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MÉXICO vs INGLATERRA: el PRÍNCIPE arrogante HUMILLADO por un mexicano

 Para entender el tamaño de lo que estaba en juego, primero tienes que entender quién era Nasim Hamed y tienes que entenderlo bien, sin caricaturas, porque si lo achicamos, achicamos también la hazaña del mexicano. Nasem Hamed no era un fanfarrón cualquiera, era en ese momento uno de los peleadores más talentosos y más peligrosos del planeta entero.

 Nacido en Sheffield, Inglaterra, de raíces yemeníes, había construido un imperio a punta de knockouts. llegaba a esta pelea con un récord perfecto, inmaculado, sin una sola mancha. 35 combates, 35 victorias, ninguna derrota. Y de esas 35 victorias, 31 habían terminado con su rival tendido o incapaz de continuar. Haz la cuenta, más del 80% de sus víctimas no escucharon la campana final, no las venció, las apagó.

 Durante casi 5 años había reinado como campeón mundial de peso pluma de la Organización Mundial de Boxeo, defendiendo su cinturón 15 veces. Y en el camino había destruido a hombres que eran campeones o que lo habían sido: Kevin Kelly, Wilfredo Vázquez, Wayne Mcology, Manuel Medina, Paul Ingle, César Sot.

 No eran nombres de relleno, eran boxeadores de verdad y Nasim los había pasado por encima. Su mano izquierda era una guillotina. golpeaba desde ángulos imposibles, con los pies fuera de lugar, con el cuerpo desbalanceado, rompiendo todas las reglas del manual, y aún así conectaba con una potencia que no correspondía a su tamaño.

 Los expertos lo llamaban un genio, un fuera de serie, alguien que hacía cosas que no se enseñan en ningún gimnasio. Y no era solo lo que hacía dentro del ring, sino la manera en que llegaba a él. Nasimem entraba a pelear volante, literalmente daba un salto mortal por encima de las cuerdas, giraba en el aire desafiando a la gravedad y aterrizaba en la lona mientras el estadio entero rugía hipnotizado antes de que hubiera lanzado un solo golpe.

Cada aparición suya era un acontecimiento. En Inglaterra sus peleas llenaban recintos enteros de gente que iba no tanto a ver un combate, sino a rendir culto. Él lo sabía y se alimentaba de eso. Muchos de sus rivales ya habían perdido antes de subir al ring, derrotados por el espectáculo, por la fama, por la certeza de que estaban frente a alguien de otro planeta.

 Esa era su verdadera arma, no solo la mano izquierda, también el miedo que sembra, la sensación de invencibilidad que lo precedía como una sombra. Enfrentar a Nasim Hamed era enfrentar a un mito antes que a un hombre y a los mitos, se supone, no se les puede vencer. Pero el talento en Nasim Hamed venía envuelto en algo más.

 Venía envuelto en una soberbia que no tenía límites. En Inglaterra no era simplemente un campeón de boxeo, era una estrella de rock. Era tan famoso como las bandas que llenaban estadios, tan reconocido como la realeza del espectáculo británico. Su cara estaba en todas partes. Había firmado con la cadena estadounidense un contrato descomunal, decenas de millones de dólares, siendo apenas un muchacho de peso pluma.

 había ganado en su carrera más de $0,00000 y todo ese dinero, toda esa fama, toda esa adoración se le había subido a la cabeza como un vino barato, porque Nasim no respetaba a nadie. Antes de cada pelea humillaba a su rival, lo insultaba, se burlaba, prometía destruirlo de las formas más crueles y contra Marco Antonio Barrera hizo exactamente lo mismo.

 Miró al mexicano y dijo que lo iba a sacar de forma devastadora con golpes increíblemente duros. Dijo que Barrera estaba hecho a su medida, que era el rival perfecto para lucirse y prometió, con esas palabras exactas, ponerle un traje a barrera para que lo usara tendido en la lona. Escúchalo otra vez. Le iba a poner un traje para vestirlo en la lona.

 Así hablaba de un hombre que había dado la vida entera por el boxeo con ese desprecio, con esa liviandad, como si el mexicano fuera un maniquía al que iba a vestir para su propio shock y no paraba. declaró que no existía pelea más grande en todo el planeta que la suya contra Barrera, que aquello sería el combate más importante en la historia de la división de peso pluma.

 se puso a sí mismo en el centro del universo y cuando le preguntaban directamente si contemplaba la posibilidad de perder, respondía con una frialdad escalofriante. Honestamente, decía, “No me veo perdiendo.” No lo dudaba ni un segundo. En su mente, la derrota ni siquiera era una palabra que existiera y esa certeza no era nueva, era su marca de fábric.

 Contra rival tras rival, Nassim había hecho lo mismo: burlarse, provocar, faltar al respeto, tratar a hombres serios como si fueran juguetes. Se paseaba por las conferencias de prensa con la sonrisa del que ya se sabe ganador, coleccionando cinturones y humillaciones ajenas por igual. Para él, sus oponentes no eran adversarios dignos, eran escalones, nombres que agregar a la lista, cuerpos que dejar en la lona para seguir alimentando la leyenda. Y contra Barrera.

 Ese desprecio alcanzó un tono todavía más hiriente, porque no se trataba de cualquiera, se trataba de un mexicano, de un representante de la nación que más campeones mundiales le ha dado a este deporte, de un país cuya identidad misma está tejida con el hilo del boxeo. Menospreciar a Barrera era en el fondo menospreciar a México entero.

 Y en ese graderío, esa noche cada mexicano lo sintió como propio. Cada burla del príncipe era una herida colectiva. Cada carcajada suya encendía un poco más el deseo casi físico de verlo caer. Había algo más, algo que encendía todavía más los ánimos. Nasem hablaba constantemente de su fe. Repetía una y otra vez que sería Dios quien decidiera al vencedor, que la victoria ya estaba escrita, que una fuerza superior lo acompañaba al ring y no habría nada de malo en la fe de un hombre, salvo por el modo en que la usaba, como un arma más de su

arrogancia, como una garantía de que él era el elegido y su rival apenas un obstáculo de trámite. Mezclaba lo sagrado con la soberbia y esa mezcla para muchos era imperdonable. 3 meses antes de subir al ring contra Barrera, Nassim había hecho algo que retrataba de cuerpo entero Kennet. Prefirió dejar vacío su título mundial de la Organización Mundial de Boxeo antes que aceptar menos dinero para defenderlo contra el retador que le correspondía por obligación.

 El dinero primero, la gloria deportiva después. Como no había perdido nunca dentro del cuadrilátero, el mundo seguía reconociéndolo como el campeón de verdad, el campeón lineal, el que hereda la corona de puño a puño. Pero el gesto ya lo había pintado. Este era un hombre que se sentía por encima de todo y de todos, por encima de las reglas, por encima de los rivales, por encima incluso de los cinturones.

 Ahora suma todo eso y ponlo frente a un mexicano modesto de la colonia Istacal. Del lado inglés, la fama, el dinero, el invicto, la burla, la certeza absoluta de la victoria. Del lado mexicano el silencio. Y encima el eco de aquella herida vieja, la de 1966, cuando Inglaterra pasó por encima de México rumbo a su única corona mundial.

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