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Elba Esther Gordillo: La ‘Maestra’… El ASQUEROSO Privilegio de su Prisión de Lujo.

Y entonces llegó 1989. Carlos Salinas de Gortari decidió mover una pieza enorme en el tablero. El viejo liderazgo del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación fue desplazado y el Baer Gordillo llegó a la cima del SNTE. No llegó como una simple representante sindical. Llegó como una enviada del sistema para controlar a los maestros, contener protestas, ordenar la casa y convertir la inconformidad en obediencia.

Pero ella hizo algo más grande, tomó esa estructura y la transformó en su reino. El SNT e no era cualquier sindicato. Hablamos de cerca de 1,5 millones de maestros. Una fuerza capaz de entrar en cada estado, en cada municipio, en cada escuela, en cada casilla electoral, en un país donde los maestros podían vigilar elecciones, organizar comunidades y mover voluntades.

Controlar al SNT era controlar una parte secreta del poder nacional. Así nació la maestra. Ya no la niña pobre de Comitán, ya no la huérfana que empezó a trabajar demasiado pronto. Ahora era la mujer a la que presidentes escuchaban, candidatos buscaban y gobernadores temían. Pero detrás de esa imagen de líder dura, de defensora de los trabajadores, empezó a crecer una obsesión peligrosa.

No solo quería mandar, quería vivir como si el país le debiera una corona. Cirugías, escoltas, ropa cara, autos, gestos de gran señora. El rostro de la maestra rural fue desapareciendo bajo la máscara de una mujer que necesitaba demostrar que ya no pertenecía al mundo de donde venía. El poder no le bastó.

Quería lujo, quería eternidad, quería que nadie volviera a verla como una niña pobre de Chiapas. Y ahí, justo ahí, empezó el veneno. Porque cuando una persona confunde representar a los pobres con gobernarlos como propiedad privada, la caída deja de ser una posibilidad, se vuelve una cuestión de tiempo y entonces aparece el dinero.

No el dinero visible, no el que se declara en discursos, no el que aparece en los presupuestos con palabras bonitas como educación, capacitación, apoyo sindical o defensa laboral. No, el otro dinero, el que se mueve en silencio, el que cruza cuentas, el que cambia de nombre, el que desaparece de un sindicato y reaparece convertido en bolsas, casas, cirugías, cuadros, favores y poder.

Durante años, millones de maestros entregaron cuotas al Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, creyendo que ese dinero servía para protegerlos. Maestros de comunidades rurales, maestras que viajaban horas para llegar a escuelas sin techo, trabajadores que vivían con salarios modestos, que compraban con su propio bolsillo gises, cuadernos, material para niños que llegaban al aula con hambre.

Cada descuento parecía pequeño, cada aportación parecía parte normal de la vida sindical. Pero cuando juntas millones de pequeñas cuotas, cuando las repites mes tras mes, año tras año, lo que tienes no es una caja de apoyo, tienes un océano. Y según los expedientes de la Procuraduría General de la República, entre 2009 y 2012, ese océano empezó a ser drenado con una precisión que parecía diseñada para que nadie pudiera seguir el rastro completo.

El dinero salía de cuentas del SNTE, pasaba por intermediarios, tocaba cuentas de personas cercanas, se repartía en rutas difíciles de explicar y terminaba alimentando una vida que ya no se parecía en nada a la de una dirigente sindical. No era un error contable, no era una transferencia aislada, era, según la acusación una maquinaria.

Aquí viene el detalle que muestra el nivel de frialdad. Los investigadores señalaron que parte del dinero habría pasado por una empresa ligada a Soila Estela Ochoa Morales, la madre de Elva Ester, una mujer que ya había muerto y que según los documentos aparecía como dueña del 99% de esa compañía. Piensa en eso un momento.

La madre muerta convertida en sombra financiera, un nombre familiar usado como muro, un apellido usado para esconder lo que no podía ponerse bajo la luz. La cifra que manejó la fiscalía fue brutal. alrededor de 2,000 millones de pesos, cerca de 150 o 160 millones de dólares en aquel momento. Dinero suficiente para transformar escuelas enteras, para pagar becas, techos, baños, libros, computadoras, capacitación, transporte, dignidad.

Pero en los registros que salieron después, esa dignidad aparecía convertida en otra cosa. Aparecía en compras por casi 3 millones de dólares en Naan Marcus, una de las tiendas más lujosas de Estados Unidos. No estamos hablando de una blusa, de un bolso, de un capricho de cumpleaños.000 $,000. Pasillos brillantes, vitrinas impecables, dependientas sonriendo, tarjetas pasando una y otra vez mientras en alguna escuela de Oaxaca.

Chapasó Guerrero. Una maestra seguía dando clase con paredes agrietadas. También aparecía en clínicas privadas de California, donde el rostro de la maestra era trabajado como si la vejez fuera un enemigo político. Cirugías, tratamientos, intentos de borrar el tiempo, porque el poder también tiene vanidad y en él va a Ester.

Esa vanidad parecía mezclarse con algo más profundo, el terror de volver a parecer vulnerable. Luego estaban las propiedades San Diego, Coronado, Kaais, casas frente al agua, una valuada en 1,7 millones de dólares, otra alrededor de 4 millones. Lugares donde el silencio cuesta caro, donde el mar entra por las ventanas y donde nadie imagina que cada metro cuadrado pueda estar conectado, según los fiscales, con cuotas de maestros mexicanos.

Y todavía faltaba el arte. Obras atribuidas a nombres gigantes: Diego Rivera, Francisco Toledo, Pedro Coronel, Gabriel Orosco. Un conjunto de 17 piezas con un valor cercano a 30 millones de dólares. Cuadros que no colgaban en una escuela ni en un centro público para maestros, sino que terminaron envueltos en otra historia.

Un proyecto llamado Ciudad de la Innovación. Una promesa elegante, moderna, casi perfecta para cubrir lo que olía demasiado mal. Pero El Baester no protegía ese sistema solo con cuentas bancarias, lo protegía con política. En 2005 creó el partido Nueva Alianza, un partido propio, una llave extra, una forma de sentarse con candidatos presidenciales y negociar no como invitada, sino como dueña de una fuerza capaz de inclinar elecciones.

En 2006, su estructura fue señalada por su papel en una de las contiendas más cerradas de la historia reciente de México. A cambio, según distintas versiones políticas, llegaron espacios, posiciones, influencia sobre instituciones y poder dentro del sistema educativo. Así funcionaba el secreto, dinero abajo, poder arriba, maestros aportando, operadores moviendo, políticos negociando y en el centro la maestra entendiendo algo terrible.

Mientras todos necesitaran sus votos, nadie se atrevería a mirar demasiado cerca sus cuentas. Pero los secretos financieros no desaparecen, solo esperan. Y cuando el poder cambia de manos, las cuentas que antes protegían un imperio pueden convertirse en la cuerda que lo arrastra al suelo. Y entonces el dinero empezó a hablar.

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