Aprende a trabajar. La madera se vuelve muy bueno, muy bueno. Tanto que a los 20 años lo contratan en la Ciudad de México para reparar una silla italiana fina en la casa de un señor rico con apellido Free zac. Antes de seguir con esto, quiero que entiendas el México en que esto ocurre. El Porfiriato Porfirio Díaz lleva años en el poder y va a seguir otros tantos más.
El plan es modernizar México, ferrocarriles, edificios europeos, industria, electricidad y funciona. La Ciudad de México se llena de edificios y carruajes importados, tiendas que venden ropa de París. Hay una parte de México que parece que en verdad va hacia adelante, pero eso solo lo ve quien tiene dinero para verlo.

El 90% de la población no tiene nada. Los pueblos indígenas pierden sus tierras y acaban trabajando en las haciendas de los mismos que se las quitaron. Quien nace pobre, muere pobre y si protesta el gobernador tiene manera de hacerlo desaparecer. No es metáfora. Así funcionaba el sistema en ese México. Jesús Arriaga entra a la casa del Señor Frisa a reparar unos muebles y se enamora de Matilde, la sobrina del dueño.
Matilde también se enamora de él. Tiene una hija, la llaman Dolores Lolita para los compas. Y cuando el tío rico se entera que el carpintero que contrató anda enamorando a la familia, hace lo que hace la gente de dinero en México en el siglo 19, cuando alguien de abajo se acerca demasiado a la familia, se encarga de desaparecerlo.
Aquí es donde la historia se pone buena, pero en un momento te cuento las dos versiones que existen. Lo que estaba comentando en los archivos de 1882 es lo siguiente. Arriaga Lo relacionaron con el robo de una joyería importante en la Ciudad de México, la joyería de Víctor Colonia, en la calle Espíritu Santo La noche del 27 de enero de 1868.
El ladrón Real era un conocido suyo, Domingo Benítez, no Arriaga, pero lo arrestaron de todas formas, lo procesaron y lo absorbieron por falta de evidencia. El juzgado lo declaró inocente. Y aquí es donde en México del Porfiriato, muestra cómo funciona realmente. El gobernador del Distrito Federal, Juan José Baz, no estuvo de acuerdo con que lo dejaran libre.
Así que ignoró al juez y ordenó arrestarlo de nuevo. Y esta vez lo mandó exiliado a que en ese México era lo más cercano a desaparecer a alguien en la vida. Los que no se portaban bien, los que el sistema necesitaba sacar del camino, los mandaban a Yucatán para trabajar hasta pudrirse de calor. Si está caliente Yucatán.
O sea, lo entiendo, pero Jesús no desapareció, se escapó en el camino. Y desde ese momento la combinación de un sistema corrupto y un hombre que no estaba dispuesto a dejar, se produjo algo que el Porfiriato no planeó. Un fugitivo que la gente común empezó a seguir con la misma tensión que hoy seguiría una serie de Netflix o La casa de los famosos.
No sé, que esté de moda. Aquí hay algo importante que no te puedo dejar sin explicar. Chucho el Roto sí era un ladrón. Eso no está en duda. Lo que documentan los periódicos de la época que lo cubrían con detalle de crónica policiaca es que tenía una banda organizada, robaba joyerías y casas de familias ricas y que de eso tenía revendedores que colocaban las piezas en toda la ciudad.
Era bueno en lo que hacía, pero era extraordinariamente bueno en otra cosa, en escaparse. El diario La I Viera lo describió en 1873 como jefe de un directorio de ladrones. Yo burlado la persecución con gran habilidad de los agentes de la policía. O sea, le pagaba a los policías para que no lo agarraran. Esto lo hacía con parte de lo que robaba y eso funcionó por varios años.
Y no solo eso, el gobernador de la Ciudad de México, en sus memorias de ese año, lo describió como notable por el lujo que gastaba en su persona. Él siempre iba vestido con trajes decentes y llevaba sortijas y corbatas elegantes y todo eso. Un ladrón con joyas en la capital a plena luz del día. Ahora te cuento de dónde viene ese apodo.
Lo de El Roto se lo puso el juez cuando lo llevaron a juicio y el magistrado lo vio entrar bien vestido al juzgado. Se quedó mirándolo y en voz alta. Dijo Mírenlo, es un roto. En la jerga de la época, un roto Era una persona de escasos recursos que vestía bien por encima de sus posibilidades, un insulto disfrazado de una descripción.
O sea, el juez lo dijo como burla. Hoy le diríamos alucino, pero no sé. Arriaga lo adoptó como un nombre de guerra. Sus fugas son los que lo volvió famoso en la vida, no el Robin Hood. Las fugas en la cárcel, el Belén en la Ciudad de México se escapó disfrazado como el presidente de la junta de vigilancia de la prisión.
Se consiguió el traje del funcionario, caminó por el pasillo central, saludó a los guardias y salió a la calle a plena luz del día. Los guardias no dijeron nada. ¿Por qué pensaron que el hombre que inspeccionaba la cárcel y que este pues había acabado su turno y ya se iba a su casa? En otra ocasión salió fingiendo estar enfermo, lo llevaron al hospital y en el hospital desapareció.
Lo que siguió fue la persecución policiaca más ridícula del porfiriato. El teniente coronel Pedro José Ocampo se obsesionó con atraparlo durante meses. Lo siguió por toda la República Ciudad de México, Puebla, Querétaro, Tlaxcala, si existiera, y Veracruz, en junio de 1880 un agente le dijo Campo que esa noche Chucho El Roto tenía una reunión con alguien a las puertas del ex convento de San Inés, a pocos metros de Palacio Nacional.
Claramente Ocampo no fue solo se volvió en una capa porque al parecer todos tenían una capa en esa época. Se acomodó cerca del lugar y lo espero. Vio pasar a un hombre robusto, con buena estatura, con traje de charro y un sarape de Saltillo muy fino. Lo siguió a pie por los callejones del centro de la ciudad y para no perderse la oscuridad, Ocampo recogía trozos de carbón del suelo y marcaba las paredes de los callejones conforme avanzaba el teniente coronel de la Policía del Distrito Federal, que me encanta decir teniente coronel,
me encanta. Persiguió al ladrón más buscado de México marcando paredes con carbón como si fuera un cuento de hadas. Arriaga se le escapó esa noche también. No lo atrapó. Pero aquí es donde empieza a aplicar lo que te dije antes sobre el catalizador. Porque Ocampo no paró. Siguió el rastro estado por estado, hasta que un informe le dijo que Arriaga estaba en Orizaba, Veracruz, trabajando en una fábrica de jabón bajo un nombre falso.
Ocampo viajó con cuidado, lo encontró y ahí fue donde lo atraparon. Cuando lo arrestaron, Arriaga le dice algo Ocampo que muestra exactamente que él sabía en la época que estaba viviendo, le dijo que no se iba a mover de Orizaba sin antes hacer su testamento, porque estaba seguro que si lo trasladaban lo iban a matar en el camino y decir que intentó escaparse y le tuvieron que disparar.
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Eso era una práctica normal en el Porfiriato. La ley de fuga matar a un precio durante el traslado y reportarlo como que intentó escaparse. Los archivos históricos están llenos de casos así. Arriaga lo sabía y lo dijo en voz alta. Ocampo pues aceptó. Lo espero y Arriaga hizo su testamento. Lo llevaron a la capital y de ahí a San Juan, un castillo viejo construido sobre una isla frente a Veracruz, rodeado de mar, con muros de medio metro de grosor, celdas húmedas que olían agua salada y enfermedad y una tasa de muerte
que todo el mundo conocía. La policía lo mandó ahí específicamente porque sabían que cualquier cárcel en tierra firme Arriaga volvería a escaparse en o Lula intentó escaparse. De todas formas lo agarraron y entonces le dieron un castigo que el director del penal consideró apropiado a sus fugas 300 azotes, 301, diez, 300.
Se corrió el rumor de que Matilde, la hija de le pagó al verdugo 1.200 $ en oro para que lo golpearan de una forma que no muriera de inmediato para que hubiera tiempo de sacarlo del hospital. Esto nunca se pudo probar, pero era un rumor. Lo que sí consta es que el 29 de octubre de 1885, Jesús Arriaga muere en el Hospital Militar de Veracruz.
Tiene alrededor de 36 años la causa oficial, pues disentería lleva muchos meses enfermo. Jesús Arriaga muere en octubre de 1885. En 1888. Tres años después, alguien publica una novela. El autor es anónimo. El título es Chucho El Roto o la nobleza de un bandido generoso. En esa novela aparece por primera vez con detalle completo, la historia de amor con Matilde, la hija que lo separa y el millonario malvado, el noble carpintero que decide vengarse de los ricos robándose todo y sobre todo el bandido que reparte lo que roba entre los pobres.
Queda monedas en plazas y que ayuda a los que no tienen nada. Ninguna de estas cosas está documentada en los archivos de un proceso judicial de Arriaga. Ninguna. No hay un solo testigo que declare en ningún juicio que Arriaga le dio dinero a algún pobre. No hay una carta suya donde lo diga. No hay un periódico de la época y los periódicos cubrían cada uno de sus movimientos con lujo de detalle y ninguno dice que pues le daba dinero a los pobres.
Solo hay una frase que se le atribuye que cuando el director de San Juan de ULA le preguntó por qué robaba, él respondió No puede ser desgraciado el que roba para lidiar al infortunio de los desaventajados. Eso lo dijo. ¿Pero pues decirlo y hacerlo, pues son dos cosas muy distintas, no? La investigación académica lo confirma sin rodeos En los documentos no se comprueba ninguna obra de caridad de Arriaga, ninguna declaración que le asegura nada.
Todo es un rumor de la calle. Pero ese rumor se volvió novela entre 1960 y 1970, la radiodifusora XW La Voz de América Latina desde México transmitió la radio novela Chucho El Roto todos los días a las 19:30 de la tarde hora durante 11 años, 3500 episodios, 3500. Para que te hagas una comparación, One Piece tiene 1160 episodios.
El doble lo escuchó media América Latina entró a todas las casas desde la radio. El personaje de la novela anónima de 1888, el Robin Hood que alguien inventó, se convirtió en memoria familiar para millones de personas que nunca se preguntaron si esto existía de verdad. Después vinieron las películas, después la novela.
El mismo actor Manuel López Ochoa, interpretó el personaje durante décadas para cuando llegó la televisión a los hogares mexicanos, Chucho El Roto ya era tan real en la memoria de la gente como cualquier pariente que hubiera existido en carne y hueso. Aquí viene la parte que ninguna telenovela te va a contar. La primera versión literaria del personaje, la de 1889, en realidad criticaba Arriaga por no aceptar su lugar en la sociedad.
Lo presentaba como un problema, no como un héroe. Las versiones que vinieron después de la Revolución Mexicana lo celebraban como un rebelde político, casi como una figura de izquierda que era el mejor de todos los zurdos. Al parecer, el mismo personaje servía para decir cosas distintas en momentos distintos, y eso es lo que hace que los mitos funcionen bien.
No tienen un solo significado. Se adaptan, Le dicen a cada generación lo que la generación de 60 escuchar lo que México necesitaba escuchar durante casi 140 años era que en el porfiriato había un hombre que le robaba los ricos y se lo daba a los pobres. Por qué México necesitaba un personaje tanto que se lo tuvo que inventar.
Para entender esto hay que volver al porfiriato, no el de los edificios, el ferrocarril, no el de verdad, el que mandaba un hombre inocente a la cárcel porque el gobernador no estuvo de acuerdo con el juez, el que lo exiliada a Yucatán sin un juicio, el que amenazaba con matarlo durante el traslado y el que lo azotaba 300 veces en una celda, porque pues se les antoja.
En ese México la ley no era igual para todos, era para los que tenían dinero para comprarla o para los que tienen un apellido que la podían invocar. El pobre, si le robaba el rico iba a prisión. El rico tenía la ayuda del gobernador para mandar a alguien inocente a la cárcel. El historiador Vander Wood, que estudió todo el tema de los bandidos en el siglo 19, lo explicó así La gente elogiaba los bandidos no tanto por lo que hacían, sino por la forma en la que burlaban al sistema.
Parecían expresar una independencia que muchos mexicanos sentían que nunca habían tenido. Chucho el Roto no necesitaba repartir dinero para ser un héroe popular. Bastaba con que se escapara de la ley. Bastaba con el teniente coronel Ocampo. Marcará paredes con carbón durante meses y aún así no pudiera atraparlo.
Bastaba con que un carpintero de Tlaxcala, sin dinero ni apellido, le robara joyas a los ricos de la capital y se paseara por las calles bien vestido sin que nadie lo delatara. En un país donde el gobernador mandaba más que un juez, eso era lo más cercano que tenían a una justicia. Pero cuando ese hombre murió, el héroe no podía morir con él.
Así que alguien escribió una novela y el héroe sobrevivió con todas las virtudes que el hombre real quizás nunca tuvo. Durante 140 años, cada que México necesitó creer que en algún momento alguien en la historia le robó a los ricos para dárselo a los pobres. Chucho el Roto estaba ahí, listo para ser ese alguien.

El problema, claro, es que el mito tiene un precio. El precio es que la pregunta real nunca se hace. No, La pregunta es si Arriaga era generoso o no. La otra, la de por qué el México del Porfiriato y en muchos Méxicos. Después de ese, la única forma en que la gente podía imaginar que los ricos le devolvieran algo a los pobres era a través de un ladrón, no de una ley, no de un gobierno ni un sistema.
Un ladrón, un ladrón con traje de charro y un sarape de Saltillo. Eso es lo que el mito esconde. No la historia de Arriaga, la incapacidad de no ver otra salida.
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