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La primera audición de Pedro Infante duró 8 minutos y dejó a Jorge Negrete sin palabras

La secretaria no levantó los ojos de los documentos cuando respondió. Dijo que el productor encargado de las audiciones no llegaba hasta las 10, que había una lista de espera con nombres de la semana anterior y que si quería podía dejar el suyo, pero no había garantía de que lo llamaran ese día ni esa semana. Pedro dijo que dejaría su nombre.

La secretaria abrió un cuaderno sin ningún énfasis particular, escribió Pedro Infante con la misma presión con que habría escrito cualquier otra cosa y volvió a sus documentos. El intercambio completo había durado menos de un minuto y al final de ese minuto Pedro estaba exactamente donde había empezado, solo que ahora con un nombre escrito en un cuaderno que nadie iba a consultar con ninguna urgencia, fue a sentarse en la única silla libre que quedaba junto a la pared.

Puso la maleta entre los pies para no estorbar el paso y se quedó mirando el pasillo que se abría detrás del mostrador, por donde entraban y salían personas con el paso seguro de quien tenía un lugar concreto a donde ir. Desde el fondo del pasillo llegaba de vez en cuando un sonido apagado de música. algo que podía ser un piano o podía ser una grabación reproduciéndose.

Era difícil saberlo desde ahí, pero era suficiente para recordar que al fondo de ese pasillo había algo real, algo que funcionaba, algo al que todavía no tenía acceso, pero que existía a menos de 30 m de donde estaba sentado. Esperó. El hombre del traje fue llamado antes de las 9 y volvió en 12 minutos con la expresión resuelta de quien recibió una respuesta que no le gustó, pero que ya procesó y cerró.

La muchacha de la partitura fue llamada poco después y no regresó a la sala de espera, lo que podía significar varias cosas, pero que Pedro eligió interpretar como algo bueno, porque necesitaba creer que las cosas buenas eran posibles en ese pasillo. A las 9:40 llegó el productor. Era un hombre de mediana estatura con bigote recortado y el saco ligeramente arrugado, de quien ya llevaba varias horas trabajando aunque apenas fueran las 10 de la mañana.

Pasó por la recepción sin detenerse, intercambió tres palabras con la secretaria en voz baja y desapareció por el pasillo con la prisa de alguien que tiene más pendientes que horas disponibles. La secretaria llamó al siguiente nombre de la lista. No era Pedro. Esperó otra media hora. En ese tiempo escuchó desde algún punto del segundo piso una voz que reconoció de inmediato, aunque nunca la hubiera escuchado en persona.

Era una voz que había salido de radios y fonógrafos en Mazatlán, en los patios de las casas, en las cantinas del puerto. Una voz que Pedro conocía de la misma manera en que se conocen las cosas que están en el aire antes de que uno sepa sus nombres. Era Jorge Negrete grabando en el piso de arriba y el sonido bajaba por las paredes de ese edificio con la naturalidad de algo que pertenecía ahí, que tenía su lugar ganado, que no necesitaba pedir permiso para ocupar el espacio.

Pedro escuchó esa voz desde su silla en la sala de espera y no sintió admiración. Solamente sintió también algo más complicado, más difícil de nombrar, algo parecido a la claridad de quien mira lo que quiere ser y entiende de golpe la distancia exacta que lo separa de ahí. Cuando el productor finalmente asomó la cabeza por el pasillo y dijo el nombre de Pedro, ya eran casi las 11 de la mañana.

Pedro había esperado 2 horas y 20 minutos en esa silla con la maleta entre los pies y el estómago vacío, escuchando intermitentemente la voz de Negrete filtrarse desde el segundo piso como un recordatorio constante de donde estaba parado en ese momento y hacia donde quería llegar. se levantó, tomó la maleta por reflejo y luego la dejó apoyada contra la silla, porque llevársela a la audición le pareció una señal equivocada, la señal de alguien que no tenía un lugar fijo en esa ciudad, que cargaba todo consigo porque

no había donde dejarlo. Y aunque eso era exactamente lo que era, no quería que fuera lo primero que el productor viera cuando entrara a la sala. siguió al productor por el pasillo. Las paredes eran de un color entre hueso y amarillo que la luz artificial hacía parecer más viejo de lo que era.

Pasaron frente a dos puertas cerradas de las que salían sonidos distintos, una conversación en voz alta, el rasgueo de una guitarra siendo afinada y llegaron al fondo donde había una sala más pequeña de lo que Pedro había imaginado, con un micrófono montado en un soporte metálico, un banco de madera y una ventana pequeña y alta que dejaba entrar un rectángulo de luz opaca.

El productor dijo lo mismo que probablemente decía siempre, que tenía 5 minutos, que cantara lo que había preparado, que si necesitaba acompañamiento, había un pianista disponible, pero que tardaría en llegar. Pedro dijo que no necesitaba acompañamiento. El productor lo miró por primera vez con algo más que indiferencia. No era interés todavía.

Era apenas una pausa en la rutina. El tipo de mirada que se le da algo levemente inesperado antes de decidir si merece más atención. se apoyó en el marco de la puerta con los brazos cruzados y esperó. Pedro se quedó parado frente al micrófono. La sala olía a polvo y a madera vieja y había un silencio particular ahí adentro.

El tipo de silencio que absorbe el sonido en lugar de dejarlo rebotar, que hace que la voz de uno suene de una manera diferente a como suena en cualquier otro lado. Era la primera vez que Pedro estaba en una sala así. Había cantado en carpas, en fondas, en patios, en el camión de regreso a la vecindad cuando estaba solo y nadie podía escucharlo.

Pero nunca había estado parado frente a un micrófono profesional en una grabadora real con alguien esperando que comenzara. Respiró. No cerró los ojos porque quería ver el micrófono. Quería tener algo concreto frente a él mientras cantaba. Y comenzó. La primera canción era un bolero que había aprendido en Mazatlán, una melodía lenta con una letra sencilla que conocía tamban bien que podía cantarla sin pensar en las palabras y concentrarse únicamente en cómo salía la voz.

En los primeros compases, la voz sonó más contenida de lo que Pedro quería, el tipo de contención que viene del nerviosismo que uno cree haber controlado, pero que aparece de todas formas en el primer sonido que sale. El productor no se movió del marco de la puerta, pero hacia la mitad de la primera estrofa algo se acomodó.

No fue un momento dramático ni un cambio repentino. Fue más gradual que eso, como cuando los ojos terminan de adaptarse a la oscuridad y de pronto se puede ver lo que siempre estuvo ahí. La voz de Pedro encontró su lugar en esa sala pequeña y comenzó a llenarla de una manera que no tenía que ver con el volumen, sino con algo más difícil de explicar, una presencia, un peso emocional en cada frase que hacía que las palabras de esa letra sencilla sonaran como si hubieran sido escritas específicamente para ese momento y para esa voz. El productor descruzó los

brazos y fue exactamente en ese momento cuando la voz de Pedro comenzaba a hacer lo que sabía hacer, cuando en el pasillo se escucharon pasos que bajaban del segundo piso. Los pasos en el pasillo eran lentos y seguros. El tipo de pasos de alguien que camina por un lugar que conoce bien y que no tiene ninguna prisa porque el tiempo en ese edificio le pertenece de una manera que no necesita ser declarada.

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