Posted in

JAVIER AGUIRRE: La HISTORIA del DT que DEVOLVIO la ILUSION a MEXICO

JAVIER AGUIRRE: La HISTORIA del DT que DEVOLVIO la ILUSION a MEXICO

Javier Aguirre fue el hombre que se la jugó por México cuando nadie más lo hacía. Apostó por jugadores nacionalizados como Julián Quiñones y Álvaro Fidalgo cuando gran parte de la prensa y de la afición rechazaban esa idea. El resultado fue un equipo que maravilló al mundo en el mundial con su juego, al punto de que varios analistas lo comparan y lo ponen a nivel de Francia como las dos mejores elecciones que jugaron en este mundial, pero muy pocos saben todo lo que el Vasco tuvo que soportar para llegar hasta ahí.

Durante meses fue blanco de durísimas críticas. Ataques constantes y cuestionamientos que por momentos hicieron tambalear todo el proyecto. Esta es la historia completa de Javier Aguirre al mando del tri y te aseguramos que lo que estás por descubrir te dejará completamente impresionado. ¿Quién es Javier Aguirre? Para entender por qué México se atrevió a confiar en él una vez más, primero hay que entender quién es realmente el hombre detrás del apodo.

Y ese apodo lo explica casi todo. Le dicen el vasco y no es un capricho. Su madre nació en Guernica y su padre en Ispaster, dos pueblos del País Vasco. Y esa sangre le quedó tatuada en el carácter mucho antes que en el sobrenombre. Porque si algo ha marcado la carrera de Javier Aguirre, no ha sido nunca el espectáculo ni los apellidos rimbombantes.

 Ha sido el carácter, la terquedad. Esa costumbre extraña de meterse en incendios que ningún otro entrenador se atrevía a pagar y salir caminando entre las cenizas. Con los años, esa forma de ser se convirtió en una marca. Aguirre no era el técnico del pizarrón interminable ni del discurso rebuscado. Era el hombre de la frase filosa, del gesto socarrón en la conferencia de prensa, del humor negro con el que desarmaba a los periodistas más agresivos.

 Detrás de esa cáscara de tipo duro había un lector de vestidores como pocos, un motivador capaz de convencer a un grupo de que podía lograr lo imposible. Por eso, cada vez que un equipo se hundía, su teléfono sonaba. Se había ganado una fama peligrosa y envidiable a partes iguales, la del hombre al que llamas cuando ya no queda nada por perder.

 Pero esa misma fama escondía una trampa que lo perseguiría toda la vida. Pero lo que pocos recuerdan es que nunca planeó ser entrenador. Tras colgar los botinés a inicios de los 90, aceptó ser auxiliar del cuerpo técnico de la selección en el mundial de Estados Unidos 1994 y fue ahí mirando el juego desde la orilla de la cancha donde nació el estratega.

 Se estrenó como director técnico en 1996 con el Atlante, un club modesto, sin reflectores. Nadie apostaba por él. Y aquí es donde su historia empieza a tomar forma, porque muy pronto llegó su primer gran golpe. Al frente del Pachuca conquistó un título de liga a finales de los 90, transformando a un equipo que apenas asomaba en primera división en un campeón inesperado.

 Ese trofeo lo cambió todo. De pronto, el técnico al que nadie volteaba a ver se convirtió en un hombre serio y su ambición ya no cabía dentro de las fronteras mexicanas. Lo que vino después fue una aventura que casi ningún entrenador mexicano se había atrevido a imaginar. Cruzó el Atlántico y aterrizó en Osasuna, un club pequeño del norte de España y lo convirtió en la sensación de la liga.

 Con Aguirre en el banquillo, aquel modesto equipo de Pamplona rozó lo imposible. Una final de Copa del Rey, un cuarto lugar histórico que jamás habían logrado y hasta la clasificación a la fase previa de la Champions. El fútbol español, siempre tan cerrado con los de afuera, tuvo que rendirse. En 2006 lo nombraron el mejor entrenador de la temporada en toda España y entonces llegó el salto que confirmó su estatura.

El Atlético de Madrid, un gigante dormido durante años, lo contrató para despertarlo. Aguirre lo devolvió a la élite europea y a una Champions que el club no jugaba desde hacía más de una década, dirigiendo en el camino a futbolistas que estaban a punto de conquistar el planeta, como un jovencísimo Fernando Torres y un explosivo Sergio Agüero.

 Pocos técnicos en el mundo pueden presumir de haber moldeado a semejantes talentos antes de que fueran leyendas. Pero lo más increíble todavía estaba por venir, porque Aguirre no se conformó con Europa. Se convirtió en un auténtico trotamundos del banquillo, en un gestor de crisis al que llamaban precisamente cuando todo estaba a punto de derrumbarse.

 Dirigió al Zaragoza y al español firmando salvaciones que parecían milagros. Se aventuró en el fútbol asiático en los Emiratos Árabes y dio un paso que casi ningún mexicano había dado. Se sentó a dirigir selecciones nacionales que no eran la suya, comandando los banquillos de Japón y de Egipto, llevando la escuela mexicana a rincones del mundo donde jamás la habían visto.

 Ya con el pelo canoso y una vida entera de fútbol a cuestas, todavía tuvo tiempo de escribir otra página memorable en Mallorca, un club humilde al que llevó a una final de Copa del Rey que no disputaba en más de 20 años. A esas alturas, su currículum era el de un sobreviviente, el de un hombre que había ganado, perdido, resucitado equipos y desafiado a media Europa desde el país al que nadie tomaba en serio en los banquillos.

 Y sin embargo, con todo ese recorrido a sus espaldas, había una herida que nunca terminó de cerrar, una camiseta que siempre lo llamó en sus peores momentos y a la que él nunca supo decir que no. La misma que estaba a punto de darle la cita más importante y más peligrosa de toda su vida. Vuelta al tri.

 La tercera con México. La relación de Aguirre siempre fue la de un bombero. Lo llamaban cuando el edificio ya estaba en llamas, cuando nadie más quería entrar, cuando la clasificación al mundial pendía de un hilo. Y las dos veces anteriores la historia había terminado igual, sacando las papas del fuego para llegar al torneo y despidiéndose en octavos con el corazón roto.

 La primera vez fue a comienzos de siglo. Tomó a un tri que se tambaleaba rumbo al mundial de Corea Japón. lo enderezó, lo clasificó y llegó con ilusión al torneo. Pero en los octavos de final apareció el peor de los verdugos posibles, Estados Unidos. Aquella derrota se convirtió en una de las eliminaciones más dolorosas de la historia mexicana.

 Una herida que el país tardó años en digerir. Casi una década después, la federación volvió a marcar su número. Otra vez el proceso hacía agua. Otra vez había que apagar el incendio rumbo a Sudáfrica. Aguirre volvió, volvió a clasificar y volvió a caer en octavos, esta vez frente a Argentina, en un partido marcado por la polémica y por sus propias decisiones, como aquella de sostener a un portero veterano por encima de las voces que pedían otra cosa.

Read More