Posted in

TESTIMONIO CATÓLICO IMPACTANTE: Lo arriesgué todo por la Eucaristía después de ser musulmana

Y sobre todo me enseñaron que las otras religiones estaban equivocadas. Los judíos habían corrompido la Torá. Los cristianos habían corrompido el evangelio, habían inventado la trinidad, habían convertido a Jesús un profeta en Dios. El Islam era la verdad final, la religión perfecta, la corrección de todos los errores anteriores.

Y yo lo creía completamente, sin dudar. Crecí siendo la única niña con hijab en mi escuela primaria, en mi secundaria, en mi preparatoria. Los otros niños me miraban raro. Algunos me hacían preguntas, ¿por qué te cubres el pelo? Es verdad que todos los musulmanes son terroristas. Aprendí a defenderme, a explicar mi fe, a ser orgullosa de mi diferencia.

También me aislé. No participaba en fiestas. No salía con amigos después de clases. Volvía directo a casa para hacer mis oraciones. Los viernes asistía a la mezquita con mi padre. En la colonia Condesa hay una mezquita pequeña donde la comunidad musulmana de Ciudad de México se reúne. Éramos como 200 personas.

egipcios, sirios, libaneses, algunos mexicanos convertidos. Ahí me sentía normal. Ahí no era la rara. Ahí todos oraban cinco veces al día, todos ayunaban en Ramadán, todos seguían las mismas reglas. Y ahí también me enseñaron a temer, temer a Alah, porque Alah es el juez, el que pesa cada acción. El que lleva registro de cada pecado.

Si tus buenas obras pesan más que tus malas obras, tal vez entres al paraíso. Tal vez. Pero nunca hay certeza. Ni siquiera el profeta Mahoma estaba seguro de su salvación, según algunos adices. Así que vivía con ansiedad constante. [música] ¿Estoy orando suficiente? ¿Estoy ayunando correctamente? Estoy siendo lo suficientemente modesta.

Alá está satisfecho conmigo. Nunca había paz. Solo esfuerzo constante por ganar el favor de un dios lejano que observaba desde el cielo esperando que fallara. Estudié administración de empresas en la Universidad Iberoamericana, una universidad jesuíta. Irónico. Ahí conocí a Laura, una chica católica, practicante, inteligente, alegre, bondadosa.

Nos hicimos amigas a pesar de nuestras diferencias religiosas o tal vez por ellas. Teníamos conversaciones fascinantes sobre fe. Laura me preguntaba sobre el Islam. Yo le preguntaba sobre el catolicismo. Un día de marzo de 2022, durante el almuerzo en la cafetería, Laura me dijo algo que me impactó.

 Fátima, ¿sabes lo que más me gusta de ser católica? Que no tengo que ganar el amor de Dios. Él ya me ama incondicionalmente. Eso es gracia. Me molesté. Eso es arrogancia que le dije. Nadie puede estar seguro de la salvación. Eso te hace perezosa espiritualmente. Perezosa. Laura sonrió. Fátima, saber que Dios me ama no me hace perezosa.

Me da libertad para amarlo de vuelta sin miedo. Para servirlo por gratitud, no por obligación. Esa conversación me inquietó porque en el fondo yo oraba cinco veces al día por obligación, ayunaba por obligación, usaba hijab por obligación, no por amor, por miedo. Miedo a la genena, al fuego del infierno, al juicio de Alah.

 Laura vivía su fe con alegría. Yo vivía la mía con ansiedad. Durante la semana siguiente seguimos debatiendo sobre Jesús, sobre la Trinidad, sobre la salvación. Laura me dijo, Jesús no es solo un profeta. Fátima es Dios encarnado. Vino a buscarnos porque nos ama. Eso es blasfemia. Respondí. Alá no tiene hijo. Alá no se hace hombre. Eso es Sirk, el peor pecado.

¿Por qué sería blasfemia? Preguntó Laura. No puede Dios hacer lo que quiera. Si Dios es todopoderoso, ¿no puede hacerse hombre para estar cerca de nosotros? No tenía respuesta para eso. En junio de 2022, Laura me invitó a visitar una iglesia católica. Solo ven a conocer, me dijo. No tienes que creer nada. Solo observa.

Dudé durante semanas. Entrar a una iglesia católica como musulmana se sentía como traición, como si estuviera validando la SIRC, pero la curiosidad pudo más. Un sábado por la tarde de julio de 2022, acepté ir con Laura a la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe, cerca de la universidad. Entré con hijab, con mi Corán en mi bolsa.

preparada para defender mi fe si era necesario. La iglesia estaba casi vacía. Había unas cinco personas rezando en silencio. Laura me llevó adelante hacia el altar y señaló una cajita dorada con una lámpara roja encendida al lado. Ese es el sagrario me dijo en voz baja. Ahí está Jesús real presente en la Eucaristía.

Me reí no con crueldad, sino con incredulidad. Laura, eso es pan. No es Dios. No es pan, respondió ella con seriedad. Es el cuerpo de Cristo. [música] Literal, no simbólico. Eso es idolatría. Le dije. Adorar pan es idolatría. Arrodíllate conmigo me pidió Laura. Solo un minuto. No tienes que creer. Solo quédate en silencio a ver qué pasa.

No sé por qué acepté. Tal vez curiosidad, tal vez algo más. Me arrodillé en la banca al lado de Laura, mirando hacia ese sagrario dorado, y cerré mis ojos. Laura empezó a rezar en voz baja. Yo solo me quedé ahí en silencio, esperando sentir nada, pero lo que pasó en los siguientes minutos cambió mi vida para siempre.

Sentí una presencia, no con mis sentidos físicos, sino con algo más profundo. Una presencia amorosa, cálida, personal. Y escuché, no con mis oídos, sino con mi corazón. Una voz sin sonido que decía, “Fátima, aquí estoy. Te he estado esperando. Abrí mis ojos con lágrimas cayendo por mi rostro. Miré el sagrario y supe con una certeza que trascendía lógica, que ahí adentro no había pan, había alguien, alguien vivo, alguien que me conocía, alguien que me amaba.

Las lágrimas no paraban, mi cuerpo temblaba. Laura me abrazó. ¿Qué pasó? Me preguntó. No podía hablar, solo lloraba. Estuve ahí arrodillada durante dos horas, llorando, sintiendo esa presencia que nunca había sentido en 25 años de orar cinco veces al día hacia la Meca. Alá siempre había estado lejos en el cielo, observando, juzgando, pero este Dios estaba aquí cerca.

presente amándome. Cuando finalmente pude hablar, le dije a Laura, “Él está ahí. No sé cómo, no sé por qué, pero está ahí.” Laura sonrió con lágrimas en sus ojos. “Lo sé, siempre ha estado esperándote.” Los siguientes meses fueron de guerra interna brutal. Por fuera seguía siendo la musulmana practicante. IAD, cinco oraciones diarias, ayuno de Ramadán que cayó en abril de 2023, pero por dentro estaba destrozada porque ya no podía negar lo que había experimentado en ese sagrario.

Read More