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FINGÍ ESTAR EN COMA… Y ESCUCHÉ CÓMO MI FAMILIA CELEBRABA MI MUERTE | Rosario 72 años

Fingí estar en coma durante 11 días y en esos 11 días escuché a mi propia familia planear la fiesta que iban a hacer cuando yo muriera. Me llamo Rosario, tengo 72 años y lo que voy a contarles no me lo va a creer nadie, pero cada palabra es verdad. Todo empezó con un mareo tonto en la cocina un día cualquiera de octubre, mientras preparaba el almuerzo para mi nieto.

 Caí al suelo, me golpé la cabeza contra la esquina de la mesa y cuando abrí los ojos estaba en una camilla con luces blancas cegándome y voces gritando números que yo no entendía. Pensé que iba a morir ahí mismo, pero no morí. Lo que pasó después fue mucho peor que morir. Los médicos me indujeron un coma para reducir la inflamación del cerebro, dijeron.

 Me conectaron a máquinas, me llenaron de cables y durante los primeros tres días no sentí nada, no escuché nada, solo oscuridad. Pero al cuarto día algo cambió. Empecé a escuchar, escuchaba las voces de las enfermeras, el pitido de las máquinas y después una tarde escuché una voz que reconocí de inmediato, la de mi hija Verónica.

 entró a la habitación hablando por teléfono y lo primero que dijo apenas cruzó la puerta fue, “Todavía no se muere. Esto se está alargando más de lo que pensaba.” Sentí que el corazón se me rompía dentro de un cuerpo que no podía mover ni un dedo. Quise gritar, quise abrir los ojos, quise decirle que estaba equivocada, que yo estaba ahí escuchándola, pero no pude.

 Estaba atrapada dentro de mí misma, viva por dentro, muerta por fuera. Y esa fue solo la primera frase de las tantas que escucharía en los días siguientes. Frases que me fueron destrozando el alma poco a poco mientras mi cuerpo permanecía inmóvil en esa cama de hospital indefensa ante la verdad que jamás imaginé descubrir de esta manera.

Verónica es mi hija mayor, la que según yo más se parecía a mí. La crié sola después de que su padre se fuera con otra mujer cuando ella tenía apenas 6 años. Trabajé limpiando casas, cociendo de noche, vendiendo tamales los fines de semana, todo para que ella y su hermano Ramiro no le faltara nada.

 Verónica se casó joven, tuvo dos hijos y yo siempre estuve ahí cuidándolos cuando ella trabajaba, prestándole dinero cuando las cosas se ponían difíciles, defendiéndola incluso cuando mi propia familia me decía que la estaba malcriando de adulta. Nunca pensé que ella sería capaz de hablar de mi muerte como quien habla del clima.

 Pero ahí estaba yo en esa cama escuchando cómo continuaba su llamada telefónica sin ningún cuidado, como si yo ya no existiera, como si mi cuerpo fuera solo un mueble más en esa habitación de hospital. Los médicos dicen que puede quedar así semanas. ¿Quién sabe cuánto va a durar esto? dijo Verónica y soltó un suspiro que que no era de tristeza, era de fastidio.

Escuché que se sentó en la silla junto a mi cama, escuché el crujido del plástico y luego la escuché decir algo que se me clavó como un cuchillo. Si total ya sabemos cómo van a quedar repartidas las cosas, no es que tengamos que esperar el testamento para saberlo. Ahí entendí que no estaba hablando con una amiga cualquiera, estaba hablando de mi casa, de la casa que construí con mis propias manos, ladrillo a ladrillo durante 20 años de sacrificio.

 la casa que pensaba dejarle a los dos por igual, a Verónica y a Ramiro, tal como decía en el testamento que hice hace 5 años, pero por la forma en que ella hablaba, por la seguridad con la que decía las cosas, algo no encajaba, algo se había movido, algo se había torcido mientras yo estaba consciente viviendo mi vida normal, sin sospechar absolutamente nada de lo que se estaba cocinando a mis espaldas.

 Al quinto día escuché entrar a mi hijo Ramiro. Su voz siempre me había dado paz desde que era niño y me abrazaba cuando yo llegaba cansada del trabajo. Pero esa tarde su voz sonó distinta, apurada, casi molesta. “¿Ya hablaste con el abogado?”, le preguntó a Verónica sin siquiera saludar. Y ella respondió que sí, que todo estaba en proceso, que solo faltaba mi firma o en su defecto una autorización médica que certificara mi incapacidad.

 Sentí que el aire se me acababa dentro del pecho, aunque una máquina respirara por mí. Estaban hablando de modificar mi testamento mientras yo estaba en coma. Ramiro dijo algo que jamás voy a olvidar. Mamá siempre dijo que quería que yo me quedara con la casa. Ella sabe que Verónica ya tiene la suya con Javier. No es justo que quede dividida.

 Y Verónica, lejos de indignarse, respondió con una frialdad que meó la sangre. Yo no voy a pelear por la casa. Yo lo que quiero es que se venda todo antes de que ella despierte. Porque si despierta y se entera de que ya movimos papeles, se pone como loca y ya sabe cómo es mamá con sus cosas antes de que despierte. Esa frase resonó en mi cabeza como un eco interminable.

 No estaban hablando de un posible desenlace triste, estaban hablando de de aprovechar el tiempo que yo estuviera inconsciente para repartirse lo que era mío, lo que había construido con sudor y sacrificio durante toda mi vida. Y lo peor no era el dinero, ni la casa, ni las ni las cosas materiales. Lo peor era la palabra antes, como si mi despertar fuera un obstáculo, un inconveniente, un problema que preferían evitar.

 Ahí, en ese instante, algo dentro de mí cambió para siempre. Ya no era solo dolor, empezaban a hacer algo distinto, algo que con los días se convertiría en determinación. Pasaron dos días más sin visitas, solo el sonido constante de las máquinas y las enfermeras cambiando turno. En ese silencio tuve tiempo de pensar, de recordar, de repasar cada sacrificio que había hecho por mis hijos.

 Recordé las noches sin dormir cuidando los enfermos, los préstamos que pedí para pagar la Universidad de Verónica, el negocio que ayudé a levantar a Ramiro cuando se quedó sin trabajo hace 3 años, dinero que jamás me devolvió y que yo jamás reclamé porque para mí era mi hijo antes que un deudor. Pensé en mi difunto esposo Anselmo, que en paz descanse y en como él siempre decía que criamos hijos agradecidos.

Ahora tirada en esa cama empezaba a dudar de todo lo que quería saber sobre mi propia familia. Al séptimo día escuché una voz nueva entrar a la habitación. Era mi nuera, Alicia, la esposa de Ramiro. Su tono era dulce, casi actuado. “Qué lástima lo de tu mamá”, le dijo a Ramiro. Y él respondió con un suspiro cansado, no de tristeza, sino de impaciencia, como si estuviera hablando de un trámite pendiente.

 Alicia bajó la voz y preguntó, “¿Y el dinero de la cuenta de ahorros ya lo pudiste sacar? Sentí que algo se rompía definitivamente dentro de mí. Esa cuenta era mis ahorros de toda la vida. el dinero que guardaba para una emergencia, para mi vejez, para no ser una carga para nadie. Ramiro respondió que sí, que que había logrado sacar una parte porque tenía firma conjunta desde hacía años por si acaso pasaba algo.

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