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Tras la traición… Villa dio 2 000 hombres a Zapata y cambió la revolución

Ahora eran herramientas de esperanza. Con voz quebrada casi inaudible, Emiliano murmuró, “Nos han traicionado, Eufemio. Nos han vendido como ganado al mejor postor. La carta era un golpe tras otro. Decía que las tierras serían devueltas a sus legítimos propietarios, que los campesinos ocupantes ilegales serían reubicados y que el Ejército federal asumiría y convivía el control de Morelos para garantizar el orden.

En otras palabras, la muerte de todo por lo que habían luchado, el regreso de los hacendados, el fin de la reforma agraria, el retorno a los días en que los peones trabajaban hasta morir en tierras que nunca serían suyas. Eufemio, con la sangre hirviendo, se llevó la mano al cinto y preguntó con firmeza, “¿Y qué vamos a Zembamu a hacer? ¿Nos vamos a quedar cruzados de brazos?” Zapata giró lentamente.

Sus ojos, normalmente duros como pedernal, brillaban con una humedad que sus hombres nunca habían visto. No eran lágrimas de derrota, eran de frustración, de una herida que dolía en el alma. ¿Sabes qué es lo que más duele con un hermano? No es que nos traicionen, eso ya lo esperaba. Lo que duele es que traicionan a toda esta gente, dijo señalando los campos.

a don Jovino, que perdió tres hijos en Cuautla, a Doña Carmen, que vendió hasta sus aretes para comprar cartuchos, a todos los que creyeron que esta vez sí íbamos a ganar. Justo en ese instante irrumpió en la tienda Gildardo Magaña, uno de sus generales más cercanos. Su rostro traía malas noticias. Mi general, los federales ya se están movilizando.

Tres columnas marchan hacia Cuernavaca. Vienen con artillería pesada y órdenes de pacificar Morelos. Zapatas enjugó los ojos con el dorso de la mano. El instante de vulnerabilidad había terminado. Ahora regresaba el caudillo del sur. El hombre, el hombre que había hecho temblar al gobierno desde los cerros de Morelos, respiró hondo y preguntó, “¿Cuántos hombres nos quedan leales?” Unos 800, mi general, respondió Gildardo. Pero están desmoralizados.

Muchos quieren regresar a sus pueblos para proteger a sus familias. Zapata se inclinó sobre el mapa de México que descansaba sobre la mesa. Pasó sus dedos por las montañas de Morelos, por los valles donde habían ganado tantas batallas, por los pueblos que habían liberado. Y entonces su mirada se fue más allá, hacia el norte, hacia esas tierras áridas donde otro revolucionario aún resistía contra el mismo enemigo.

“Eufemio, ¿te acuerdas de lo que nos contó aquel mensajero de Villa?”, dijo con voz grave que los del norte y los del sur éramos hermanos. Eufemio asintió. Sí, hermano. Decía que Villa siempre hablaba bien de usted, que respetaba su lucha. Un silencio se apoderó del lugar. Poco a poco, una idea comenzó a tomar forma en la mente de Emiliano.

Una idea desesperada, pero tal vez su única salvación. Gildardo, ¿cuánto tardaría un mensajero en llegar hasta Chihuahua? Unas dos semanas, mi general, si va bien escoltado. Zapata se sentó con determinación, tomó papel y pluma. Entonces, manda comanda a nuestro mejor jinete, que lleve esta carta y que le diga a Villa que Emiliano Zapata quiere hablar con él, no como general a general, sino como hermano a hermano.

Mientras escribía, las lágrimas volvieron a sus ojos, pero ya no eran de tristeza, sino de una esperanza feroz. Sabía que Pancho Villa era un hombre rosoros pafá, un hombre de honor, un revolucionario que entendía lo que significaba pelear por los de abajo y si alguien podía ayudarlo a San Bambando a salvar su causa, ese era el centauro del norte.

Esa carta escrita a la luz temblorosa de una lámpara de aceite cambiaría el rumbo de la revolución mexicana para siempre. Y así, en la madrugada del 15 de noviembre de 1914, en el patio polvoriento de Tlaltizapán, un joven jinete llamado Jesús Morales se preparaba para iniciar un viaje que pondría a la prueba su vida entera, un respiro, porque lo que venía después era apenas el comienzo de la prueba más grande.

Órale, rugió Villa Hilomitoindalla al salir de la tienda y su figura se alargó sobre la loma como una sombra que quería abrazar todo el desierto. Era un hombre que imponía con solo estar. Tenía 46 años, pero la vida lo hacía parecer más joven por la intensidad de sus ojos. Dos carbones verdes que brillaban con esa inteligencia feroz que muchos subestimaban.

Vestía su sombrero tejano de siempre, la camisa de manta arrugada por el polvo y las cartucheras cruzadas en el pecho. Así era Pancho Villa, sencillo en el vestir, gigante en la presencia. Jesús le entregó la carta con la mano temblando un poco. Mi general Villa dijo el general Zapata me manda esto. Dice que no pide limosna.

Ofrece una alianza entre hermanos. Villa tomó la hoja. la desdobló con cuidado y la leyó en silencio, los labios moviéndose mientras trataba de descifrar cada línea. No era hombre de muchos estudios, pero entendía las palabras como quien reconoce una ofensa en el olor del aire. A medida que avanzaba la lectura, su rostro se fue endureciendo.

La misiva hablaba de traición, de tierras que les querían quitar, devolver a viejas cadenas. Necesito hablar contigo”, decía Zapata, “no como general a general, sino como revolucionario a revolucionario. Si tú tienes enemigos, yo los tengo también. Si tú peleas por los pobres, yo también peleo por ellos. Creo que juntos podemos ser más fuertes que separados.

Tu hermano en la lucha, Emiliano Zapata. Cuando Villa terminó, dobló la carta y la guardó en el bolsillo de la camisa. se quedó un instante mirando hacia el sur, hacia las montañas que se perdían en la línea del horizonte, pensando en un hombre que luchaba por la misma esperanza, aunque en climas distintos.

Luego, sin prisa, preguntó, “Fierro, ¿cuántos hombres tenemos listos para marchar?” Unos 3000, jefe, respondió el hombre y el hombre apodado el carnicero, bien armados, con ganas de pelea y caballos aportó otro voz segura. Los que quieras, tenemos una remuda de más de 5000. Jesús escuchaba con el corazón en la garganta.

Villa lo miró y decidió, “Muchacho, descansa tres días aquí. Come bien, duermen en cama. Cambia ese caballo por uno de mi remuda y luego regresas con zapata. Pero vas a llevar algo más que una carta. ¿Qué cosa, mi general? Preguntó Jesús casi sin aliento. Villaza esbozó una sonrisa que era mitad ángel, mitad demonio.

Esa mezcla de ternura y fuego que tenían los grandes hombres. Le vas a decir que te vas cono Zwen 2000 de mis mejores hombres. Le vas a decir que Pancho Villa no deja solo a un hermano revolucionario. Si quieren guerra, les vamos a dar guerra, pero la vamos a dar juntos. El sol se iba poniendo sobre el desierto de Chihuahua mientras la idea tomaba forma, como una nube que crece antes de la tormenta.

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