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Mauricio Garcés: De Ídolo de las Mujeres, a un ASQUEROSO Final en la Miseria

En 1950 llegó La muerte  enamorada y con esa película llegó también una decisión que parece  pequeña, pero que en realidad lo cambió todo. Mauricio Férez Jazbec ya no bastaba. Primero usó el nombre de Mauricio Morel, después eligió Mauricio Garcés y no fue un simple capricho. Según algunos relatos, esa letra G tenía un peso casi mágico para él.

G de Clark Gable,  G de Gary Cooper, G de Carry Grant. Tres nombres que representaban una masculinidad elegante, poderosa, internacional. Mauricio no solo quería actuar, quería fabricarse, quería ponerse encima un personaje tan perfecto que nadie pudiera ver al niño que perdió la primavera. Ese día nació la máscara.

Mauricio Garcés empezó a caminar como si el mundo le debiera obediencia. Aprendió a mirar a las mujeres como si ya conociera el final de  la escena. Aprendió a hablar con esa voz baja, segura, seductora, como si cada palabra saliera envuelta en humo y tercio pelo. El público vio al galán, vio al soltero irresistible, vio al hombre que no perseguía a nadie porque todos parecían venir hacia él.

Pero aquí viene lo que casi nadie mira de frente. Mientras en la pantalla dominaba el amor, fuera de ella no construyó una familia, no se casó. No tuvo hijos, no dejó una  casa llena de herederos esperando su apellido. Algunos relatos señalan que su vínculo con su madre, Magiva, fue  tan profundo, tan absorbente, que ninguna mujer pudo ocupar realmente  ese lugar. Sus hermanos hicieron sus vidas.

Él se quedó. El galán de México, el conquistador eterno, parecía incapaz de conquistar una intimidad verdadera. Y ahí está la contradicción que lo va a perseguir hasta el final. Mauricio Garcés podía llenar una sala de cine con su sonrisa,  pero Mauricio Féz Jazbeck seguía cargando el miedo del niño que vio caer la tienda familiar.

La máscara seguía sonriendo, pero debajo de esa máscara ya se estaba formando el vacío que más tarde intentaría llenar con apuestas, caballos, humo y una ruina que todavía no había mostrado su verdadero rostro. Pero una máscara no se sostiene solo con aplausos. Necesita dinero. Necesita una mentira repetida tantas veces que el público deje de preguntar qué hay debajo.

Y en la vida de Mauricio Garcés, esa mentira empezó a cobrarse su precio cuando el galán descubrió un lugar donde podía sentirse poderoso sin cámaras, sin directores, sin mujeres fingiendo rendirse ante él. Las apuestas. Atención. Porque aquí aparece la primera grieta que casi nadie quiso mirar de frente. En sus años de mayor éxito, Mauricio podía filmar una película tras otra.

Se ha dicho que llegó a trabajar con un ritmo feroz, hasta 10 películas en un año. Don Juan 67, Modisto de señoras, departamento  de soltero, fray don Juan. Historias donde el dinero parecía no acabarse nunca,  donde el traje siempre estaba limpio. En pantalla, Garcés no perdía, siempre encontraba la frase perfecta, pero fuera de la pantalla suerte era otra cosa.

Según distintas versiones, Mauricio empezó a buscar en el juego una emoción que la fama ya no le daba. Al principio pudo parecer una excentricidad de estrella, un hombre rico apostando por diversión, un galán rodeado de humo, copas y  risas. Pero la ludopatía no llega gritando, llega vestida de entretenimiento, llega como una apuesta pequeña y cuando quieres darte cuenta, ya no juegas para ganar, juegas para recuperar lo que perdiste.

Guarda este detalle. El hipódromo de las Américas no era solo un lugar de carreras para  él, era un espejo peligroso. Caballos finos, tribunas, boletos, hombres con dinero hablando en voz baja.  La promesa de que todo podía cambiar en segundos. Mauricio, el hombre que había fabricado su vida sobre la elegancia, encontró ahí otro escenario para seguir actuando, no frente  a cámaras, frente al destino.

Algunos relatos señalan que llegó a tener seis caballos de carrera. Seis. Piensa en eso un momento. Para cualquier estrella, poseer caballos podía parecer una señal de poder, de clase, pero en su caso, ese símbolo también escondía una condena. mantener  caballos, entrenarlos, apostar alrededor de ellos, perder, volver, insistir, creer que la siguiente carrera iba a corregir la anterior.

La máscara seguía sonriendo, pero el dinero empezaba a sangrar. Y ahí está lo cruel. Mauricio Garcés había nacido de una ruina. Había visto de niño como la primavera, la tienda de su familia en Tampico. Quedó destruida por un huracán en 1933. Uno pensaría que ese niño, marcado  por el miedo a perderlo todo, crecería buscando seguridad, casas, ahorros, tierra firme.

Pero a veces el trauma no te vuelve prudente, a veces te empuja a  desafiar la pérdida, como si pudieras vencer al destino en una mesa de juego. Cada apuesta parecía decirle que todavía tenía control. Cada pérdida le demostraba lo contrario. Mientras el  público veía al seductor intocable, adentro se estaba formando otro hombre, uno que ocultaba la ansiedad detrás de trajes caros.

Uno que mantenía el gesto altivo aunque  las cuentas empezaran a quebrarse. Uno que no podía confesar que el dinero de sus películas no se estaba convirtiendo en futuro, sino en humo, en boletos rotos,  en deudas, en una promesa absurda. La próxima vez sí, porque esa es la trampa más venenosa del juego.

No te roba solo el dinero,  te roba la vergüenza primero, después la calma, después la capacidad de detenerte. Y cuando ya no queda nada, todavía te susurra que una última apuesta puede salvarte. Mauricio Garcés, el hombre que en el cine parecía dominar el deseo de las mujeres, estaba siendo dominado por algo mucho más silencioso.

No era una amante, no era un enemigo visible, era una compulsión, una necesidad enferma de sentir que la vida todavía obedecía. Pero el cuerpo escucha lo que la boca calla. Mientras el dinero se iba por las carreras, por las cartas, por los casinos y por esa ilusión de recuperar lo perdido, otra adicción empezaba a hacer su trabajo desde adentro, más lenta, más aceptada y mucho más cruel.

El cigarro, la voz, los pulmones. Porque cuando la ruina financiera terminó de abrir la primera herida, la siguiente caída no iba a ocurrir en una mesa de apuestas, iba a ocurrir dentro de su propio pecho. Pero cuando el dinero empezó a irse por las carreras,  por los casinos y por esa promesa venenosa de la siguiente apuesta, el cuerpo de Mauricio Garcés comenzó a cobrar otra factura más lenta, más silenciosa, más cruel, porque hay ruinas que se ven en las cuentas bancarias y hay ruinas que se esconden dentro del pecho. El cigarro había

estado ahí desde siempre. En la pantalla aparecía parte del personaje, un gesto elegante, un hombre con traje, una copa, una mirada segura y humo saliendo de sus labios como si también eso fuera seducción. En los años 60 y 70 el cigarro no parecía amenaza, parecía estilo, parecía mundo.

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