nacional de Defensa para salvar lo que queda de España.
Promete negociar con Franco una paz honrosa. Promete que no habrá represalias contra los combatientes republicanos. Promete que los que quieran marcharse podrán hacerlo. Promete, promete, promete. Al otro lado del frente, los generales franquistas escuchan la transmisión y no pueden creer su suerte, porque Franco no tenía ninguna intención de negociar nada.
Su posición desde el principio había sido inamovible, la había declarado públicamente y la había aplicado en cada territorio reconquistado. Rendición incondicional. sin condiciones, sin garantías, sin amnistías. El que había luchado contra el movimiento nacional respondería ante los tribunales militares. Y los tribunales militares en la España de Franco tenían una sola respuesta para casi todo.
El paredón Casado, conocía esto. Tenía acceso a los informes de inteligencia republicanos. Sabía lo que había ocurrido en Badajoz, en Toledo, en Málada. En Bilbao. Sabía que en cada ciudad reconquistada por Franco los fusilamientos se contaban por centenares, que las cárceles se llenaban hasta reventar, que los delatores proliferaban como hongos después de la lluvia.
Sabía que la palabra represalia en el vocabulario franquista significaba exterminio sistemático y aún así cogió el teléfono. El contacto directo entre Casado y los representantes franquistas se produjo a través de canales que todavía hoy no están completamente documentados. Sabemos que hubo intermediarios. Sabemos que hubo conversaciones en las que se discutieron plazos, condiciones de entrega de posiciones, garantías que Franco nunca tuvo intención de cumplir.
Sabemos que Casado creyó o finció creer que estaba consiguiendo algo, que estaba siendo el hombre duro que tomaba la decisión imposible para salvar vidas. Pero los términos finales fueron devastadores en su simplicidad. Rendición incondicional. Exactamente lo que Franco siempre había exigido. Exactamente lo que Casado había prometido evitar.
El coronel que había prometido negociar de igual a igual con el enemigo, volvió de esas conversaciones con las manos vacías y los bolsillos llenos de promesas que el viento se llevaría en cuestión de días. Mientras tanto, en las calles de Madrid, los milicianos que no sabían nada de todo esto seguían en sus posiciones.
Seguían apuntando con sus fusiles hacia el oeste, seguían creyendo que alguien estaba luchando por ellos. Lo que muy poca gente recuerda cuando habla de la caída de Madrid es que antes de que entrara un solo soldado franquista, la ciudad ya estaba en llamas por dentro. Porque el golpe de Casado no fue aceptado en silencio.
Hubo quien resistió, hubo quien luchó. Y esa semana sangrienta de marzo del 39, cuando republicanos mataron a republicanos en las calles de la capital, es quizás el episodio más desgarrador y menos contado de toda la guerra. El Partido Comunista se negó a reconocer el Consejo Nacional de Defensa de Casado.
Sus unidades militares, algunas de las mejor organizadas y más combativas del ejército republicano, se levantaron contra el golpe. Durante varios días, Madrid vivió algo que parecía imposible. Combates urbanos entre las fuerzas del coronel traidor y las tropas comunistas que seguían siendo leales, no ya a la República como ideal abstracto, sino al gobierno legítimo de Negrín.
El generalisón, comandante comunista, intentó organizar la resistencia desde el interior de la ciudad. Las trobas de Casado respondieron con artillería. Con artillería en Madrid contra otros republicanos. Los mismos cañones que durante años habían apuntado hacia el oeste, hacia las líneas franquistas, se giraron hacia el este, hacia los propios.
El número exacto de muertos en esos combates fratricidas nunca ha sido establecido con precisión. Las fuentes hablan de entre 200 y 2000, según a quien se consulte. Lo que sí sabemos es que muchos de los oficiales comunistas, capturados por las fuerzas de Casado, fueron fusilados, fusilados por republicanos días antes de la entrada de Franco.
Casado presentó todo esto como una victoria, como la prueba de que había liberado a la República de la tutela comunista, como un acto de higiene política necesaria. Pero lo que en realidad había conseguido era destruir la última capacidad de resistencia organizada que le quedaba a Madrid. Los mejores soldados, los más disciplinados, los más decididos a no rendirse, estaban muertos o presos.
El frente, que durante 3 años había sido una línea continua de voluntades, empezó a desilacharse como una tela vieja. Y en ese momento, cuando la ciudad ya no tenía fuerzas para resistir ni por dentro ni por fuera, Casado anunció que las negociaciones con Franco no habían llegado a ningún acuerdo, que el enemigo no estaba dispuesto a dar garantías, que la situación era desesperada.
La reacción de sus propios soldados fue inmediata y furiosa. Los hombres que llevaban años en las trincheras, que habían soportado el frío, el hambre, las bajas, la separación de sus familias, creyendo que sus mandos tenían un plan, que alguien estaba al timón, que la resistencia tenía algún sentido, comprendieron de golpe que habían sido utilizados, que el golpe de casado no había sido para salvarlos, había sido para entregarlos.
En varios puntos del frente, los soldados abandonaron las posiciones, no para rendirse a Franco, sino para volver a Madrid a buscar a Casado. Grupos armados recorrieron la ciudad preguntando por él. Oficiales que hasta la semana anterior habían obedecido sus órdenes, ahora lo buscaban con la intención explícita de matarlo.
El hombre que había prometido salvar Madrid se había convertido en el hombre más odiado de Madrid. Casado ya no estaba, había empezado a moverse. 27 de marzo de 1939. Las tropas franquistas están a las puertas de Madrid. No hay resistencia organizada. Las líneas del frente se han evaporado. Los soldados republicanos, abandonados por sus mandos, sin órdenes coherentes, sin munición suficiente, sin ninguna promesa que ya valga algo, están rindiéndose en masa o intentando huir hacia el este, hacia Valencia, hacia el
mar, hacia cualquier lugar que ponga distancia entre ellos y lo que viene. Lo que viene es conocido en cada ciudad que Franco toma. El mecanismo se repite con precisión burocrática. Primero entran las tropas, luego los falangistas, luego llegan los listados. Los listados de maestros, de médicos, de abogados, de sindicalistas, de concejales de pueblo, de cualquiera que en algún momento hubiera firmado un documento, votado en unas elecciones, afiliado a un partido, escrito una carta al periódico local defendiendo la
República. Los listados se convierten en detenciones. Las detenciones se convierten en juicios sumarísimos que duran 20 minutos. Los juicios se convierten en condenas y las condenas se convierten en disparos al amanecer contra una tapia. Madrid sabe lo que le espera. Madrid lo sabe porque Madrid lleva 3 años escuchando las historias de los que escaparon de los territorios reconquistados.
Lo sabe en los huesos, en el estómago, con esa certeza física que no necesita argumentos. Y casado, el hombre que prometió que esto no ocurriría, ¿dónde está? Está en el puerto de Gandía, en la costa valenciana. Ha llegado hasta allí en coche con una escolta reducida, moviéndose de noche, evitando los caminos principales.
Ha dejado Madrid antes de que entraran los franquistas. ha dejado Madrid antes de que sus propios soldados pudieran encontrarlo. Y en el puerto de Gandía le espera algo que muy pocos republicanos en aquellos días podían esperar. Un barco, no un barco cualquiera. Un buque de guerra británico. El HMS Galatea.
Este detalle, este barco, esta bandera británica ondeando en el puerto, mientras miles de republicanos intentaban desesperadamente encontrar cualquier embarcación que lo sacara de España, es quizás el símbolo más elocuente de toda la historia de Casado. Porque el HMS Galatea no estaba allí por casualidad. Estaba allí porque alguien lo había pedido, alguien con los contactos suficientes para que la Marina Real Británica pusiera un barco a disposición de un coronel español en fuga, alguien que llevaba tiempo construyendo esa red de seguridad, ese
paracaídas de oro, esa salida de emergencia que los hombres corrientes que habían luchado a sus órdenes nunca tendrían. Mientras Casado subía a bordo del Galatea, en Madrid entraban las primeras columnas franquistas. Las crónicas de ese día 28 de marzo de 1939 describen escenas que oscilan entre el silencio sepulcral y el horror abierto.
Hay madrileños que se asoman a las ventanas con expresión vacía, incapaces de procesar lo que están viendo. Hay falangistas que recorren las calles con listas en la mano. Hay gente que corre, hay gente que llora. Hay gente que ya no puede hacer ninguna de las dos cosas porque está demasiado aterrada para moverse.
En el barco británico, Casado pone rumbo a Marsella. El Mediterráneo está en calma ese día. El sol de marzo cae sobre el agua con esa luz limpia y mentirosa que tienen los finales de invierno en el sur de Europa. El coronel que entregó Madrid sin disparar un tiro se aleja de España mirando quizás hacia el horizonte.
Lo que deja atrás no le preocupa todavía. O eso parece, porque todavía no ha empezado a escribir sus memorias. Todavía no ha construido la versión de los hechos que intentará vender durante el resto de su vida. Todavía no sabe o no quiere saber cuántos de los hombres que creyeron en él están ya contra una pared.
Pero Madrid sí lo sabe. Madrid siempre lo supo. Hay números que no caben en la cabeza, que el cerebro humano rechaza procesar porque son demasiado grandes, demasiado abstractos, demasiado lejanos de la experiencia cotidiana. Y luego están los números de la represión franquista en Madrid después del 28 de marzo de 1939.
Esos números no son abstractos, tienen nombre, tienen dirección, tienen familia que los esperaba para comer. En los primeros meses tras la entrada de Franco en Madrid, los tribunales militares sumarísimos procesaron a más de 30,000 personas solo en la capital. 30,000 juicios que duraban minutos, 30,000 expedientes abiertos por el delito de haber sido republicano, de haber votado al Frente Popular, de haber tenido un carnet sindical, de haber enseñado en una escuela pública, haber escrito en un periódico de izquierdas y
haber existido en el lado equivocado de la historia. Las cárceles de Madrid, construidas para albergar a unos pocos miles de presos, se llenaron hasta cifras que desafiaban cualquier lógica sanitaria. El campo de concentración de Yeserías, la prisión de Porlié, las ventas convertida en cárcel de mujeres donde se acinaban decenas de miles en condiciones que los testimonios supervivientes describen con palabras que todavía hoy producen vergüenza ajena.
Y las ejecuciones. Las ejecuciones son el número que más cuesta pronunciar. Los historiadores llevan décadas discutiendo las cifras exactas y la discusión sigue abierta porque el régimen franquista destruyó o clasificó buena parte de la documentación. Pero las estimaciones más rigurosas basadas en registros civiles, archivos militares parcialmente recuperados y trabajos de exhumación hablan de entre 2000 y 4000 ejecuciones solo en Madrid en los primeros años de posguerra.
Algunos estudios elevan esa cifra considerablemente. El cementerio del Este, conocido como la Almudena, guarda en sus tapias y en sus fosas los restos de muchos de ellos. Durante décadas las familias iban a dejar flores en lugares que ni siquiera sabían con certeza si eran los correctos. Esto es lo que prometió evitar casado.
Esto es lo que su negociación con Franco iba a impedir. Pero hay algo todavía más concreto, todavía más difícil de digerir, que conecta directamente la traición de casado con estas muertes. Y es el tiempo, el tiempo que perdió Madrid por culpa del golpe del 5 de marzo. Cuando Casado se levantó contra Negrín, destruyó algo que no tenía precio en aquellas circunstancias.
La organización, los barcos que esperaban en los puertos mediterráneos para evacuar a los republicanos más comprometidos, los que sabían que Franco los buscaría en primer lugar, dependían de una coordinación que el golpe de casado desintegró. Las listas de embarque se perdieron, los contactos con los gobiernos extranjeros se cortaron.
Los fondos que Negrín había destinado a la evacuación quedaron bloqueados o desaparecieron en la confusión. Semanas cruciales se malgastaron en los combates fratricidas entre casadistas y comunistas. Semanas en las que miles de personas que habrían podido escapar no escaparon porque nadie les decía qué hacer ni a dónde ir.
Hay un testimonio que resume todo esto con una precisión que ningún historiador ha conseguido superar. Es el de Palmiro Togliati, dirigente comunista italiano que vivió en España durante la guerra con el nombre de Alfredo. En un informe enviado a Moscú, días después de la caída de Madrid, Togliati escribió que el golpe de Casado había sido el golpe de gracia que la República se dio a sí misma, que había entregado al enemigo no solo una ciudad, sino la capacidad misma de resistir y que las consecuencias en vidas humanas serían incalculables.
Togliati no exageraba, tenía razón en cada palabra. Y mientras todo esto ocurría, mientras Madrid pagaba con sangre el precio de la rendición sin condiciones que Casado había firmado, el coronel navegaba hacia Marsella en un barco británico con el Mediterráneo en calma. Durante 40 años, la historia oficial de España fue la historia que contó Franco.
Y en esa historia, Casado era un personaje menor, casi irrelevante, un militar pragmático que había hecho lo correcto en un momento desesperado. La guerra civil, en la versión frantista, era una cruzada. Los republicanos eran el enemigo y los que se habían rendido ordenadamente como casado simplemente habían reconocido la realidad antes que los demás.
Pero Franco murió en 1975 y con la transición llegó algo que los regímenes totalitarios siempre temen más que a los ejércitos enemigos. Los archivos, no todos, no de golpe, no sin resistencias. La apertura de los archivos militares y civiles españoles fue un proceso lento, parcial, lleno de lagunas sospechosas y documentos que aparecían con páginas arrancadas o párrafos tachados con tinta tan espesa que ninguna tecnología ha conseguido todavía penetrarla completamente.
Pero lo que fue saliendo, expediente por expediente, caja por caja, legajo por legajo, fue construyendo un retrato de casado que sus propias memorias nunca hubieran permitido imaginar. El primer elemento perturbador que los investigadores encontraron fue la cronología de sus contactos con el bando franquista.
Casado siempre sostuvo que sus negociaciones con el enemigo comenzaron en febrero de 1939 como respuesta desesperada a la caída de Cataluña y al deterioro irreversible de la situación militar. Pero varios documentos encontrados en el Archivo General Militar de Ávila y confirmados posteriormente por fuentes cruzadas en archivos británicos sugieren que los primeros contactos fueron mucho anteriores.
Hay indicios sólidos de comunicaciones que se remontan al verano de 1938, cuando la batalla del Ebro todavía no había terminado y la República todavía tenía opciones militares reales sobre la mesa. Si esto es correcto y la acumulación de evidencias indirectas apunta en esa dirección, significa que Casado no fue un hombre que tomó una decisión desesperada en el último momento.
Fue un hombre que trabajó durante meses, quizás más de un año, para preparar la rendición. Un agente doble que siguió recibiendo el sueldo, los honores y la confianza de la República mientras negociaba en secreto su liquidación. El segundo elemento, todavía más explosivo, tiene que ver con el dinero. Cuando la República cayó, desapareció también una cantidad considerable de fondos que habían sido destinados a la evacuación y al sostenimiento del gobierno en el exilio.
El llamado oro de Moscú, el tesoro del Banco de España enviado a la Unión Soviética en 1936 es el elemento más famoso y más discutido de la economía de guerra republicana. Pero había otros fondos gestionados de forma más opaca, menos documentada. Fondos que pasaron por manos de personas de confianza en los últimos meses de la guerra y que nunca llegaron a sus destinos declarados.
El nombre de Casado aparece en conexión con algunos de estos movimientos de dinero en documentos que los historiadores han calificado de sugerentes, pero no concluyentes. No hay prueba directa de que Casado robara fondos republicanos. Pero tampoco hay explicación satisfactoria de cómo un coronel del ejército republicano, sin fortuna personal conocida, pudo vivir con relativa comodidad durante sus años de exilio en Londres, en Colombia, de vuelta en Europa, sin que nadie documentara nunca de dónde venía ese dinero. El tercer elemento es el más
íntimo y el más devastador. Entre los documentos recuperados hay cartas, cartas escritas por soldados del ejército del centro. hombres que habían servido bajo el mando directo de Casado, que fueron capturados tras la caída de Madrid y que escribieron desde la cárcel en algunos casos días antes de ser fusilados, intentando entender qué había pasado, intentando comprender cómo el hombre en el que habían confiado los había llevado hasta allí.
Las cartas están escritas con la caligrafía temblorosa de quien escribe sabiendo que es la última vez. Y en muchas de ellas aparece el nombre de casado. No con odio, no siempre, a veces con algo peor que el odio, con la perplejidad de quien todavía no puede creer que fuera verdad. Esas cartas llevan décadas en cajas de archivo.
Algunas las han encontrado nietos buscando rastros de abuelos que desaparecieron. Otras las han encontrado investigadores que llevan años reconstruyendo, lo que España todavía no ha terminado de contar. Ninguna de ellas menciona una sola de las promesas que Casado hizo por la radio aquella noche de marzo. Londres, 1939.
Casado llega al exilio con algo que muy pocos refugiados españoles tienen en aquel momento. Contactos. Buenos contactos. Contactos en los círculos políticos y militares británicos que le abren puertas que para otros republicanos están herméticamente cerradas. Mientras decenas de miles de españoles se pudren en los campos de internamiento del sur de Francia, mientras los más afortunados intentan llegar a México o a la Unión Soviética, Casado se instala en Londres con una comodidad discreta, pero real y empieza a escribir.
Sus memorias publicadas en 1939 con el título Así cayó Madrid son uno de los documentos más fascinantes y más indignantes de toda la literatura memorialística de la guerra civil española. Fascinantes porque Casado era un escritor competente, con capacidad para la narración, con un sentido del ritmo que hace que las páginas pasen.
Indignantes porque cada página es un ejercicio sostenido de autojustificación que rosa en los mejores momentos la obra maestra de la desfachatez intelectual. En sus memorias, Casado es siempre el hombre razonable rodeado de fanáticos. Es el militar profesional que intenta salvar vidas mientras los políticos juegan con ellas.
Es el patriota que toma la decisión imposible que nadie más tiene el valor de tomar. Los comunistas son los villanos de la historia. Negrín es su títere y él, casado es el único adulto en la sala. Las muertes posteriores a la entrada de Franco en Madrid no aparecen en sus memorias con ninguna reflexión sobre su propia responsabilidad.

aparecen cuando aparecen como una tragedia inevitable que nadie podría haber evitado. Esta construcción narrativa funcionó durante un tiempo. En los círculos anticomunistas de la Guerra Fría, la versión de Casado tenía su mercado. Un militar que había frenado la influencia soviética en España, que había intentado una salida razonable frente al fanatismo de ambos extremos.
Hubo académicos, especialmente anglosajones, que la compraron con relativa facilidad, pero los supervivientes no la compraron y los supervivientes tenían memoria. Cuando las memorias de casado circularon entre la comunidad republicana en el exilio, la reacción fue de una violencia que no llegó a ser física solo porque Casado tenía buen cuidado de mantenerse lejos de los lugares donde los republicanos se reunían.
Juan Negrín, desde su propio exilio, desmontó punto por punto las afirmaciones de Casado en cartas y artículos que circularon profusamente entre los exiliados. Vicente Rojo, el brillante general que había diseñado la defensa de Madrid en noviembre del 36, escribió sobre casado con una frialdad devastadora que resultaba más demoledora que cualquier insulto.
Los dirigentes anarquistas que en su momento habían apoyado el golpe, engañados como todos los demás por las promesas de negociación, rompieron públicamente con él cuando quedó claro que Franco no había dado ninguna de las garantías prometidas. Y luego estaba algo que Casado no podía controlar con sus memorias ni con sus contactos británicos.
El tiempo, porque el tiempo que en el corto plazo puede favorecer a los que huyen y a los que reescriben la historia, en el largo plazo siempre trabaja para los muertos. Y los muertos republicanos eran demasiados y estaban demasiado distribuidos por demasiadas familias españolas como para desaparecer en el olvido que Casado necesitaba.
En Colombia, a donde casado se trasladó en los años 40 huyendo de la Segunda Guerra Mundial y de la incomodidad creciente de ser reconocido en los círculos del exilio español en Europa, siguió dando conferencias, concediendo entrevistas, explicando su versión. Pero algo había cambiado. Las preguntas eran más duras.
Los periodistas que lo entrevistaban llegaban con documentos que él no esperaba, con nombres de fusilados que lo miraban desde el papel, con fechas que no cuadraban con su relato. En una entrevista de aquellos años, un periodista colombiano le preguntó directamente, “¿Se arrepiente de algo?” Casado, tardó varios segundos en responder y cuando respondió dijo que él había hecho lo que su conciencia le dictaba en aquel momento y que la historia lo juzgaría con más equidad que sus contemporáneos.
La historia lo está juzgando. Lleva décadas haciéndolo y el veredicto no se parece en nada al que Casado esperaba. Porque en España, mientras casado daba conferencias en Bogotá y escribía artículos en Londres, pasaban cosas que sus memorias no podían borrar. Las fosas comunes seguían llenas, las familias seguían buscando, los niños que habían crecido sin padre, las mujeres que habían enviudado en las cárceles de Franco, los hombres que habían sobrevivido a los campos de concentración con la salud destruida y
el alma partida, todos ellos levaban en la memoria un hilo que tarde o temprano, en una fecha que no podían saber, pero que intuían, llevaría hasta el nombre del coronel que les prometió que no pasaría nada. y legó esa fecha. No para Casado, que murió en 1968 antes de que España empezara a hacerse las preguntas que necesitaba hacerse, llegó para su legado, para su nombre, para la versión de los hechos que intentó imponer y que la historia fue deshaciendo, hilo a hilo, archivo a archivo, fosa a fosa. El hombre que se
inventó una conciencia no contaba con que los muertos también dejan papeles. Segismundo Casado López murió el 16 de febrero de 1968 en Madrid. en Madrid, en la ciudad que entregó, en la ciudad que gobernaba todavía el régimen al que él había abierto las puertas 29 años antes. Murió en su cama con su nombre limpio en los registros oficiales del franquismo, sin haber pisado un tribunal, sin haber dado una sola explicación que no fuera la que él mismo había elegido dar.
Tenía 74 años. había vivido más que la mayoría de los hombres que había dejado atrás en marzo del 39. Ese detalle, esa muerte tranquila en Madrid bajo Franco dice más sobre Casado que todas sus memorias juntas. Porque hay una pregunta que los historiadores llevan décadas formulando y que todavía no tiene una respuesta completamente satisfactoria.
¿Qué recibió Casado a cambio? No en términos abstractos, no en términos de salvó vidas o evitó más derramamiento de sangre, porque sabemos que no salvó vidas. Sabemos que el derramamiento de sangre fue exactamente el que Franco siempre había planeado, sino en términos concretos, materiales, personales. ¿Qué le dio Franco? o quién le dio algo a Casado para que un oficial del ejército republicano traicionara a su gobierno, a sus soldados y a la ciudad que había jurado defender.
La respuesta corta es que no lo sabemos con certeza. La respuesta larga es que los indicios apuntan en varias direcciones simultáneas y que la confluencia de esas direcciones dibuja un retrato que es difícil de mirar directamente. Está la conexión británica que nunca ha sido explicada de forma satisfactoria.
El HMS Galatea no apareció en el puerto de Gandía por casualidad. Los contactos de casado en Londres, su instalación relativamente cómoda en el exilio, la receptividad que encontró en ciertos círculos políticos y académicos anglosajones para su versión de los hechos. Todo eso requiere una explicación que va más allá de la simpatía personal.
Gran- Bretaña tenía intereses muy concretos en una España estable bajo Franco, alejada de la influencia soviética y los servicios de inteligencia británicos llevaban tiempo trabajando para que ese resultado fuera posible. Casado encajaba perfectamente en ese plan, demasiado perfectamente para que fuera coincidencia. está el dinero, ese rastro que nunca ha podido seguirse del todo, pero que tampoco ha podido borrarse del todo.
Los fondos destinados a la evacuación republicana que nunca llegaron, las cuentas que nadie auditó porque no había gobierno que las auditara, el nivel de vida de un exiliado que teóricamente no tenía recursos y está algo más difícil de documentar, pero igualmente real. El acuerdo tácito con el frantismo que le permitió regresar a España y morir en Madrid.
Franco no era un hombre conocido por su generosidad con los enemigos. Los republicanos que regresaron a España sin permiso expreso, sin algún tipo de garantía, acabaron en la cárcel o algo peor. Casado regresó, casado vivió. Casado murió en su cama. Ese hecho, solo ese hecho, habla de un entendimiento que ningún documento ha formalizado, pero que la lógica hace inevitable.
Hoy en 2024, España sigue excavando. La Ley de Memoria Democrática aprobada en 2022 ha dado nuevo impulso a la localización e identificación de víctimas de la represión franquista. Las fosas comunes siguen apareciendo en cunetas, en bosques, en los márgenes de cementerios rurales. Los forenses trabajan con tecnología de ADN, que hace 20 años era ciencia ficción, para devolver nombres arrestos que llevaban décadas siendo solo tierra.
Cada identificación es una historia que regresa. Cada nombre recuperado es una familia que cierra, si no la herida, al menos la incertidumbre. Entre esos restos hay hombres que combatieron en el ejército del centro, hombres que estuvieron bajo el mando de casado, hombres que creyeron en sus promesas y murieron por su traición.
Sus nietos los buscan con isopos de ADN y expedientes amarillentos que encontraron en cajas de cartón en el fondo de un armario. Los buscan sin odio, muchos de ellos, porque el odio no sobrevive tres generaciones. Los buscan con algo más persistente y más digno que el odio, con la necesidad de saber, con la convicción de que la verdad, aunque llegue tarde, aunque llegue incompleta, aunque llegue dolorosa, merece ser dicha.
Y la verdad sobre casado merece ser dicha también, no para alimentar rencores que el tiempo ha ido diluyendo, sino porque lo que hizo Casado no fue solo una traición personal, no fue solo la cobardía o la venalidad de un hombre concreto, fue el símbolo de algo que las sociedades necesitan entender para no repetirlo, que las traiciones más devastadoras no vienen de los enemigos declarados, vienen de los que llevan tu uniforme, hablan tu idioma.
Invocan tus mismos valores y utilizan exactamente el vocabulario de la lealtad para justificar la deserción. Casado habló de patriotismo mientras entregaba la patria. Habló de salvar vidas mientras firmaba sentencias de muerte. Habló de honor militar mientras escapaba en un barco extranjero de los soldados que habían confiado en él.
Y luego durante el resto de su vida siguió hablando, siguió explicando, siguió construyendo esa versión de sí mismo que le permitía dormir por las noches si es que dormía. Madrid entró en la historia el 28 de marzo de 1939 como la ciudad que aguantó casi 3 años y cayó en un día. Pero eso no es del todo exacto. Madrid no cayó en un día.
Madrid fue entregada semana a semana, decisión a decisión, mentira a mentira por un hombre que tenía las llaves y eligió dárselas al enemigo. Las fosas siguen hablando, los archivos siguen abriendo y el nombre de casado sigue ahí en el centro de una historia que España no ha terminado de contar porque España no ha terminado de sanar.
Eso es lo que hace que esta historia importe hoy, no como reliquia del pasado, como espejo del presente, como recordatorio de que el precio de confiar en el hombre equivocado puede medirse décadas después en fosas comunes y en familias que todavía buscan. Madrid lo sabe. Madrid siempre lo supo. Muchas gracias por vernos.
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