Posted in

Gina Lollobrigida: Pasó Toda una Vida Huyendo de los Cazafortunas… Hasta que Uno la Venció

Le pagan poco, pero ese poco entra en casa. Y en casa cada moneda es una pequeña victoria contra el hambre. Imagina esos años. Una adolescente que recorre una Roma de posguerra llena de soldados, de escombros y de gente que busca cómo llegar al día siguiente. Italia entera estaba de rodillas. Las familias se las arreglaban con lo que podían y los lolobríguida, que habían tenido una vida digna en su pueblo, ahora contaban cada lira. Gina lo vivió todo.

El miedo, la escasez, la sensación de que el suelo podía abrirse bajo los pies en cualquier momento. Esa experiencia, la de haberlo perdido todo siendo casi una niña, no se olvida nunca. Marca para siempre la manera en que una persona se relaciona con el dinero, con la seguridad, con la confianza y marcó la suya como un hierro al rojo.

Hay algo que conviene entender de esa niña que se hace mujer entre las ruinas. Aprende demasiado pronto que su cara y su cuerpo valen, que los hombres se quedan mirándola por la calle, que esa mirada puede abrir puertas y aprende al mismo tiempo a desconfiar profundamente de esa mirada, porque hay una herida de esos años de la que Gina apenas habló y solo al final de su larga vida.

Según contó ella misma, ya anciana, fue víctima de una violencia siendo muy joven, una herida que cargó en silencio durante décadas, una vergüenza que, según sus propias palabras, jamás pudo lavarse del todo. No vamos a entrar en detalles que no nos corresponden, pero hay que nombrarlo con respeto, porque explica algo esencial de la mujer que vino después.

Detrás de la sonrisa que iluminaría las pantallas del mundo entero había una desconfianza antigua, una coraza levantada muy temprano. La certeza aprendida del peor modo de que ser deseada también puede ser una forma de peligro. Y aún así, en medio de todo eso, Gina sueña, pero presta atención porque esto es importante. No sueña con ser actriz.

Sueña con ser escultora. Cuando termina la guerra, gana una beca para entrar en la academia de bellas artes de Roma. Quiere pintar, quiere modelar, quiere dar forma a la materia con sus propias manos, crear algo que dure. Es buena, es disciplinada. Quiere una carrera de verdad, una carrera de artista respetada.

Pero hay un problema y el problema, irónicamente es su propio rostro. Cuentan que apenas entra a la academia, sus compañeros dejan de pedirle que estudie y empiezan a pedirle que posee. Su cara, sus ojos oscuros, su figura que parece sacada de un cuadro renascentista. Todos quieren retratarla. La futura escultora se convierte sin proponérselo, en la modelo de los demás.

Quería ser la mano que crea y el mundo una y otra vez la empujaba a ser solo el rostro que se contempla. El destino a veces decide por uno antes de que uno tenga edad de discutir. Un día, a la salida de la academia, un hombre la detiene en plena calle. Es un casatalentos del cine italiano. Le pregunta si quiere hacer una prueba de cámara. Gina dice que no. Él insiste.

Ella vuelve a decir que no. Él vuelve a insistir. Esta escena, la de Gina, diciendo que no a un hombre que insiste, va a repetirse muchas veces en su vida. Casi siempre ganará ella. Casi siempre. ¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen.

Al final, más por curiosidad que por ambición, acepta hacer la prueba y ahí empieza, sin que ella lo sepa todavía, el camino que la convertirá en leyenda. En 1947, Gina se presenta al concurso de Miss Italia. No gana, queda tercera. Para muchas chicas, eso habría sido una pequeña decepción y nada más. Para ella fue una llave maestra, porque en aquel certamen los cazadores del cine ya la tienen fichada.

Empieza a aparecer como extra, como figurante en producciones italianas. Papeles minúsculos de unos pocos segundos, pero en cada uno deja una marca. La cámara la quiere. Y cuando la cámara quiere a alguien, todo lo demás es cuestión de tiempo. Hay que entender el momento que vivía Italia. Después de la guerra, el cine italiano renace con una fuerza brutal.

Los estudios de Cineit a las afueras de Roma vuelven a llenarse de cámaras, de directores, de focos. Italia se convierte en el centro del mundo del cine y de la belleza. Hollywood mira hacia Roma con fascinación. Y en el corazón de esa ola está Gina con su rostro perfecto y su ambición de hierro. Su primer papel protagonista llega al final de los años 40 en una película italiana, pero el verdadero salto, el que la lanza más allá de las fronteras de su país, llega en 1952 y curiosamente no llega desde Italia, sino desde Francia. Una comedia de

aventuras llena de espadas, caballos, duelos y romance junto a uno de los galanes más adorados del público francés. La película es un éxito gigantesco en toda Europa. Y de pronto hay un nombre nuevo en boca de todos, la Loyo. Así la empiezan a llamar, con cariño, con deseo, con admiración. La Loyo. Al público no le hace falta más.

Esas dos sílabas ya lo dicen todo. Anteer significan una mujer que parece esculpida por los grandes maestros del Renacimiento y a la que alguien le hubiera dado vida y movimiento. Significan los ojos más oscuros, la sonrisa más luminosa, la figura más comentada de toda Europa. De pronto su cara está en todas partes, en las revistas, en los carteles de cine, en las conversaciones de café de media Europa.

Las mujeres copian su peinado, los hombres recortan sus fotos. En cuestión de meses, aquella chica que posaba para fotonovelas por unas pocas liras se ha convertido en un fenómeno continental y lo más impresionante es la velocidad. No hubo redes sociales que la viralizaran, ni algoritmos que la empujaran. Solo había un rostro, una pantalla y un público hambriento de belleza.

Después de años de guerra y miseria, Italia necesitaba un símbolo de que la vida volvía a ser hermosa y lo encontró en ella y los testimonios de la época lo confirman. Cuando alguien comparó su belleza con la de las grandes estrellas de Hollywood, el actor Humfrey Bogart soltó una frase que daría la vuelta al mundo.

Dijo, según se cuenta, que al lado de Gina, la mismísima Marilyn Monroe parecía una niña pequeña. Imagina lo que significa eso en aquellos años. Marilyn era el deseo hecho persona en Estados Unidos, el estándar absoluto. Y un hombre del cine decía medio en broma, medio en serio, que la italiana la dejaba en la sombra.

Esa era Gina al comienzo de su gloria, una fuerza de la naturaleza. Lo tenía todo para conquistar el mundo y el mundo, en efecto, vino a buscarla. El problema es que el mundo no siempre viene con buenas intenciones porque uno de los hombres más poderosos y más extraños del planeta acaba de ver una fotografía suya, una foto en traje de baño publicada en los periódicos y ese hombre no está acostumbrado a que nadie le diga que no.

Read More