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Nadie quería sus huaraches de cuero — Hasta que Pedro Infante los usó en su última película

Pedro los fue examinando  uno por uno con la misma atención, sin prisa, sin el gesto de quien está cumpliendo un trámite. Era la atención de alguien que sabe lo que está mirando  y que por eso se toma el tiempo que hace falta. Al final se paró tres pares y preguntó el precio de cada uno. Eusebio lo dijo. Pedro no negoció.

Eusebio  envolvió los tres pares con el papel de estrasa que usaba para todos los pedidos, doblando las esquinas con el mismo cuidado de siempre, aunque las  manos no le respondían del todo con la velocidad habitual. No era nerviosismo exactamente, era algo más parecido a la conciencia súbita de estar haciendo algo ordinario  en un momento que no lo era.

Y esa combinación producía una especie de lentitud involuntaria  que Eusebion no podía explicar, pero que tampoco podía ignorar. Pedro estaba parado frente al mostrador sin  señales de impaciencia. Miraba los otros pares que habían quedado sobre la mesa con la misma atención tranquila  de antes, como si el tiempo que tardaba el envoltorio fuera simplemente parte del proceso y no algo que hubiera que acelerar.

Cuando Userio terminó y puso los tres paquetes sobre  el mostrador, Pedro pagó el precio exacto sin comentario. Luego se quedó un momento  mirando los paquetes y entonces sacó una cantidad adicional del bolsillo y la puso junto a los otros billetes sobre la madera del mostrador. Eusebio  dijo que ya estaba pagado, que el precio era el que había dicho.

Pedro dijo que sí, que el precio cubría los materiales y el espacio en el mercado, pero que 5co días de trabajo  por par eran 15 días en total y que entre el precio que había pagado y el tiempo que representaba había una diferencia que él consideraba parte del costo real. Eusebio no supo que respondiera  eso.

Era la primera vez en 14 años que alguien le decía algo parecido y la frase era tan directa y tan poco  frecuente que no tenía una respuesta preparada para ella. tomó el dinero con las dos manos  y lo guardó sin contar, porque contar en ese momento habría sido un gesto equivocado para lo que acababa de ocurrir.

Pedro tomó los tres paquetes y se los acomodó bajo el brazo con la naturalidad  de quien carga algo que considera valioso sin necesidad de demostrarlo. Luego miró  a Eusebio directamente y le dijo que el bordado lateral del tercer par era el mejor trabajo que había visto en ese tipo de correa  en mucho tiempo y que si alguna vez hacía algo similar con cuero de color le avisara.

le avisara cómo pensó Eusebio pero no lo dijo. Pedro sonrió como si hubiera  escuchado el pensamiento y entonces dijo su nombre completo y el nombre del hotel donde se estaba quedando esa semana  con la sencillez de quien da una dirección y no un privilegio. Eusebio lo repitió en voz  baja para no olvidarlo.

Pedro extendió la mano. Eusebio la tomó y entonces Pedro salió por  el mismo pasillo por donde había llegado, con los tres paquetes bajo el brazo y el paso tranquilo de siempre. sin mirar atrás, sin ningún gesto que  indicara que lo que había ocurrido en ese puesto era distinto a cualquier otra cosa que hubiera hecho esa  mañana.

Eusebio se quedó parado frente al mostrador vacío durante un momento que no supo medir lo que ocurrió en  los siguientes 20 minutos. Eusevio no lo organizó ni lo anticipó. simplemente pasó con la lógica propia de las cosas  que no necesitan ser dirigidas para moverse. Dos mujeres que habían visto a Pedro detenerse en el  puesto y que lo habían reconocido desde el pasillo se acercaron después de que él se fue.

No preguntaron  por los huches de inmediato. Primero preguntaron si de verdad había sido Pedro Infante. Eusebio dijo que sí. Una de ellas quiso  saber que había comprado. Eusebio mostró un par similar al que Pedro había elegido primero. La mujer lo tomó, lo miró con  la misma atención que había visto en Pedro minutos antes, aunque por razones completamente distintas, y dijo que se lo llevaba.

No preguntó  el precio antes de decirlo. Eso no había pasado nunca. En la siguiente hora pasaron por el puesto más personas que en toda la mañana anterior. Algunos llegaban porque habían escuchado en el pasillo que Pedro Infante había  comprado ahí. Otros llegaban sin saber nada y simplemente veían el movimiento y se detenían porque  el movimiento en un puesto genera su propio argumento.

Eusebio atendió a cada uno con la misma  calma de siempre, sin inflar la historia, sin mencionar el nombre más de lo necesario, sin convertir lo  que había ocurrido en un argumento de venta que no le pertenecía usar. Pero algo  había cambiado en la forma en que sostenía cada par antes de mostrarlo.

Era un cambio pequeño,  casi imperceptible, en el ángulo del brazo y en la duración del gesto. Como si esa tarde le hubiera recordado que lo que tenía en las manos valía lo que él siempre había sabido que valía y que ese saber no necesitaba la confirmación de  nadie para ser verdad, aunque la confirmación hubiera llegado de todas formas y de la manera más inesperada.

vendió seis pares esa tarde. Era más del doble de lo  que vendía en un día bueno. Cuando el pasillo empezó a vaciarse y la luz del mercado  cambió al tono amarillo del final de la tarde, Eusebio fue guardando los pares que habían quedado sin vender con el mismo orden de siempre.

Pero había un par que no guardó con los otros. El primero  que Pedro había tomado, el que había quedado sobre el mostrador mientras examinaba los demás, ese  par Eusebio lo puso a un lado sin haber tomado una decisión consciente sobre eso. Simplemente no entró en la caja con nosotros y al final de la tarde estaba solo sobre la mesa, separado,  como si él mismo hubiera decidido su lugar sin que nadie se lo indicara.

Eusebio lo miró un momento antes de envolverlo en un trapo limpio y guardarlo debajo del mostrador en el espacio donde normalmente  no ponía nada. Esa noche contó el dinero del día en la mesa de la cocina de su casa en la colonia Guerrero y lo separó en dos partes iguales, sin razón práctica para hacerlo.

Una parte era el dinero de siempre, la otra era el dinero de esa tarde. Y había algo en esa distinción, puramente simbólica  y completamente innecesaria desde cualquier punto de vista práctico, que Eusebio sintió que era la única manera correcta de tratar lo que había ocurrido. La historia  de que Pedro Infante había comprado baraches artesanales en un puesto de la Mercedó por  el mercado con la velocidad específica de las historias que la gente necesita contar porque parecen demasiado grandes para guardarlas olas. Los

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