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CORONEL CASADO: entregó Madrid sin disparar un tiro… y sus propios soldados le buscaban para matarle

El argumento de Casado era aparentemente rafanable. Los comunistas estaban tomando el control del ejército republicano. Negrín era su instrumento y la única salida honrosa era que los militares negociaran directamente con Franco, de soldado a soldado, sin interferencias políticas. Franco, decía Casado, sería razonable con quienes se rindieran de forma ordenada.

No habría represalias masivas, habría un trato digno para los combatientes. Era mentira. Casado lo sabía o debería haberlo sabido. Los informes sobre lo que Franco hacía en los territorios reconquistados eran abundantes y demoredores. Los fusilamientos masivos, las cárceles desbordadas, los tribunales militares sumarísimos que condenaban a muerte por el simple delito de haber sido republicano.

Pero la mentira era útil y Casado la usó. En la madrugada del 5 de marzo de 1939, el coronel ejecutó su golpe. Se proclamó jefe del llamado Consejo Nacional de Defensa, declaró ilegal al gobierno de Negrín y ordenó la detención de los oficiales comunistas del ejército. Madrid, la ciudad que había resistido 3 años al fascismo exterior, se desgarró en una guerra civil dentro de la guerra civil.

Republicanos contra republicanos. Calles que ya conocían demasiada sangre vieron más sangre. Negrín huyó. Los comunistas resistieron durante días antes de ser aplastados y Casado quedó con las manos libres para hacer lo que siempre había planeado hacer. Entregar Madrid. Segismundo Casado López nació en 1893 en Madrigal de las Altas Torres, una pequeña localidad de Ávila que tiene el mérito histórico de haber sido también el lugar de nacimiento de Isabel la Católica.

No es un detalle irrelevante. Casado era muy consciente de la historia. Le gustaba verse a sí mismo como un hombre de estado, como alguien que tomaba decisiones difíciles cuando los demás miraban hacia otro lado. Ingresó en el ejército siendo muy joven. Combatió en Marruecos como tantos oficiales de su generación y construyó una carrera sólida, metódica, sin grandes brillanteces, pero sin fracasos visibles.

Cuando estalló la guerra civil en julio de 1936, Casado tomó partido por la República. No era un hombre de izquierdas convencido, no era un ideólogo, no era alguien que hubiera militado en ningún partido. Era un militar profesional que entendió en aquel momento que su lealtad debía estar con el gobierno legítimo.

O eso dijo siempre. Porque hay algo que los historiadores han discutido durante décadas y que los archivos nunca han terminado de aclarar del todo. ¿Desde cuándo estaba casado en contacto con el bando franquista? Hay indicios, documentos parcialmente desclasificados, testimonios de contemporáneos que sugieren que las conversaciones con el enemigo empezaron mucho antes de marzo del 39.

que casado no fue un hombre que se rindió cuando ya no había salida, sino un hombre que preparó la rendición con tiempo, con cuidado, con la frialdad de quien sabe exactamente lo que está haciendo. También hay otra pista que los investigadores han seguido con persistencia, la conexión británica. El gobierno de su majestad llevaba meses enviando señales discretas de que prefería una España de Franco, estable y anticomunista, a una España republicana con influencia soviética.

El Forign Office, el MI6, los canales diplomáticos informales. Gran Bretaña no financió a Casado, no hay prueba de eso, pero lo alentó, lo protegió. Y cuando todo terminó, fue un barco de guerra británico el que sacó a Casado de España a salvo, lejos de los soldados republicanos que lo buscaban para ajustarle las cuentas.

El hombre que entregó Madrid no cayó del cielo en marzo de 1939. fue construido pieza a pieza por circunstancias, ambiciones y conveniencias que venían de mucho más atrás. Y mientras lo construían, miles de hombres y mujeres en las trincheras del Frente Centro seguían creyendo que su comandante era uno de los suyos. Esa es quizás la parte más cruel de toda esta historia.

No la traición en sí, sino el tiempo que duró la confianza. 5 de marzo de 1939. Son las 2 de la madrugada en Madrid. La ciudad duerme como duermen las ciudades en guerra. Con un ojo abierto, con el oído atento al silvido lejano de un obgue o quizás sí. Cuéntanos en los comentarios de qué ciudad eres. Nos encanta saber de dónde nos ven.

En el edificio del Ministerio de Hacienda reconvertido en cuartel general republicano. Las luces siguen encendidas. Segismundo casado está sentado frente a una mesa cubierta de mapas, cables y ceniceros llenos. Lleva día sin dormir bien, o eso dirá después en sus memorias. Lo que no dirá en sus memorias, al menos no con esta claridad, es lo que está a punto de hacer.

Esa noche Casado emite un mensaje radiofónico dirigido a la población de Madrid y a las tropas republicanas del Frente. Su voz es serena. casi paternal. Explica que el gobierno de Negrín ha perdido la legitimidad, que los comunistas han secuestrado la República, que él casado junto a un grupo de patriotas ha formado el Consejo Nacional de Defensa para salvar lo que queda de España.

Promete negociar con Franco una paz honrosa. Promete que no habrá represalias contra los combatientes republicanos. Promete que los que quieran marcharse podrán hacerlo. Promete, promete, promete. Al otro lado del frente, los generales franquistas escuchan la transmisión y no pueden creer su suerte, porque Franco no tenía ninguna intención de negociar nada.

Su posición desde el principio había sido inamovible, la había declarado públicamente y la había aplicado en cada territorio reconquistado. Rendición incondicional. sin condiciones, sin garantías, sin amnistías. El que había luchado contra el movimiento nacional respondería ante los tribunales militares. Y los tribunales militares en la España de Franco tenían una sola respuesta para casi todo.

El paredón Casado, conocía esto. Tenía acceso a los informes de inteligencia republicanos. Sabía lo que había ocurrido en Badajoz, en Toledo, en Málada. En Bilbao. Sabía que en cada ciudad reconquistada por Franco los fusilamientos se contaban por centenares, que las cárceles se llenaban hasta reventar, que los delatores proliferaban como hongos después de la lluvia.

Sabía que la palabra represalia en el vocabulario franquista significaba exterminio sistemático y aún así cogió el teléfono. El contacto directo entre Casado y los representantes franquistas se produjo a través de canales que todavía hoy no están completamente documentados. Sabemos que hubo intermediarios. Sabemos que hubo conversaciones en las que se discutieron plazos, condiciones de entrega de posiciones, garantías que Franco nunca tuvo intención de cumplir.

Sabemos que Casado creyó o finció creer que estaba consiguiendo algo, que estaba siendo el hombre duro que tomaba la decisión imposible para salvar vidas. Pero los términos finales fueron devastadores en su simplicidad. Rendición incondicional. Exactamente lo que Franco siempre había exigido. Exactamente lo que Casado había prometido evitar.

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